Andando como es digno del Señor

Colosenses 1:10 dice que debemos andar como es digno del Señor, agradándole en todo. No podemos hacer esto si no tenemos un concepto claro de la majestad de Dios. El hombre moderno piensa mucho en la grandeza de los hombres, mientras que su concepto de Dios disminuye. Es lamentable cuando es así aun entre los que dicen que son hijos de Dios.

Tal vez, en parte, es dado a la negligencia de leer y meditar en la Palabra de Dios. Considera conmigo algunas porciones de la Biblia que ponen de manifiesto a nuestro Dios en toda su grandeza. En el Salmo 27:4 David pidió de Dios el privilegio de estar en la casa de Jehová todos los días de su vida “para contemplar la hermosura de Jehová”. No nos hace falta estar en la casa de Dios todos los días para hacer esto. Podemos hacerlo por leer y meditar en lo que la Biblia dice de Dios. “Jehová reina; se vistió de magnificencia; afirmó también el mundo, y no se moverá” (Salmo 93:1). “Te exaltaré, mi Dios, mi Rey y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre. Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable. Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos. En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré” (Salmo 145:1-5). “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (II Pedro 1:16).

Nos conviene considerar la grandeza de su creación. Isaías 40:12-18 dice: “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados? ¿Quién enseñó el Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia? He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de él; y su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A quién pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?”

El Salmo 8:1-4 nos anima a mirar también a los cielos para conocer su grandeza. “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos; de la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo. Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tu formaste, digo: ¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” La magnificencia de su poder va mucho más allá de lo que nuestros ojos pueden ver. Los telescopios más potentes revelan millones de estrellas que no se ve con el ojo humano. Al meditar en esto nuestra reacción debe ser parecida a la de Job en Job 37:23-24. “El es todopoderoso, al cual no alcanzamos; grande en poder; y en juicio y en multitud de justicia no afligirá. Lo temerán por tanto los hombres; el no estima a ninguno que cree en su propio corazón ser sabio”.

La Biblia nos manda a “santificar a Dios”. Isaías 8:13 dice “A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo”. Mateo 6:9 también dice: “Vosotros, pues, oraréis así; Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”. Dios ya es santo. No hay nada que podemos hacer para hacerle más santo. Lo que podemos hacer es declarar su santidad o su majestad.

II Corintios 5:20 dice que “somos embajadores en nombre de Cristo”. Somos sus siervos, sus representantes. Es imposible pensar de un llamamiento más alto. Debemos andar como es digno de ser un embajador del Rey de Reyes. Los de este mundo forman su concepto de Dios por mirar a los que afirman ser sus hijos. Supongamos que yo compro un lavarropas en un negocio. Me aseguran que es una buena marca y que va con garantía. Resulta que está en casa tan solo tres semanas y deja de funcionar. Yo saco la garantía y encuentro el número para llamar al servicio. Al explicarles lo que está sucediendo, ellos dicen que van a mandar un técnico a mi casa para arreglarla. Después de diez días de esperar, aparece un hombre en mi puerta que afirma ser técnico de la empresa. Por su apariencia tengo dudas. Está vestido de ropa andrajosa y no viene con una camioneta con herramientas. Cuando pido su identificación el mete su mano en su bolsa y saca un carnet manchada con grasa que dice que es, de verdad, un técnico de la empresa. Él pasa a mirar la maquina. Hablando con él, es obvio que no sabe mucho de mecánica. Todo esto afecta mi imagen de la empresa. Una buena empresa se preocuparía por la imagen de sus representantes.

Si yo soy un embajador de Cristo, debo pensar en mi imagen. El mundo está atraído a una iglesia donde los hombres van en pantalones de vestir y las mujeres se visten modestamente con un vestido. Esto significa, para ellos, que no es una iglesia común y corriente. Debemos pensar también en nuestro hablar. Si es con groserías y hablamos de tonterías, no más, no damos una buena imagen. Pasa lo mismo si somos negligentes en cumplir con nuestra palabra y en pagar nuestras cuentas. Se manifiesta también en la clase de música que escuchamos y en lo que hacemos en nuestro tiempo libre.

Si vamos creciendo en nuestro conocimiento de Dios vamos a estar cada vez más al tanto con lo que es agradable a él. Si verdaderamente amamos a Dios, será nuestro anhelo agradarle en todo y llevar fruto en toda buena obra.

 

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