Crecimiento espiritual

Sin darse cuenta, muchos llegan a cierto nivel y dejan de crecer. Jóvenes llegan a la edad de conseguir un trabajo y dicen, “Bueno, ya está, no voy a esforzarme más”. Hombres también están cumpliendo en su trabajo y no ven la necesidad de seguir aprendiendo. Mujeres llegan al nivel de cumplir con su deber como ama de casa y disfrutan de una buena relación con su marido y se quedan allí.

Los niños tienen que ser empujados por sus padres a cumplir con sus deberes. Si no, no siguen avanzando. Cuando yo era un niño mi papá hizo muchas de sus tareas agrícolas con la ayuda de caballos. Muchas veces, por la mañana, él me mandó al pastadero a traer los caballos a casa. Ellos no tenían muchas ganas de ir a casa porque sabían que tendrían que trabajar. Tenía que ahuyentar primero uno después otro.

Los creyentes también llegan a cierto nivel en su crecimiento espiritual y no ven la necesidad de ir más allá. Saben manejar la Biblia, o sea pueden encontrar los libros de la Biblia. Ya saben las doctrinas básicas del cristianismo y no ven la necesidad de saber más.

Siempre nos queda algo más adelante si estamos dispuestos a esforzarnos. Para el hombre o la mujer hay la posibilidad de aprender otro oficio. En su trabajo pueden llegar a otro nivel de profesionalismo. Las mujeres también pueden aprender un oficio para poder trabajar fuera de casa cuando sus hijos son grandes. El trabajo no es únicamente para ganar dinero. Nos da una satisfacción saber que somos útiles. Estamos sirviendo a la humanidad.

Si el creyente sigue creciendo espiritualmente puede ser más útil en la obra del Señor. Hay mucho que Dios quiere hacer pero le hace falta obreros capacitados. Él necesita líderes, maestros, los que saben tocar un instrumento y los que saben ganar otros a Cristo. II Tim. 2:20-21

Creyentes que no están creciendo se sienten aburridos. A veces llegan a ser criticones. A veces andan buscando experiencias en cosas extrañas.

Yo quiero dejar a ustedes inquietos con su nivel de crecimiento espiritual. Yo digo, “Vamos adelante hermanos”. (Heb. 6:1). Pregunte a Dios, “¿Qué más tienes para mí?”

 

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