El caballo silvestre en el ser humano

Un caballo silvestre está atrapado en un corral en el desierto. Él corre buscando la salida. Intenta saltar por encima del fuerte y alto alambrado pero no puede. Los vaqueros se acercan. Uno está girando una soga arriba de su cabeza. Por fin el lazo cae sobre la cabeza del caballo y está aún más restringido. Él está frenético por escapar pero los vaqueros tienen la soga sostenida en un poste fuerte y su libertad está cada vez más disminuida. Por fin los vaqueros se acercan y tocan suavemente su cuello en un intento por calmarle. En vez de calmarse está temblando. Él no sabe lo que va a pasar. Su único pensamiento es escaparse de nuevo al monte pero es imposible. Toda la tarde él queda allá atado. Cada tanto él intenta otra vez romper la soga y escaparse pero es inútil. Cada tanto los vaqueros se acercan hablándole suavemente y palmando suavemente su cuello. Él odia a los hombres. Se pregunta, ¿Cómo pueden ser tan crueles? Le ofrecen agua en un balde pero él se niega a tomarla a pesar de su sed. A la tardecita los hombres vienen otra vez y le tocan suavemente y le hablan. Después aflojan la soga lo suficiente para permitirle acostarse y dormir por la noche.

A la mañana siguiente el caballo tiene tanta sed que no puede resistir más cuando le ofrecen agua en un balde. Toma todo y otra mitad de un balde. Otra vez le tocan suavemente y le hablan pero rehúsa tranquilizarse. Cada tanto durante el día los hombres vienen para atenderle. Le ofrecen hojas de pasto verde que él no puede resistir. Toma agua también con gusto. Durante varios días sucede la misma rutina. De a poquito el caballo anticipa cada vez más las visitas de los hombres. Más y más se da cuenta de que no van a lastimarle. Al contrario, le hacen bien. Un día desatan la soga del poste y él les deja llevarle afuera del corral. Le llevan a un granero. Allá le dan grano a comer. Jamás había gustado de comida tan rica. En los días de lluvia él se queda debajo del techo del granero. Un día le sueltan en un corral grande donde hay mucho pasto verde. Esta vez no piensa en saltar por encima del alambrado para escaparse al monte. Vuelve al granero donde hay un molino que llena un bebedor con agua fresca. Por la noche vuelve al granero para dormir otra vez sobre pasto seco. ¡Qué afortunado es! Allá en el monte jamás disfrutaba de la comodidad que él tiene ahora.

Así es la historia del pecador en su lucha para escaparse de la buena voluntad de Dios. Su rebelde espíritu piensa que la felicidad se encuentra en quedarse lejos de Dios. Pero un día, Dios en su misericordia le saca del pozo de la desesperación y endereza sus pasos. (Salmo 40:2) Él se da cuenta de que el camino del transgresor es duro (Proverbios 13:15). Al final, él se dirige a Dios y dice: “En tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre”. (Salmo 16:11)

Aun así, son pocos los creyentes que hacen una entrega total a la voluntad de Dios. Seguimos luchando con el temor de lo que puede suceder si dejamos todo en las manos de Dios. Decimos con el padre del niño endemoniado en Marcos capitulo nueve. “Creo, ayuda mi incredulidad”.

Lo mismo sucede con el creyente cuando le toca enfrentarse con la muerte. En parte es la naturaleza humana que nos enseña a hacer todo lo posible por preservar la vida y prevenir la muerte. Creemos la enseñanza bíblica sobre la hermosura de los cielos pero igual seguimos luchando en contra de la muerte hasta el último momento. Claro, la Biblia habla de la muerte como un enemigo. I Corintios 15:25-26 dice: “Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte”. Nos conviene tomarla como un enemigo. Al llegar a los cielos, creo que vamos a maravillarnos de haber luchado tanto en contra de lo que, en realidad, era la puerta que se abre a la gloria.

Para siempre algo del espíritu del caballo silvestre permanece en nosotros. “Fíate de Jehová de todo tu corazón Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas”. Proverbios 3:5-6

 

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