Gracia para aguantar

Por razones conocidos únicamente por Dios, algunos son llamados a llevar una cruz pesada. Las cruces vienen de distintas formas. A veces es una cruz de un cuerpo debilitado por enfermedades. Para otros, es un matrimonio infeliz. Para otros es la pobreza, etc. Ningún creyente es exento de llevar la cruz.

Con la ayuda de Dios, quiero escribir algo para animar y fortalecer el espíritu de los que son llamados a llevar una cruz pesada. Cada tanto me toca visitar y tratar de animar a los que están llevando una cruz mucho más pesada que la mía. Me siento incapaz de hacerlo, pero si yo tuviera que llevar la cruz de ellos ni aun me sería posible salir a la calle y visitarles.

En Juan capítulo cinco leemos de un hombre que pasó 38 años siendo inválido. “Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo; ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo; Levántate, toma tu lecho y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo”. Juan 5:1-9.

Debe ser que, después de tantos años, él estaba acostumbrado a vivir en esta condición. Lo de bueno es que él nunca perdió la esperanza de ser sano. Cada día él recurrió al estanque de Betesda. Aun allá parecía en vano porque otros siempre llegaron primero cuando el ángel agitó el agua. Qué raro que él no dijo, “no vale la pena ir más al estanque porque no puedo meterme en el agua”. Lo que este hombre nos enseña es que nunca debemos perder la esperanza. Aun los médicos dicen que hay poca esperanza para un paciente que no tiene ganas de mejorarse. Por eso, si yo puedo dar ánimo a un enfermo, puedo hacerlo más bien que el médico. Si te toca ser inválido, debes estar agradecido por los de tu alrededor que están luchando por tu bienestar. El médico toma de su tiempo para atenderte. Un vecino toma de su tiempo para llevarte al médico. Tus seres queridos te atienden. Si faltas de voluntad estás obligando a ellos a llevar una carga en vano. Ellos hacen todo con la esperanza de que un día vas a mejor y no ser para siempre una carga para ellos. Si tienes voluntad y esperanza, vas a cumplir con tu deber en tomar tus remedios, hacer ejercicio y aguantar el dolor.

Cuando uno tiene que llevar una cruz pesada hay la tentación a cederse a la amargura. Hay los que se enojan con Dios y todo el mundo. Había una ocasión cuando David se entregó a la amargura. En Salmo 73:21-22 él dijo “Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas. Tan torpe era yo que no entendía; era como una bestia delante de ti”. Gracias a Dios, él no quedó estancado en esta zanja. El terminó el Salmo 73 por decir, “Pero, en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras”. Si tú encuentras en amargura, te conviene confesarlo a Dios y pedir perdón. Después puedes decir con David “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezo mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán y confiarán en Jehová”.

Cuando todo es color de rosa y de repente se cae una cruz pesada sobre nosotros debemos saber reaccionar bien. En este momento hay la tentación a llenarse de amargura. De un día al otro todo está cambiado. No tienes libertad a hacer lo que siempre hiciste. Tienes que depender de otros en atenderte aun por tus necesidades básicas. El que anda con una buena relación para con Dios no tiene tanta dificultad en reaccionar bien. Muchos se preguntan, “¿Qué hice yo para merecer esto?” Lo que tienes que hacer es entregarte a Dios. Si es en forma de castigo él va a hacerte saber. Hebreos 12:6 dice “Porque el Señor, al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. Pero no es siempre un castigo de Dios. En Juan 9:1-3 los discípulos hicieron una pregunta a Jesús. “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo; Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que ha nacido ciego? Respondió Jesús; no es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”.

¿Qué se puede decir a aquel que sabe que es casi seguro que tendrá que seguir llevando su cruz hasta la muerte? Aquel, por ejemplo, que ha perdido una pierna o que quedó paralizado. No parece prudente animarle a esperar un milagro de Dios. La mayoría de las veces en la Biblia cuando leemos que Dios hizo un milagro era algo ni pedido ni esperado. Aquel hombre tirado en el piso al lado del estanque de Betesda no esperaba un milagro. Su única esperanza era que, de una forma, sería posible disfrutar del agua sanadora en el estanque. Él ni aun pidió que Jesús le sanare. Jesús le sanó no más. Entonces, para los que no tienen esperanza de mejorar, lo mejor que podemos hacer por ellos es ayudarles en encontrar una razón por la cual vivir. A veces, ellos piensan que no tienen más razón por la cual vivir. Debemos asegurarnos que han aceptado a Cristo como su Salvador. Así ellos pueden entregarse a Dios y pedir que, a pesar de su gran debilidad, puedan todavía tener un ministerio. Una vez tenía el privilegio de visitar a una hermana en Cristo que quedó paralizada. Ella quedó tirada en la cama y no pudo mover sus brazos ni sus pies. Pero ella todavía tenía su voz y la usó para alabar a Dios. Todos los que la visitaron salieron animados y fortalecidos. Ella tenía su ministerio. Mientras que tú tienes voz puedes hacer lo mismo. Puedes agradar y alabar a los que te atienden de tal forma que, para ellos, es un gran gozo servirte.

Algunos tienen que pasar sus días en una silla de ruedas pero todavía pueden usar sus manos. Conozco una hermana que pasa su tiempo remendando ropa para los hermanos de su iglesia. Conozco otro hermano que usa su computadora para servir a su iglesia. Tal vez no son capaces de ganar la vida para su familia pero pueden encontrar algo que hacer para no sentirse inútil.

Nosotros en la iglesia no debemos ser negligentes en visitar a los incapacitados. Podemos darles, por lo menos algunos pocos minutos de atención cada semana. Santiago 1:27 dice “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta; visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”.

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