Jesús sana diez leprosos, y solo uno da gracias

Lucas 17:11-19

Dondequiera que Jesús iba, siempre encontraba ocasión para el ejercicio de su infinita compasión y poder; y lo que es mejor, estaba constantemente en búsqueda de los angustiados y los desesperados, sumamente consciente de que en sí mismo había todo lo suficiente para satisfacer la necesidad de todos. En Jesucristo, toda la plenitud de la deidad habitó entre los hombres, y cuando entregó su vida por nosotros en la cruz expiatoria, fue el pago de sus riquezas inescrutables como el precio de la redención de nuestras almas. Su milagro de sanidad en esta aldea anónima mientras se dirigía a Jerusalén (Luc. 17:11-12) tiene para nosotros meditaciones para examinar nuestro corazón.

I. Una vista patética. “Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos” (Luc. 17:12). Diez hombres unidos por una miseria común, y completamente incapaces de salvarse. Aunque había diez de ellos, eso no disminuía los sufrimientos y peligros de cada uno. Aunque podemos tener muchos compañeros en el pecado, eso no quita en nada la culpa de cada uno. En las Escrituras, la lepra es el tipo sobresaliente del pecado.

1. Como el pecado, trae la inmundicia. El verdadero grito del leproso, con su labio cubierto de vergüenza, debía ser “¡inmundo, inmundo!” (Lev. 13:45). Solo se nos enseña, como el leproso, a decir la verdad cuando se nos pide que confesemos nuestros pecados.

2. Como el pecado, conduce a la separación. “Se pararon de lejos” (Luc. 17:12). El lugar designado para ellos por la ley de Dios era “fuera del campamento” (Lev. 13:46). “Lejos” es la posición de todos los que no han sido alcanzados por la sangre de Cristo (Ef. 2:13). Su propio carácter los mantiene aislado de la vida y la comunión de Dios.

3. Como el pecado, es humanamente incurable. El hombre no tiene remedio para la lepra; él solo puede intentar aliviar sus sufrimientos mientras la terrible plaga sigue su curso de muerte.

II. Un clamor serio. “Y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” (Luc. 17:13). Esto pudo haber sido un grito ronco a través de las gargantas enfermas con lepra, pero había música en él para el oído de Jesús, ya que provenía del corazón y era para una cosa necesaria. “Misericordia”, esa misericordia que en Jesucristo estaba ligada con la omnipotencia, y que tenía su morada en el hombre más tierno y puro.

III. Un remedio sencillo. “Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes” (Luc. 17:14). Esto parece una orden extraña, pero el significado es claro. Cristo básicamente les estaba diciendo, “Los sacerdotes te han condenado como leprosos; entonces, si crees que puedo curarte y te estoy sanando, ve y muéstrate, para que vean que estás sanado”. El libro de Levítico contiene las instrucciones para el que creía ser limpio de la lepra: “Esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: Será traído al sacerdote, y éste saldrá fuera del campamento y lo examinará; y si ve que está sana la plaga de la lepra del leproso” (Lev. 14:2-4). Lucas 17:14 nos revela el increíble resultado cuando ejercitaron su fe y obedecieron a Jesús: “Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados”. Dos cosas eran absolutamente necesarias:

1. Fe en la Palabra de Cristo (Luc. 17:19).

2. La obediencia a la voluntad de Cristo.

Si hubieran esperado hasta sentirse mejor antes de ir, nunca habrían ido. Es mientras creemos y obedecemos que entramos en la vida.

IV. Un agradecido. “Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano” (Luc. 17:15-16). La curación personal es algo que solo podemos ver por experiencia, y algo por lo que debemos estar instantáneamente y profundamente agradecidos. Era una imposibilidad moral para este hombre glorificar a Dios mientras estaba en la terrible esclavitud de la lepra. Solo cuando somos liberados del pecado podemos dar gloria a Dios. La misericordia sanadora de Cristo no solo hizo muy agradecido a este samaritano, sino que también lo hizo humilde. “Se postró rostro en tierra a sus pies” (Luc. 17:16). La humildad y el agradecimiento son característicos de aquellos salvados por la gracia de Dios.

V. Una indagación. “Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:17). El que contó las estrellas no dejará de contar a los que han sido limpiados por su Palabra (Jn. 15:3). Él los conoce a cada uno. “Y los nueve, ¿dónde están?” Seguramente nuestro Señor espera que aquellos que han sido salvados por él glorifiquen a Dios haciendo un reconocimiento público de su poder de purificación. Es muy posible que nosotros, como esos nueve, estemos muy ansiosos por obtener la salvación meramente para nuestra comodidad y felicidad, y ser completamente indiferentes acerca de honrar al Salvador con nuestra nueva vida. Esos creyentes secretos, no podemos llamarlos discípulos, son cobardes ingratos. Este despreciado “extraño” que se volteó para darle a Dios la gloria obtuvo algo que los ingratos no pudieron obtener. Obtuvo la seguridad del Señor de que la obra realizada en él era perfecta. “Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Luc. 17:19). La creencia del corazón siempre debe ir acompañada de la confesión de la boca (Rom. 10:9). ¿Dónde están los nueve? ¿Es usted uno de ellos?

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