Jonás es la señal

La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Jesucristo, Mat. 16:4

JONAS, cuya existencia corno profeta de Israel se sitúa en tiempos de Jeroboam III (2 Reyes 14:25), es muy posible que no se conociera en la forma literaria del libro que lleva su nombre, sino mucho después, cuando se sentía la necesidad de una teología de contacto con el mundo, de una teología universal de salvación, de una formulación de la gracia de los “paganos”, de una especie de aggiornamento, una puesta al día con las necesidades y condiciones de la época, de algo que después se habría de sintetizar en la frase inmortal de Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo…” ¡Sí, a todo el mundo! no solamente a los hebreos o a la iglesia, sino a todos y en todas partes.

Jonás, nombre que en hebreo significa “paloma”, tendrá que referirse a una de esas palomas mensajeras que llevan señales y mensajes en su vuelo. Nuestro Señor Jesucristo, en el pasaje de Mateo 16:1-4, reprende a la multitud que es capaz de descifrar en las nubes los tiempos de bonanza o de tormenta pero no puede percibir en su persona el mensaje universal de salvación para todos los hombres, y le pide una señal especial. Jesús les contesta que no habrá otra señal, sino la dada ya en el caso del profeta Jonás. Lucas, en el pasaje paralelo (11:30), interpreta las palabras del Señor diciendo que “…así como Jonás fue señal a los ninivitas, también lo será el Hijo del Hombre a esta generación”. Mateo limita su interpretación (12:40) al hecho de que “como Jonás estuvo en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches”. Y ambos evangelistas añaden que las gentes de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán porque ante la predicación de Jonás se tornaron a Dios. Sin perjuicio ni exclusión de la interpretación dada por Mateo y que sólo se limita a la muerte y resurrección del Señor, en este estudio nos ceñiremos más a la ofrecida por Lucas; es decir, que así como el caso de Jonás fue una señal a su tiempo, Jesucristo lo sería a su generación y —¿por qué no decirlo de una buena vez?—a todas las generaciones de todos los tiempos.

El libro comienza con el mandato de Dios a su iglesia: “Levántate y ve a Nínive” y termina con la pregunta: “¿Y no tendré yo piedad de Nínive. . .? (Creemos que no existe en el Antiguo Testamento un personaje más apropiado para identificar la Iglesia que uno cualquiera de sus siervos los profetas). Aquí está precisamente la primera señal y también la primera similitud entre el caso de Jonás y las enseñanzas de Cristo: El plan de salvación de Dios incluye a todos los hombres. La gracia y la misericordia divinas alcanzan por igual a nuestros más “próximos” y leales amigos, como a nuestros más distantes y encarnizados enemigos, en este caso, los ninivitas. Y hace mal la iglesia —la de aquel tiempo representada en Jonás y la de todos los tiempos— en querer limitar y monopolizar para sí sola los favores divinos. Si para Jonás la salvación no incluía a los ninivitas, jamás había entendido las palabras de Dios a Abraham: “Te bendeciré y serás bendición” y, “En ti serán benditas todas las razas de la tierra”. Antes que un dique que reprima y estorbe el paso de la gracia divina en su afán de llegar hasta los últimos rincones de la tierra, la iglesia debe ser canal, vehículo, cauce de las abundantes bendiciones de Dios para toda la humanidad. No obstante en el libro de Jonás aprendemos que la iglesia puede fácilmente convertirse en un estorbo —posiblemente el peor estorbo— a la realización de los designios y planes de Dios para salvar al mundo.

Llena de mezquindad, dé celos y hasta de un irreprimible ánimo de venganza, la iglesia contesta en el libro de Jonás con un rotundo “no” a los planes de Dios de salvar a la nunca bien odiada Nínive. La Iglesia aquí prefiere la huida. Y, venciendo el horror que generalmente sentían los hebreos al Mediterráneo, se embarca en Jope para ir a buscar refugio en el Occidente, posiblemente en el sur de España. ¡Es interesante! La iglesia puede enfrentarse a Dios, decir “no” al Todopoderoso y empeñarse en huir de su presencia únicamente porque se han trastornado los papeles; la iglesia se resiste porque a juicio de ésta Dios pretende hacer algo con lo cual ella no está de acuerdo: salvar a Nínive.

Pero ni de Dios ni del mundo puede huir la iglesia; y esta es otra de las grandes enseñanzas de este pequeño volumen que lleva el nombre de Jonás, “paloma” mensajera. “Roma se vino conmigo”, decía a su regreso el santo que, queriendo huir de la pecaminosidad de la “Ciudad Eterna”, se había refugiado en el desierto. Y el santo del salmo 139 se pregunta respecto de Dios: “A dónde huiré de tu presencia?” En el caso de Jonás, Dios se hace presente en la tempestad; y los “paganos”, de quienes se empeñaba en huir, se hacen presentes en la tripulación del barco que lo separa de la inaceptable misión que Dios le había encomendado. ¡Dios en la tempestad! Pensamiento que nos lleva de inmediato a la experiencia de los discípulos en la frágil barquilla, luchando contra el huracán y el mar turbulento en la cuarta vela de la noche. Para que no faltara nada en el ya complicado y angustioso cuadro, de pronto, un fantasma. Pero también de pronto, cuando los discípulos claman asustados y se angustian, llega hasta ellos el timbre de una voz muy conocida: “No temáis, soy yo” ¡Cristo en medio de los vientos huracanados y del mar turbulento de la cuarta vela de la noche! ¡Dios actuando en la tempestad! Lo interesante es que los “paganos” también estaban actuando allí: cada uno oraba y clamaba a su dios a su manera. La única que en esa hora aciaga podía dormir tranquila en la parte baja del barco era “la iglesia fugitiva”. Si “pagano” es todo aquel que por una u otra razón se desvincula de su dios, allí el único pagano era Jonás, quien encontraba en el sueño un escape a su responsabilidad. ¡Qué ironía! El primer capítulo de este volumen termina cuando la iglesia en Jonás es lanzada por la borda al mar mientras los “paganos” celebran culto, hacen sacrificios y ofrecen promesas a Yahvéh, el Dios de los judíos, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

¡Lanzada por la borda! La iglesia que huye de sus responsabilidades se convierte en la iglesia rechazada por el mundo. Aquí advertimos otra señal importante en el libro de Jonás: una situación conflictiva de rechazo mutuo. La iglesia rechaza al mundo al tiempo que el mundo la lanza por la borda. Se produce el fenómeno de rechazo característico de los órganos injertados. La iglesia fugitiva de sus responsabilidades se convierte en un órgano injertado que el mundo rechaza por incómodo e ineficiente. El pez grande —en quien pudiéramos ver al mundo— acepta paciente el encargo de tolerar en su vientre a Jonás —la iglesia–; pero pronto el uno y la otra se cansan de sí mismos y se sienten mutuamente incómodos. El pez se siente indigesto, no puede digerir ni asimilar lo que por orden divina se ha engullido. Por su parte la iglesia también se siente incómoda en el vientre del gran pez, el aire se enrarece y los movimientos se hacen difíciles. La situación se torna insoportable; ella termina convencida de que ese no es su sitio y el pez llega a la conclusión de que de una u otra manera debe deshacerse tan pronto como sea posible, de aquel estorbo, de ese peso muerto que no le trae utilidad alguna, y tan pronto encuentra cómo, vomita a su extraño e intolerable visitante.

Pero como en el caso de la iglesia, el mundo también es del Señor. Señal que aprendemos también del libro de Jonás en su capítulo tres. El espíritu de Dios ha estado ya trabajando en medio de los ninivitas y, ante la confrontación con LA PALABRA, se topan cara a cara con la gracia y la misericordia de Dios. Por las palabras con que comienza el capítulo 4, en que Jonás no puede ocultar ni reprimir su enojo, temo que se equivocan los que atribuyen al fervor con que Jonás predicara a los ninivitas el entusiasmo con que éstas se rindieron ante el Todopoderoso. Muy posiblemente lo contrario es lo cierto; los ninivitas llegan al conocimiento del amor de Dios a pesar del poco entusiasmo en la predicación de Jonás. Tal parece que aquí la iglesia predicó con la oculta esperanza de que la tradicional dureza atribuida a Nínive se hiciera de nuevo presente y perecieran debido a la tenacidad de su maldad. Para sorpresa de Jonás hubo un “avivamiento” que interesó a todas las capas sociales y políticas y del cual se quiso aun que los animales irracionales participaran en alguna forma. Cuando la iglesia en Jonás llegó con LA PALABRA se percató de que ya el Espíritu de Dios había estado allí trabajando entre los ninivitas. El mundo es del Señor y de tal manera lo ama, que dio a su Hijo para su salvación. El cap. 3 del libro de Jonás nos muestra cómo la botija de aceite de la gracia divina se ha roto y derramado por todo el mundo, filtrándose a través de los apretados y cerrados muros de la iglesia que no siempre ha estado tan lista y dispuesta a compartirla como Dios hubiera querido. Y nuevamente se produce aquí el rechazo. Jonás, la iglesia de su tiempo, prefiere no ser testigo de lo que está sucediendo en Nínive y se sale de allí pidiendo a Dios que ante misiones como ésta y con tales resultados prefiere la muerte y terminar de una vez por todas de estar siendo testigo dé las indiscriminadas manifestaciones del perdón y la magnanimidad de Dios para con todos los pecadores.

Cansada de luchar contra un Dios perdonador y magnánimo, la iglesia encuentra solaz y reposo a la sombra de una enredadera. La iglesia ha dejado de preocuparse por el verbo ser porque ahora tiene una posesión que le garantiza paz, reposo e inactividad. Ahora Jonás se entretiene en cuidar y podar su enredadera. Pero al ver que esta posición holgada y tranquila también desaparece, vuelve a enfadarse y a desear su propia y completa destrucción. Es aquí donde el libro alcanza su clímax en las palabras de reconvención del Señor: “tú amas tus posesiones y las cuidas; ¿no voy yo a amar y a salvar a los hombres?”.

Jonás es la señal más clara y la flecha más aguda que apunta con precisión hacia LA PALABRA encarnada y hacia la determinación inquebrantable de Dios de salvar al mundo por medio de su amor en Jesucristo. No hay duda de que Dios quiere utilizar a su iglesia en este plan de salvación, pero no va a renunciar a él ante los prejuicios que impidan a la iglesia ver con claridad los designios eternos de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo quiso que su generación viera en Jonás la única señal clara y elocuente de lo que es la voluntad divina para el mundo y para su iglesia, también nosotros deberíamos tomar este pequeño volumen muy en serio y ojalá que la oración del capítulo 2 se convirtiera hoy en la genuina oración de una iglesia que se reconcilia con su Señor y está dispuesta a colaborar con él en su obra de redención y salvación, cuyos alcances son los de la gracia y la misericordia del ilimitado amor de Dios. Jonás sigue siendo hoy la única señal, no la perdamos de vista.

La Biblia en America Latina
 

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