La cuestión de los libros apócrifos

De la revista El Evangelista (Montevideo, Uruguay) 1879

No añadas sobre sus palabras, porque no te arguya y seas hallado mentiroso. Prov. 30:6

Los referidos libros denominados apócrifos, son los siguientes: Tobías, Judith, Sabiduría, Eclesiástico, Baruch, los primeros dos libros de los Macabeos y algunos capítulos añadidos a los libros de Ester y Daniel.

Las iglesias evangélicas, con voz unánime y de común acuerdo con la iglesia primitiva, rechazan las pretensiones de estos libros como de inspiración divina; esta posición es la que pretendemos ahora defender.

El principio de nuestro examen con respecto a este importante asunto, es pedir al benévolo lector que mantenga siempre a la vista y bien, los límites de la proposición que se trata de probar.

La cuestión no es averiguar si estos libros contienen o no historias verídicas, o si son de utilidad para cierta clase de instrucción, sino determinar: Si estos libros fueron o no dados por inspiración de Dios, y por consiguiente, tienen o no derecho de ser incluidos en el cánon de los libros que la iglesia de Cristo recibe como la voz de Dios.

Dado el caso que fuesen originalmente inspirados, tienen este derecho, y el excluirlos es incurrir en la maldición con que amenaza el sello de la Biblia a quienes disminuyeren. Apoc. 22:19.

Si no fuesen originalmente inspirados, jamás lo podrían ser; ningún poder les podía comunicar esta virtud, y el incluirlos en el canon, es incurrir en la maldición con que se amenaza a quien «agregare.» Apoc. 22:18.

Careamos esta cuestión con la debida apreciación de su importancia; y sin perder de vista las consecuencias de uno y de otro lado. Resultará que uno de los partidos en este negocio está actualmente bajo la maldición divina. Si los libros en verdad pertenecen a la revelación divina, entonces los cristianos evangélicos, por haber disminuido, son malditos; pero si al contrario, los libros no pasan de ser unos escritos, aunque religiosos, obra de origen humano, la iglesia de Roma, que los agrega a la palabra de Dios, tiene sobre sí la maldición divina.

Dicen las Sagradas Escrituras: «Porque yo protesto a cualquiera que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas escritas en este libro. Y si alguno disminuyere de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida y de la santa ciudad, y de las cosas que están escritas en este libro.» Apoc. 22:18, 19.

El origen histórico de la introducción de estos libros, que dio lugar a la equivocación, es el siguiente:

Un cierto Ptolomeo, rey de Egipto, habiendo establecido en la ciudad de Alejandría una gran biblioteca, deseaba enriquecerla con una traducción de los sagrados libros de los judíos; y para la realización del fin que se proponía, ordenó que contratasen a setenta judíos para traducir del hebreo al griego, las Sagradas Escrituras.

Este trabajo, finalmente, se realizó en el año 282 antes de Cristo, en el reinado de su hijo Ptolomeo Filadelfo. A esta traducción se agregaron entonces los libros judaicos que ya existían en el idioma griego; de manera que la reunión de estos libros con los libros divinos, es debida a un rey pagano que naturalmente no conocía ni a unos ni a otros como divinos. Por eso ninguna dificultad había que sentir en colocar ambos en la misma categoría.

La dispersión de los judíos por diversas partes del mundo y la difusión del idioma griego, dio motivo a que en los tiempos subsiguientes, esta versión de los setenta entrara mucho en uso y más tarde se tomara como base de otras traducciones; y como los libros apócrifos han tratado de asuntos semejantes, poco cuesta entender el verlos asociados con los libros verídicos, lo cual gradualmente introdujo una cierta confusión de ideas a su respecto, cuyo triste resultado culmina en el concilio de Trento, cuando bajo pena de anatema decretó éste su adopción como palabra de Dios.

El primer argumento que queremos exponer en defensa de la posición que excluye del cánon inspirado a los libros apócrifos, se refiere al idioma en que se hallan escritos.

Los libros del canon hebraico fueron escritos sin excepción, en el idioma de la nación a quien Dios se ha revelado, a saber: de la hebraica. En el intervalo de tiempo desde que Esdras juntó y arregló las Escrituras en orden, cerrando así el cánon (véase prefacio del libro de Tobías, traducción portuguesa por A. P. Figueiredo), hasta los días de Jesucristo, cuando el idioma griego se introducía entre los israelitas, éstos, por la admisión de su propio historiador Josefo, «no han tenido sucesión cierta de profetas.» Los libros en cuestión pertenecen a ese intervalo, y ninguno de ellos se encuentra en el idioma hebraico, ni siquiera las porciones que profesan pertenecer a los libros de Ester y Daniel; pero todos, por la confesión del profundo estudiante, el clásico cardenal Ximenez, existen solamente en griego (Ximenez vivió en el siglo XV y fue uno de los mayores hombres) que ha producido la Iglesia de Roma.

Juzgue, pues, el lector, lo que deberíamos pensar con respecto a las pretensiones de los fragmentos de libros que solamente se encuentran en griego, mientras profesan formar parte de los libros escritos en el idioma hebraico.

Es verdad que se han hecho tentativas para demostrar que algunos de los libros eran escritos en el idioma caldeo y siriaco (No se trata aquí de la versión siriaca hecha posteriormente en la era cristiana); pero por lo poco que esto importa, no hay nada tan cierto como que jamás existieron en aquellos idiomas, y aun toda la evidencia de que hayan existido alguna vez en aquella forma, es en extremo oscura y dudosa.

Los únicos libros que afirma S. Jerónimo haberlos visto en hebreo, son el Eclesiástico (véase el prólogo sobre libros de Salomón) y el primer libro de los Macabeos. (véase el Prólogo Galeato)

Pero aunque fuera concedido que estos libros fueron originalmente escritos en hebraico, no sería eso más que una débil presunción a su favor.

Un libro puede muy bien ser escrito en el idioma hebraico sin pertenecer al cánon, porque es natural el suponer que los israelitas tuviesen en su idioma otros libros (como lo sabemos) además de los escritos inspirados por Dios. Pero es poco probable que un libro perteneciente al cánon fuera escrito en idioma extranjero.

La fuerza de nuestro argumento está en el hecho de que los libros no fueron escritos en el idioma nacional; el hebreo continuaba siéndolo, no obstante también la introducción del griego entre ellos.

El hecho de que los libros fueron escritos en idioma extranjero y diferente de todos los libros genuinos, aunque por sí no es suficiente para condenarles en el caso que hubiese otra evidencia suficiente con que apoyarlos, es por cierto un argumento de prima facie, que hace sospechar de los libros y debe al menos cautelarnos mucho en el examen de las pruebas.

El segundo argumento que presentamos contra la admisión de los libros apócrifos entre las Sagradas Escrituras, es el siguiente: los judíos, a cuya literatura pertenecen y de cuya historia tratan, los excluyeron perentoriamente desde un principio, del número de sus libros divinos.

Este es un hecho universalmente admitido; pero aun así vale la pena de citar aquí el testimonio de Josefo (sacerdote judaico contemporáneo de los apóstoles), que hace patente el estado del asunto entre sus compatriotas en el tiempo de Jesucristo y los apóstoles.

«Tenemos, dice él, solamente veinte y dos libros; que contienen la historia de todo el tiempo, que propiamente son tenidos por divinos; cinco de éstos son de Moisés… Los profetas después de Moisés han escrito las cosas de su tiempo en trece libros. Los cuatro que restan, contienen himnos a Dios y preceptos para la vida del hombre. Desde el tiempo de Artajerjes hasta nuestros días, se han escrito libros que no son dignos de la misma fe que aquéllos que precedieron, por no haber sucesión cierta de profetas». (Eusebio Hist. Ecles. lib. 3, cap. 10.)

Los israelitas repartieron los libros sagrados en tres divisiones, las cuales reconocieron por los respectivos nombres de la «Ley, los Profetas y la Hagiógrafa», siendo esta última con frecuencia denominada «Los Salmos», por la razón de ser éste el primero en la lista. (Bossuet, citado por Pereira en Lucas 25:44)

Bajo estos tres títulos fueron inclusos todos los 39 libros del Viejo Testamento, admitidos sin discusión por los cristianos y contenidos en las Biblias que admiten y usan los protestantes.

Los judíos por conveniencia de hacer el número de los libros corresponder con las 22 letras de su alfabeto, juntaron en un solo libro las cuatro profecías menores, incluyendo también el libro de las Lamentaciones con la profecía de Jeremías y juntando Rut al libro de los Jueces. Por este medio han conseguido reducir el número dentro del deseado límite. Josefo se conforma con esta costumbre en la cita que acabamos de referir.

El valor del testimonio de los judíos en esta cuestión, no es pequeño.

Para aquéllos que profesan mirar como soberana la autoridad de la iglesia, debo ser terminante; pues los judíos, Antes de rechazar al Mesías, constituían la iglesia o el pueblo de Dios, como afirma S. Pablo a los Romanos 3:2. «Lo primero ciertamente, porque los oráculos de Dios les (a los judíos) han sido confiados.» Del mismo modo, si fuera considerado como testimonio de toda una nación de hombres que tenían la mejor ocasión de saber la verdad sobre esta cuestión; y cualquiera que fuera su negligencia en no aprovecharse de las instrucciones de sus sagrados libros, eran ellos confesadamente muy celosos respecto de éstos, que mucho se jactaban del tesoro que poseían en ellos, y eran muy cautelosos en guardar intacto y puro este sagrado depósito de incalculable estimación.

Jesucristo mismo, en el momento de retarlos por el descuido de sus preceptos y consejos, hace mención del grande honor que dieron a la memoria de los profetas, edificando y guarneciendo sus sepulcros (Mateo 23:29) y todas las circunstancias de su historia hacen evidente que era mucho más probable que buscasen aumentar el número de los profetas y sus escritos, que disminuirlos rechazando sus escritos verídicos.

En vista de la posición ocupada por los judíos relativamente con respecto a las escrituras de las cuales fueron los guardianes ordenados, sin que les atribuyesen infalibilidad alguna, aceptaremos como consecuencia innegable, que su testimonio contra los libros apócrifos debe ser considerado como concluyente, en vista de no haber otras evidencias a su favor tan claras, tan explícitas, tan irresistibles, que no dan margen a equivocación. Dice el cardenal Cayetano: «Dos útiles máximas hemos alcanzado de la obstinación de los judíos … la otra es la fe de los libros sagrados. Pues si todos se hubiesen convertido a Cristo, el mundo tendría imputado por invención de los judíos, aquello que fue prometido del Mesías; pero cuando los judíos continúan enemigos de Cristo y testifican que por los padres (judaicos) otros libros ningunos, sino éstos, serían tenidos por canónicos, etc., …» (Cayet, Coment. en Rom. cap. xi, pág. 38. Paris, 1532).

Acabamos de considerar el hecho no debatido, de que los judíos en el tiempo de Cristo han excluido del cánon de los libros inspirados, aquéllos que la iglesia romana ahora declara ser una parte de la revelación divina.

Este procedimiento de su parte, fue público y notorio, y por eso no podía ser ignorado por Cristo y sus apóstoles. Por la suposición de que erraban los judíos en eso, es decir, si los libros rechazados fuesen una parte de la propia palabra divina, era de juzgar que el Señor no dejaría pasar sin observación un error tan grave.

Existen casos en que el silencio equivale a un consentimiento y el callarse viene a ser una aprobación. Esto sería precisamente uno de ellos.

Cristo vino al mundo a propósito para establecer y dar cumplimiento a la ley y a los profetas, según él lo ha manifestado. (Mateo 5:17). Los profetas del Viejo Testamento fueron sus propios mensajeros, enviados delante de él para que diesen testimonio a los siglos subsiguientes. La nueva religión que él vino a plantear, no era en oposición a la antigua, sino el desenvolvimiento del mismo sistema. Pero ni una palabra de censura han recibido los que, según nuestros adversarios, ¡mutilaron y ultrajaron a la revelación divina de la manera más pública y escandalosa!

Mucho más admirable es esto, visto que el Señor reprendió a los israelitas por tantísimas cosas y principalmente por haber agregado a la palabra de Dios, las tradiciones de sus padres, hasta el extremo de invalidarlas (Mateo 15, Marcos 7:3-13) lo que le hubiera conducido naturalmente reprenderles también por haber truncado la palabra divina, por otra parte, si lo hubiesen hecho.

También era admirable que siendo estos libros una parte del cánon, ni el Salvador, ni los apóstoles que tanto citaron las Escrituras, jamás hiciesen una sola referencia de cualquiera de ellos, ni tampoco diesen el más mínimo indicio de su existencia.

Por las investigaciones hechas recientemente por un laborioso investigador, sabemos que las páginas del Nuevo Testamento contienen nada menos que 205 citas directas y 384 referencias y alusiones a los libros del Viejo Testamento; y que solamente un libro hay, entre los 39 canónicos, que no recibió mención de ninguna especie.

Pero no se encuentra ni una sola referencia o alusión a cualquiera de los rechazados libros y eso cuando el rechazo de ellos por los israelitas, lo hizo tanto más necesario, como testimonio autoritativo a su favor.

Parece un poco más que casual ese silencio, y mirado en conjunción con las actuales circunstancias, es lógico oponerse a las pretensiones de los cuestionados libros.

¿Qué debemos pensar cuando tan lejos de prestar algún apoyo a los libros apócrifos, el Señor efectivamente ha adoptado y aprobado el cánon judaico que los excluyó?

Hablando con sus discípulos después de su resurrección, S. Lucas nos manifiesta que: «Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas los declaraba en todas las cosas tocantes a él.» (Lucas 24:27). ¿Estas Escrituras cuáles eran? Ha mencionado en seguida lo que se halla en el verso 44, que dice: «Estas son las palabras que os habló estando aún con vosotros: Que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas en la ley de Moisés y en los profetas y en los Salmos, de mí,» reconociendo así la exactitud de la lista de los libros sagrados comúnmente usado por los judíos, por lo cual fueron excluidos los libros apócrifos. (S. Agustín hace referencia a esto, diciendo: «Estos escritos que se llama Macabeos, los judíos no estiman como la Ley y los Profetas y los Salmos, los cuales el Señor testifica que son sus testimonios»- Aug. lib. II, cont. Graus, c. 23)

Este proceder de Jesucristo importa el rechazo terminante de los libros espurios, y aunque nuestro argumento acabara aquí, seria en todo completo y suficiente para condenarlos.

Ni puede todo el supuesto testimonio que se tomaren de los siglos subsiguientes, bastar para rebatirlo.

Es absolutamente increíble que ni el Salvador, ni cualquiera de los apóstoles, dirigiese una sola palabra para restaurar a su debido lugar en el volúmen sagrado, una parte de la revelación de Dios que se hallaba despreciada por los judíos. Es increíble, que tan poco cuidado tuviesen en entregar a las manos de la Iglesia primitiva el cánon completo de las Escrituras, que ese no consiguiese determinarse en cuanto al más antiguo de los Testamentos, hasta después de transcurridos quince siglos, cuando el Concilio de Trento pronunciara su decreto y que la Iglesia en sus primeros y más puros tiempos fuese dejada (según esta suposición) con una Biblia incompleta, mientras que dos o tres palabras de Jesús, o de cualquiera de sus apóstoles, hubiera determinado este punto para siempre.

Al entrar ahora en el examen de las diversas opiniones referentes a estos libros en los distintos siglos de la historia de la iglesia cristiana, es necesario guardarnos de cualquiera equivocación al definir la palabra canónica.

En los tiempos modernos, esta palabra se ha limitado solamente a los libros reconocidos por inspirados; de manera, que el afirmar ahora que cualquier libro es canónico, equivale al decir que constituye una parte de la revelación escrita, y debe ser recibido como palabra expresa de Dios.

Antiguamente esta palabra tenía un uso menos limitado. Existían dos modos de hablar con respecto al cánon. Hablando del cánon eclesiástico, que contenía todos los libros usados y leídos en las iglesias, algunos escritores llamaban canónicos no sólo a los libros considerados como de revelación divina, sino también a los que figuraban en las listas de libros que servían para edificación.

Otros hablando del canon divino aplicaban el término canónico en idéntico sentido en que ahora lo usamos, limitándolo estrictamente a los libros inspirados.

Para que esta distinción no sea considerada como una mera opinión nuestra, citaremos aquí el testimonio de un eminente doctor de la Iglesia romana, el cardenal Cayetano, que escribió pocos años antes que tuviese lugar el Concilio de Trento. Dice:

«En este punto concluimos el comentario de los libros históricos del Viejo Testamento,—pues el resto, a saber: — Judith, Tobías y los libros de los Macabeos, eran considerarlos por Jerónimo como libros fuera del canon (libros extra-canónicos) y colocados entre los apócrifos con los libros de Sapiencia y Eclesiástico. No te turbes, novicio, si en alguna parte encuentras estos libros incluidos entre los canónicos, tanto por sagrados concilios, como también por doctores sagrados, pues las palabras de los concilios como las de los doctores, tienen que reducirse al decir de Jerónimo y según su testimonio, aquellos libros y cualesquiera otros semejantes que existan en la Biblia, no son canónicos, es decir, no son de regla para afirmar las cosas con respecto a la fe. Pueden ser llamados canónicos, es decir, de regla para la edificación de los fieles, de manera que son con este fin (ad hoc) recibidos y autorizados en el canon de la Biblia. Por medio de esta distinción, pues, puedes comprender no solamente las palabras de Agustín (in. lib. II de Doct. Christ.), sino también las cosas escritas en el concilio Florentino (sub Ejem. IV) y las cosas escritas por los concilios provinciales de Cartago y Laodicea, y por los Pontífices Inocencio y Gelacio.» (Cajetan, in omnes anthen. Vet. Test. Hist. Lib. coment. p. 482, Paris, 1545).

La misma falta de determinación se encuentra con respecto a las palabras «Escrituras,» «Sagradas Escrituras,» que son aplicadas por algunos escritores, no solamente a los libros que ahora reconocemos, sino también a los libros apócrifos rechazados por el consentimiento común, aplicándose el término solamente para distinguirlos de otros libros completamente seculares o espúreos.

El padre Pereira de Figueiredo me ha ahorrado el trabajo de citar las pruebas tocante al testimonio de los padres antiguos, que nos dejaron los catálogos de los libros sagrados, porque hizo en su prefacio a los libros de los Macabeos, una admisión relativa a estos libros, que igualmente se aplica a todos.

Habla el padre Figueiredo:

«Fueron también admitidos en sus catálogos por todos aquellos padres que se ciñeron al Hebreo, como sean: — Militon de Sardis, Orígenes, S. Cirilo de Jerusalén, S. Gregorio Nacianceno, Hilario y los padres del Concilio de Laodicea, y aun mucho después por S. Juan de Damasco.»

A la verdad, de unos 20 catálogos o listas, dejadas por los escritores y padres antiguos (sin decir nada de los que de otra forma rechazaron a los libros apócrifos no existe uno solo (a no ser el de Agustín) que haya incluido estos libros.

Jamás se ha pretendido que fuesen reconocidos por canónicos antes del siglo IV. En el año 364 se reunió el concilio de Laodicea, dio la primera decisión sinódica, estableciendo el cánon tal como nosotros (los protestantes) lo recibimos.

Este decreto fue después confirmado por el concilio de Trullo y por el concilio general de Calcedonia, que tuvo lugar en el año 451, en su cánon; y tiene toda la fuerza de un decreto de concilio general. En el mismo siglo, Atanasio, después de confeccionar una lista de los libros hebraicos, continúa así:

«Además de estos existen otros libros del Viejo Testamento, que no son canónicos… La Sabiduría de Salomón, la sabiduría de Jesús, hijo de Sirach, Ester, Judith y Tobías.

Estos no son canónicos» (Sypons Sac. Scriptur. Paris 1627).

El testimonio que sobro todo debo pesar para aquéllos que se atienen a la Vulgata, es el de Gerónimo su traductor. Cualquiera que examinara la edición de la Biblia de Pereira de Figueiredo, publicada con autorización del Cardenal Patriarca de Lisboa en 1833, notará como él (Gerónimo) ha tratado de las porciones apócrifas de los libros de Ester y Daniel; y en cuanto a lo demás, basta citar aquí sus propias palabras, donde después de dar una lista de los libros recibidos, dice:

«Cualquiera que exista además de éstos, debo ser puesto entre los apócrifos, por eso la Sabiduría, Jesús, hijo de Sirach, Judith, Tobías y Pastor, no están en el cánon.» (Hieron. Tom. 3, praefat. in lib. regun.)

En otro lugar dice:

«Así como la Iglesia lee los libros de Judith, Tobías y Macabeos y no los recibe entre las Escrituras canónicas, también lee estos dos volúmenes (Sabiduría y Sirach) para la edificación del pueblo, no para confirmar autoridad de dogmas (non ad authoritatetem confirmandum). (Ibid. praefat. in Prov. Salom).

El papa Gregorio en el siglo VII nos ha dejado un testimonio que habla no solamente para él mismo, sino también para sus contemporáneos. Cuando una persona tiene por necesario pedir permiso para investigar lo que cree útil, es manifiesto que está saliendo de la costumbre general.

Haciendo una cita de los Macabeos, decía: — «Será permitido proferir testimonio tomado de un libro no canónico.» (Greg. Moral, lib. 19, cap. 17.)

Para no continuar en estas citas más allá de lo que sea necesario, basta solamente decir: que el estado de las cosas que hemos expuesto, ha continuado hasta el siglo del Concilio de Trento.

Pereira de Figueiredo lo ha concedido en cuanto a Juan de Damasco en el siglo VIII, el cual después de excluir todos de su cátalo, dice: — «La Sabiduría de Salmón y la Sabiduría de Jesús (hijo de Sirach), son instructivos y buenos; pero no son enumerados (entre los profetas), ni guardados en el arca. (De fid. orthod. lib. 4, cap. 13)

El testimonio del cardenal Cayetano en el siglo XV está a la vista, y junto con este tenemos el del cardenal Ximenez, que en el prefacio de su grande Biblia Políglota, dedicada a León X en 1517, dice:

«Los libros además del cánon (libri extra canonem) que la iglesia recibe sólo para la edificación del pueblo y no para confirmar la autoridad de dogmas eclesiásticos, se hallan escritos solamente en griego, cuyos libros van enumerados, a saber: — Tobías, Judith, Sabiduría, Eclesiástico, Macabeos y las adiciones apócrifas a Ester y Daniel.»

Sumando el testimonio tradicional o histórico analizado aquí, tenemos:

1. Tres siglos en que no hay debate sobre si estos libros estaban o no en el cánon.
2. La decisión de un concilio general.
3. El testimonio de todos los catálogos auténticos, en los sucesivos siglos.
4. y finalmente, el de dos o más eminentes doctores del siglo XV, todos con voz unánime, rehusando admitir estos libros en el cánon de los inspirados.

Examinando ya el testimonio externo que nos prohíbe recibir los libros apócrifos, debemos ofrecer ahora algunos ejemplos de las pruebas, que en los mismos libros se encuentran, de que éstos son de un origen no inspirado.

Antes de entrar en materia, aconsejamos a todo aquél que quiera profundizar esto, que lea los libros lado a lado con los canónicos, haciendo una comparación del estilo en que están escritos; porque estamos seguros de que para quien tenga una apreciación digna del estilo elevado y puro de los verdaderos, la diferencia será patente.

Esto decimos, no con respecto a la diferencia en la elegancia del lenguaje, como existe, por ejemplo, en el Nuevo Testamento entre Lucas y otros de los escritores menos ilustrados que él; sino que hay un tono de dignidad y elevación en los auténticos libros del Viejo Testamento, que tanto se encuentra en el escrito de Amós, el pastor de ganado y recogedor de higos (Amós 1:1; 7:14), como también en los del rey David o de Isaías.

La altivez con que los profetas reclaman para sí la inspiración divina y hablan en el nombre del Señor, falta completamente en los libros apócrifos, cuyos autores en ninguna parte hacen la más mínima pretensión de hablar por inspiración.

El mismo traductor del libro de «Eclesiasticus«, ha establecido en su prólogo la imposibilidad de haber sido escrito este libro por inspiración, pues en contraste con lo que dice el Apóstol, que ninguna profecía se hace por interpretación particular, sino que hombres santos hablaron por el Espíritu Santo (2 Timoteo 3:16), éste nos cuenta como su abuelo (autor del libro) influido meramente por voluntad particular y en parte, con el objeto de contribuir para que el pueblo de Israel fuese alabado por su doctrina y sabiduría, puso manos a esta obra.

Ahora, primeramente, esta idea, como origen de la obra, está muy poco en armonía con los métodos divinos, y es suficiente por sí sola para destruir la pretensión de ser inspirado el libro.

En segundo lugar, el que debería haber sabido si su abuelo tuviera alguna pretensión de ser profeta y si profesara hablar en el nombre del Señor, no hace la más distante alusión a semejante idea y aun cuando llama la atención del lector para su libro, en vista de las razones que influyeron a su abuelo para escribirlo, jamás se ha acordado de dar como razón, que tuviese una autoridad divina, lo que parece increíble que dejara de hacerlo, en el caso de creer que el libro era una parte de la palabra de Dios. Semejante cosa sucede con el segundo libro de los Macabeos, cuyo autor declara (2:24) que abrevió su obra de Jasón de Cirene y en el cap. xv, 39, trata de disculparse, diciendo: «Y si ella está bien organizada, como conviene la historia, eso es también lo que deseo; pero, si por el contrario, fue escrita con menos dignidad, se debe perdonar.» A la idea de un hombro inspirado, hablar así, no solamente contradice la experiencia de todos los libros indudables, como es aun repugnante al sentido común, pues importa nada menos que el suponer que Dios pidiese disculpas a sus criaturas para no usar con gracia su lenguaje. Sería absolutamente imposible imaginar a Moisés, Isaías, Pablo o Juan hablando así.

Este mismo autor, en su cap. xiv, 42, hace encomio a un hombro por haberse suicidado, llamando a ese hecho «morir noblemente;» este acto (a más de ser motivado por orgullo) está prohibido expresamente en el libro de Éxodo (20:13).

En el libro de Tobías, el engaño y la mentira, prohibidos expresamente en los Proverbios (12:22) y otros innumerables pasajes, ¡están atribuidos a un ángel de Dios!

En el cap. v, 7, el ángel se dice ser uno de los hijos de Israel, y en el verso 18 se llama «Azarías, hijo del gran Anaías,» cuando en el cap. xii, 15, él confiesa el engaño diciendo: «Soy el ángel Rafael, uno de los siete que asistimos delante del Señor.»

En el cap. vi, 1 a 2, el ángel está representado como enseñando a Tobías encantamientos y hechicerías, cosas rigorosamente prohibidas, tanto en el Deuteronomio (18:10 y 11), como en Isaías (8:19), lo que viene a ser una completa condenación de semejante libro.

En el libro genuino de Ester, está contado (cap. ii, 16), como ella fue hecha reina en el séptimo año del rey Asuero. Por los versos 21 y 22, aprendemos que posteriormente había una conspiración contra el rey, que fue descubierta por Mardoqueo, y que «inmediatamente dio parte de eso a la reina Ester, y ella al rey, en el nombre de Mardoqueo.»

En la parte apócrifa (cap. xi, 2), el descubrimiento de esta conspiración está puesto en el segundo año del rey, precisamente cinco años antes de ser reina Ester.

Otro ejemplo: la verdadera historia afirma (cap. vi, 3), que Mardoqueo en aquella ocasión «no recibió la menor recompensa,» y la supuesta dice en el cap. xii, 5, que fue premiado luego, y trata también del odio subsiguiente de Amán, cuando por los capítulos vi, vii y viii, se ve que en la noche entre el primero y el segundo banquete de la reina, fue traída a la memoria del rey su negligencia en cuanto a Mardoqueo, y fue en el día siguiente por la mañana, que Amán fue mandado premiarlo, y en el mismo día por la tarde, fue Amán ahorcado.

Es excusado citar más ejemplos.

Bastan éstos para indicar el desacuerdo quo existe entre esos libros y los genuinos; incidentes que no pueden suceder donde opera el mismo ánimo infinito.

Añadida esta evidencia con la externa ya expuesta, nos parece colocar más allá de toda duda, el origen espúreo de estos libros.

Teniendo a la vista las evidencias que rechazan la inspiración de los libros apócrifos, deseamos, antes de concluir con este asunto, dedicar un capítulo a la consideración de lo que nuestros adversarios acostumbran citar en favor de ellos.

Pereira de Figueiredo en su prefacio a los Macabeos, se refiere a la tradición de las iglesias de África y de Roma.

Lo que ya hemos citado de las obras del papa Gregorio I, es suficiente para probar que en el siglo VII no había semejante tradición en su Iglesia. En caso contrario, jamás hubiera él pedido disculpa por citar esos libros, ni hubiera hablado de ellos, como efectivamente habló en su comentario sobre el libro do Job, donde dice: — «Estos libros no son canónicos, pero son usados para edificar la Iglesia.» En cuanto a la Iglesia de África, había dos obispos africanos en el siglo VI, que juntamente con el renombrado Agustín, deben ser oídos.

Junilio, hablando de los libros de Tobías, Judit y Macabeos, pregunta y contesta: «¿Por qué no corren esos libros entre las escrituras canónicas? Porque entre los hebreos fueron recibidas con esta diferencia, como lo testifican Jerónimo y otros más.» (Junil. African. de part. div. legis. lib. i, c. iii)

Primacio, obispo de Adneméte, en su comentario sobre el Apocalipsis, cap. iv, dice, que por las veinte y cuatro alas y los veinte y cuatro ancianos, San Juan hace referencia a los «Libros del Viejo Testamento, que es el mismo número que recibimos por la autoridad canónica.»

Hablando de los padres que nos han dejado las listas, hicimos una excepción parentética de Agustín, no para excluirlo, sino por haber necesidad de tratar aquí del catálogo de él.

El cánon de Agustín se ha citado en favor de los libros apócrifos, porque este padre efectivamente los incluyó en su lista. Es necesario ponderar esta evidencia.

Es menester examinar las palabras con que Agustín ha introducido su catálogo (guardando en la memoria la distinción entre el cánon divino y el eclesiástico, ya mencionado y testificado por Cayetano), para descubrir que esta lista nada hace en favor de la admisión de los cuestionados libros. Dice:

«El método siguiente debe observarse con referencia a las escrituras canónicas, las cuales son recibidas por todas las iglesias católicas, y deban ser preferidas a las que algunas de las iglesias aun no reconocen, y en el caso de esta última clase, las que son recibidas por las iglesias más numerosas e importantes, deben ser preferidas.» (Doctr. Christ., lib. II, cap. viii).

Es manifiesto que la solución de Cayetano es propia, y que la palabra canónica en ese pasaje, no es sinónima de inspirada, porque Agustín sería el último que cayera en un engaño semejante al hablar de dar preferencia a una parte de la obra de la inspiración más que a la otra, cuando todo siendo de Dios, había de tener la misma autoridad.

Pero la aserción de Pereira de Figueiredo está fundada en un cánon de las Escrituras atribuido a un Concilio que tuvo lugar en Cartago en el año de 367.

Entre los decretos de este Concilio, en su canon 47 se encuentran estas palabras: — «Es de nuestro agrado que además de las escrituras canónicas, no se leyese nada en la Iglesia en nombre de escrituras divinas, pero son canónicas escrituras Tobías, …»

El docto cardenal Cayetano en la cita a que ya aludimos, nos ha enseñado que esta declaración se refiere al canon eclesiástico y no pretende dar a los libros la autoridad de inspirados; y este dictamen de él, concuerda muy bien con aquello que dice el mismo cánon, porque, no obstante la latitud de expresión con que aplican a los libros el estilo de divinos, es de los libros que se leyesen en la Iglesia, que el canon trata, no de los que se sirviesen en prueba de doctrina.

Aun, pues, cuando fuese concedida la autenticidad de este cánon, en nada habla de aprovechar a nuestros adversarios, porque lo más que hace, es colocar los libros en la lista de aquéllos que leyesen en la iglesia, esto es, en el canon eclesiástico.

Pero además de todo eso, hay razón bastante para creer que el canon es espúreo, y es lo siguiente: 1. Hay una diferencia entre las ediciones griegas del Concilio y las latinas, en cuanto a los libros de los Macabeos. 2. Hay mucha confusión con respecto de sus canones; como lo confiesa Baronius y Binius (Baron. An. Bin. in Con. Carrk. 3. y el canon que favorece a los libros cuestionados, contiene un anacronismo de 21 años, esto es, trae una mención del papa Bonifacio, que no llegó a la silla pontificia sino en el año 418, cuando el Concilio y sus cánones fechan la época del año 397. (Labb et Coss. Con. Gen., vol. xvi, p. 130)

Un error tan palpable como éste, es una prueba evidente de haber falsificación en esto, porque solamente un autor moderno (asimismo bastante descuidado) podía haber incurrido en semejante confusión, lo que de por sí es suficiente para desacreditar por completo el documento que lo trae. Algunos autores romanistas, queriendo escapar de las consecuencias de este hecho opresor que no podían negar, han atribuido el cánon al sexto concilio de Cartago, en el año 419; pero eso lo hacen sin sombra de evidencia, y nada hay más cierto que esto; que en la edición del concilio en la colección de los romanistas Lableo y Cossartio (vol. II, pág. 1589), cuya obra es de autoridad en estos asuntos, ninguna lista de los libros hay.

En las obras del Dr. Du Pin, descubrimos también que algunos escritores lo atribuyeron al Concilio de Hippona en 393, y no hace mucho tiempo, hemos visto en un periódico citarse este mismo canon; en nombre de estos tres Concilios, ¡como si fuesen tres canones diferentes!

Es así que con testimonios falsos tratan de engañar a los hombres.

El segundo documento en que los sostenedores del decreto tridentino se afirman, es una lista adjunta a una carta del papa Inocencio I, que fecha de la época del año 405. Pero:

1. Cayetano declara que esta lista no es sino cánon eclesiástico, y no ha encontrado en sus días a nadie que lo haya contrariado en tal declaración.

2. Esta lista se halla opuesta por el dictamen de Gregorio, sucesor de Inocencio, en el siglo VI, cuyas palabras ya hemos citado, lo que desde luego deja dudosa la autenticidad del documento, siendo poco probable que Gregorio diese por apócrifos los libros que un antecesor suyo había declarado canónicos e inspirados.

3. La lista no viene incluida en la carta de Inocencio, pero sí agregada al final, lo que fácilmente otros podrían hacerlo en los tiempos más modernos.

4. Esta duda se vuelve en verdad, cuando venimos a saber que jamás se ha oído hablar de semejante lista antes del siglo IX. 469 años después de la fecha de la carta, y en una época en que salieron a la luz infinidad de cartas y otros documentos fraguados por un célebre Isidoro Mercator, que hoy en día ningún escritor respetable de la Iglesia Romana pretenderá defenderlo. Entonces fue que el papa Nicolás en una carta que tenía por objeto acreditar las cartas fraguadas por lsidoro, ha citado por la primera vez esta lista de libros apócrifos como lista de Inocencio I.

5. Casiodoro, escribiendo con respecto al cánon de las Escrituras en el siglo VI, ninguna alusión hace, tanto a la lista de Inocencio, como a la de Gelacio, de quien hablaremos más adelante. Un escritor del siglo VII citando la carta de Inocencio nada menos que seis veces en prueba de ciertos puntos con respecto a los libros apócrifos, no hace mención alguna de semejante lista, que ahora dicen encontraron al final de la carta, lo que hace probable que en aquel tiempo no existía.

Otro cánon o lista que se cita, es una que corre en nombro del papa Gelacio, y profesa ser debida a un Concilio compuesto de 70 Obispos, celebrado por él en Roma en el siglo V. Pero:

1. Nada se puede determinar con certidumbre, respecto a tal Concilio.
2. Igualmente con la lista atribuida a Inocencio, está desmentida por Gregorio, que no podía ignorar un Concilio de su propia sede, en el siglo antecedente a él mismo.
3. También depende del testimonio de Isidoro, con el resto de cuyas ficciones, vino a la luz en el siglo IX.

En lo demás, está atribuido a Damaso y a Hormisdas, que en el periódico que ya hemos mencionado, fue citado dos veces, como si hubiesen dos listas diferentes.

Además de todos estos, el único catálogo que resta es el del papa Eugenio IV, publicado en el año 1441, después del Concilio Florentino y en una «Instrucción a los Armenios.» Por genuina que sea esta lista, aunque muy moderna, no deja de ser según lo que afirma Cayetano, cánon eclesiástico, lo que está plenamente probado por dos obispos que han asistido a dicho Concilio. Escuchadlos:

Antonino (canonizado por Adriano VI), dice:

«Los hebreos cuentan 22 libros en todo, como auténticos. Llaman apócrifos los libros de Sabiduría, etc. La iglesia a pesar de eso, recibe la apócrifa también como verdadera, útil y moral, aunque no válida para prueba en controversias sobre cosas que son de fe» (Anton. Sum., Hist. P. I. Tit. iii, cap. 6).

Antonio Tostado dice:

«Ninguno de aquellos libros apócrifos, aunque sea escrito entre los demás libros de la Biblia y leído en la iglesia, tiene una autoridad tal, que la iglesia raciocine sobre él, para probar cualquier verdad; en cuanto eso no los recibe. En este sentido es que Gerónimo dice: apocryfa nescit ecclesia» (Tost. enari, praefat in Paralip. ix, 7).

Como no hay más evidencias históricas que examinar, sólo resta revisar brevemente ciertas objeciones que se han presentado contra nuestra posición.

1. Algunos de los padres han explicado y comentado esos libros.
2. Algunos hablan de los libros en cuestión, llamándoles Escrituras Sagradas, libros divinos, etc., como Orígenes, Jerónimo y otros.
3. Algunos los han citado en sus luchas con los herejes, como sean: Atanasio y Gregorio Nacianzeno.

Estas tras objeciones admiten una contestación común. Que los padres explicasen, citasen o usasen de latitud en el sentido de las palabras sagrado, divino, etc., hablando de estos libros en informales ocasiones, no puede alterar la fuerza del hecho de que estos mismos padres los excluyeron formalmente de sus catálogos de libros inspirados.

Por ejemplo: Orígenes dijo: «Esos son solamente los libros que nosotros aceptamos.» Jerónimo dice: «No están en el cánon. La Iglesia no los recibe entre las Escrituras Sagradas, ni para confirmar la autoridad de dogmas.» Atanasio dice: «Estos no están en el cánon.»

En cuanto a Belarmino, seguido por Pereira de Figueiredo, él ha aseverado con respecto a Jerónimo, que éste recibió el libro de Judit, que el Concilio de Nicea puso en el cánon, lo que es increíble, por el hecho de que en los decretos y actos del Concilio de Nicea, ni una sola palabra se encuentra a favor de Judit, lo que hace sospechar que la supuesta aprobación de Judit, está debida a alguna mano más moderna que la de Jerónimo.

4. Más de una frívola objeción hemos visto fundada en haberse figurado en algunos monumentos antiguos, escenas históricas sacadas de algunos de los libros apócrifos, lo quo nada prueba, sino el hecho no negado de que los libros son en realidad respetados y recibidos como una parte auténtica de la historia judaica.

Llegados, pues, al fin de nuestro trabajo, para que el lector (si es romanista) tenga mayor confianza en la evidencia histórica que acabamos de presentar, citamos lo siguiente del renombrado Doctor Du Pin, escritor muy respetado en la iglesia romana.

En su libro titulado «Bibliotheque des auteurs» vol. I, disert. prelim. sec. 2, ha admitido que:

«El primer catálogo que encontramos de los libros de las Escrituras entre los cristianos es el de Meliton, obispo de Sardis, dado por Eusebio en el libro cuarto de su historia, cap. 26. Está perfectamente de acuerdo con el de los Judíos … Orígenes también en cierto pasaje tomado de la exposición del Salmo 1, cuenta veinte y dos libros del Viejo Testamento … El Concilio de Laodicea, el primer Sínodo que ha determinado el número de los libros canónicos; San Cirilo de Jerusalén, en su cuarta lectura catequística San Hilario, en su prefacio a los Salmos; el último canon, falsamente atribuido a los apóstoles; Amphilochius, citado por Balsamon; Atanasio Sinaíta, Sobre el Hexameron, lib. VII; San Juan de Damasco, en su cuarto libro de la fe ortodoxa; el autor de la Sinópsis de las Escrituras, y de la carta festiva, atribuidas a Atanasio; los Nicéforos; todos éstos siguen el catálogo de Meliton. Gregorio Nacianzeno es de la misma opinión.»

En seguida va enumerando otros que por contar como libros separados: los de Rut y Lamentaciones, en lugar de incluirlos con los de Jueces y Jeremías, hacen el número de veinte y cuatro.

Por otro lado, enumerando las autoridades, este sincero escritor católico romano dice:

«El primer catálogo de los libros de las Sagradas Escrituras donde han agregado algunos libros al cánon Judaico, es el del Concilio de Cartago en el año 397, cuando Judit, etc., eran contados en el número de los libros canónicos.» Además de estos, los únicos que pretenden citar a favor del cánon Tridentino, son los de Inocencio, Gelasio y Eugenio, ya examinados.

Ahora, a fin de que el lector perciba mejor, de una vez, la concurrencia histórica, presentamos aquí una lista de una parte de los testigos, que por diversos siglos han negado la inspiración de los libros apócrifos:

Siglo I — Jesús y sus Apóstoles.
Siglo II — Meliton, Obispo de Sardis.
Siglo III — Orígenes y los llamados «Cánones apostólicos.»
Siglo IV — Hilarlo, Cirilo, Atanasio, Eusebio, Rufino, Basilio, Anfiloquio, Jerónimo, Gregorio Nacianzeno, Concilio de Laodicea, confirmado y adoptado por el Concilio de Trullo.
Siglo V — Concilio General de Calcedonia, Agustín y Epifanio.
Siglo VI — Junilio y Casiodoro. (1)
Siglo VII — S. Gregorio, Leoncio y Teodoro.
Siglo VIII — Juan de Damasco.
Siglo IX — Nicéforo patriarca de Constantinopla, y Alcuin.
Siglo X — El abate Elfric, arzobispo de Canterbury.
Siglo XI — Pedro de Clunio.
Siglo XII — Hugo de San Víctor y Ricardo de San Víctor.
Siglo XIII — Hugo Cardinalis y Buenaventura.
Siglo XIV — Ochan, Nicolás, Lira y Metrofanes.
Siglo XV — Tostado, Dionisio y Antonino.
Siglo XVI — Cayetano y el Cardenal Ximenez.

* Agustín: «Aunque en los libros de los Macabeos hay algunas cosas convenientes para esta clase de escrito, no nos daremos cuidado de éstas, porque solamente pretendemos tratar de una breve exposición de los milagros del Cánon Divino.» Aug. de Mirab. sac. Script. I. ii. cap. 34.
«Esta computación no se encuentra en las Santas Escrituras que se llaman Canónicas, pero sí en otras, entre las cuales están los Macabeos.» De Civit. Dei. l. xviii, cap. 36.
Casiodoro ha citado, tanto a las listas de Jerónimo y Agustín, como a las de la antigua vulgata y a la traducción de los setenta y afirma que él siguió la opinión de Jerónimo con referencia a la apócrifa, que «fueron escritos más para costumbres, que para doctrina.»

El eminente controversista Cardenal Belarmino admite (De Verb. Dci, lib. I, cap. xi) que: «La Iglesia no puede de ninguna manera hacer canónico un libro que no lo es, pero si solamente declarar cuáles son los canónicos y esto, no a su voluntad, sino según los antiguos testimonios, á la semejanza de estilo de los libros no controvertidos, y el sentido y la apreciación de los cristianos.»

De manera que, por la confesión de este primer campeón de la iglesia romana, el valor del decreto del Concilio Tridentino depende absolutamente de la perfección del testimonio en que se ha afirmado, y el resultado del examen histórico nos viene a demostrar de una forma innegable, que existe un diluvio de evidencias por el lado opuesto, de tal manera, que quedan patentes dos hechos importantísimos:

1. Que los libros apócrifos, son con toda razón excluidos de la Biblia Sagrada por todos los protestantes.
2. Que el Concilio de Trento, tan lejos de ser infalible, se apartó de la verdad (Deut. 4:12; 12:32. Proverbios 30:6) e incurrió en el anatema divino (Apoc. 22:18, 19).

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