Paz como un río

Isaías 48:18 habla de “paz como un río”. La paz es algo que anhelamos disfrutar. Nos conviene saber lo que es la paz y lo que precisa para disfrutar a lo máximo de ella. La Biblia habla de la paz en tres aspectos distintos. Cuando pensamos en la paz debemos entender bien de cual paz tenemos en mente.

En primer lugar, está la paz con Dios. El hombre sin Dios está en enemistad contra Dios. Le hace falta reconciliarse con Dios. Esto es lo que Jesús hizo posible mediante su sacrificio en la cruz. Romanos 5:10 dice “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”. Entonces tenemos paz para con Dios como dice Romanos 5:1. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Para estar reconciliado con Dios tenemos que arrepentirnos de todo lo malo que hemos hecho y pedir su perdón y su salvación. Hasta que lo hagamos, somos condenados como dice Juan 3:18: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”. Para ser salvos tenemos que bajar nuestras armas y rendirnos a Dios. Entonces disfrutaremos paz con Dios. Job dijo: “Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien”.

Después de ser salvos disfrutamos de la paz de Dios. Esta es una paz que Dios da a los suyos aun que viven todavía rodeados por las angustias de este mundo. Filipenses 4:7 dice que es una paz “que sobrepasa todo entendimiento”. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Es parecida a la paz que un niño tiene en un lugar extraño si su mamá está a su lado. La medida en que disfrutamos de esta paz depende de la fe que tenemos en Dios. Tenemos que reclamar las promesas de Dios, como Filipenses 4:19: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”. Y II Pedro 1:3: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”. Tengo que tener la confianza de que mi Dios es un padre amante que no va a dejar pasar nada que no sea de conforme a su voluntad. Romanos 8:28 dice “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.

Jesús vino a este mundo para hacer posible ambos la paz con Dios y la paz de Dios. En Juan 14:27 él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Otra vez él dijo “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.

Cuando el incrédulo habla de la paz él está pensando de paz en el mundo. Por el mundo, él piensa del mundo entero, pero más bien, del mundo en su alrededor. El creyente también debe preocuparse por esta paz. El Salmo 34:14 habla de esta paz. “Apártate del mal, y haz el bien”. Lo que perjudica esta paz es la maldad en el mundo. No hay forma de disfrutar de esta paz sin frenar la maldad. Isaías 48:22 dice, “No hay paz para los malos, dijo Jehová”. Parece que algunos piensan de la paz como una nube que puede bajar del cielo y rodarnos. Ellos hablan y rezan por la paz sin pensar en lo que perjudica la paz.

Cada pecado es un golpe en contra de la paz. Algunos son golpes más fuertes que otros. El pecado siembra agonía en el mundo. Gálatas 6:7-8 dice: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Nuestro pecado perjudica nuestra paz y la de los en nuestro alrededor.

Las guerras resultan de la hostilidad que está sembrada contra otra nación. Aunque puede ser que los de una nación son amantes de la paz, y están obligados a ir a la guerra para defenderse. El pecado de sembrar hostilidad resulta en la pérdida de millones de vidas y gran destrucción.

El que levanta su voz en contra de la maldad e injusticia a veces está acusado de ser un gruñón, pero, en realidad, está haciendo más en promover la paz que aquel que habla de la paz con palabras garapiñadas. El de vivir en paz para con los demás es estar agradecido por lo que ellos hacen por nosotros y preocuparse por su bienestar.

 

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