¿Quién es mi madre?

Marcos 3:33

Quiero llamar su atención a una pregunta que fue hecha por el Salvador. Es la pregunta, “¿Quién es mi madre?” No quiero menospreciar la respuesta de Jesús a su pregunta. Lo que quiero hacer es dirigir la pregunta a cada uno de ustedes y preguntarles “¿Quién es su madre?” Para usted, ¿qué significa ser madre? ¿Quién es su madre? ¿Es ella otra mujer solamente, o es la mujer más importante en todo el mundo?

Si yo me pregunto a mí mismo, “¿Quién fue mi madre?” esto me hace regresar, en mi mente, a mi niñez. Mi madre era una mujer extraordinaria. Estoy agradecido por la madre que Dios me dio. Ella fue la mujer que hizo más sacrificios por mí que cualquier otra persona sobre la faz de la tierra.

Cuando yo era una criatura mi papá y mi abuelo trabajaban juntos en la misma estancia. Vivíamos en una pequeña casa dividida en dos partes. A la casa le faltaba mucho para ser moderna. No teníamos luz, ni baño, ni agua corriente, ni teléfono, etc. Mi madre tenía que caminar como una cuadra y subir una colina para traer cada gota de agua que teníamos en la casa. El día cuando ella lavaba la ropa, tenía que hacer varios viajes trayendo agua en dos baldes. Calentaba el agua sobre una estufa de leña y lavaba la ropa sobre una tabla. Ni una sola vez la escuché protestar o negarse a trabajar por la falta de comodidades. ¿Por qué estaba tan dispuesta a hacer tantos sacrificios por mí y su familia? Debe ser porque amaba a mi papá y a su familia.

Todavía, en mi mente, puedo verla vestida con un abrigo de vaquero y un sombrero de paja cultivando verduras en su quinta debajo de un sol agobiante. Ella trabajaba allá día tras día para poder poner comida en mi plato.

Recuerdo bien la vez que un chico salvaje me indignó en el camino a casa, después del colegio. Yo era un chico orgulloso y quería pensar que era capaz de defenderme, pero esto era demasiado. No quería decirle a mi mamá lo que había pasado, pero, ¿qué podía hacer? Estaba parado en el mosquitero a la entrada de mi casa. Mi ser interior estaba todo revuelto. Empecé a llorar. Pronto mi cuerpecito fue sacudido por mis sollozos. En seguida mi mamá estuvo a mi lado preguntándome qué había pasado. Entre mis sollozos le conté lo que pasó. En seguida ella me ayudó a secar mis lágrimas y me aseguró que al día siguiente ella iba a ir a buscarme cuando saliera del colegio. Al día siguiente, cuando empecé el viaje a casa, miré al camino y, allí venía mi madre, acompañada por mi hermanita. Todavía estoy agradecido por haber tenido una madre cuyo corazón fue movido por la angustia de su hijo.

Hay poco en la vida que sea más impactante que la perdida de la madre. Recuerdo una tarde veraniega cuando entré al cuarto de mi mamá. Ella estaba durmiendo tan tranquilamente que me asustó. Vino a mi mente la pregunta, “¿Qué pasaría si de repente mi mamá fuese quitada de esta vida?”. El horror del pensamiento me turbó. Recordaba que ella había dicho que su mamá falleció por una epidemia que pasó por el país cuando ella tenía tan solo ocho años. Yo también tenía ocho años. Me fui a sentarme sobre una colina atrás de la casa y lloré con agradecimiento por el amor de una madre. ¿Quién me lavaba la cara y me peinaba antes de ir al pueblo los sábados? ¿Quién curó mis heridas? ¿Quién planchó mis pantalones? ¿Quién me trajo un vaso de agua en la noche? ¿Quién tocó mi frente cuando yo estaba enfermo y me dio la medicina adecuada para sanarme? ¿Quién era mi madre? Era una mujer trayendo dos baldes de agua para lavar mi ropa. Era una mujer cultivando verduras debajo del calor del sol. Era una mujer levantándose por la noche para traerme un vaso de agua. Era la mujer que hizo todo esto y miles de cosas más.

Si yo, de alguna manera, sirvo para aliviar un poco las cargas de su vida, en parte, es debido a mi madre. Si una sola vez yo soy capaz de secar sus lágrimas y animarle a confiar en la esperanza de algo mejor mañana, en parte, es debido a lo que mi madre invirtió en mí. Si hay algo de bueno en mí, algo digno de alabanza, en parte, viene de mi madre.

¿Cuál es el precio de la maternidad? Algunas madres lo saben porque han pagado el precio. Hay niñas en nuestra iglesia que juegan con sus muñecas y sueñan con aquel día cuando tendrán su propio bebé. Las señoritas anticipan el día cuando serán una esposa y madre y piensan que debe ser el nivel más alto de la existencia humana. Cuando una madre joven ha pasado por el velo de dolor de traer a luz su primer hijo, ella ha pagado tan solo la primera cuota de lo que es ser una madre. ¿Qué de las noches sin dormir? ¿Qué de las actividades sociales que ella tiene que perder porque uno de sus hijitos estaba con dolor de garganta? ¿Qué de vestidos manchados y vasos rotos?

El precio de la maternidad es más caro para algunas madres que para otras. Me apenan aquellas madres cuyos maridos son negligentes. Hay hombres que, según la Biblia, están sin afecto natural. Ellos dejan a sus esposas con toda la carga de la casa mientras que ellos disfrutan de la buena vida con sus amigos. ¿Qué de aquellas madres que tienen que pararse al lado de su hijo internado y ver su vida irse silenciosamente? En ese triste momento parece que todo el dolor y sacrificio que ella hizo por él quedó en la nada. Fueron anulados todos los planes que ella tenía para él. Otras pasan horas enteras llorando por su hijo rebelde que falta por completo el respeto y agradecimiento a sus sentimientos y sacrificios. Aquellas madres saben lo que es pagar la medida buena del precio de la maternidad.

Pero, ¿es la maternidad todo precio y nada de premios? ¿Es todo dolor y nada de delicia? ¡Claro que no! En esto se encuentra la razón por su devoción a su tarea. Hay pocas carreras con mejor remuneración. Proverbios 31:28, al hablar de la madre virtuosa, dice: “Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; su marido también la alaba”. Ella deja con sus hijos un legado noble. Ella recibe su recompensa en términos del amor y la satisfacción de haber tenido el privilegio de formar carácter en sus hijos que va a bendecirlos por ahora y para toda la eternidad.

Es incuestionable el efecto que una madre puede tener sobre sus hijos para el bien o para el mal. Mientras que sus niños son pequeños las madres tienen el poder de formar cualidades en su vida que van a facilitarles en disfrutar de lo mejor que la vida ofrece. Pero lo que haga, tiene que hacerlo ya. Pronto pasará el día en que pueda hacer una inversión en su vida.

Puede ser que este artículo sea leído por una madre que ya tuvo que despedirse de uno de sus hijos en la muerte. Tenemos la seguridad de que los muy pequeños van a los cielos cuando mueren. Pero ¿usted tiene la seguridad de que va a ir? Ya hace muchos años que su hijo ha esperado el gozo de mirar una vez más en el rostro hermoso de su mamá. ¿Será desilusionado? Puede ser que otras que leen estas líneas ya mojaron un terreno con sus lágrimas donde sepultaron a su mamá. Si ella fue salva, puede ser que usted estaba mucho en sus oraciones. Ahora ella es parte del coro sacrosanto en la gloria cantando loores al Salvador. Pero ella está ansiosa por aquel día cuando usted esté otra vez a su lado. Pero, ¿Ira usted allá? ¿Ha pedido perdón a Dios y su salvación? ¿Está seguro de su salvación? ¿Por qué esperar? Hoy es día de salvación.

 

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