El lugar santísimo y la gloria de Dios

Éxodo 25:10-22; Números 7:89; Hebreos 9

Había tres divisiones en el tabernáculo. El “atrio”, el “lugar santo” y el “lugar santísimo”, tal vez correspondiente al cuerpo, alma y espíritu. En lo más profundo de todo mora el Dios de la gloria. El lugar santísimo no era más que un pequeño departamento de 4.5 metros en cada dirección, un cubo perfecto. ¡Qué condescendencia para que el Dios del cielo manifieste su presencia en un lugar tan humilde! Dios, que mora en el lugar alto y santo, mora también con él que sea de espíritu humilde (Isaías 57:15). ¿Por qué fue llamado el “lugar santísimo”? Porque fue la morada de aquel que es el “más santo de todos”. La presencia de Dios acarrea santidad. El secreto de toda santidad es la morada del Santo. No es tanto un logro como una posesión, no tanto un levantamiento como una inclinación. Toda santidad está en Dios. Somos santos solo en proporción en que estemos llenos de su santidad. Sé lleno del Espíritu, y Cristo, el Santo, morará en tu corazón por fe (Ef. 3:16-17).

El camino hacia lo más sagrado era solo por la sangre. No hay santidad posible para el hombre sino por la sangre de Jesús. El sacerdote se acercó a este lugar sagrado solo una vez al año, no sin sangre, con pies descalzos, y vestidos con ropas blancas de lino. Aquí esa voz se oía decir: “quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Éxodo 3:5). Buscar la santidad es una búsqueda solemne y terrible. Es buscar vivir en la luz y la presencia de aquel que prueba el corazón y no puede mirar sobre el pecado. Implica la concentración de todos nuestros deseos en un solo propósito, para glorificarlo (Sal. 27:4). No sabemos si el sacerdote alguna vez pronunció una palabra audible dentro del velo. Cuanto más nos acercamos a Dios, más nos inclinamos a guardar silencio ante él. El lugar santísimo de es el verdadero lugar de la adoración. Que su presencia sea tan real para nosotros, que cuando nos inclinemos a adorar, nos daremos cuenta de hecho y de verdad que nos caemos ante él. ¿Por qué el sumo sacerdote nunca se refirió a lo que vio dentro del velo? Hay experiencias espirituales de las que no hay que hablar. Puede haber visiones que enceguecen los ojos y manifestaciones que derriten el corazón que son indescriptibles. Pablo fue arrebatado hasta el tercer cielo (el lugar santísimo), y escuchó palabras indescriptibles que es imposible que un hombre pronuncie (2 Cor. 12:1-4). Estas son algunas de las evidencias secretas que satisfacen el alma de los cristianos, que la sabiduría del mundo no comprende. Una carne para comer de la que no conocen. Pero recuerda, solo en el lugar santísimo se verá. ¡En el secreto de tu tabernáculo, o Señor, escóndeme! (Sal. 27:5)

I. El arca y el propiciatorio

El mobiliario del lugar santísimo era muy escaso. No hay necesidad de mucho más donde Dios mismo está. Teniéndolo a él, tenemos todas las cosas, y abundamos. El arca y el incensario de oro solo tenían su lugar dentro del velo. El arca con su tapa, que cubre una ley que se había roto, que representa obra acabada de Cristo. El incensario siempre presente (a menos que en el gran día de la expiación) sugiriendo intercesión continua ante Dios.

Es muy interesante notar que el arca fue el primer artefacto que Dios le ordenó a Moisés que haga. Al revelarse de esta forma, Dios comenzó con lo que estaba más cerca de él mismo. Esta escalera bajó del cielo, fue un camino hecho desde adentro, ¿cómo podría ser de otra manera si el hombre ha de ser salvo por gracia? El primer paso hacia la redención es uno divino. Como ha sido “Dios primero” para nosotros, así debería ser “Dios primero” en nosotros. Hay dos maneras de ver la gran salvación que se nos ha dado a través de Cristo Jesús. Mirados desde dentro vemos la gracia soberana de Dios brotando hacia el hombre, buscándole a pesar de todo su pecado y culpa. Mirado desde afuera, vemos la gran responsabilidad del hombre.

II. Los materiales del arca

Estaba hecha de madera de acacia, cubierta con oro por dentro y por afuera (Ex. 25:10-13). Una vez más, el doble carácter del Señor Jesús como el camino a Dios se halla ante nosotros. La madera nos habla de su naturaleza humana, el oro de su divinidad. Aquí la humanidad en la persona de Cristo es glorificada tanto dentro como por fuera. Como hombre, Dios fue glorificado en sus pensamientos internos y en sus actos externos por igual. La madera de sí misma es de poco valor, pero el oro le dio valor y preciosidad. Aquí todo el valor del oro se le atribuye a la madera. Era un arca. Precioso pensamiento, todo el valor y el poder de la divinidad está en Cristo nuestro Señor como el Hijo del Hombre. Él ha resucitado ahora en la forma de hombre, sin embargo, poseyendo toda la preciosidad y el poder de Dios Todopoderoso. Dentro del velo él es el hombre glorificado, tanto dentro como por fuera. No es de extrañar que Pedro hace mención de su sangre como “preciosa” (1 Ped. 1:19). La vida está en la sangre. Todo el valor del Dios eterno estaba en la sangre de Jesús. La divinidad de Cristo le da una eficacia infinita a la sangre de Cristo. El engaño de los unitarios no tiene un lugar para afirmarse en la tipología del tabernáculo. Cada instrumento del tabernáculo es una condenación de tal credo que deshonra a Cristo. La madera en el arca interior era la misma que la madera en el altar por fuera (acacia), proclamando la verdad que el Jesús que sufrió en la Cruz es el mismo Jesús que es glorificado en el trono por dentro. Dios lo ha exaltado altamente, quien se hizo obediente hasta la muerte.

III. La posición del arca

Como ya sabéis, el arca descansó en el lugar santísimo. Cristo, “quien a través del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios”, está ahora en la presencia del Dios vivo que le sirve (Heb. 9:14). La alta estimación de Dios acerca de Jesús es visto en su hallar descanso en la presencia de Dios. El arca era el centro del campamento de Israel. Dios estaba en medio de ello. Jesucristo su Hijo estaba, y está, en medio de todos los planes y propósitos de Dios. Por medio de él, Dios hizo todo las cosas; “sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:1-3). A través de él Dios hizo el mundo; por medio de él Dios también lo redimió; en todas las cosas él tiene la preeminencia (Col. 1:18). Demos a Cristo el lugar alto que Dios le da a él, el centro de todo. ¡Que él sea el centro de nuestros corazones, nuestros propósitos y vidas! Este es su verdadero lugar. “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Ap. 3:20). Todos los demás instrumentos carecían de valor sin éste. Todos prepararon el camino para esto, eran solo pasos que conducían al compañerismo con Dios aquí en el propiciatorio. Somos salvos y santificados para que podamos ser hechos dignos para servir y adorar.

IV. El contenido del arca

Había tres cosas en el arca. Las tablas de la ley, la vasija de maná, y la vara que reverdeció. Los contenidos del arca representan lo que Cristo ha asegurado a favor de su pueblo, una herencia para los santos. Vamos a mirarlos—

1. Las tablas de la ley. La ley es santa, justa y buena. Representa las santas y justas demandas de un Dios justo. Fue entregado a manos de Moisés a un pueblo que clamó por una declaración escrita de su voluntad, y quien dijo: “Todo lo que Jehová ha dicho, haremos” (Ex. 19:8). Y mientras se recibía la ley bailaban alrededor de un becerro de oro. Se quebrantó la ley y se incurrió en juicio. Cuando el hombre falló al principio, Dios no le dio una ley sino una promesa (Gén. 3:15). Sabía que el hombre nunca podía ser salvo a través del mantenimiento de la ley. “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado” (Rom. 3:20). Por la ley es el conocimiento del pecado, no el perdón del pecado. Por obras el hombre es un gran fracaso. Pero ahora, como el hombre ha fallado, la gracia entra. Dios le dice a Moisés que oculte la ley en el arca. El arca literalmente cumplía la ley. La tapa o el propiciatorio la cubrió, y la escondió en el corazón del arca. “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17). Cristo como el arca de Dios podría decir: “En mi corazón he guardado tus dichos” (Sal. 119:11), y “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 10:9). La santa ley quebrantada se encerró en él, él lo guardó, y él todavía lo mantiene. Se magnificó en él. Ahora se quita del camino como un obstáculo en el camino de la salvación de los hombres, “Clavándolo en la cruz” (Col. 2:14). La ley encuentra un lugar de descanso pacífico en aquél que es glorioso, tanto dentro como fuera. Se mantiene perfectamente aquí. Dios mismo lo guarda y descansa satisfecho en aquél que lo cubre. Ahora la gracia reina en justicia.
2. La vasija de maná. Los hijos de Israel se alimentaron de maná durante los cuarenta años de sus andanzas. Una olla dorada de maná fue depositada en el arca como un memorial. Esto fue pan escondido en el arca, “maná escondido” (Ap. 2:17). Hay en Cristo un secreto poder de satisfacción del alma. Él es el pan viviente que descendió del cielo. El pan escondido solo puede ser disfrutado por aquellos que entienden y aprecian una ley cubierta. Pero tal vez el “maná escondido” en el arca, en el que descansaba el Dios de gloria, también tenía un aspecto celestial. ¿No era una voz para Dios? El Señor Jesucristo es también el “pan de Dios” (Jn. 6:33), alimento que satisface al alma para el corazón de su Padre celestial. La ley oculta habla de una justicia que ha sido satisfecha, el maná escondido de un corazón satisfecho … “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mat. 3:17).
3. La vara que reverdeció (Hebreos 9:4). La historia de las varas se encuentra en Números 17. El palo muerto, que representa a Aarón, fue hecho para florecer y dar fruto mientras se paró ante Dios. La vara, entonces, significa un elegido de Dios, uno llamado a la resurrección y vida, el que murió, pero está vivo de nuevo. En el arca estaba la vara que brotaba; en Cristo es la vida para los muertos. En la ley cubierta vemos su obediencia; en el maná su cuerpo quebrantado por nosotros en la muerte; en la vara su resurrección. El primero es Cristo, el Camino; el segundo es Cristo, la Verdad; el tercero es Cristo, la Vida. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14:6).

V. La tapa del arca

Esta era una losa de oro sólido que cubría completamente el arca. No había madera en la tapa, pero descansaba sobre la madera de acacia, cubierta con oro. Aquí tenemos la gracia pura de Dios descansando en aquel que es humano y divino. La gracia vino por Jesucristo. El gran y maravilloso pensamiento aquí es que esta tapa, mientras cubre el arca, formaba así mismo un “asiento de misericordia” (como lo traduce la versión King James en inglés) para Dios. Observe cuidadosamente que esta tapa es llamada “asiento” el asiento de la misericordia de Dios. No podemos pensar en un asiento sin asociar con ello la idea del descanso. Este era un lugar de descanso para Dios. El único asiento en esta casa de Dios estaba ocupado por sí mismo. ¡Qué refrescante es para nuestros corazones saber que Dios encuentra un lugar de descanso en la obra terminada de su propio Hijo querido! No hay otro lugar donde el alma cansada del hombre puede encontrar descanso del pecado, sino donde Dios lo ha encontrado, en la persona y obra del Señor Jesucristo, “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Note además que este asiento era llamado el asiento de misericordia, el lugar donde se sentaba la misericordia. Misericordia se sentó aquí porque allí la ley quebrantada estaba cubierta. La misericordia reina en Cristo porque en él la justicia está plenamente satisfecha. Esto fue para Israel el “trono de la gracia” (Heb. 4:16). Aquí Dios descansó para otorgarle su favor hacia aquellos que se acercaron a él por el camino de la sangre derramada (Hebreos 10:19). “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. … Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:14, 16).

VI. La cornisa del arca

Aunque no todos podemos vernos por igual en nuestra interpretación de las cosas que pertenecen al tabernáculo, sin embargo, creo que todos estamos de acuerdo en que cada ápice habla de su gloria. Si cada estaca y cuerda tuviera una lengua, podríamos esperar que las cornisas (coronas) clamaran en voz alta. La cornisa del arca era un borde de mano de obra ornamental. Fue una corona de gloria. El que fue despreciado y rechazado entre los hombres ahora es “coronado de gloria y de honra” (Heb. 2:9) en la presencia de Dios. Pero mientras la corona habla de honor, también habla de poder y seguridad. Este borde dorado, o corona, impediría que la tapa del arca se moviera de su lugar. Es de gran importancia que el propiciatorio no deba ser molestado. La ley solo puede ministrar la muerte. Si la cubierta es quitada, entonces gracia es obstaculizada, y el juicio brota hacia delante. El hecho de que Cristo es coronado de honor en el cielo como nuestro pariente Redentor, es una doble garantía de que la gracia salvará. Mientras él se sienta delante del Padre la misericordia será entronizada. Vendrá el tiempo cuando se levantará. Entonces la tapa será levantada del arca, el trono de la misericordia será removido. El día de la gracia se habrá ido. Este es un pensamiento solemne; no juegues con la gracia de Dios. “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Cor. 6:2). Tenemos un pronóstico de esta terrible verdad en 1 Samuel 6. Los hombres de Bet-semes levantaron la tapa del arca y cincuenta mil setenta hombres perecieron (1 Sam. 6:19). Ellos gritaron: “¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo?” (1 Sam. 6:20). La respuesta es: ninguna, cuando se elimina el propiciatorio. Desprecias la expiación y la obra de Jesucristo que cubre la ley, y te expones a la venganza de una ley quebrantada. “Nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

VII. Las varas del arca

Respecto a estas varas que formaron mangos por los que se transportaba el arca se dijo: “No se quitarán de ella” (Ex. 25:15). Las varas que permanecen en el arca pueden enseñarnos que el ministerio debía ser continuo. La eficacia del arca fue siempre la misma en nombre del pueblo. Esto también es precioso para el corazón creyente. Podemos, y lo hacemos, a menudo quedarnos muy cortos de caminar digno de tal gracia. Fallamos en aprovechar al máximo nuestros altos privilegios, y a menudo tropezamos. Pero el trono de la misericordia sigue siendo el mismo para nosotros. Las están siempre dentro, siempre dispuesto a ayudar en momentos de necesidad. La gracia todopoderosa está siempre al alcance de la mano de la necesidad humana.

VIII. El propósito del propiciatorio

Fue el único lugar de encuentro entre Dios y el hombre. “Allí me declararé a ti” (Éxodo 25:22). Gracias a Dios hay un lugar de encuentro. Dios descansó en el propiciatorio (asiento de misericordia) esperando reunirse con el hombre. Allí está Dios en Cristo reconciliando el mundo a sí mismo. Allí, en la persona del Señor Jesucristo, el Sacrificio y el Mediador. ¿Te reunirás con Dios en misericordia? Aquí hay un Dios dispuesto a perdonar. ¿Te encontrarás con él ahora en un trono de gracia, o después en un trono de juicio? (Rom. 3:24-25).

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