Eliseo sana las malas aguas

2 Reyes 2:19-22

Jericó había caído bajo la plaga de la maldición divina. Como este mundo maldecido por el pecado, solo podía restaurarse con el sacrificio de un primogénito (Jos. 6:26; Col. 1:14-15). Toda la riqueza y la sabiduría en Jericó no pudieron eliminar su plaga de “aguas malas”, ni el poder o la sabiduría de los hombres pueden detener la salida, o cambiar la naturaleza, de las aguas amargas del pecado. Solo el poder del Señor es suficiente para todo esto (2 Rey. 2:21). La necesidad de esta ciudad representa la necesidad de toda vida contaminada por el pecado—curación divina.

I. Su condición.

Esto se ve en dos aspectos diferentes:

1. Su sitio era bueno. “El lugar en donde está colocada esta ciudad es bueno, como mi señor ve” (2 Rey. 2:19). En cuanto a los privilegios externos, todo era favorable. La tierra era de lo mejor, el clima era bueno, y el sitio de la ciudad era agradable. ¡Qué imagen de un pecador en medio de circunstancias favorables! ¡Qué posibilidades se encuentran al alcance del alma del hombre! El lugar es bueno para todos los que están rodeados con los privilegios del evangelio. Pero esto en sí mismo no es suficiente.

2. Su agua era amarga y su tierra era árida. “Las aguas son malas, y la tierra es estéril” (2 Rey. 2:19). Aunque trabajen cuanto puedan, su trabajo no traía satisfacción. Esas aguas “salobres”  no lograron darles el deseo de sus corazones continuamente. Tal es el estado de aquellos cuyos corazones no han sido sanados por la Palabra de Dios. Los higos de la verdadera satisfacción y las uvas del santo gozo no pueden crecer en el cardo y las espinas de la naturaleza no renovada del hombre. Del corazón mana los asuntos de la vida (Pro. 4:23; San. 3:11). Un corazón malvado siempre brotará aguas amargas a los ojos de Dios (Mat. 15:19-20). ¿Quién puede extraer algo limpio de lo inmundo?

II. El remedio.

1. Su naturaleza. “Entonces él dijo: Traedme una vasija nueva, y poned en ella sal. Y se la trajeron” (2 Rey. 2:20). Esta “vasija nueva” puede ser un emblema apropiado del Nuevo Testamento, con Cristo como la sal de la salvación por dentro. El profeta aquí significa que la sal representa la virtud sanadora de Jehová (2 Rey. 2:21). Esta sal nunca ha perdido su sabor. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12).

2. Su aplicación. “Y saliendo él a los manantiales de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad” (2 Rey. 2:21). No intentó curar los arroyos aparte de la fuente. Él fue directo a la fuente del mal. La sal no pudo hacer ningún milagro de curación en los arroyos hasta hacer contacto. Los que intentan establecer su propia justicia están tratando de purificar el raudal mientras el manantial permanece sin ser curado. No es Cristo en la Biblia lo que salva, sino Cristo en el corazón. Nuestro Señor echó la sal en el manantial de la vida cuando le dijo a Nicodemo: “Es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7). “Tened sal en vosotros mismos” (Mar. 9:50). “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27).

III. Los resultados.

1. Hubo sanidad. “Y fueron sanas las aguas hasta hoy, conforme a la palabra que habló Eliseo” (2 Rey. 2:22). Los arroyos fueron curados, porque la fuente misma fue regenerada. Si el árbol se hace bueno, el fruto será bueno. Si los manantiales del corazón son puros, los raudales que fluyen serán puros y saludables. Las aguas pueden no ser más abundantes de lo que eran, pero serán mucho más bienvenidas y beneficiosas. Así el resultado en la vida cuando Cristo viene a la fuente del corazón y renueva las aguas de sus actos. Las aguas curadas pueden permanecer en el mismo canal, pero ¡oh, qué diferentes son los resultados! Es pasar de la muerte a la vida.

2. Hubo fruto. “No habrá más en ellas muerte ni enfermedad” (2 Rey. 2:21). La muerte y la esterilidad se convierten en vida y fructificación cuando el poder transformador divino entra en el corazón. Es fácil producir buenos frutos cuando la enfermedad del pecado y la inmundicia se han eliminado de la vida. El fruto es el resultado de lo que somos más que de lo que hacemos (Jn. 15:4). Un corazón contaminado resulta en un corazón estéril. Estas aguas venenosas se cambiaron repentinamente, no se mejoraron gradualmente. Fue el poder de una fuente transformada. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Rom. 8:9-11).

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