La mujer samaritana

Juan 4:1-30

“Y le era necesario pasar por Samaria” (Jn. 4:4). Hubo una necesidad para cada palabra que Cristo habló, y para cada acto que hizo. Los judíos evitaban Samaria cuando posible al viajar de Judea a Galilea, “Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Jn. 4:9). Pero el amor de Cristo por los pecadores lo obligó a ir por ese camino. Vivió no para agradarse a sí mismo, sino para buscar y salvar a los perdidos. En esto nos deja un ejemplo de que debemos seguir sus pisadas. Mientras tanto, enfoquemos nuestros pensamientos en la mujer.

I. Una pecadora flagrante. Es bastante claro en Juan 4:18 que esta mujer vivía en una condición de inmoralidad descarada. Ella parece haber sido la principal entre esta clase de pecadores. Pero Jesús sabía cuándo y dónde encontrarla. No es una mero casualidad entrar en contacto con el Hijo de Dios. “Él conoce mi camino” (Job 23:10).

II. Una interrogadora alerta. “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?” (Jn. 4:9). Tan pronto como ella entra en su presencia, su curiosidad se despierta. ¿Quién puede entrar en contacto con Cristo sin ser conmovido de una manera u otra? Sin embargo, algunos se atreven a decir que él era como cualquier otro ser humano. Esta samaritana sabía que él era un judío, aunque los judíos, en su odio, declararon que él era un samaritano (Jn. 8:48). Es notable observar que su corazón atípico para un judío fue lo que primero despertó el interés de la samaritana en él. Esta es su principal característica como el Salvador de los pecadores.

III. Una analizadora carnal. Jesús respondió a la pregunta de la mujer con una revelación de sí mismo, como el dador de “agua viva”. Trató de hacerla consciente de su necesidad del “don de Dios” (Jn. 4:10). Su respuesta indica que ella estaba totalmente en tinieblas en cuanto a las cosas espirituales. “Señor”, ella dijo, “no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?” (Jn. 4:11). Como si esta agua de vida saliera del pozo de Jacob. Pero ella no era más ciega que Nicodemo cuando él preguntó: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” A través del pecado, el descenso del hombre en alejarse de Dios es tan grande, que sin el Espíritu de Dios, no puede percibir las cosas de Dios (1 Cor. 2:14). La razón carnal nunca ha entendido la Palabra de Dios.

IV. Una indagadora confundida. “Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla” (Jn. 4:15). Ella ahora tiene una leve idea de que él no está hablando del agua en el pozo de Jacob; pero ella tiene la idea de que el agua que él da no es más que un sustituto de lo que estaba en aquel pozo. Entonces su respuesta rápida y frívola básicamente es: “Oh, eso sería muy conveniente; solo dame que me salve de la inconveniencia de la sed y la molestia de cargarla del pozo”. Su curiosidad parece ahora convertida en una especie de espíritu de ridículo medio desconcertado. Hasta el momento, ella no es apta para recibir el reino de Dios por la fe. Las cosas profundas de Dios nunca son reveladas a un alma frívola. El arado de la convicción debe ser conducido más abajo. La semilla de la Palabra debe tener un corazón honesto.

V. Una investigadora religiosa. El Señor recibió su frívola respuesta con estas palabras punzantes: “Vé, llama a tu marido, y ven acá” (Jn. 4:16). Cuando la mujer samaritana declaró “No tengo marido” (Jn. 4:17), Cristo reveló su omnisciencia al responder, “Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad” (Jn. 4:17-18). Esto condujo a la confesión: “Señor, me parece que tú eres profeta” (Jn. 4:19). Toda la ligereza y la frivolidad parecen desaparecer ahora, y con seriedad sincera ella le pide que resuelva la pregunta controvertida sobre “el lugar donde se debe adorar” (Jn. 4:20). El proceso mental y moral a través del cual esta mujer pasó está en hermosa armonía con la enseñanza de todo el Nuevo Testamento y con la experiencia cristiana actual. La pregunta ahora con esta alma ansiosa es: ¿Dónde debo adorar? ¿Cómo voy a estar bien con Dios? ¿Qué debo hacer para ser salvo?

VI. Una oyente seria. Ahora que la conversación se había tornado maravillosamente al punto más vital para un alma afligida por el pecado, observe con qué entusiasmo tomaría el mensaje de luz y vida de los labios de su Salvador. ¡Qué mensaje es este! “Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Jn. 4:21-24). Esta fue una nueva revelación para ella, y fue el golpe mortal para todos sus prejuicios, su justicia propia y sectarismo. También fue la apertura de una nueva puerta de esperanza para ella, al traer la salvación a su alcance allí mismo. “Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas” (Jn. 4:25). Jesús le dijo: “Yo soy, el que habla contigo” (Jn. 4:26). ¡Qué revelación transformadora fue esta!

VII. Una declarante intrépida. Ella fue y dijo a los hombres de la ciudad: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Jn. 4:29). Sí, este es el Cristo, que nos dice claramente lo que somos y lo que necesitamos, y quién se ofrece a suplir esa necesidad sin dinero y sin precio (Jn 4:10). Ella no se avergonzaba de poseerlo, como el revelador de sus pecados y el ungido de Dios; y su testimonio ferviente y fiel fue bendecido para la salvación de muchos (Jn. 4:39). Ella no tenía comisión, pero el poder de una nueva revelación se volvió irresistible en ella. Hablamos de lo que sabemos, y testificamos de lo que hemos visto. “Porque el amor de Cristo nos constriñe” (2 Cor. 5:14).

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