La Inspiración de la Biblia – Definición, Alcance y Prueba
Por James M. Gray, Doctor en Teología
Decano del Instituto Bíblico Moody, Chicago, Ill.
En este documento se asumen la autenticidad y credibilidad de la Biblia, con lo cual se quiere decir (1), que sus libros fueron escritos por los autores a quienes se atribuyen, y que su contenido está en todos los puntos materiales tal como salió de sus manos; y (2), que esos contenidos son dignos de total aceptación en cuanto a sus declaraciones de hechos. Si hubiera necesidad de probar estas suposiciones, la evidencia es abundante, y plumas más capaces han tratado con ello.
No se suponga, sin embargo, que porque se asumen estas cosas se subestima su importancia relativa. Por el contrario, subyacen a la inspiración y, como dice el presidente Patton, entran en la planta baja. Tienen que ver con la historicidad de la Biblia, que para nosotros justo ahora es la base de su autoridad. Nada puede resolverse hasta que esto se resuelva, pero admitiendo su resolución, lo cual, considerando todo, ahora se nos puede permitir hacer, ¿qué puede ser de mayor interés que la pregunta sobre hasta dónde se extiende esa autoridad?
Esta es la cuestión de la inspiración, y mientras tantos se han ocupado de discutir las otras, ¿no puede uno tener la libertad de discutir esta? Es una vieja pregunta, tan vieja, de hecho, que en la recurrencia habitual del pensamiento se ha vuelto nueva. Nuestros padres la discutieron, fue la gran pregunta en un tiempo, fue tamizada hasta el fondo, y se ha dejado un gran almacén de hechos, argumentos e ilustraciones para que recurramos a él en un día de necesidad.
Durante mucho tiempo el ataque del enemigo ha dirigido nuestras energías a otra parte del campo, pero la victoria allí nos hará volver aquí de nuevo. Las otras preguntas están fuera de la Biblia misma, esta está adentro. Aquellas llevan a los hombres lejos del contenido del libro para considerar cómo llegaron, esta nos trae de vuelta para considerar lo que son. Feliz el día en que la investigación regrese aquí, y feliz la generación que no ha olvidado cómo enfrentarla.
I. Definición de la Inspiración
1. La inspiración no es revelación. Como lo expresó el Dr. Charles Hodge, la revelación es el acto de comunicar conocimiento divino a la mente, pero la inspiración es el acto del mismo Espíritu controlando a aquellos que dan a conocer ese conocimiento a otros. En la feliz frase de Chalmer, uno es el influjo, el otro el eflujo. Abraham recibió el influjo, se le concedió una revelación; pero Moisés fue investido con el eflujo, siendo inspirado para registrarlo para nuestra enseñanza. En un caso hubo un fluir hacia adentro y en el otro un fluir hacia afuera. A veces ambas experiencias se encontraban en la misma persona, de hecho Moisés mismo es una ilustración de ello, habiendo recibido una revelación en otro momento y también la inspiración para darla a conocer, pero es importante distinguir entre las dos.
2. La inspiración no es iluminación. Todo cristiano regenerado es iluminado por el simple hecho de que es habitado por el Espíritu Santo, pero no todo aquel es también inspirado, sino solo los escritores del Antiguo y Nuevo Testamento. La iluminación espiritual está sujeta a grados, poseyendo algunos cristianos más de ella que otros, pero, tal como lo entendemos, la inspiración no está sujeta a grados, siendo en cada caso el aliento de Dios, expresándose a través de una personalidad humana.
3. La inspiración no es genio humano. Este último es simplemente una cualidad natural, por exaltada que pueda ser en algunos casos, pero la inspiración en el sentido del que ahora se habla es sobrenatural en todo momento. Es una investidura que viene sobre los escritores del Antiguo y Nuevo Testamento dirigiéndolos y capacitándolos para escribir esos libros, y sobre ningunos otros hombres, y en ningún otro tiempo, y para ningún otro propósito. Ningún genio humano del que hayamos oído introdujo sus escritos con la fórmula “Así ha dicho Jehová”, o palabras con ese efecto, y sin embargo tal es la expresión común de los autores de la Biblia. Ningún genio humano ha estado jamás de acuerdo con ningún otro genio humano en cuanto a las cosas que más les concierne saber a los hombres, y, por lo tanto, por exaltado que sea su equipamiento, difiere no meramente en grado sino en especie de la inspiración de las Escrituras.
En su modo la agencia divina es inescrutable, aunque sus efectos son conocibles. No nos comprometemos a decir exactamente cómo operó el Espíritu Santo en las mentes de estos autores para producir estos libros más de lo que nos comprometemos a decir cómo Él opera en el corazón humano para producir la conversión, pero aceptamos lo uno como hacemos con lo otro por el testimonio que apela a la fe.
4. Cuando hablamos del Espíritu Santo viniendo sobre los hombres para la composición de los libros, debe entenderse además que el objeto no es la inspiración de los hombres sino de los libros —no los escritores sino los escritos. Termina en el registro, en otras palabras, y no en el instrumento humano que lo hizo.
Para ilustrar: Moisés, David, Pablo, Juan, no siempre y en todas partes fueron inspirados, porque entonces siempre y en todas partes habrían sido infalibles e inerrantes, lo cual no fue el caso. A veces cometieron errores en el pensamiento y erraron en la conducta. Pero por muy falibles y errantes que hayan sido como hombres rodeados de debilidad como nosotros, tal falibilidad o error nunca fue bajo ninguna circunstancia comunicado a sus escritos sagrados.
Eclesiastés es un caso pertinente, el cual, bajo la suposición de su autoría salomónica, nos da una historia de su búsqueda de la felicidad “debajo del sol”. Algunas declaraciones en ese libro son solo parcialmente verdaderas mientras que otras son totalmente falsas, por lo tanto no puede significar que Salomón fue inspirado mientras probaba este o aquel experimento para encontrar lo que ningún hombre ha podido encontrar fuera de Dios. Sino que significa que su lenguaje es inspirado mientras registra los diversos sentimientos y opiniones que lo poseían en la búsqueda.
Esto dispone de una gran clase de objeciones que a veces se presentan contra la doctrina de la inspiración —aquellas, por ejemplo, asociadas con la cuestión de si la Biblia es la Palabra de Dios o solo contiene esa Palabra. Si por lo primero se quiere decir que Dios pronunció cada palabra en la Biblia, y por ende que cada palabra es verdadera, la respuesta debe ser no; pero si se quiere decir que Dios causó que cada palabra en la Biblia, verdadera o falsa, fuera registrada, la respuesta debe ser sí. Hay palabras de Satanás en la Biblia, palabras de falsos profetas, palabras de los enemigos de Cristo, y sin embargo son palabras de Dios, no en el sentido de que Él las pronunció, sino que Él causó que fueran registradas, infalible e inerrantemente registradas, para nuestro provecho. En este sentido, la Biblia no meramente contiene la Palabra de Dios, es la Palabra de Dios.
De cualquier autor meramente humano es lo mismo. Este documento es palabra del escritor en su totalidad, y sin embargo él puede citar lo que otras personas dicen para elogiarlas o disputarlas. Lo que ellas dicen él lo registra, y al hacerlo hace suyo el registro en el sentido de que él es responsable de su precisión.
5. Permítase declarar además en esta conexión definitoria, que el registro por cuya inspiración contendemos es el registro original —los autógrafos o pergaminos de Moisés, David, Daniel, Mateo, Pablo o Pedro, según sea el caso, y no cualquier traducción o traducciones particulares de ellos cualesquiera que sean. No hay traducción absolutamente sin error, ni podría haberla, considerando las enfermedades de los copistas humanos, a menos que a Dios le placiera realizar un milagro perpetuo para asegurarlo.
¿Pero hace esto nula nuestra contención? Algunos dirían que sí, y argumentarían engañosamente que insistir en la inerrancia de un pergamino que ningún ser viviente ha visto jamás es una cuestión meramente académica, y sin valor. ¿Pero no fallan ellos en ver que el carácter y la perfección de la Deidad están involucrados en esa inerrancia?
Hace algunos años un teólogo “liberal”, despreciando esta discusión como que no valía la pena, comentó que era un asunto de pequeña consecuencia si un par de pantalones eran originalmente perfectos si ahora estaban rasgados. A lo cual el valiente e ingenioso David James Burrell respondió, que podría ser un asunto de pequeña consecuencia para el usuario de los pantalones, pero el sastre que los hizo preferiría que se entendiera que no salieron de su taller de esa manera. Y luego añadió, que si el Altísimo debe entrenarse entre los caballeros de las tijeras, Él podría al menos ser considerado como el mejor del gremio, y Uno que no deja caer puntadas y no envía ningún trabajo imperfecto.
¿No es con la Palabra escrita como con la Palabra encarnada? ¿Debe considerarse a Jesucristo como imperfecto porque Su carácter nunca ha sido reproducido perfectamente ante nosotros? ¿Puede Él ser la Palabra encarnada a menos que fuera absolutamente sin pecado? Y por la misma señal, ¿pueden las Escrituras ser la Palabra escrita a menos que fueran inerrantes?
Pero si esta cuestión es tan puramente especulativa y sin valor, ¿qué sucede con la ciencia de la crítica bíblica por la cual propiamente ponemos tanto valor hoy? ¿Clavan los constructores pilotes en la tierra blanda si nunca esperan tocar fondo? ¿Disputan los eruditos sobre el texto de la Escritura y examinan minuciosamente la historia y el significado de palabras individuales, “el delicado colorido del modo, tiempo y acento”, si al final no hay aproximación a un absoluto? Como dice el Dr. George H. Bishop, ¿no nos habla fuertemente nuestra concordancia, cada vez que la tomamos, de un pergamino una vez inerrante? ¿Por qué no poseemos concordancias para las palabras mismas de otros libros?
Tampoco es ese pergamino original una cosa tan remota como algunos suponen. ¿No hacen el número y variedad de manuscritos y versiones existentes comparativamente fácil llegar a un conocimiento de su texto, y no afirma la erudición competente hoy que en cuanto al Nuevo Testamento al menos, tenemos en 999 casos de cada mil la palabra misma de ese texto original? Permítase que se dé una consideración cándida a estas cosas y se verá que no estamos persiguiendo un fantasma al contender por un autógrafo inspirado de la Biblia.
II. Alcance de la Inspiración
1. La inspiración de la Escritura incluye el todo y cada parte de ella. Hay algunos que niegan esto y lo limitan solo a las porciones proféticas, las palabras de Jesucristo, y, digamos, las enseñanzas espirituales más profundas de las epístolas. Los libros históricos a su juicio, y como ejemplo, no requieren inspiración porque sus datos eran obtenibles de fuentes naturales.
La Biblia misma, sin embargo, no conoce de limitaciones, como veremos: “Toda la Escritura es inspirada por Dios”. Los datos históricos, la mayoría de ellos al menos, podrían haber sido obtenidos de fuentes naturales, ¿pero qué hay de la guía sobrenatural requerida en su selección y narración? Compárense, para responder, los registros de la Creación, la caída, el diluvio, etc., encontrados en Génesis con aquellos recientemente descubiertos por excavaciones en tierras bíblicas. ¿No apuntan los resultados del pico y la pala al mismo original que la Biblia, y sin embargo no dan evidencia a menudo su infantilismo y grotesco del molde humano y pecaminoso a través del cual corrieron? ¿No muestran la necesidad de algún poder distinto del hombre mismo para sacarlo del laberinto del error hacia el terreno abierto de la verdad?
Además, ¿no son los libros históricos en algunos aspectos los más importantes en la Biblia? ¿No son las bases de su doctrina? ¿No necesita la doctrina del pecado para su punto de partida el registro de la caída? ¿Podríamos entender tan satisfactoriamente la justificación si no tuviéramos la historia de los tratos de Dios con Abraham? ¿Y qué del sacerdocio de Cristo? Descarte Levítico y ¿qué se puede hacer de Hebreos? ¿No son los Hechos de los Apóstoles históricos, pero podemos permitirnos perder su inspiración?
Y entonces, también, los libros históricos son, en muchos casos, proféticos así como históricos. ¿No muestran los tipos y símbolos en ellos al Salvador en todos los variados aspectos de Su gracia? ¿No tiene la historia de Israel la relación más cercana como tipo y antitipo con nuestra redención espiritual? ¿No enseña Pablo esto en 1 Corintios 10:6-11? Y si estas cosas fueron así escritas para nuestra enseñanza, ¿no implica esto su inspiración?
De hecho, los libros históricos tienen el testimonio más fuerte dado a su importancia en otras partes de la Biblia. Esto aparecerá más particularmente a medida que avancemos, pero tome, de paso, el uso de Cristo de Deuteronomio en Su conflicto con el tentador. Tres veces lo vence Él mediante una cita de ese libro histórico sin nota o comentario. ¿No es difícil creer que ni Él ni Satanás lo consideraran inspirado?
Así, sin ir más lejos, podemos decir, con el Dr. DeWitt de Princeton, que es imposible asegurar la infalibilidad religiosa de la Biblia —que es todo lo que el objetor considera como necesario— si excluimos la historia bíblica de la esfera de su inspiración. Pero si incluimos la historia bíblica en absoluto, debemos hacerlo en la totalidad de ella, pues ¿quién es competente para separar sus partes?
2. La inspiración incluye no solo todos los libros de la Biblia en general sino en detalle, la forma así como la sustancia, la palabra así como el pensamiento. Esto es a veces llamado la teoría verbal de la inspiración y se habla vehementemente en contra de ella en algunos sectores. Es demasiado mecánica, degrada a los escritores al nivel de máquinas, tiene una tendencia a hacer escépticos, y todo eso.
Este último comentario, sin embargo, no es tan alarmante como suena. Se dice que la doctrina de la retribución eterna de los impíos hace escépticos, y también la de una expiación vicaria, por no mencionar otras revelaciones de la Sagrada Escritura. La mente natural no acepta ninguna de estas cosas. Pero si no estamos preparados para ceder el punto en un caso por tal razón, ¿por qué se nos debería pedir hacerlo en otro?
Y en cuanto a degradar a los escritores al nivel de máquinas, incluso si fuera cierto, como no lo es, ¿por qué debería encontrarse falta cuando uno considera el resultado? ¿Cuál es más importante, el libre albedrío de una veintena o dos de mortales, o la divinidad de su mensaje? Todo el argumento es solo una chispa del yunque en el cual la raza está siempre tratando de martillar la deificación de sí misma.
Pero no estamos insistiendo sobre ninguna teoría —ni siquiera la teoría verbal— si excluye totalmente el elemento humano en la transmisión de la palabra sagrada. Como dice el Dr. Henry B. Smith, “Dios habla a través de la personalidad así como de los labios de Sus mensajeros”, y podemos verter en esa palabra “personalidad” todo lo que va para formarla —la época en la que vivió la persona, su entorno, su grado de cultura, su temperamento y todo lo demás. Como lo expresó Wayland Hoyt, “La inspiración no es una compulsión mecánica, crasa y escueta de los escritores sagrados, sino más bien una influencia dinámica y divina sobre sus facultades actuando libremente” a fin de que estas últimas en relación con el tema entonces en mano puedan mantenerse inerrantes, es decir, sin error o falta. Es limitar al Santo de Israel decir que Él es incapaz de hacer esto sin convertir a un ser humano en un autómata. ¿Se ha dejado Él, que creó al hombre como un agente libre, sin oportunidad para moldear sus pensamientos en formas de habla inerrantemente expresivas de Su voluntad, sin destruir aquello que Él ha hecho?…
Y, de hecho, ¿dónde reside el libre albedrío del hombre, en su mente o en su boca? ¿Diremos que él es libre mientras Dios controla su pensamiento, pero que se convierte en una mera máquina cuando ese control se extiende a la expresión de su pensamiento?
Pero volviendo al argumento, si la influencia divina sobre los escritores no se extendió a la forma así como a la sustancia de sus escritos; si, en otras palabras, Dios les dio solo el pensamiento, permitiéndoles expresarlo en sus propias palabras, ¿qué garantía tenemos de que lo han hecho así?
Una ilustración que el escritor ha usado frecuentemente ayudará a dejar esto claro. A un taquígrafo en una casa mercantil su empleador le pidió escribir lo siguiente:
“Caballeros: Malinterpretamos su carta y ahora llenaremos su pedido”. Imagine la sorpresa del empleador, sin embargo, cuando un poco más tarde esto fue puesto ante él para su firma:
“Caballeros: Malinterpretamos su carta y no llenaremos su pedido”.
El error fue solo de una sola letra [en inglés now vs not], pero fue enteramente subversivo de su significado. Y sin embargo el pensamiento fue dado claramente al taquígrafo, y las palabras, también, para el caso. Además, este último era capaz y fiel, pero era humano, y es humano errar. Si su empleador no hubiera controlado su expresión hasta la letra misma, el pensamiento destinado a ser transmitido habría fallado de expresión.
De la misma manera los autores humanos de la Biblia eran hombres de pasiones semejantes a las nuestras. Sus motivos eran puros, sus intenciones buenas, pero aun si su tema fueran los lugares comunes de los hombres, por no decir nada de la misteriosa y trascendente revelación de un Dios santo, ¿cómo podría ser una transcripción absoluta de la mente de la cual vino en ausencia de control milagroso?
En el último análisis, es la Biblia misma, por supuesto, la que debe resolver la cuestión de su inspiración y el alcance de ella, y a esto llegamos en la consideración de la prueba, pero se nos puede permitir una pregunta final. ¿Puede incluso Dios Mismo dar un pensamiento al hombre sin las palabras que lo visten? ¿No son los dos inseparables, tanto así “como una suma y sus cifras, o una melodía y sus notas”? ¿Se ha conocido algún caso en la historia humana donde una mente sana haya sido capaz de crear ideas sin expresarlas a su propia percepción? En otras palabras, como observó una vez el Dr. A. J. Gordon: “Negar que el Espíritu Santo habla en la Escritura es una proposición inteligible, pero admitir que Él habla, es imposible saber lo que Él dice excepto si tenemos Sus Palabras”.
III. Prueba de la Inspiración
1. La inspiración de la Biblia se prueba por la filosofía, o lo que puede llamarse la naturaleza del caso. La proposición puede enunciarse así:
La Biblia es la historia de la redención de la raza, o desde el lado del individuo, una revelación sobrenatural de la voluntad de Dios a los hombres para su salvación. Pero fue dada a ciertos hombres de una época para ser transmitida por escrito a otros hombres en épocas diferentes. Ahora bien, todos los hombres experimentan dificultad en dar reflejos fieles de sus pensamientos a otros debido al pecado, la ignorancia, la memoria defectuosa y la inexactitud siempre incidente al uso del lenguaje.
Por lo tanto, puede deducirse fácilmente que si la revelación ha de comunicarse precisamente como se recibió originalmente, se requiere el mismo poder sobrenatural en un caso como en el otro. Esto ha sido suficientemente elaborado en lo anterior y no necesita ser recalcado nuevamente.
2. Puede probarse por la historia y el carácter de la Biblia, es decir, por todo lo que se ha asumido en cuanto a su autenticidad y credibilidad. Todo lo que sirve para probar estas cosas sirve para probar su inspiración.
Para tomar prestado en parte, el lenguaje de la Confesión de Westminster, “lo celestial de su materia, la eficacia de su doctrina, la unidad de sus diversas partes, la majestad de su estilo y el alcance y la plenitud de su diseño” todo indica la divinidad de su origen.
Cuanto más pensamos en ello, más debemos estar convencidos de que hombres sin la ayuda del Espíritu de Dios no podrían haber concebido, ni armado, ni preservado en su integridad ese precioso depósito conocido como los Oráculos Sagrados.
3. Pero la prueba más fuerte son las declaraciones de la Biblia misma y las inferencias que se extraen de ellas. Tampoco es esto un razonamiento en círculo como algunos podrían pensar. En el caso de un hombre sobre cuya veracidad no hay duda, no se siente vacilación en aceptar lo que dice sobre sí mismo; y dado que la Biblia está demostrada como verdadera en sus declaraciones de hechos por evidencia inatacable, ¿no podemos aceptar su testimonio en su propio nombre?
Tómese el argumento de Jesucristo como una ilustración. Él se contentó con ser probado por las profecías que le precedieron, y el resultado de esa prueba fue el establecimiento de Sus reclamos de ser el Mesías más allá de una aventura. Ese complejo sistema de profecías, haciendo imposible la colusión o la falsificación, es la prueba incontestable de que Él era lo que reclamaba ser. Pero, por supuesto, Aquel en cuyo nacimiento, y vida, y muerte, y resurrección tales maravillosas profecías encontraron su cumplimiento, se convirtió, desde la hora en que Sus reclamos fueron establecidos, en un testigo de la autoridad divina y la verdad infalible de los registros sagrados en los cuales se encuentran estas profecías. —(The New Apologetic, por el Profesor Robert Watts, Doctor en Teología)
Es así con la Biblia. El carácter de sus contenidos, la unidad de sus partes, el cumplimiento de sus profecías, los milagros realizados en su atestación, los efectos que ha logrado en las vidas de las naciones y de los hombres, todo esto sirve para mostrar que es divina, y si es así, que puede ser creída en lo que dice sobre sí misma.
A. Argumento para el Antiguo Testamento
Para comenzar con el Antiguo Testamento, (a) considere cómo hablan los escritores sobre el origen de sus mensajes. El Dr. James H. Brookes es autoridad para decir que la frase, “Así ha dicho Jehová” o su equivalente es usada por ellos 2.000 veces. Supongamos que eliminamos esta frase y su contexto necesario del Antiguo Testamento en cada instancia, uno se pregunta cuánto del Antiguo Testamento permanecería.
(b) Considere cómo las expresiones de los escritores del Antiguo Testamento son introducidas en el Nuevo. Tome Mateo 1:22 como una ilustración, “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta”. No fue el profeta quien habló, sino el Señor quien habló a través del profeta.
(c) Considere cómo Cristo y Sus apóstoles consideran el Antiguo Testamento. Él vino “no para abrogar, sino para cumplir la ley y los profetas”. Mateo 5:17. “La Escritura no puede ser quebrantada”. Juan 10:35. Él a veces usó palabras individuales como bases de doctrinas importantes, dos veces en Mateo 22, en los versículos 31, 32 y 42-45. Los apóstoles hacen lo mismo. Véase Gálatas 3:16, Hebreos 2:8, 11 y 12:26, 27.
(d) Considere lo que los apóstoles enseñan directamente sobre el tema. Pedro nos dice que “nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21). “Profecía” aquí se aplica a la palabra escrita como se indica en el versículo anterior, y significa no meramente la predicción de eventos, sino las expresiones de cualquier palabra de Dios sin referencia en cuanto a tiempo pasado, presente o por venir. Como cuestión de hecho, lo que Pedro declara es que la voluntad del hombre no tuvo nada que ver con ninguna parte del Antiguo Testamento, sino que todo él, desde Génesis hasta Malaquías, fue inspirado por Dios.
Por supuesto Pablo dice lo mismo, en lenguaje aun más claro, en 2 Timoteo 3:16, “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil”. La frase “inspirada por Dios” significa literalmente insuflada por Dios. Todo el Antiguo Testamento es inspirado por Dios, porque es a esa parte de la Biblia a la que el lenguaje se refiere particularmente, ya que el Nuevo Testamento como tal no era entonces generalmente conocido.
Como este versículo se da de manera algo diferente en la Versión Revisada nos detenemos en él un momento más. Allí se lee, “Toda escritura inspirada por Dios es también útil”, y el objetor está dispuesto a decir que por lo tanto alguna Escritura puede ser inspirada y alguna puede no serlo, y que la utilidad se extiende solo a la primera y no a la última.
Pero aparte del hecho de que Pablo difícilmente sería culpable de una perogrullada tan débil como esa, se puede afirmar en respuesta primero, que la traducción King James del pasaje no es solo la Escritura más consistente, sino el griego más consistente. Varios de los mejores eruditos griegos del período afirman esto, incluyendo a algunos de los revisores mismos que no votaron por el cambio. Y en segundo lugar, incluso los revisores lo colocan en el margen como de autoridad prácticamente igual con su traducción preferida, y para ser elegida por el lector si lo desea. No hay pocos cristianos devotos, sin embargo, que estarían dispuestos a retener la traducción de la Versión Revisada como siendo más fuerte que la King James, y que interpolarían una palabra al aplicarla para hacerla significar, “Toda escritura (porque es) inspirada por Dios es también útil”. Creemos que tanto Gaussen como Wordsworth toman este punto de vista, dos tan acérrimos defensores de la inspiración plenaria como podrían nombrarse.
B. Argumento para el Nuevo Testamento
A veces se nos recuerda que, por muy fuerte y convincente que sea el argumento para la inspiración del Antiguo Testamento, aquel para el Nuevo Testamento es solo indirecto. “Ninguno de los evangelistas nos dice que es inspirado”, dice cierto profesor teológico, “y ningún escritor de una epístola, excepto Pablo”.
Estaremos preparados para disputar esta declaración un poco más adelante, pero mientras tanto reflexionemos que estando asegurada la inspiración del Antiguo Testamento como lo está, ¿por qué debería requerirse evidencia similar para el Nuevo? Quienquiera que sea competente para hablar como una autoridad bíblica sabe que la unidad del Antiguo y Nuevo Testamento es la demostración más fuerte de su fuente común. Se ve que no son dos libros, sino solo dos partes de un libro.
Para tomar entonces la analogía del Antiguo Testamento. El argumento anterior prueba su inspiración como un todo, aunque hubo largos períodos separando a los diferentes escritores, Moisés y David digamos, o David y Daniel, el Pentateuco y los Salmos, o los Salmos y los Profetas. Tan largos, o más largos, que entre Malaquías y Mateo, o Esdras y los Evangelios. Si entonces para llevar convicción para la inspiración plenaria del Antiguo Testamento como un todo, no es necesario probarla para cada libro, ¿por qué, para llevar convicción para la inspiración plenaria de la Biblia como un todo es necesario hacer lo mismo?
Citamos aquí un párrafo o dos del Dr. Nathaniel West. Él se está refiriendo a 2 Timoteo 3:16, que él traduce, “Toda la escritura es inspirada por Dios”, y añade:
“La palabra distributiva ‘toda’ se usa no solo para particularizar cada escritura individual del Canon que Timoteo había estudiado desde su juventud, sino también para incluir, junto con el Antiguo Testamento las Escrituras del Nuevo Testamento existentes en los días de Pablo, y cualesquiera otras, tales como las que Juan escribió después de él.
“El Apóstol Pedro nos dice que él estaba en posesión, no meramente de algunas de las Epístolas de Pablo, sino de ‘todas sus epístolas’, y las coloca, canónicamente, en el mismo rango con lo que él llama ‘las otras escrituras’, es decir, de igual inspiración y autoridad con las ‘palabras dichas antes por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles’. 2 Pedro 3:2, 16.
“Pablo enseña la misma coordinación del Antiguo y Nuevo Testamento. Habiéndose referido al Antiguo como una unidad, en su frase ‘Sagradas Escrituras’, que los revisores traducen ‘Escritos Sagrados’, procede a particularizar. Él le dice a Timoteo que ‘toda la escritura’, ya sea de producción del Antiguo o Nuevo Testamento, ‘es inspirada por Dios’. Sea en el Pentateuco, los Salmos, los Profetas, los Libros Históricos, sea un capítulo o un versículo; sea en los Evangelios, los Hechos, sus propias Epístolas o las de Pedro, o incluso los escritos de Juan, aún por existir, aun así cada parte de la Sagrada Colección es dada por Dios y debido a eso posee autoridad divina como parte del Libro de Dios”.
Leímos esto del Dr. West hace veinte años, y lo rechazamos como su dictamen. Lo leemos hoy, con un conocimiento más profundo y completo del tema, y creemos que es verdad.
Es algo así como sigue que el Dr. Gaussen en su exhaustivo [libro titulado] “Theopneustia” da el argumento para la inspiración del Nuevo Testamento.
(a) El Nuevo Testamento es la revelación posterior, y por esa razón la más importante de las dos, y por ende si la primera fue inspirada, ciertamente debe ser verdad de la última. Los versículos iniciales del primer y segundo capítulo de Hebreos sugieren claramente esto: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo… Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído”.
Y esta inferencia se hace aún más concluyente por la circunstancia de que el Nuevo Testamento a veces explica, a veces prueba, y a veces incluso deroga ordenanzas del Antiguo Testamento. Véase Mateo 1:22, 23 para una ilustración de lo primero, Hechos 13:19 a 39 para lo segundo y Gálatas 5:6 para lo tercero. Seguramente estas cosas no serían verdad si el Nuevo Testamento no fuera de igual, y en cierto sentido, incluso mayor autoridad que el Antiguo.
(b) Los escritores del Nuevo Testamento eran de un rango igual o superior a aquellos del Antiguo. Que eran profetas es evidente por alusiones tales como Romanos 16:25-27, y Efesios 3:4, 5. Pero que eran más que profetas se indica en el hecho de que dondequiera que en el Nuevo Testamento profetas y apóstoles son ambos mencionados, el último nombrado es siempre mencionado primero (véase 1 Corintios 12:28; Efesios 2:20, Efesios 4:11). También es cierto que los escritores del Nuevo Testamento tenían una misión superior a los del Antiguo, ya que fueron enviados por Cristo, como él había sido enviado por el Padre (Juan 20:21). Debían ir, no a una sola nación solamente (como Israel), sino a todo el mundo (Mateo 28:19). Recibieron las llaves del reino de los cielos (Mateo 16:19). Y han de ser preeminentemente recompensados en la regeneración (Mateo 19:28). Tales consideraciones y comparaciones como estas no deben pasarse por alto al estimar la autoridad por la cual escribieron.
(c) Los escritores del Nuevo Testamento estaban especialmente calificados para su obra, como vemos en Mateo 10:19, 20; Marcos 13:11; Lucas 12:2; Juan 14:26 y Juan 16:13, 14. Estos pasajes se tratarán con más detalle en una división posterior de nuestro tema, pero justo ahora se puede notar que en algunas de las instancias, la inspiración del carácter más absoluto fue prometida en cuanto a lo que debían hablar, estando justificada la inferencia de que no menos serían guiados en lo que escribían. Sus palabras habladas eran limitadas y temporales en su esfera, pero sus expresiones escritas cubrían todo el rango de la revelación y debían durar para siempre. Si en un caso fueron inspirados, ¿cuánto más en el otro?
(d) Los escritores del Nuevo Testamento reclaman directamente inspiración divina. Véase Hechos 15:23-29, donde, especialmente en el versículo 28, se registra a Jacobo diciendo: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias”. Aquí se afirma muy claramente que el Espíritu Santo es el verdadero escritor de la carta en cuestión y simplemente usando los instrumentos humanos para su propósito. Añádase a esto 1 Corintios 2:13, donde Pablo dice: “Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual”, o como el margen de la Versión Revisada lo pone, “impartiendo cosas espirituales a hombres espirituales”. En 1 Tesalonicenses 2:13 el mismo escritor dice: “Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios”. En 2 Pedro 3:2 el apóstol coloca sus propias palabras al nivel de las de los profetas del Antiguo Testamento, y en los versículos 15 y 16 del mismo capítulo hace lo mismo con los escritos de Pablo, clasificándolos con “las otras escrituras”. Finalmente, en Apocalipsis 2:7, aunque es el Apóstol Juan quien está escribiendo, está autorizado para exclamar: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”, y así a lo largo de las epístolas a las siete iglesias.
C. Argumento para las Palabras
La evidencia de que la inspiración incluye la forma así como la sustancia de las Sagradas Escrituras, la palabra así como el pensamiento, puede reunirse de esta manera.
1. Hubo ciertamente algunas ocasiones cuando las palabras fueron dadas a los agentes humanos. Tome la instancia de Balaam (Números 22:38; 23:12, 16). Es claro que este profeta egoísta pensó, es decir, deseó hablar de manera diferente de lo que hizo, pero fue obligado a hablar la palabra que Dios puso en su boca. Hay dos testigos incontrovertibles de esto, uno siendo Balaam mismo y el otro Dios.
Tome a Saúl (1 Samuel 10:10), o en un momento posterior, a sus mensajeros (1 Samuel 19:20-24). Nadie reclamará que no hubo una inspiración de las palabras aquí. Y Caifás también (Juan 11:49-52), de quien se dice expresamente que cuando profetizó que un hombre debía morir por el pueblo, “esto no lo dijo por sí mismo”. ¿Quién cree que Caifás quiso decir o realmente conoció el significado de lo que dijo?
Y cuán enteramente esto armoniza con la promesa de Cristo a Sus discípulos en Mateo 10:19, 20 y en otras partes. “Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros”. Marcos es aún más enfático: “No os preocupéis de antemano… sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo”.
Tome la circunstancia del día de Pentecostés (Hechos 2:4-11), cuando los discípulos “comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”. Partos, medos, elamitas, los que habitaban en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, cretenses y árabes todos testificaron, “les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”. ¿No incluyó esta inspiración las palabras? ¿No excluyó de hecho el pensamiento? ¿Qué ejemplo más claro podría desearse?
Con el mismo propósito considere la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 14 sobre el don de lenguas, el que habla en lengua desconocida, en el Espíritu habla misterios, pero nadie le entiende, por lo tanto ha de orar para que pueda interpretar. Bajo algunas circunstancias, si no hay intérprete presente, ha de guardar silencio en la iglesia y hablar solo a sí mismo y a Dios.
Pero mejor aún, considere la expresión de 1 Pedro 1:10, 11, donde habla de aquellos que profetizaron de la gracia que vendría, como “escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló”, etc.
“Si viéramos a un estudiante que, habiendo tomado la conferencia de un profundo filósofo, estuviera ahora estudiando diligentemente para comprender el sentido del discurso que había escrito, entenderíamos simplemente que él era un alumno y no un maestro; que no tenía nada que ver con originar ni los pensamientos ni las palabras de la conferencia, sino que era más bien un discípulo cuya incumbencia era entender lo que había transcrito, y así ser capaz de comunicarlo a otros.
“¿Y quién puede negar que esta es la imagen exacta de lo que tenemos en este pasaje de Pedro? Aquí había escritores inspirados estudiando el significado de lo que ellos mismos habían escrito. Con toda la tolerancia posible para las peculiaridades humanas de los escritores, deben haber sido reporteros de lo que oyeron, en lugar de formuladores de aquello que se les había hecho entender”. —A. J. Gordon en “The Ministry of the Spirit”, pp. 173, 174.
2. La Biblia enseña claramente que la inspiración se extiende a sus palabras. Hablamos de Balaam como pronunciando aquello que Dios puso en su boca, pero la misma expresión es usada por Dios Mismo con referencia a Sus profetas. Cuando Moisés quiso excusarse del servicio porque no era elocuente, Él que hizo la boca del hombre dijo: “Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar” (Éxodo 4:10-12). Y el comentario del Dr. James H. Brookes es muy pertinente. “Dios no dijo estaré con tu mente, y te enseñaré lo que has de pensar; sino estaré con tu boca y te enseñaré lo que has de hablar. Esto explica por qué, cuarenta años después, Moisés dijo a Israel: ‘No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella’. (Deuteronomio 4:2.)” Siete veces Moisés nos dice que las tablas de piedra conteniendo los mandamientos eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada sobre las tablas (Éxodo 31:16).
Pasando del Pentateuco a los libros poéticos encontramos a David diciendo: “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, Y su palabra ha estado en mi lengua” (2 Samuel 23:1, 2). Él, también, no dice, Dios pensó por mí, sino habló por mí.
Llegando a los profetas, Jeremías confiesa que, como Moisés, retrocedió ante la misión a la cual fue enviado y por la misma razón. Era un niño y no podía hablar. “Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca” (Jeremías 1:6-9).
Todo lo cual sustenta la declaración de Pedro citada anteriormente, que “nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”. Seguramente, si la voluntad del hombre no tuvo nada que ver con la profecía, no podría haber tenido libertad en la selección de las palabras.
Esto en cuanto al Antiguo Testamento, pero cuando llegamos al Nuevo, tenemos la misma precisión infalible y verbal garantizada a los apóstoles por el Hijo de Dios, como hemos visto. Y tenemos a los apóstoles reclamándola, como cuando Pablo en 1 Corintios 2:12, 13 distingue entre las “cosas” o los pensamientos que Dios le dio y las palabras en las cuales las expresó, e insistiendo en la divinidad de ambas; “lo cual también hablamos”, dice él, “no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu”. En Gálatas 3:16, siguiendo el ejemplo de Su divino Maestro, él emplea no meramente una sola palabra, sino una sola letra de una palabra como la base de un argumento para una gran doctrina. La bendición de la justificación que Abraham recibió se ha convertido en la del creyente en Jesucristo. “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo”.
El escritor de la epístola a los Hebreos basa un argumento similar en la palabra “todo” en Hebreos 1:8, en la palabra “uno” en Hebreos 1:11, y en la frase “aún una vez” en Hebreos 12:26, 27.
Para recurrir al argumento de Pablo en Gálatas, el Archidiácono Farrar en uno de sus escritos niega que por ninguna posibilidad tal hebraísta como él, y tal maestro del uso griego pudiera haber argumentado de esta manera. Él dice que Pablo debió haber sabido que el plural de los términos hebreos y griegos para “simiente” nunca es usado por escritores hebreos o griegos para designar descendencia humana. Significa, dice él, varias clases de grano.
Su ingenuidad es gracioso. Aceptamos su estimación del conocimiento de Pablo del hebreo y griego, dice el Profesor Watts, él ciertamente era hebreo de hebreos, y en cuanto a su griego no solo podía escribirlo sino hablarlo como sabemos, y citar lo que convenía a su propósito de los poetas griegos. Pero bajo esta suposición nos sentimos justificados en preguntar al Dr. Farrar si un lexicógrafo al buscar en autores griegos los significados que ellos atribuían a spermata, el griego para “semillas”, ¿no estaría inclinado a añadir “descendencia humana” bajo tan buena autoridad como Pablo?
Ni de hecho estarían limitados a su autoridad, ya que Sófocles lo usa de la misma manera, y Esquilo. “Fui expulsado de mi país por mi propia descendencia” (spermata) —literalmente por mis propias semillas, es lo que el primero hace decir a uno de sus personajes.
La traducción del Dr. Farrar de spermata en Gálatas 3:16 por otro lado haría un sinsentido si no un sacrilegio. “No dice a varias clases de grano como de muchas, sino como de una, y a tu grano, el cual es Cristo”.
“Concediendo entonces, lo que no agradecemos a ningún hombre por conceder, que spermata significa descendencia humana, es evidente que a pesar de todas las opiniones en contrario, este pasaje sostiene la enseñanza de una inspiración de la Sagrada Escritura que se extiende hasta sus mismas palabras”.
3. Pero el argumento más singular para la inspiración de las palabras de la Escritura es la relación que Jesucristo guarda con ellas. En primer lugar, Él mismo fue inspirado en cuanto a Sus palabras. En la referencia más temprana a Su oficio profético (Deuteronomio 18:18), Jehová dice: “Pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare”. Una limitación en Su expresión que Jesús reconoce en todas partes. “Según me enseñó el Padre, así hablo”; “el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar”; “lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho”; “las palabras que me diste, les he dado”; “las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”. (Juan 6:63; 8:26, 28, 40; Juan 12:49, 50).
El pensamiento es aún más impresionante cuando leemos sobre la relación del Espíritu Santo con el Dios-hombre. “El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”; “habiendo dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles”; “La revelación de Jesucristo, que Dios le dio”; “El que tiene las siete estrellas en su diestra dice esto”; “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Lucas 4:18; Hechos 1:2; Apocalipsis 1:1; 2:1, 11). Si la Palabra encarnada necesitó la unción del Espíritu Santo para dar a los hombres la revelación que Él recibió del Padre en Cuyo seno Él habita; y si la agencia del mismo Espíritu se extendió a las palabras que Él habló al predicar el evangelio a los mansos o dictar una epístola, ¿cuánto más deben ser estas cosas así en el caso de hombres ordinarios cuando están ocupados en el mismo servicio? ¿Con qué apariencia de razón puede uno contender que algún escritor del Antiguo o Nuevo Testamento estuvo, en lo que concernía a sus palabras, sin necesidad de tal agencia? —The New Apologetic, pp. 67, 68.
En segundo lugar Él usó las Escrituras como si fueran inspiradas en cuanto a sus palabras. En Mateo 22:31, 32, Él sustancia la doctrina de la resurrección contra el escepticismo de los saduceos enfatizando el tiempo presente del verbo “ser”, es decir, la palabra “soy” en el lenguaje de Jehová a Moisés en la zarza ardiente. En los versículos 42-45 del mismo capítulo Él hace lo Mismo para Su propia Deidad aludiendo al segundo uso de la palabra “Señor” en el Salmo 110. “Dijo el Señor a mi Señor… Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?” En Juan 10:34-36, Él se vindica a Sí mismo de la acusación de blasfemia diciendo: “¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?”
Ya lo hemos visto (en Mateo 4) venciendo al tentador en el desierto mediante tres citas de Deuteronomio sin nota o comentario excepto, “Escrito está”. Refiriéndose a lo cual Adolphe Monod dice: “No conozco nada en toda la historia de la humanidad, ni siquiera en el campo de la revelación divina, que pruebe más claramente que esto la inspiración de las Escrituras. ¡Qué! ¿Jesucristo, el Señor del cielo y de la tierra, llamando en su ayuda en ese momento solemne a Moisés su siervo? ¿Aquel que habla desde el cielo fortificándose contra las tentaciones del infierno por la palabra de aquel que habló desde la tierra? ¿Cómo podemos explicar ese misterio espiritual, esa maravillosa inversión del orden de las cosas, si para Jesús las palabras de Moisés no fueran las palabras de Dios más que las de los hombres? ¿Cómo explicaremos esto si Jesús no estuviera plenamente consciente de que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo?”
“No olvido las objeciones que se han planteado contra la inspiración de las Escrituras, ni la oscuridad real con la que esa inspiración está rodeada; si a veces turban vuestros corazones, han turbado el mío también. Pero en tales momentos, para revivir mi fe, solo tengo que mirar a Jesús glorificando las Escrituras en el desierto; y he visto que para todos los que confían en Él, el más embarazoso de los problemas se transforma en un hecho histórico, palpable y claro. Jesús sin duda estaba consciente de las dificultades relacionadas con la inspiración de las Escrituras, pero ¿le impidió esto apelar a su testimonio con confianza sin reservas? Que lo que fue suficiente para Él sea suficiente para vosotros. No temáis que la roca que sostuvo al Señor en la hora de Su tentación y angustia ceda porque os apoyéis demasiado pesadamente sobre ella”.
En tercer lugar, Cristo enseña que las Escrituras son inspiradas en cuanto a sus palabras. En el Sermón del Monte Él dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”.
Aquí hay testimonio confirmado por un juramento, porque “de cierto” en los labios del Hijo del Hombre conlleva tal fuerza. Él afirma la indestructibilidad de la ley, no su sustancia meramente sino su forma, no el pensamiento sino la palabra.
“Ni una jota ni una tilde pasará de la ley”. La “jota” significa la yod, la letra más pequeña en el alfabeto hebreo, mientras que la “tilde” significa el cuerno, una pequeña proyección en ciertas letras extendiendo la línea base más allá de la vertical que descansa sobre ella. Un lector no acostumbrado al hebreo necesita un ojo fuerte para ver la tilde, pero Cristo garantiza que como parte del texto sagrado ni la tilde ni la yod perecerán.
El anciano Lightfoot, el hebraísta y erudito rabínico del tiempo de la Asamblea de Westminster, ha llamado la atención sobre una historia interesante de cierta letra yod encontrada en el texto de Deuteronomio 32:18. Está en la palabra teshi, abandonar, traducida en la King James como “unmindful” [en español “te olvidaste”]. Originalmente parece haber sido escrita más pequeña incluso de lo usual, es decir, de tamaño reducido, y sin embargo a pesar del número casi infinito de veces en que se han hecho copias, esa pequeña yod permanece allí hoy tal como siempre lo hizo. Lightfoot habló de ello a mediados del siglo diecisiete y aunque han pasado dos siglos y medio más desde entonces con todas sus copias adicionales del libro, todavía retiene su lugar en el texto sagrado. Su tamaño diminuto es referido en el margen, “pero ninguna mano se ha atrevido a añadir el ancho de un cabello a su longitud”, de modo que todavía podemos emplear sus palabras, y decir que es probable que permanezca allí para siempre.
El mismo erudito habla del efecto que un ligero cambio en la forma de una letra hebrea podría producir en la sustancia del pensamiento que representa. Él toma como ejemplo dos palabras, “Chalal” y “Halal”, que difieren una de otra simplemente en sus primeros radicales. La “Ch” en hebreo se expresa por una letra igual que la “H”, siendo la única distinción una ligera ruptura o abertura en la extremidad izquierda de la última. Parece demasiado insignificante para notarlo, pero déjese romper esa línea donde debería ser continua, y “Y no profanes el nombre de tu Dios” en Levítico 18:21, se convierte en “Y no alabes el nombre de tu Dios”. A través de esa apertura, por pequeña que sea, el pensamiento entero de la mente Divina se filtra, por así decirlo, y se vuelve bastante antagónico a lo que fue diseñado.
Esto muestra cuán verdaderamente el pensamiento y la palabra que lo expresa están unidos, y que cualquier cosa que afecta al uno pone en peligro al otro. Como dice otro, “Las botellas no son el vino, pero si las botellas perecen, el vino seguramente se derramará”. Puede parecer estrechez mental contender por esto, y una evidencia de iluminación o erudición liberal tratarlo con indiferencia, pero deberíamos estar preparados para tomar nuestra posición con Jesucristo en las premisas, y si es necesario, salir fuera del campamento llevando nuestro vituperio.
IV. Dificultades y Objeciones
Que hay dificultades en el camino de aceptar una visión de la inspiración como esta se da por sentado. Pero para la mente finita siempre debe haber dificultades conectadas con una revelación del Infinito, y no puede ser de otra manera. Esto se ha mencionado antes. Los hombres de fe, y es a tales a quienes nos dirigimos, y no a hombres del mundo, no esperan a entender o resolver todas las dificultades asociadas con otros misterios de la Biblia antes de aceptarlos como divinos, y ¿por qué deberían hacerlo en este caso?
Además, el dictamen del arzobispo Whately es generalmente aceptado, de que no estamos obligados a despejar cada dificultad sobre una doctrina para creerla, siempre provisto que los hechos sobre los cuales descansa sean verdaderos. Y particularmente es este el caso donde el rechazo de tal doctrina implica mayores dificultades que su creencia, como lo hace aquí.
Porque si esta visión de la inspiración es rechazada, ¿qué tienen sus oponentes para dar en su lugar? ¿Se dan cuenta de que cualquier objeción a ella es leve en comparación con aquellas a cualquier otra visión que pueda nombrarse? ¿Y se dan cuenta de que esto es cierto porque esta visión tiene la inmensurable ventaja de estar de acuerdo con las claras declaraciones de la Escritura sobre el tema? En otras palabras, como dice el Dr. Burrell, aquellos que afirman la inerrancia de los autógrafos de la Escritura lo hacen bajo la autoridad de Dios Mismo, y negarlo es de una pieza con la negación de que enseñan el perdón de los pecados o la resurrección de los muertos. Ninguna cantidad de giros y vueltas exegéticas puede explicar las afirmaciones ya citadas en estas páginas, por no decir nada del trasfondo constante de evidencia que encontramos en la Biblia en todas partes para su verdad.
Y hablando de esto más allá, ¿no estamos justificados en requerir del objetor dos cosas? Primero, sobre cualquier base justa de investigación científica, ¿no está obligado a disponer de la evidencia aquí presentada antes de impugnar la doctrina que sustancia? Y segundo, después de haber dispuesto de ella, ¿no está igualmente obligado a presentar la prueba escritural de cualquier otra visión de la inspiración que quiera que aceptemos? ¿Ha hecho esto alguna vez, y si no, no estamos más justificados en decir que no se puede hacer? Pero consideremos algunas de las dificultades.
1. Están las llamadas discrepancias o contradicciones entre ciertas declaraciones de la Biblia y los hechos de la historia o la ciencia natural. La mejor manera de enfrentar estas es tratarlas por separado a medida que se presentan, pero cuando preguntas por ellas no infrecuentemente te encuentras con silencio. Son difíciles de producir, y cuando se producen, ¿quién es capaz de decir que pertenecen a los pergaminos originales? Como no estamos contendiendo por una traducción inerrante, ¿no descansa la carga de la prueba en el objetor?
Pero algunas de estas “discrepancias” son fácilmente explicadas. No existen entre declaraciones de la Biblia y hechos de la ciencia, sino entre interpretaciones erróneas de la Biblia y conclusiones inmaduras de la ciencia. La vieja historia de Galileo es pertinente, quien no contradijo la Biblia al afirmar que la tierra se movía alrededor del sol sino solo las falsas suposiciones teológicas al respecto. De esta manera la luz que avanza ha eliminado muchas de estas discrepancias, y es justo presumir con el Dr. Charles Hodge que más luz las eliminaría todas.
2. Están las diferencias en las narrativas mismas. En primer lugar, los escritores del Nuevo Testamento a veces cambian palabras importantes al citar del Antiguo Testamento, lo cual se asume que no podría ser el caso si en ambas instancias los escritores fueran inspirados. Pero se olvida que en las Escrituras estamos tratando no tanto con diferentes autores humanos como con un Autor Divino. Es un principio en la literatura ordinaria que un autor puede citarse a sí mismo como le plazca, y dar un giro diferente a una expresión aquí y allá a medida que una condición cambiada de los asuntos lo haga necesario o deseable. ¿Negaremos este privilegio al Espíritu Santo? ¿No podemos encontrar, de hecho, que algunas de estas supuestas citas erróneas muestran tal progreso de la verdad, tal aplicación evidente de la enseñanza de una dispensación anterior a las circunstancias de una posterior, como para proporcionar una confirmación de su origen divino en lugar de un argumento contra él?
Ofrecimos ilustraciones de esto anteriormente, pero a aquellas añadiríamos ahora Isaías 59:20 citado en Romanos 11:26, y Amós 9:11 citado en Hechos 15:16. Y a cualquiera que desee examinar más a fondo el tema recomendaríamos la valiosa obra del Profesor Franklin Johnson, de la Universidad de Chicago, titulada “The Quotations in the New Testament from the Old”.
Otra clase de diferencias, sin embargo, es donde el mismo evento se da a veces de manera diferente por diferentes escritores. Tome aquel más frecuentemente usado por los objetores, la inscripción en la Cruz, registrada por todos los evangelistas y sin embargo de manera diferente por cada uno. ¿Cómo pueden ser inspirados tales registros, se pregunta?
Es de recordarse en respuesta, que la inscripción fue escrita en tres idiomas requiriendo un arreglo diferente de las palabras en cada caso, y que un evangelista puede haber traducido el hebreo, y otro el latín, mientras que un tercero registró el griego. No se dice que alguno diera la inscripción completa, ni podemos afirmar que hubiera alguna obligación sobre ellos de hacerlo. Además, nadie contradice a ningún otro, y nadie dice lo que es falso.
Recordando lo que se dijo acerca de que no tenemos que tratar con diferentes autores humanos sino con un Autor Divino, ¿no puede el Espíritu Santo aquí haber elegido enfatizar algún hecho particular, o fase de un hecho de la inscripción para un fin específico e importante? Examine los registros para determinar cuál pudo haber sido este hecho. Observe que cualquiera que sea otra cosa omitida, todas las narrativas registran las circunstancias trascendentales de que el que Sufría en la cruz era EL REY DE LOS JUDÍOS.
¿Pudo haber habido una causa para esto? ¿Cuál fue el cargo preferido contra Jesús por Sus acusadores? ¿No fue Él rechazado y crucificado porque dijo que era el Rey de los Judíos? ¿No fue esta la idea central que Pilato fue guiado providencialmente a expresar en la inscripción? Y si es así, ¿no fue eso de lo que los evangelistas debían dar testimonio? ¿Y no debería haberse dado ese testimonio de una manera para disipar el pensamiento de colusión en las premisas? ¿Y no implicaba esto una variedad de narrativa que debería al mismo tiempo estar en armonía con la verdad y el hecho? ¿Y no tenemos esta misma cosa en los cuatro evangelios?
Estos relatos se complementan, pero no se contradicen entre sí. Los colocamos ante el ojo en el orden en que están registrados.
Este es Jesús, EL REY DE LOS JUDÍOS
EL REY DE LOS JUDÍOS
Este es EL REY DE LOS JUDÍOS
Jesús nazareno, EL REY DE LOS JUDÍOS
La inscripción completa evidentemente era “Este es Jesús nazareno, el Rey de los Judíos”, pero sometemos que lo anterior presenta un argumento razonable para las diferencias en los registros.
3. Está la variedad en el estilo. Algunos piensan que si todos los escritores fueran igualmente inspirados y la inspiración se extendiera a sus palabras, todos deberían poseer el mismo estilo ¡como si el Espíritu Santo tuviera un solo estilo!
El estilo literario es un método de seleccionar palabras y juntar oraciones que estampa el trabajo de un autor con la influencia de sus hábitos, su condición en la sociedad, su educación, su razonamiento, su experiencia, su imaginación y su genio. Estos dan su fisonomía mental y moral y conforman su estilo.
¿Pero no es Dios libre para actuar con o sin estas leyes fijas? No hay circunstancias que tiñan Sus puntos de vista o razonamientos, y Él no tiene idiosincrasias de habla, y ninguna lengua materna a través de la cual exprese Su carácter, o deje la marca del dedo del genio sobre Sus fábricas literarias.
Es una gran falacia entonces, como dijo una vez el Dr. Thomas Armitage, suponer que la uniformidad de estilo verbal debió haber marcado la autoría de Dios en la Biblia, si Él hubiera seleccionado sus palabras. Como el autor de todos los estilos, más bien los usa todos a su placer. Él otorga todos los poderes de la individualidad mental sobre Sus instrumentos para usar las Escrituras, y luego usa sus poderes como Él quiere para expresar Su mente por medio de ellos.
De hecho, la variedad de estilo es una prueba necesaria de la libertad de los escritores humanos, y es esto lo que entre otras cosas nos convence de que, por muy controlados por el Espíritu Santo, no eran meras máquinas en lo que escribían.
Considere el método de Dios en la naturaleza. En cualquier departamento de la vida vegetal puede haber un solo género, mientras que sus miembros están clasificados en mil especies. De la raíz bulbosa vienen el tulipán, el jacinto, el azafrán y el lirio en cada forma y matiz, sin ninguna causa ni de química natural ni de cultivo. Es exclusivamente atribuible a la variedad de estilos que la mente de Dios idea. Y así en los escritos sagrados. Su mente se ve en la infinita variedad de expresión que dicta la redacción de cada libro. Para citar a Armitage de nuevo: “No puedo decir cómo el Espíritu Santo sugirió las palabras a los escritores más de lo que algún otro hombre puede decir cómo Él sugirió los pensamientos a ellos. Pero si la diversidad de expresión prueba que Él no eligió las palabras, la diversidad de ideas prueba que Él no dictó los pensamientos, porque la una es tan variada como la otra”.
William Cullen Bryant era un hombre de periódico pero un poeta; Edmund Clarence Stedman era un corredor de Wall Street y también un poeta. ¡Qué diferencia en estilo había entre sus editoriales y cartas comerciales por un lado, y su poesía por el otro! ¿Es Dios más limitado que un hombre?
4. Hay ciertas declaraciones de la Escritura misma. ¿No dice Pablo en uno o dos lugares “hablo como hombre”, o “según hombre”? Ciertamente, pero ¿no está usando los argumentos comunes entre los hombres por el bien de elucidar un punto? ¿Y no puede él tan verdaderamente ser guiado por el Espíritu para hacer eso, y para registrarlo, como para hacer o decir cualquier otra cosa? Por supuesto, lo que él cita de los hombres no es del mismo valor esencial que lo que recibe directamente de Dios, pero el registro de la cita es tan verdaderamente inspirado.
Hay otras dos o tres expresiones de él de este carácter en el capítulo 7 de 1 Corintios, donde está tratando del matrimonio. En el versículo 6 dice: “esto digo por vía de concesión, no por mandamiento”, y lo que quiere decir no tiene referencia a la fuente de su mensaje sino al tema del mismo. En contradicción a la falsa enseñanza de algunos, él dice que a los cristianos se les permite casarse, pero no se les ordena hacerlo. En el versículo 10 dice: “A los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor”, mientras que en el versículo 12 sigue: “Y a los demás yo digo, no el Señor”. ¿Se declara a sí mismo inspirado en la primera instancia, y no en la segunda? De ninguna manera, sino que en la primera está aludiendo a lo que el Señor habló sobre el tema mientras estaba aquí en la carne, y en la segunda a lo que él, Pablo, está añadiendo a ello bajo la autoridad del Espíritu Santo hablando a través de él. En otras palabras, poniendo sus propias expresiones en igualdad con las de nuestro Señor, él simplemente confirma su inspiración.
En el versículo 40 usa una expresión desconcertante: “y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios”. Como estamos contendiendo solo por un registro inspirado, parecería fácil decir que aquí él registra una duda sobre si estaba inspirado, y por ende en todas partes más en ausencia de tal registro de duda la inspiración ha de asumirse. Pero esto sería dar por sentada la cuestión, y preferimos la solución de otros de que la respuesta se encuentra en la condición de la iglesia de Corinto en ese tiempo. Sus enemigos habían buscado contrarrestar sus enseñanzas, reclamando que ellos tenían el Espíritu de Dios. Refiriéndose al reclamo, él dice con ironía justificable: “pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios”. “Pienso” en la boca de uno que tiene autoridad apostólica, dice el Profesor Watts, puede tomarse como llevando la afirmación más fuerte del juicio en cuestión. El pasaje es algo parecido a otro en la misma epístola en el capítulo 14, versículo 37, donde dice: “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor”.
El tiempo prohíbe una mayor amplificación sobre las dificultades y objeciones ni es necesaria, ya que no hay una que no haya sido enfrentada satisfactoriamente para el hombre de Dios y el hijo de fe una y otra vez.
Pero hay un obstáculo al cual quisiéramos llamar la atención antes de concluir —no una dificultad u objeción, sino un obstáculo real, especialmente para los jóvenes e insuficientemente instruidos. Es la ilusión de que esta visión de la inspiración es sostenida solo por los ignorantes. Una ilusión que crece de otra más sobre quiénes constituyen los instruidos.
Existe una impresión popular de que en la esfera de la teología y la religión estos últimos están limitados en su mayor parte a los altos críticos y sus parientes, y cuanto más racionalista e iconoclasta el crítico más instruido se estima que es. Pero la falacia de esto se ve en que las cualidades que hacen a un filólogo, un experto en lenguas humanas, o que dan a uno un amplio conocimiento con la literatura de cualquier tipo, en otras palabras las cualidades del alto crítico, dependen más de la memoria que del juicio, y no dan la más mínima garantía de que sus poseedores puedan sacar una conclusión sólida de lo que saben.
Como lo expresa el autor de “Faith and Inspiration”, el trabajo de tal erudito es a menudo como el de un cantero para un arquitecto. Su logro completo, aunque inmensamente valioso en su lugar, es solo una masa de material crudo y sin forma hasta que una mente dotada en una dirección diferente, y poseyendo el gusto y equilibrio necesarios lo reduzca o lo ponga en forma para su uso. Las perplejidades de los astrónomos tocante al cometa Halley son pertinentes. Ellos conocían hechos que la gente común no sabía, pero cuando llegaron a generalizar sobre ellos, el hombre en la calle sabía que debería haber mirado en el oeste para el fenómeno cuando ellos le pidieron mirar en el este.
Mucho se dice por ejemplo sobre un conocimiento del hebreo y griego, y ningún hombre sensato los subestimará para el teólogo o el erudito bíblico, pero son enteramente innecesarios para un entendimiento de la doctrina de la inspiración o cualquier otra doctrina de la Sagrada Escritura. El lector inteligente de la Biblia en la lengua inglesa, especialmente cuando es iluminado por el Espíritu Santo, es abundantemente capaz de decidir sobre estas cuestiones por sí mismo. Él no puede determinar cómo operó el Espíritu Santo en las mentes de los escritores sagrados porque eso no está revelado, pero puede determinar sobre los resultados asegurados porque eso está revelado. Él puede determinar si la inspiración cubre todos los libros, y si incluye no solo la sustancia sino la forma, no solo los pensamientos sino las palabras.
Hemos hablado de eruditos y de los instruidos, lleguemos a los nombres. Suponemos que el Dr. Sanday, de Oxford, es un erudito, y el Arzobispo de Durham, y el Decano Burgon, y el Profesor Orr, de Glasgow, y el Director Forsyth, de Hackney College, y Sir Robert Anderson, y el Dr. Kuyper, de Holanda, y el Presidente Patton, de Princeton, y Howard Osgood del Comité de Revisión del Antiguo Testamento y Matthew B. Riddle del Nuevo, y G. Frederick Wright y Albert T. Clay, los arqueólogos, y los Presidentes Moorehead y Mullins, y C. I. Scofield, y Luther T. Townsend, por veinticinco años profesor en la Escuela Teológica de la Universidad de Boston, y Arthur T. Pierson de la Missionary Review of the World, y una multitud de otros testigos vivientes —episcopales, presbiterianos, congregacionalistas, bautistas, luteranos, metodistas, reformados holandeses.
Habíamos pensado que Juan Calvino era un erudito, y el distinguido Bengel, y el Canónigo Faussett, y Tregelles, y Auberlen, y Van Oosterzee, y Charles Hodge y Henry B. Smith, y tantos más que sería una necedad recordarlos. Estos hombres pueden no apoyar cada declaración en estas páginas, podrían no querer ser citados como sosteniendo técnicamente la teoría verbal de la inspiración por razones ya nombradas, pero afirmarán el corazón de la contención y testificarán de su creencia en una inspiración de los Oráculos Sagrados que incluye las palabras.
Una vez cuando el escritor fue desafiado por el editor de un diario secular a nombrar un solo erudito viviente que así creyera, presentó el de un rector de una gran universidad, ¡y se le dijo que él no era la clase de erudito que se quería decir! La clase de erudito no infrecuentemente querido decir por tales opositores es aquel que está buscando destruir la fe en la Biblia como la Palabra de Dios, y sustituir en su lugar una Biblia de su propia creación.
El Outlook tuvo un editorial recientemente, titulado “¿A Quién Creeremos?”, en el cual el escritor reafirmó las perogrulladas de que vivir es un proceso vital mucho más que intelectual, y que la verdad del tipo más profundo se destila de la experiencia más que de los procesos lógicos. Esta es la razón dijo él por la cual muchas cosas están ocultas de los llamados sabios, que siguen métodos formales de observación exacta, y son reveladas a los niños y a los que maman que no saben nada de estos métodos, pero están profundamente en el proceso de vivir. Ningún espectador entendió jamás un gran movimiento humano contemporáneo en el cual no entrara.
¿Explica esto por qué el erudito enclaustrado es incapaz de aceptar la inspiración sobrenatural de las Escrituras mientras que los hombres en la línea de fuego del ejército del Señor creen en ella incluso hasta las mismas palabras? ¿Explica esto la fe de nuestros misioneros en tierras extranjeras? ¿Es esto lo que llevó a J. Hudson Taylor al interior de China, y al Dr. Guinness a establecer la obra en el Congo, y a George Mueller y William Quarrier a mantener a los huérfanos en Bristol y el Bridge of Weirs? ¿Es esto —la creencia en la inspiración plenaria de la Biblia— el secreto del poder evangelístico de D. L. Moody, y Chapman, y Torrey, y Gipsy Smith, y prácticamente cada evangelista en el campo, pues hasta dónde llega nuestro conocimiento no hay ninguno de estos que lo dude? ¿Dice esto por qué “los más vendidos en el mercado”, al menos entre la gente cristiana, han sido los libros devocionales y expositivos de Andrew Murray, y Miller y Meyer, y escritores de ese sello? ¿Es esta la razón por la que la gente sencilla ha amado escuchar a predicadores como Spurgeon, y McLaren, y Campbell Morgan, y Len Broughton y A. C. Dixon y han pasado de largo a hombres de la otra clase? Es, en una palabra, seguro desafiar a todo el mundo cristiano por el nombre de un hombre que se destaque como un ganador de almas que no crea en la inspiración de la Biblia como se ha tratado de explicar en estas páginas.
Pero concluimos con una especie de testimonio concreto —el de la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana de América, y de una fecha tan reciente como 1893. El escritor no es presbiteriano, y por lo tanto con mayor gracia puede pedir a sus lectores considerar el carácter y el intelecto representados en tal Asamblea. Aquí están algunos de nuestros más grandes comerciantes, nuestros más grandes juristas, nuestros más grandes educadores, nuestros más grandes estadistas, así como nuestros más grandes misioneros, evangelistas y teólogos. Puede verse una reunión tan capaz y augusta de representantes del cristianismo en otros lugares y en otras ocasiones, pero pocas que puedan superarla. Por sobriedad de pensamiento, por profundidad así como amplitud de aprendizaje, por riqueza de experiencia espiritual, por honestidad de expresión, y virilidad de convicción, la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana en América debe comandar atención y respeto en todo el mundo. Y esto es lo que dijo sobre el tema que ahora estamos considerando en su reunión en la ciudad de Washington, la capital de la nación, en la fecha nombrada:
“LA BIBLIA COMO LA TENEMOS AHORA, EN SUS DIVERSAS TRADUCCIONES Y REVISIONES, CUANDO ES LIBERADA DE TODOS LOS ERRORES Y EQUIVOCACIONES DE TRADUCTORES, COPISTAS E IMPRESORES, (ES) LA MISMA PALABRA DE DIOS, Y CONSECUENTEMENTE TOTALMENTE SIN ERROR”.
The Fundamentals: A Testimony to the Truth. Vol. II. Los Angeles, CA: The Bible Institute of Los Angeles.