Cristo alimenta los 4000 con siete panes y dos peces

Marcos 8:1-9

¿De dónde proviene esta influencia fascinante del humilde Jesús que obliga a una multitud hambrienta a seguirlo en el desierto y, a pesar de sus debilidades físicas, mantenerse pendiente de cada palabra de su boca? De él brota la fuente de la vida y la bendición eterna. Bienaventurados son todos los que han hecho este descubrimiento deslumbrante del alma. Como Abraham, saldrán, aunque no saben a dónde van. Cuando, como Eliseo, el manto de su influencia profética está sobre nosotros, no podemos dejar de seguirlo. Así sucedió con Moisés y David, con Mateo y Saúl, con todos los que han estado dentro del poder limitante del Espíritu, el llamado de Dios, como lo fue Aarón.

I. Una imagen de necesidad. “Ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer” (Mar. 8:2). Estaban en el desierto, un lugar estéril, en circunstancias que de ninguna manera podían proporcionar satisfacción. Nada para comer. Qué expresivo de un alma que despierta, todavía un extraño a los pactos de la promesa, sin esperanza. En su misericordia, nos lleva a lugares tan desolados para que podamos ver su poder salvador.

II. Una revelación de amor. “Tengo compasión de la gente” (Mar. 8:2). Habían estado con él durante tres días. El Señor no solo contó los días, sino que también midió la profundidad de su necesidad. Su pobreza e impotencia conmueven su corazón, y agitan su alma en la más tierna compasión y simpatía práctica. “Tengo compasión”. ¡Alma hambrienta, mira hacia arriba, aquí hay una puerta de entrada a la plenitud de Dios! Se dice del hijo pródigo que “nadie le daba” (Lucas 15:16), pero el padre tuvo compasión. Esto fue suficiente.

III. Una consideración de la gracia. “Y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos” (Mar. 8:3). Sí, si él nos despide, no hay nada ante nosotros más que desmayar y perecer. Si él no puede satisfacer al alma anhelante con el bien, ¿quién puede hacerlo? Si él despide al hambriento sin nada, ¿a quién pueden ir? “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:15-16).

IV. Una cuestión de impotencia. “Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?” (Mar. 8:4). Aquellos discípulos que estén realmente ansiosos por satisfacer a la multitud con pan estarán profundamente conscientes de su propia incapacidad. La ayuda del hombre es vana a la luz de la eternidad. En lugar de tratar de satisfacerlos con el pan, ¿cuántos hay que buscan meramente entretenerlos y divertirlos, esforzándose para que olviden su hambre? ¡Miserables consoladores! No está en el hombre satisfacer a ellos. Pero uno está cerca quien puede suplir todas sus necesidades, el Hombre Cristo Jesús.

V. Una actitud de confianza. “Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra” (Mar. 8:6). Jesús pregunta: “¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron: Siete” (Mar. 8:5). Él había solicitado que se sentaran. Al sentarse, sin duda, sus expectativas se despertarían. La fe de ellos no podía descansar en los siete panes, sino en el compasivo y todopoderoso Salvador. Se necesita cierta medida de fe para estar tranquilo y “sentarse” en circunstancias como estas. ¿Deseas ver la salvación de Dios? Siéntate y mira hacia arriba. Descansa a su gusto y deja todo en sus manos.

VI. Una manifestación de poder. “Y tomando los siete panes, habiendo dado gracias, los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y los pusieron delante de la multitud. Tenían también unos pocos pececillos; y los bendijo, y mandó que también los pusiesen delante” (Mar. 8:6-7). Le dieron lo que tenían, y él, con lo poco que tuvieron, hizo una gran obra. Tu fe puede ser pequeña, pero si está puesta en él, él se demostrará suficiente para ti. Cómo los pocos panes se convirtieron en pan milagroso nadie lo pudo explicar. Les bastó que obtuvieran lo que necesitaban. Cómo nuestra simple confianza en él trae la vida divina y milagrosa dentro de nuestras almas, no podemos decirlo, pero alabamos a Dios porque nos satisface con su propia vida y sabemos que nacemos de Dios.

VII. Una provisión sobreabundante. “Y comieron, y se saciaron; y recogieron de los pedazos que habían sobrado, siete canastas” (Mar. 8:8). La provisión hecha era tal que condenaría a cualquiera que pasara hambre. En la salvación de Cristo hay suficiente para cada alma que se desmaya. Cuando el día de la salvación haya pasado, quedará suficiente virtud en la expiación del Señor Jesucristo para condenar a los que se han condenado por no creer en la suficiencia de la obra expiatoria de Cristo para ellos. Hizo provisión para todos. Es una cosa horrible pasar a la eternidad con un hambre prolongado en el corazón que nunca puede ser satisfecho. Aquellos que han comido y están llenos bendicen al Señor su Dios (Deu. 8:10).

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