El decaimiento de Elías

1 Reyes 19:9-16

Con la fuerza del alimento enviado del cielo, Elías llegó a Horeb, “el monte de Dios” (1 Rey. 19:8). “Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isa. 40:31). Horeb fue preeminentemente el monte de la revelación de Dios, porque aquí la zarza no consumida se veía en llamas con un fuego divino; aquí la ley fue dada con sus terribles acompañamientos, y tal vez fue en esta misma cueva donde Moisés estuvo de pie mientras pasó la gloria de Dios (Ex. 33). Debe haber sido con sentimientos conmovedores y solemnes que Elías se encontró en medio de alrededores llenos de recuerdos tan llamativos y sagrados. ¿Habrá tal manifestación de la presencia divina para él? ¡Seguramente él ha venido aquí para encontrarse con Dios! ¿No lo encontrarán aquellos que lo buscan? (Jer. 29:13). ¡Si los hombres fueran a la “casa de Dios” como Elías fue al “monte de Dios”, qué señales y maravillas se hallarían!

I. Una pregunta escrutadora. “¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Rey. 19:9). Por medio de esta pregunta, el Señor exigía severamente al profeta el motivo por qué estaba allí, en lugar de alentar a la nación a que se mantuviera firme ante el Dios que había respondido con fuego en el monte Carmelo. ¿O será que era una pregunta llena de gracia y ternura que buscaba llamar la atención a las necesidades y temores de su corazón para que Dios pueda alentar y consolar con misericordia? En cualquier caso, siempre es el método de Dios ir a la raíz del asunto y tratar con los motivos de la vida. A lo largo de las Escrituras, las preguntas divinas están frecuentemente acompañadas por revelaciones maravillosas (Gen. 32:27; Exo. 4:2).

II. Una respuesta honesta. “Él respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida” (1 Rey. 19:10). Todos aquellos que fielmente servirían al Señor tendrán que responder muchas preguntas profundas. Como defensa, la respuesta de Elías fue muy mala, pero como confesión fue sencilla y sincera. Había sido muy celoso para el Señor, ahora tenía temor por su propia vida. Todo Israel se había extraviado, solo él quedaba. Perplejo y abatido, había venido a esta cueva, en parte a través del miedo y en parte, para escuchar lo que Dios el Señor le diría a su alma. Cualquiera que realmente ame al Señor, pero que, a través de una tentación inusual y enfermedades corporales, haya cedido al miedo, puede entender fácilmente los sentimientos de este hombre de Dios en este momento en particular.

III. Una maravillosa manifestación. Ahora vino el llamado divino de “Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado” (1 Rey. 19:11-12). ¿No le recuerda esto cuando Dios le había pedido que se levante y vaya a Sarepta (1 Rey. 17:9)? Debemos estar de pie manteniéndonos firmes con toda la armadura de Dios (Ef. 6:13). El profeta ahora es testigo del maravilloso poder del Señor de una manera cuádruple. Lo ve en el viento, el terremoto, el fuego y un silbo apacible y delicado. Pero en el viento, el terremoto tembloroso o el fuego que derrite, no hubo un mensaje del Señor para el sirviente tembloroso. “Jehová no estaba” en ellos. El Señor nos enseñaría a nosotros, así como a Elías, que se necesita algo más para acercar los hombres a él que un mero despliegue de poderes naturales. El fuerte viento de las palabras, el terremoto de la persuasión y el fuego del entusiasmo pueden hacer cosas poderosas y asombrosas, sin embargo, si el silbo apacible y delicado del Espíritu no está en ellas, no hay un mensaje de Dios para las almas de los hombres. No es “con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). La más poderosa de todas las fuerzas que operan en este mundo es ese “silbo apacible y delicado” del Espíritu Santo que susurra la Palabra de Dios de verdad y vida en el corazón que escucha. Una voz es algo más que un sonido o una influencia, es una garantía de la presencia de una Persona Viviente (Cantares 2:8). “Mis ovejas oyen mi voz” (Jn. 10:27).

IV. Un efecto poderoso. “Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Rey. 19:13). Los terribles efectos del viento, el terremoto o el fuego evidentemente lo habían llevado de regreso a las profundidades de la cueva (1 Rey. 19:11); pero la dulce voz lo atrajo de su deprimente escondite, con su rostro escondido en su manto porque estaba ardiendo de vergüenza. Los hombres serán más propensos a verse motivados por la dulce voz de amor después de haber escuchado los truenos y haber sentido las quemaduras de esa ley que es santa, justa y buena. La terrible trompeta de Sinaí hizo que los hombres se pararan lejos, mientras que la voz del Calvario obliga a los hombres a acercarse con un rostro cubierto de vergüenza.

Aquí, pero en circunstancias muy alteradas, se vuelve a plantear la misma pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?” Y, por desgracia, se da la misma respuesta. ¿No ha sacado provecho de todas esas revelaciones de recursos divinos que no agrega ninguna petición de gracia o fortaleza para seguir venciendo en nombre de aquel que hace maravillas? Parecería como si esta pregunta repetida fuera su última oportunidad de recuperar completamente el poder y la autoridad del oficio profético, pero no se aprovechó de ello. No se le permite convertirse en un náufrago, pero parece que a partir de este momento los propósitos de Dios con respecto a él se cambian, y otro es elegido para tomar su lugar. ¿Se ha convertido ahora en un recipiente estropeado en manos del gran Alfarero? Tengamos cuidado para que no nos quedemos cortos. ¿Cómo escaparemos del mismo fracaso si descuidamos las grandes oportunidades que Dios en su infinita misericordia trae a nuestro alcance?

V. Una confesión humilde. “Y le dijo Jehová: Vé, vuélvete por tu camino, por el desierto de Damasco; y llegarás, y ungirás a Hazael por rey de Siria. A Jehú hijo de Nimsi ungirás por rey sobre Israel; y a Eliseo hijo de Safat, de Abel-mehola, ungirás para que sea profeta en tu lugar” (1 Rey. 19:15-16). Cuando Elías insistió en decir “sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida”, fue una prueba de que había bajado de su caminar de fe y que ahora caminaba por la vista. ¿Acaso el Señor no reprendió su incredulidad cuando le dijo: “Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron” (1 Rey. 19:18)? Dios podría haber equipado a Elías para hacer el trabajo de los tres hombres a quienes ahora fue enviado a ungir. ¿Quién puede saber todo lo que el Señor puede hacer a través de una vida que ha sido entregada entera y completamente a su voluntad? Seguramente fue un trabajo humillante para ir y llamar a un hombre para que ocupe su lugar tan pronto después de llevar a cabo una obra tan poderosa para Dios como se vio en el monte Carmelo. “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Cor. 10:12). “Que ninguno tome tu corona” (Ap. 3:11).

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