La conversión de Juan Bunyan

En primer lugar quiero relatar un poco de mi crianza para que la bondad de Dios sea más bien magnificada delante de los hombres. En ese tiempo, pensar en la religión me daba asco. No podía aguantarla, y para mí, era una pena saber que otros tuvieran interés en ella. Yo decía a Dios, “Apártate de mí, porque no quiero el conocimiento de tus caminos”. Job 21:14. Los cielos y el infierno no figuraban para nada en mis pensamientos. No me importaba la salvación o la condenación de Dios.

Yo me jactaba de mi maldad y de la de mis compañeros. Sin embargo, al ver maldad en los que trataron pasar por buenos, mi espíritu temblaba. A pesar de estar lleno de vanidad, mi corazón me dolía al escuchar un hombre religioso tomar en vano el nombre de Dios. No estaba consciente de los peligros de la maldad o del pecado. Era imposible comprender que el pecado podía condenarme. Nunca pensé de Cristo ni aun si él existía o no.

Seguí pecando desenfrenado aunque no encontré en él la satisfacción que anhelaba. Después de un mes, más o menos, un día estaba parado en frente del negocio de una vecina mirando la vidriera. Estaba maldiciendo y portándome mal. De repente me di cuenta de que la señora de la tienda estaba sentada adentro escuchándome. Ella era una señora mala e impía pero me regañó por maldecir así. Ella me dijo que ella temblaba al escucharme hablar así y que, para ella, yo era el joven más malvado que ella había conocido y que yo era capaz de corromper a todos los demás jóvenes en el barrio si estaban conmigo.

Su reproche me dejó callado con vergüenza. Anhelaba volver, si fuera posible, a la niñez para que mi papá me enseñara a hablar sin maldecir. Parecía que era tanto mi costumbre que sería casi imposible una reforma lo suficiente grande para cambiarme.

No sé como, pero de aquel día en adelante dejé de maldecir. Era una sorpresa para mí porque antes no pude hablar sin poner un juramento al principio y al fin de cada oración. Esto sucedió aunque no conocía a Jesucristo y sin abandonar mi vida malvada.

Poco después de esto llegué a conocer un hombre pobre que profesaba ser religioso. Él habló con aprobación de las Escrituras y asuntos religiosos. Bajo su influencia comencé a leer la Biblia. Encontré placer en leerla en especial la parte histórica. No pude entender las epístolas de Pablo. Todavía estaba ignorante de la corrupción de mi naturaleza y de la naturaleza de Cristo y de mi necesidad.

Continué así más o menos un año. Los vecinos se maravillaron del gran cambio en mi vida y me tomaron como un hombre muy religioso. Todavía no conocía a Cristo, ni la gracia, ni la fe, ni la esperanza. En mirar atrás me doy cuenta de que si hubiera muerto en este tiempo las consecuencias hubieran sido horrendas.

Como decía, los vecinos se maravillaron de mi conversión de la profanidad a una vida moral. Empezaron a alabarme y hablar bien de mí. Yo estaba recontento con lo que escuchaba decir de mí. En verdad, yo no era nada más que un hipócrita maquillado. Yo estaba orgulloso de mi piedad e hice todo para ser visto y alabado por los hombres.

Dios me guió a Bedford para trabajar. Un día encontré tres o cuatro mujeres tomando sol en la puerta de una casa. Ellas conversaban sobre las cosas de Dios. Yo paré para escuchar su charla. Yo también era capaz de hablar de cosas de Dios. Tengo que confesar que escuché lo que ellos decían pero entendí muy poco. Ellas hablaban de ser nacido de nuevo y de la obra de Dios en sus corazones. Hablaron de su condición perdida por naturaleza y como Dios las salvó y puso en sus corazones un amor por Dios y una liberación de la naturaleza vieja. Me parecía que ellas hablaron como si hallaron un mundo nuevo y que había una gran distinción entre ellas y las demás mujeres en este mundo. “He aquí un pueblo que habitará confiado, y no será contado entre las naciones” (Números 23:9).

Al escuchar esto mi corazón tembló y comencé a reflejar en mi condición espiritual. Me di cuenta de que en todos mis pensamientos sobre le religión y la salvación, el de ser nacido de nuevo nunca entró en mi mente. Tampoco conocí el consuelo de la Palabra, ni las promesas, ni lo engañoso que era mi corazón. En cuanto a los pensamientos secretos no prestaba atención y no entendía que eran tentaciones de Satanás que yo tenía que resistir y vencer.

Un día estaba viajando y meditando sobre la maldad de mi corazón y la eternidad que quedaba por delante cuando un versículo de la Biblia vino a mi mente. “Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”. A través de este versículo comprendí que a través de la sangre de Cristo mi alma pudo ser rescatada de la condenación. ¡Qué glorioso día era para mí. Espero que jamás lo olvide. <Fin de la traducción>

Bunyan relató más sobre la lucha que él tuvo en llegar a la seguridad de su salvación. Costaba mucho para él creer que Dios pudo ser tan bueno que estaría dispuesto aceptar un pecador como él.

El pasó 12 años en la cárcel por predicar el evangelio. Era un tiempo de gran angustia para él. Él dijo que la separación de su esposa e hijos era parecido a arrancar pedazos de carne de sus huesos. No eran años perdidos. Sus compañeros en la celda fueron la Biblia, el Libro de los Mártires por Fox y una buena imaginación. Él pasó su tiempo escribiendo. Su libro más conocido es “El Progreso Del Peregrino” En poco tiempo 100 mil ejemplares fueron vendidos. Él escribió otros libros también.

Él vivió 16 años después de volver a la libertad. Él predicó en muchas iglesias, casi siempre iglesias bautistas. Juan Bunyan falleció en el año 1688 como resultado de salir en mal tiempo para ayudar a una familia. Su ejemplo es uno que nos conviene seguir.

Extraído del libro A Treasury Of Evangelical Writings editado por D. O. Fuller, págs. 224-233

 

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One Response to “La conversión de Juan Bunyan”

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  1. RAFAEL ARTURO PARRAO GUZMAN says:

    qué bueno es dar testimonio de lo que nuestro Señor Jesucristo hace en cada uno para llevarnos a ser una nueva criatura en Cristo!
    Maravillas hace Dios, pues pasamos de ser hijos del Diablo,a ser amados hijos de Dios.
    De verdaderos monstruos a santos verdaderos!
    Esto también lo digo por mi testimonio, El Señor verdaderamente hace NUEVAS TODAS LAS COSAS..!

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