La negación de Pedro

Lucas 22:54-62

“Hombre precavido vale por dos”, o “soldado advertido no muere en guerra”. Pero a Pedro no pareció beneficiarse nada de la advertencia del Señor de que Satanás lo había pedido para zarandearlo como a trigo (Luc. 22:31). Fue más de lo que consiguió Job. Cristo usa un aventador para soplar la paja y zarandear el trigo (Mat. 3:12); el diablo usa una criba para guardar la paja y echar el trigo. Próximo al poder de Cristo muriendo por nosotros, está el poder de su oración por nosotros. “Yo he rogado por ti” (Luc. 22:32; Juan 17:15). Notemos los pasos en la caída de Pedro:

I. Su confianza en sí mismo. Él dijo: “Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte” (Luc. 22:33). Pedro pensó que estaba listo ahora, pero el tiempo de prueba aún no había llegado; debería haber creído en la Palabra del Señor, que su oración por él era muy necesaria. Pedro aún no había aprendido que “separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5), sino solamente desmayar y fallar. “El que confía en su propio corazón es necio; mas el que camina en sabiduría será librado” (Prov. 28:26).

II. Su temor del hombre. “Y Pedro le seguía de lejos” (Luc. 22:54). Ahora era el momento de Pedro para “ir con él a la cárcel”, pero sus pies quedaron atrapados en esa trampa que siempre se hace con el “temor al hombre”. Las acciones hablan más que las palabras. Cuidémonos de imitar la conducta cobarde de Pedro al negarnos a identificarnos con la causa de Cristo cuando los demás tratan sin piedad su Palabra y su obra. “Seguir de lejos” no es más que negar a medias.

III. Su compañía con burladores. “Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos” (Luc. 22:55). A través de la influencia de Juan, a Pedro se le permitió entrar en el patio público, pero se unió a los burladores y se calentó ante el fuego de los enemigos (Jn. 18:15-18). Sin duda, Juan siguió a Cristo al tribunal de juicio. Seguir a lo lejos seguramente llevará a incorporarse con los impíos y unirse con ellos en su risa impía. Después de que el pródigo se fue al país lejano, pronto se encontró que se unía a un ciudadano (Luc. 15:15).

IV. Su negación. “Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó” (Luc. 22:56-60).

Lo negó, diciendo: “No lo conozco” (Luc. 22:57), y eso tres veces, como el Señor había dicho. El fruto de la confianza en uno mismo es la negación de Cristo. Cristo siempre está siendo condenado cuando el orgullo se sienta en el trono de nuestro corazón. Cuidémonos de no tirar piedras a Pedro por hacer en un día lo que nosotros mismos podemos estar haciendo todos los días que vivimos, negándonos a confesar a Cristo nuestro Señor.

V. Su arrepentimiento. “Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente” (Luc. 22:62). El Señor Jesucristo, mientras era conducido desde el tribunal de justicia a través del patio abierto a la sala de guardia, le echó a Pedro una mirada tan penetrante y conmovedora, que despertó su memoria cargada de pecado, y llenó sus ojos con amargas lágrimas de pena y arrepentimiento. Una mirada de Cristo es suficiente para hacer que los mares profundos del pasado renuncien a sus muertos. “Pedro se acordó” (Luc. 22:61). Una memoria despertante será una bendición o una maldición, de acuerdo con nuestra relación con el Señor Jesucristo. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).

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