Testimonio de Alfonso Rodríguez Hidalgo, uno de los revisores de la Reina-Valera 1960

Yo creo en milagros por muchas razones divinas y humanas. Pero, sobre todo y más que nada, porque mi propia vida es un milagro.

¿Por qué digo esto? Porque a la edad de siete años, debido a un accidente, me quedé prácticamente sin rostro. De hecho, en el barrio donde yo vivía, todos me conocían como “el niño sin cara”.

A consecuencias del accidente que tuve, lo que me quedó del rostro conque yo nací fue apenas mi frente, mis ojos, y parte de mi nariz y mis oídos. Todo lo demás desapareció a causa de una gangrena incontrolable.

Después de cuatro operaciones, que por aquel entonces me hicieron en el Hospital Civil de Sancti Spiritus, Cuba, mí ciudad natal, mí madre le preguntó al cirujano: “¿Doctor, y ahora qué?” “No lo sabemos”, contestó el médico; “tal vez tengamos que operarlo otra vez. Y entonces quizás tengamos que sacarle los ojos, y lo que todavía le queda de nariz y orejas, a menos que la gangrena se detenga”. Y la gangrena se detuvo. Sin medicinas ni tratamientos médicos de ninguna clase, que en aquella época no se conocían. Ese fue el primer milagro de Dios en mí vida.

El segundo milagro fue que, por la gracia de Dios, desde los siete a los catorce años, pude yo sobrevivir, sin poder hablar, alimentándome casi exclusivamente de líquidos que, con una especie de sonda rudimentaria pasaban a mi estómago, a través del esófago.

Pero a los catorce años, se produce inesperadamente el tercero, y el más grande de todos los milagros. Yo diría, mi nueva vida en Cristo.

¿Cómo ocurrió ese milagro? No lo sé exactamente; pero lo que sí sé es que nunca podré olvidar aquella noche en que, agobiado y adolorido, triste y abatido, sin esperanzas de ninguna clase, deambulaba por las calles de Sancti Spiritus, envuelta mi cabeza y lo que quedaba de mi cara, en gasas, algodones y vendajes. Caminando sin rumbo fijo, de pronto me encontré frente a una iglesia Presbiteriana, donde cantaban en ese momento aquel himno que en el coro afirma: “Hay poder, sí, sin igual poder, en Jesús, quien murió. Hay poder, sí, sin igual poder, en la sangre que El vertió”. Esas palabras, más que en mis oídos, cayeron en lo más profundo de mi alma, como cae el rocío mañanero en un arenal. Me acerqué a la puerta del templo pero no me atreví a entrar porque no quise ser un espectáculo a los creyentes que allí estaban. En lugar de eso, por entre las rendijas de un parabán, que estaba frente a la puerta, vi y oí predicar al pastor, quien decía, una y otra vez: “No hay nada imposible para Dios; y para las personas que tienen fe en Dios, tampoco hay nada imposible”.

Esas palabras se me clavaron como un dardo de fuego en mi corazón. ¿Por qué? Porque esas eran precisamente las palabras que yo necesitaba escuchar. Antes que concluyera la reunión me fui a casa. Esa noche, cuando me acosté a dormir, no pude conciliar el sueño. Fue entonces cuando, conmovido y perturbado, comencé a llorar, empapando mi almohada en lágrimas. Por primera vez en mi vida, oré; aunque, para expresarlo mejor, debo decir que hablé con Dios; pero no con palabras audibles, porque no me era posible hablar, sino que lo hice con gemidos profundos del corazón. Le dije: “Dios mío, creo todo lo que he oído esta noche. Creo en ti, y creo que para ti no hay nada imposible. Creo también que para aquellos que tienen fe en ti, tampoco hay nada imposible. Dame, oh Dios, esa fe que necesito para que tú me bendigas, dándome una nueva cara. Y si tú me bendices, de tal manera que pueda volver a hablar, te prometo que iré por el mundo diciéndoles a los que sufren que tú eres un Dios de amor y misericordia, que tu los amas, que tú los amas, que tu te compadeces y bendices a todos cuantos necesitan de tu gracia y de tu poder”. Esa fue la oración y la promesa de un niño de catorce años, que había venido sufriendo indeciblemente por más de siete.

A partir de esa noche y por seis meses consecutivos, mañana, tarde y noche; parado, sentado, caminando o acostado, yo oraba y oraba y oraba, usando siempre las mismas palabras de mi primera oración, aunque añadiendo, día a día, unas que otras nuevas. Con la ayuda del pastor de aquella iglesia Presbiteriana, durante aquellos seis meses, ya yo había leído la Biblia dos veces, desde el primer versículo del Génesis hasta el último del Apocalipsis.

Tal vez esto sea aún más claro si agrego que mediante treinta y tres operaciones de cirugía plástica, el Señor usó a médicos, enfermeras y hospitales, por un largo periodo de siete años más para hacer que yo pudiera tener el rostro que ahora tengo: feo, torcido y lleno de cicatrices.

¿Cuál es la bendición más grande que a lo largo de mi vida he recibido del Señor? Precisamente esta cara fea, torcida y llena de cicatrices, muy visibles por cierto; porque en esta cara Jesucristo ha dejado sus huellas de sus manos benditas, taladradas y ensangrentadas por los clavos de la cruz del Calvario; hoy por hoy, las veinticuatro horas del día, y los trescientos sesenta y cinco días del año, no me son suficientes para expresarle al Señor mi profunda gratitud y mi eterno agradecimiento por todo lo que El ha hecho por mí, no solo dándome una nueva cara, sino, sobre todo y más que nada, dándome una nueva vida. ¡Bendito sea el Señor porque El usó médicos, enfermeras y hospitales para darme una nueva cara, y una nueva boca, con la cual he podido glorificar su Santo nombre durante más de cincuenta y cinco años, por numerosos países del orbe!

Teología del Movimiento Carismático Contemporáneo. Miami: Editorial Caribe, 1988 

 

Compartir en Facebook

2 Responses to “Testimonio de Alfonso Rodríguez Hidalgo, uno de los revisores de la Reina-Valera 1960”

Read below or add a comment...

  1. cristy says:

    un testimonio de vida k me hace pensar….y tu de k t kejas….gracias Dios por tu misericordia

  2. Estrellita says:

    Tengo 62 años. Cuando tenía 17 conocí personalmente al Dr. Alfonso Rodriguez Hidalgo. Yo era en ese entonces estudiante del Colegio Americano de Barranquilla, Colombia, donde nuestro amado hermano fue invitado a tener una serie de conferencias bajo el tema ” Sn. Agustín y la Ciudad de Dios”. Fue de gran impacto para mí escuchar sus conferencias y, aún más, tener la bendición de ser aconsejada por él. Yo era una joven líder de la Iglesia Presbiteriana y tuve una sesión de consejería privada con él. Recibí mucho consuelo en sus palabras y ánimo para continuar sirviendo al Señor. Posteriormente fui estudiante del Seminario Bíblico Latinoamericano de Costa Rica. Ahora sirvo a la Iglesia en los Estados Unidos.
    Reciban Uds. un saludo cargado de emoción y mis agradecimientos por publicar este impactante testimonio. Aclaro que, aunque observé que el rostro del Dr. Rodríguez tenía cicatrices y huellas de alguna enfermedad, nunca supe realmente qué le había sucedido. Leer lo mucho que él sufrió me da mucha esperanza al entender que Dios tiene un profundo propósito en el sufrimiento humano: El nos conoció, nos predestinó, nos llamó, nos justificó, y aún más, nos glorificó, para que fuésemos hechos conformes a la imagen de Su Hijo…Amén.

Deje un comentario respetuoso. Tome en cuenta que esto no es un foro de debates, y no todos los comentarios son aprobados.

Deje un comentario respetuoso. Tome en cuenta que esto no es un foro de debates, y no todos los comentarios son aprobados.

*