Mauricio era un hombre indiferente en materia de religión. Entraba a la iglesia sólo cuando tenía que cumplir con algún deber social, un bautismo, casamiento, funeral. No creía nada, hablaba mal del clero, trataba de fanáticos y retrógrados a los devotos sinceros; pero, como tantos otros, se creía buen católico y decía con cierto aire de orgullo: «Yo tengo mi religión».
Aconteció que pasaba un día frente a una capilla evangélica, y, al oír cantar, se detuvo por curiosidad. Entró y, como comenzaron a predicar, tomó asiento para oír lo que se diría.
El pastor abrió la Biblia y leyó las siguientes palabras, en el capítulo 33 del profeta Ezequiel: «Vivo Yo — dice el Señor Jehová —que no quiero la muerte del impío, sino que se torne el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿y por qué moriréis, oh, casa de Israel?»
El predicador empezó a desarrollar su tema, teniendo por base las palabras que hemos citado. «Olvidarse de Dios —decía— es cometer la más fatal de todas las equivocaciones; es privarse del gozo inefable de sentir que Dios está a su lado; es exponerse a caer en pecados que dan frutos amargos, y nada digamos de la terrible suerte que espera a los tales en el más allá».
Todo lo que oyó esa noche produjo en Mauricio una impresión profunda y saludable, y no podía borrar de su mente aquellas palabras: «Volveos, volveos, ¿por qué moriréis?»
Deseoso de aprender algo más, volvió a la capilla el domingo siguiente, y oyó nuevas cosas que le agradaron. Continuó asistiendo con toda regularidad, y, finalmente, se convirtió, es decir, aceptó a Cristo como su Maestro y Señor, y creyó de todo corazón que por su muerte en la cruz estaba salvado. Esta conversión le transformó por completo: dejó la bebida, las carreras, la lotería y toda costumbre que conceptuaba no estar en armonía con una sana y limpia conducta cristiana.
La noticia de su conversión circuló pronto entre sus parientes y amigos. Algunos la comentaban risueñamente; otros, decían que iba a ser de corta duración; otros, la miraban con entera indiferencia; pero algunos se pusieron furiosos, y, escandalizados, exclamaban: «¡Cambiar de religión! ¡Dejar la fe de sus padres!»
No se detenían a averiguar si lo que ahora creía era verdad o mentira, o si tenía sobre su vida buenos o malos efectos. Todo se limitaba a reprocharle amargamente el haber abandonado la huella de sus antepasados.
¿Tenían razón los que así juzgaban? ¿Cambiar de religión es en sí un hecho reprochable? Veámoslo. San Pedro dijo: «Es menester [obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos de los Apóstoles, 4).
Dios ha dado a cada ser humano ojos para ver, oídos para oír y mente para pensar. Debe buscar la verdad, leer la Biblia para conocer la voluntad de Dios y, una vez hallada, debe seguirla sin miramientos de ninguna clase, pese a quien pese y cueste lo que cueste, pues en asuntos de conciencia somos responsables tan sólo delante del Todopoderoso.
Nuestros deberes para con Dios son superiores a los que tenemos con los hombres, aunque se trate de los seres más allegados y queridos. Jesucristo enseñó que, aun cuando tengamos que entrar en conflicto con aquellos a quienes amamos, es menester seguirle. Dijo así: «No penséis que he venido a meter paz en la tierra; no he venido para meter paz, sino espada. Porque he venido para hacer disensión del hombre contra su padre, y de la hija contra su madre, y de la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama padre o madre más que a Mí, no es digno de Mí» (San Mateo 10:34-37).
El que quiere seguir la religión de sus padres sin preocuparse de saber si esa es la religión que Cristo enseñó, coloca a sus padres por encima de Cristo, y eso, por supuesto, es una rebeldía contra Aquel que debe recibir la más completa obediencia de todos los que se llaman cristianos.
Debemos tener el mayor respeto para nuestros padres, y estarles agradecidos por lo que nos han enseñado; pero hacer de esas santas y dulces obligaciones cadenas eternas al pensamiento, sería decretar la perpetuidad de todos los prejuicios y el estancamiento de la humanidad.
«Para llegar a la verdad — dijo Rafael Altamira — el hombre necesita tener libre el camino de su investigación y dispuesto el espíritu para abandonar todo resultado anterior, una vez que el estudio le demuestre su inconsistencia».
Decir que tenemos que seguir la religión de nuestros padres es constituirlos en jefes y directores de cosas espirituales, misión que, sin duda, no corresponde a cada individuo que ha engendrado un hijo. No debemos preguntar: ¿Qué creyó mi padre o qué creyó mi madre?, sino ¿Qué enseñó el divino Maestro cuando estaba en el mundo? ¿Qué dicen las Sagradas Escrituras?
Nuestros antepasados siguieron y nos enseñaron lo que ellos creyeron ser la verdad, y muy bien hicieron; pero no debemos olvidar que no eran infalibles. Podían estar equivocados o tener luces muy limitadas.
No constituye una falta de respeto a los padres el revisar las creencias que estamos siguiendo por tradición de familia. No es una honra para ellos decir que engendraron hijos incapaces de pensar por sí mismos y que no se atreven a dar un paso adelante en el camino de la vida.
Vemos todos los días que el padre ignorante desea tener hijos instruidos. Los manda a la escuela y muchas veces se sacrifica para que, por medio de la instrucción, lleguen a tener mejor suerte que la suya. Una vez que estudian, los hijos llegan a tener un concepto diferente o superior de todos los problemas de la vida, al que se había formado su bueno y rústico padre. ¿A quién se le ocurrirá decir que el hijo falta al respeto a su padre por haber ensanchado el horizonte de sus opiniones?
Digamos que un padre cree que las enfermedades se curan con palabras o con la simple mirada de tal o cual charlatán, porque son efecto de un daño o de alguna brujería. El hijo estudia medicina y llega a saber que todo lo que cree su padre respecto a este asunto es mentira y superstición. ¿Cree alguien que el hijo ha hecho mal al abandonar los conceptos erróneos que aprendió en el hogar? ¿Debe el hijo rechazar todas las conclusiones de la ciencia y seguir aferrado a las ideas de su padre? Seguramente que no.
Tampoco hace mal aquel que se esfuerza en tener principios religiosos más de acuerdo con la verdad; aquel que deja de creer en pretendidas imágenes milagrosas o en vírgenes de palo que se detienen en tal o cual lugar para que le edifiquen un santuario, y sirva al Dios vivo y verdadero que mandó a su Hijo Jesucristo al mundo para que sea salvo todo aquel que en Él creyere; quien hallando que su alma se muere de hambre, al tratar de alimentarla con los ritos muertos del papismo, acude a las páginas del Nuevo Testamento para alimentarse del maná sublime que Cristo da a los que a Él se acercan.
Los curas procuran siempre contrarrestar la influencia de la propaganda evangélica apelando al sentimentalismo, haciendo creer a la gente que piensa poco, que aceptar el Evangelio es ir contra la patria y la familia. Si así es, ¿por qué mandan ellos misioneros a los países donde no se profesa el catolicismo? ¿Por qué dicen al mahometano, al budista, al protestante que deje la religión de sus padres? Esto demuestra que el tal zarandeado argumento clerical no tiene base ninguna.
Nuestros más lejanos antepasados eran fetichistas. En algunos pueblos antiguos se adoraba al cocodrilo, al buey Apis. Grecia y Roma, aun en los días de esplendor, seguían los mitos fantásticos del paganismo. ¿Dónde se encontraría la humanidad si todos hubieran contestado a los profetas y apóstoles: ¡No queremos cambiar de religión! ¡Queremos seguir la fe de nuestros padres!
Gracias a Dios que no han faltado en el mundo hombres de arrojo que hicieron una brecha en la vieja muralla de los prejuicios y rancias tradiciones y salieron del encierro para ir al campo abierto donde se respiraba el aire de la libertad.
San Pablo dejó el judaísmo, aunque esto le costó el tener que romper los vínculos que le unen a la patria y a la familia, y a esa noble resolución se debe, en gran parte, que el Evangelio de Cristo se haya difundido por el mundo.
San Agustín cambió de religión cuando renunció al maniqueísmo y abrazó la fe cristiana.
En los tres primeros siglos de nuestra era, los cristianos eran arrojados a las fieras para alegrar a las multitudes del circo. ¿De qué los acusaban? ¡De cambiar de religión! Morían porque el emperador Diocleciano había dicho: «Cambiar las instituciones de los abuelos es el mayor de los crímenes». Y tan erróneamente como este perseguidor de cristianos, razonan los que ahora exclaman: ¡Dejar la religión de los padres! ¡Qué horror!
Mauricio tenía que defenderse contra los que le atacaban, y les decía: «No comprendo vuestro modo de pensar. Cuando yo era casi un ateo, negligente a todo deber religioso, nada decíais, y ahora que voy al culto, que leo la Biblia, que confío en Cristo, que procuro mejorar diariamente mi vida, ponéis el grito en el cielo. Ahora estoy más cerca de la fe de mis padres que antes, y de lo que lo estáis vosotros mismos. No he dejado la Iglesia de Roma para ser menos cristiano ni menos religioso, sino más de lo uno y de lo otro. Con esto no ofendo la memoria de mis padres; la ofendería siguiendo la carrera del pecado y de la maldad, que por la gracia de Dios he abandonado para siempre».
San Pablo dijo: «Examinadlo todo; retened lo que fuere bueno». (1a Tes. 5:21)
Cierto pensador dijo que al hombre que busca la verdad le ocurre a veces una cosa terrible: la encuentra.
Encuentra que estaba equivocado y que debe abandonar las ideas que definió con tanto calor. Encuentra que el edificio bajo el cual se cobija tiene los tirantes carcomidos y el techo está a punto de desplomarse, y le duele tener que abandonar la que le fue tan cómoda morada.
Examinemos sinceramente el puente que hemos construido para pasar de este mundo a la eternidad, y al descubrir su inconsistencia, vayamos a Cristo y echémonos a sus pies, seguros de que nos recibirá con amor, nos dará el perdón y nos conducirá hasta las moradas eternas.
España Evangélica
15 de enero de 1931