[Un capítulo de la famosa serie Los Fundamentos]
Tanto los judíos como los cristianos reciben el Antiguo Testamento como conteniendo una revelación de Dios, mientras que estos últimos lo consideran como estando en estrecha y vital relación con el Nuevo Testamento. Todo lo relacionado con el Antiguo Testamento ha sido, en años recientes, sometido al escrutinio más riguroso: la autoría de sus diversos libros, el tiempo en que fueron escritos, su estilo, su valor histórico, sus enseñanzas religiosas y éticas. Aparte de la veneración con la que consideramos los escritos del Antiguo Testamento por su propio mérito, la íntima conexión que tienen con las Escrituras cristianas necesariamente nos da el más profundo interés en las conclusiones que puedan alcanzarse mediante la crítica del Antiguo Testamento. Para nosotros, la Dispensación del Nuevo Testamento presupone y surge de la Mosaica, de modo que los libros del Nuevo Testamento tocan a los del Antiguo en cada punto: In vetere testamento novum latet, et in novo vetus patet. (En el Antiguo Testamento el Nuevo está oculto, y en el Nuevo el Antiguo es revelado).
Nos proponemos tomar una vista resumida del testimonio de nuestro Señor al Antiguo Testamento, tal como es registrado por los evangelistas. Los escritores del Nuevo Testamento mismos citan y se refieren ampliamente al Antiguo Testamento, y las opiniones que expresan con respecto a la antigua economía y sus escritos están en armonía con las declaraciones de su Maestro; pero, por varias razones, aquí nos limitamos a lo que se relata del Señor mismo.
Refiramos, primero, a lo que está contenido o necesariamente implícito en el testimonio del Señor a las Escrituras del Antiguo Testamento, y, segundo, al valor crítico de Su testimonio.
- El Testimonio del Señor al Antiguo Testamento
La autoridad de nuestro Señor —aunque esto es más bien el argumentum silentio [argumento del silencio]— puede citarse a favor del canon del Antiguo Testamento como fue aceptado por los judíos en Su día. Él nunca los acusa de añadir o quitar de las Escrituras, o de alterar el texto de ninguna manera. Si hubieran sido culpables de tan gran pecado, apenas es posible que entre los cargos traídos contra ellos, este asunto ni siquiera sea aludido. El Señor reprocha a Sus compatriotas por ignorancia de las Escrituras, y por hacer nula la ley por medio de sus tradiciones, pero Él nunca insinúa que hayan introducido algún libro en el canon, o rechazado alguno que mereciera un lugar en él.
Ahora, el canon del Antiguo Testamento del primer siglo es el mismo que el nuestro. La evidencia para esto es completa, y el hecho es apenas cuestionado. El Nuevo Testamento no contiene, en efecto, ningún catálogo de los libros del Antiguo Testamento, pero el testimonio de Josefo, de Melito de Sardis, de Orígenes, de Jerónimo, del Talmud, muestra decisivamente que el canon del Antiguo Testamento, una vez fijado, ha permanecido inalterado. Ya sea que la firme tradición judía de que el canon fue finalmente determinado por Esdras y la Gran Sinagoga sea del todo correcta o no, es cierto que la Septuaginta concuerda con el hebreo en cuanto al canon, mostrando así que el asunto no estaba en disputa dos siglos antes de Cristo. Ni el testimonio de la Septuaginta se debilita por el hecho de que los Apócrifos comunes del Antiguo Testamento son añadidos a los libros canónicos; porque “de ninguno entre los libros apócrifos se insinúa siquiera, ya sea por el autor, o por cualquier otro escritor judío, que fuera digno de un lugar entre los libros sagrados” (Cyclo., art. “Canon” por Kitto). Se observa que el Señor nunca cita ninguno de los libros apócrifos, ni se refiere a ellos.
Ninguna Parte Atacada
Si nuestro Señor no nombra a los escritores de los libros del Antiguo Testamento en detalle, al menos puede decirse que ninguna palabra Suya pone en duda la genuinidad de ningún libro, y que Él asigna distintamente varias partes de la Escritura a los escritores cuyos nombres llevan. La Ley es atribuida a Moisés; el nombre de David está conectado con los Salmos; las profecías de Isaías son atribuidas a Isaías, y las profecías de Daniel a Daniel. Después investigaremos si estas referencias son meramente por vía de acomodación, o si debe atribuírseles más importancia; mientras tanto, notamos que el Señor no expresa, en ninguna instancia, disentimiento de la opinión común, y que, en cuanto a varias partes de la Escritura, Él la respalda distintamente.
Las referencias a Moisés como legislador y escritor son como estas: Al leproso limpiado Él le dice: “Ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés” (Mateo 8:4). “Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres” (Mateo 19:8). “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:31). “Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente” (Marcos 7:10). “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27). “Que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lucas 24:44). “No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?” (Juan 5:45-47). “¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley?” (Juan 7:19). “Moisés os dio la circuncisión… Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada”, etc. (Juan 7:22, 23). Las palabras parentéticas omitidas: “no porque sea de Moisés, sino de los padres”— parecen mostrar claramente, puede señalarse de paso, que el Señor no es inobservante de la exactitud histórica.
Los Salmos son citados por nuestro Señor más de una vez, pero solo una vez se nombra a un escritor. El Salmo 110 es atribuido a David; y la validez del argumento del Señor depende de que sea davídico. La referencia, por tanto, hasta donde llega, confirma las inscripciones de los Salmos en relación con la autoría. Isaías 6:9 es citado así: “De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis” (Mateo 13:14, 15). Nuevamente, el capítulo 29:13 de la profecía de Isaías es citado: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas… Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6). Cuando, al principio de Su ministerio, el Señor vino a Nazaret, le fue entregado en la sinagoga “el libro del profeta Isaías. Y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”, etc. (Lucas 4:17,18). El pasaje leído por nuestro Señor es del capítulo 61 de Isaías, que pertenece a la sección del libro muy a menudo, en la actualidad, atribuida al segundo, o pseudo, Isaías; pero no insistimos en este punto, ya que puede decirse que el evangelista, más bien que Cristo, atribuye las palabras a Isaías.
En Su gran profecía respecto a la caída del estado judío, el Señor se refiere a “la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel”: Como en Daniel 9:27, leemos que “por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador”, y en el capítulo 12:11, que “desde el tiempo que sea quitado el continuo sacrificio hasta la abominación desoladora [será] puesta”.
Narrativas y Registros Auténticos
Cuando Cristo hace referencia a narrativas y registros del Antiguo Testamento, Él los acepta como auténticos, como históricamente verdaderos. Él no da ni sugiere en ningún caso una interpretación mítica o alegórica. Los relatos de la creación, del diluvio, de la destrucción de Sodoma y Gomorra, así como muchos incidentes y eventos de ocurrencia posterior, son tomados como auténticos. Puede, por supuesto, alegarse que las referencias del Señor a la creación del hombre y la mujer, el diluvio, las ciudades de la llanura, etc., sirven igualmente Su propósito de ilustración ya sea que Él los considere como históricos o no. Pero al ponderar Sus palabras se verá que pierden mucho de su fuerza y apropiación a menos que los eventos aludidos tuvieran un carácter histórico… Refiramos más particularmente a este asunto. Cuando los fariseos preguntan a Cristo si es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa, Él les responde: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?” (Mateo 19:4,5). Nuevamente: “Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mateo 24:37, 39). Nuevamente: “Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti” (Mateo 11:23, 24). Estas declaraciones, todos sienten, pierden su peso y solemnidad, si no hubo diluvio tal como se describe en Génesis, y si la destrucción de la malvada Sodoma puede ser solo un mito. Ilustraciones y paralelos pueden, para ciertos propósitos, ser aducidos de literatura ficticia, pero cuando el Señor quisiera despertar la conciencia de los hombres y alarmar sus temores por referencia a la certidumbre del juicio divino, Él no confirmará Su enseñanza por instancias de castigo que son solo fabulosas. Su argumento de que el Santo y Justo Dios hará como Él ha hecho —desnudará Su brazo como en los días antiguos— es despojado, en este caso, de toda validez.
Una opinión frecuentemente urgida en el día presente es que, como con otras naciones, también con los judíos, el período mítico precede al histórico, y así las narrativas más tempranas del Antiguo Testamento deben ser tomadas según su verdadero carácter. En períodos posteriores del Antiguo Testamento tenemos registros que, en general, son históricos; pero en los tiempos más tempranos no debemos buscar historia auténtica en absoluto. Un examen adecuado de esta teoría (que tiene, por supuesto, consecuencias exegéticas trascendentales) no puede ser intentado aquí. Meramente señalamos que las breves referencias de nuestro Señor a la narrativa temprana del Antiguo Testamento no sugerirían la distinción tan a menudo hecha entre registros tempranos y posteriores del Antiguo Testamento en el terreno de la confiabilidad.
El Antiguo Testamento de Dios
Avanzamos para decir que Cristo acepta la antigua dispensación y sus escrituras como, en un sentido especial, de Dios; como teniendo autoridad especial, divina. Muchos que no reconocen ninguna sacralidad o autoridad peculiar en la religión de los judíos por encima de otras religiones del mundo, admitirían fácilmente que es de Dios. Pero su argumento es que todas las religiones (especialmente lo que se complacen en llamar las grandes religiones) tienen elementos de verdad en ellas, que todas ellas proveen medios a través de los cuales las almas devotas tienen comunión con el Poder que rige el universo, pero que ninguna de ellas debería exaltar sus pretensiones muy por encima de las otras, mucho menos reclamar sanción divina exclusiva; todas ellas siendo el producto de la naturaleza espiritual del hombre, tal como ha sido moldeada por su historia y ambiente, en diferentes naciones y edades. Esta es la opinión bajo la cual el estudio de la religión comparada es proseguido por muchos eruditos eminentes. Un estudio amplio y generoso de las religiones —sus características e historia— tiende, se sostiene, a llevarlas a una comunión más estrecha entre sí; y solo la ignorancia o el prejuicio (dicen estos pensadores imparciales) puede aislar la religión del Antiguo Testamento o del Nuevo, y rehusarse a reconocer en otras religiones los elementos divinos que les dan derecho a tomar rango con el judaísmo o el cristianismo.
Las declaraciones de Jesucristo sobre esta cuestión de la divinidad de la religión y cultos del Antiguo Testamento son inconfundibles; y no menos clara y decidida es Su lenguaje respecto a los escritos en los cuales esta religión es entregada. Dios es la fuente en el sentido más directo, tanto de la religión como de los registros de ella. Ningún hombre puede reclamar la autoridad de Cristo para clasificar al judaísmo con el confucianismo, hinduismo, budismo, y parsismo. No hay nada, en efecto, en la enseñanza del Señor que nos prohíba reconocer cualquier cosa que sea buena en las religiones étnicas —cualquiera de esos elementos de verdad espiritual que llegan a ser propiedad común de la raza y que no fueron completamente perdidos en la noche del paganismo; pero, por otro lado, es abundantemente evidente que la fe judía es, para nuestro Señor, la única fe verdadera, y que las Escrituras judías tienen un lugar propio —un lugar que no puede ser compartido con los libros sagrados de otros pueblos. El samaritanismo, aun cuando se había apropiado tan ampliamente de la religión de Israel, Él no lo reconocerá. “Porque la salvación es de los judíos”…
Casi cualquier referencia de nuestro Señor al Antiguo Testamento apoyará la afirmación de que Él considera la dispensación y sus escrituras como de Dios. Él muestra, p. ej., que la profecía del Antiguo Testamento se cumple en Él mismo, o Él vindica Su enseñanza y Sus reclamos por la Escritura, o Él ordena obediencia a la ley (como en el caso de los leprosos limpiados), o Él afirma la inviolabilidad de la ley hasta su cumplimiento completo, o Él acusa a una generación cegada y farisaica de suplantar y dejar sin efecto una ley que estaban obligados a observar. Unas pocas instancias de reconocimiento explícito de las Escrituras del Antiguo Testamento como procediendo de Dios y teniendo autoridad divina, pueden ser aquí aducidas. En Su Sermón del Monte el Señor hace esta fuerte y comprensiva declaración: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18). En el contexto la ley es distinguida de los profetas y designa, por tanto, el Pentateuco; y seguramente el origen divino de esta parte de la Escritura está incuestionablemente implícito. Tal inviolabilidad no podría ser reclamada para ninguna institución o producción meramente humana. Cuando el hijo hipócrita y sin corazón pretendía dedicar a Dios lo que debería haber ido para sostener a sus padres indigentes, él “invalidó el mandamiento de Dios”, “porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre” (Mateo 15:4). Al purificar el templo el Señor justifica Su acción en estas palabras: “Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada” (Mateo 21:13). Nuevamente: “Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?” (Mateo 22:32). Nuevamente: “Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes” (Marcos 7:8). Tantos pasajes del Antiguo Testamento son citados o aludidos por el Señor como habiendo recibido, o como esperando cumplimiento, que apenas es necesario hacer citas de esta clase. Todas estas ciertamente implican la divinidad de la Escritura; porque ningún hombre, ninguna criatura, puede decir lo que está oculto en el futuro remoto.
No estamos olvidando que el Señor reconoce plenamente el carácter imperfecto y provisional de la ley mosaica y de la antigua dispensación. Si el Antiguo fuera sin falta, ningún lugar habría sido hallado para el Nuevo. Si la gracia y la verdad hubiesen venido por Moisés, el advenimiento de Jesucristo habría sido innecesario. Así que cuando los fariseos plantean la pregunta a Cristo de por qué Moisés mandó dar a la esposa que no ha hallado favor con su marido carta de divorcio y repudiarla, Él respondió: “Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así” (Mateo 19:8). La legislación mosaica no era en cada parte absolutamente la mejor que podría ser dada, pero era tal como la sabiduría divina vio mejor para ese tiempo y bajo las circunstancias especiales del pueblo hebreo. No solo estableció el Antiguo Testamento una economía típica, que debe dar lugar a otra, sino que encarnaba elementos éticos de tipo provisional que deben pasar cuando el Hijo encarnado hubiera revelado plenamente al Padre. El Antiguo Testamento es consciente de sus propias imperfecciones, porque Jeremías escribe así: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto”. Pero en todo esto no hay nada que modifique la proposición que estamos ilustrando, a saber, que nuestro Señor acepta la economía del Antiguo Testamento y sus Escrituras como de Dios, como selladas con autoridad divina, y como verdaderamente dando a conocer la mente y voluntad divinas…
Marción y los gnósticos no recibieron ninguna parte de las Escrituras del Antiguo Testamento, y la antigua dispensación misma la sostuvieron ser de origen maligno. Tan decididos estaban contra el Antiguo Testamento que no admitirían en su canon del Nuevo Testamento los libros que especialmente dan testimonio del Antiguo. Pero la Iglesia cristiana ha seguido a su Maestro en considerar el Antiguo Testamento como la Palabra de Dios, como la Biblia de las edades antes del advenimiento, y como todavía parte de la Biblia para la Iglesia cristiana. No hasta los días del racionalismo desarrollado fue esta posición puesta en duda, excepto entre incrédulos. Pero es obvio que el estilo de crítica que, en nuestro propio tiempo, es frecuentemente aplicado al Antiguo Testamento (sin decir nada sobre el Nuevo), tocante a sus historias, sus leyes, su moralidad, es bastante inconsistente con el reconocimiento de cualquier característica o autoridad divina especial como perteneciente a él. La máxima misma tan a menudo repetida, que la crítica debe tratar con estos escritos precisamente como trata con otros escritos es un rechazo a la Escritura, in limine [en el umbral], del carácter peculiar que ella reclama, y que la Iglesia ha siempre reconocido en ella. Si una autoridad divina especial puede ser vindicada para estos libros, o para cualquiera de ellos, este hecho, está claro, debería ser tomado en cuenta por el crítico lingüístico e histórico. Lógicamente, deberíamos comenzar nuestro estudio de ellos investigando su título a tal autoridad, y, si su reclamo prueba estar bien fundado, nunca debería ser olvidado en los procesos críticos subsiguientes. El establecimiento de este alto reclamo implicará en estos escritos características morales (sin mencionar otras) que deberían eximirlos de una cierta sospecha que el crítico puede no sin razón permitir que esté presente cuando comienza a examinar documentos de tipo ordinario. No es, por tanto, correcto decir que la crítica, al comenzar sus indagaciones, debería no saber nada del alegado origen divino o carácter sagrado de un libro. Si el libro no tiene buenos comprobantes para sus reclamos de poseer un carácter sagrado, la crítica debe proceder sin obstáculos; pero concepciones correctas de métodos críticos demandan que todo hecho importante ya comprobado en cuanto a cualquier escrito debería ser fielmente mantenido ante la mente en el examen de ellos. La ciencia debe aquí unirse con el sentimiento reverencial en requerir tratamiento correcto de un libro que reclama sanción divina especial, y está dispuesto a tener sus reclamos debidamente investigados. El examen de un testigo de probidad y rectitud establecidas no sería conducido precisamente de la misma manera que el de un testigo cuyo carácter es desconocido o bajo sospecha. El estilo de Wellhausen de tratar la historia de Israel no puede tener justificación a menos que él demuestre primero que el reclamo tan a menudo avanzado en “Así dice Jehová” es enteramente sin base. Tan lejos de admitir la validez del axioma referido, distintamente sostenemos que es anticientífico. Una crítica justa y verdadera debe tener respeto a todo lo ya conocido y establecido respecto a las producciones a las cuales es aplicada, y ciertamente tan trascendental reclamo como el de autoridad divina demanda examen preliminar cuidadoso.
Pero la crítica, puede urgirse, es el instrumento mismo por el cual debemos probar las pretensiones de estos escritos a un origen y carácter divino especial, y, por ende, no puede mantenerse al margen hasta que esta cuestión haya sido considerada. Al requerir que la crítica guarde silencio hasta que el veredicto haya sido rendido, la estamos poniendo bajo restricciones inconsistentes con sus funciones y prerrogativas. La respuesta, sin embargo, es que las evidencias externas e internas principales para el origen divino de las Escrituras pueden ser pesadas con suficiente exactitud para determinar el carácter general y autoridad de estos escritos antes de que la crítica, ya sea alta o baja, requiera aplicar su mano. “Lo celestial del asunto, la eficacia de la doctrina, la majestad del estilo, el consentimiento de todas las partes, el alcance del todo (que es dar gloria a Dios), el descubrimiento completo que hace del único camino de salvación del hombre, las muchas otras excelencias incomparables, y la entera perfección de ella, son argumentos por los cuales abundantemente evidencia ser la palabra de Dios” (Conf. de Fe 1:5). Pero todas estas consideraciones pueden, en todo lo que es material, ser pesadas y estimadas antes de que la crítica técnica comience sus labores, como han sido estimadas hasta la entera convicción de la divinidad de la Escritura por parte de miles que no tenían conocimiento de crítica. Si la aplicación justa de la crítica, cuando llega su tiempo apropiado, tiende a engendrar duda en cuanto a la conclusión general ya alcanzada respecto a la Biblia, sin duda será correcto revisar cuidadosamente la evidencia sobre la cual depende nuestra conclusión; pero las pruebas sustantivas y directas de que las Escrituras son de Dios deberían ser manejadas primero, y la decisión alcanzada debería ser mantenida en mente, mientras la crítica está ocupada con su tarea propia. Este nos parece el verdadero orden del procedimiento.
Dios Habla
Nuestro Señor ciertamente atribuye al Antiguo Testamento un carácter mucho más alto de lo que muchos han supuesto. Dios habla en él por todas partes; y mientras Él se revelará más perfectamente en Su Hijo, nada contenido en la revelación más antigua fallará en su fin o será convicto de error. Cristo no usa el término “inspiración” al hablar del Antiguo Testamento, pero cuando hemos aducido Sus palabras respecto al origen y autoridad de estos escritos, será evidente que para Él son dados por Dios en cada parte. Se verá que Su testimonio no cae detrás del de Sus apóstoles que dicen: “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16), y “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21)…
Palabras y Mandamientos de Dios
Al hablar de Cristo como enseñando que el Antiguo Testamento es de Dios hemos referido a pasajes en los cuales Él dice que sus palabras y mandamientos son las palabras y mandamientos de Dios; p. ej., “Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente” (Mateo 15:4). Nuevamente: “¿No habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?”
De manera comprensiva las leyes del Pentateuco, o del Antiguo Testamento, son llamadas “los mandamientos de Dios”. “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres. Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición” (Marcos 7:8, 9); y en el contexto de esta última cita el mandamiento de Dios es identificado con lo que “Moisés habló”, mostrando que las palabras de Moisés son también las palabras de Dios.
Pasajes como estos hacen más que probar que las Escrituras del Antiguo Testamento expresan en general la mente de Dios, y, por tanto, poseen muy alta autoridad. Si puede decirse ciertamente que Dios habló ciertas palabras, o que ciertas palabras y mandamientos son las palabras y mandamientos de Dios, tenemos más que un respaldo general; como cuando, p. ej., el editor de una publicación periódica declara que es responsable del carácter general y tendencia de artículos que admite, pero no de cada sentimiento o expresión de opinión contenida en ellos.
No necesita, por supuesto, prueba que las palabras citadas en el Nuevo Testamento como habladas por Dios no son las únicas partes del Antiguo que tienen autoridad divina directa. La misma cosa podría evidentemente ser dicha de otras partes del libro. La impresión dejada, pensamos, en toda mente sin prejuicio es que tales citas como el Señor hizo son solo especímenes de un libro en el cual Dios habla por todas partes. No hay aliento ciertamente para intentar ningún análisis de la Escritura en sus partes o elementos divinos y humanos —para repartir la autoría entre Dios y el escritor humano, porque, como hemos visto, las mismas palabras son atribuidas a Dios y a Su siervo Moisés. El todo es hablado por Dios y por Moisés también. Todo es divino y al mismo tiempo todo es humano. Lo divino y lo humano están tan relacionados que la separación es imposible.
Absoluta Infalibilidad de la Escritura
Atención puede ser especialmente llamada a tres pasajes en los cuales el Señor se refiere al origen y la absoluta infalibilidad de la Escritura. Jesús preguntó a los fariseos: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” Le dijeron: El Hijo de David. Él les dijo: “¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor?” La referencia es al Salmo 110, el cual el Señor dice que David habló o escribió “en el Espíritu”; es decir, David estaba completamente bajo la influencia del Espíritu en la producción del Salmo, de modo que cuando llama al Mesías su “Señor” la palabra tiene autoridad absoluta. Tal es claramente el significado del Señor, y los fariseos no tienen respuesta a Su argumento. El Señor no dice que el Antiguo Testamento entero fue escrito “en el Espíritu”, ni aun que todos los Salmos fueron así producidos; Él no hace declaración directa de esta naturaleza; sin embargo el lector llano ciertamente consideraría esto como implícito. Sus oyentes entendían que sus Escrituras habían sido todas escritas por inspiración inmediata de Dios, y ser la palabra de Dios; y Él meramente se refiere al Salmo 110 como teniendo el carácter que pertenecía a la Escritura en general… En Juan 10:34-36 Cristo se vindica de la acusación de blasfemia al reclamar ser el Hijo de Dios: “Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?” “La Escritura no puede ser quebrantada” ou dunatai luthenai. El verbo significa soltar, desatar, disolver, y como aplicado a la Escritura significa subvertir o privar de autoridad. La autoridad de la Escritura es entonces tan completa —tan penetrante— que se extiende a sus términos individuales. “Dioses” es la palabra propia porque es usada para designar a los gobernantes judíos. Si esto no es inspiración verbal, se acerca mucho a ella. Uno puede, por supuesto, alegar que la declaración del Señor de inerrancia implica solo que las palabras principales de la Escritura deben ser tomadas precisamente como son, pero que Él no reclama la misma autoridad para todas sus palabras. Sin argumentar este punto, meramente decimos que no es cierto u obvio que el camino queda abierto para esta distinción. En vista de las declaraciones de Cristo, incumbe sobre aquellos que sostienen que la inspiración se extiende solo al pensamiento de la Escritura, pero no a las palabras, o a las palabras principales pero no a las palabras en general, aducir argumentos muy convincentes en apoyo de su posición. El onus probandi [carga de la prueba], nos parece, es aquí hecho descansar sobre ellos. La teoría de que la inspiración puede ser afirmada solo de las opiniones o posiciones principales de la Escritura, pero ni de las palabras ni del desarrollo de los pensamientos, no puede, parece claro, ser armonizada con la enseñanza del Señor. Antes de advertir a un tercer texto podemos permitirnos asentar estas palabras de Agustín escribiendo a Jerónimo: “Porque reconozco con alta estima por ti, he aprendido a atribuir tal reverencia y honor solo a aquellos libros de las Escrituras que ahora son llamados canónicos, que creo muy firmemente que ninguno de sus autores ha cometido un error al escribirlos. Y si tropezare con algo en aquellos escritos, que pueda parecer opuesto a la verdad, no contenderé por nada más, que ya sea que el manuscrito estaba lleno de errores, o que el traductor no había comprendido lo que fue dicho, o que yo no lo había entendido en el menor grado”.
En Su sermón del monte nuestro Señor así se refiere a Su propia relación con la economía del Antiguo Testamento y sus Escrituras: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:17, 18). Ninguna palabra más fuerte podría ser empleada para afirmar la autoridad divina de cada parte del Antiguo Testamento; porque la ley y los profetas significan las Escrituras enteras del Antiguo Testamento. Si esta declaración contempla el elemento moral de estas Escrituras, significa que ninguna parte de ellas será puesta a un lado por la nueva dispensación, sino “cumplida” —es decir, llenada y completada por Jesucristo como un bosquejo es llenado y completado por el pintor. Si, como otros interpretan naturalmente, los rasgos típicos del Antiguo Testamento están incluidos en la declaración, el término “cumplir”, en cuanto a este elemento, será tomado en el significado más usual. En cualquier caso la inviolabilidad y, por implicación, el origen divino del Antiguo Testamento no podría ser más impresionantemente declarado. Noten cuán comprensivas y absolutas son las palabras: “Ni una jota ni una tilde”. “Jota” (iota) es yod, la letra más pequeña del alfabeto hebreo; “tilde”, literalmente pequeño cuerno o ápice, designa las pequeñas líneas o proyecciones por las cuales letras hebreas, similares en otros respectos, difieren una de otra. Tenemos aquí, uno podría decir, la inspiración de letras del Antiguo Testamento. Todo contenido en él tiene autoridad divina, y debe, por tanto, ser divino en origen; porque es innecesario mostrar que tal autoridad no podría ser atribuida a escritos meramente humanos, o a escritos en los cuales los intereses divinos y humanos podrían ser separados analíticamente.
Si se dijera que la “ley”, cada jota y tilde de la cual debe ser cumplida, significa aquí la economía misma, las ordenanzas del judaísmo, pero no el registro de ellas por escrito, la respuesta es que no conocemos nada de estas ordenanzas excepto a través del registro, de modo que lo que se afirma debe aplicar a las Escrituras así como a la dispensación.
Las únicas preguntas que pueden ser bien planteadas son, primero, si “la ley y los profetas” designan las Escrituras enteras o solo dos grandes divisiones de ellas; y, segundo, si las palabras de Jesús pueden ser tomadas en su pleno significado, o, por alguna razón u otra, deben ser descontadas. La primera pregunta apenas vale la pena discutir, porque, si ni jota ni tilde de “la ley y los profetas” fallará, difícilmente se argüirá que los Salmos, o cualesquiera partes del Antiguo Testamento que no están incluidas, tienen un carácter menos estable. La última pregunta, de importancia trascendental, la consideraremos luego.
Cumplimiento de la Profecía
La inspiración de las Escrituras del Antiguo Testamento está claramente implicada en las muchas declaraciones de nuestro Señor respecto al cumplimiento de profecías contenidas en ellas. Es prerrogativa de Dios conocer, y dar a conocer, el futuro. El presagio humano no puede ir más allá de lo que está prefigurado en eventos que han traspasado, o está envuelto en causas que vemos claramente en operación. Si, por tanto, el Antiguo Testamento revela, cientos de años de antemano, lo que está viniendo a pasar, la omnisciencia debe haber dirigido la pluma del escritor; es decir, estas Escrituras, o al menos sus partes predictivas, deben ser inspiradas.
El pasaje ya citado del Sermón del Monte puede ser notado en cuanto a su referencia sobre la profecía: “No he venido para abrogar la ley o los profetas, sino para cumplir”. Mientras plerosai [está lleno o cumplido], como refiriendo a la ley, tiene el significado especial arriba señalado; como refiriendo a los profetas, tiene su importación más común. Tenemos aquí, entonces, una declaración general en cuanto al Antiguo Testamento conteniendo profecías que fueron cumplidas por Cristo y en Él. Aquí hay ejemplos. El rechazo del Mesías por las autoridades judías, así como el triunfo final de Su causa, es anunciado en el Salmo 118; en palabras que Cristo aplica a Sí mismo: “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo”. La deserción de Jesús por Sus discípulos cuando fue aprehendido cumple la predicción de Zacarías: “Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas” (Mateo 26:31). Si la intervención angélica rescatara a Jesús de la muerte, “¿cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” Todo lo que se relacionó con Su traición, aprehensión, y muerte tuvo lugar, “para que se cumplan las Escrituras de los profetas” (Mateo 26:56). “Si creyeseis a Moisés”, dijo nuestro Señor, “me creeríais a mí, porque de mí escribió él” (Juan 5:46). El Salmo 41 prenuncia la traición de Judas en estas palabras: “El que come pan conmigo levantó contra mí su calcañar”; y la defección del hijo de perdición tiene lugar, “para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17:12). La persistente y maligna oposición de Sus enemigos cumple lo que está escrito: “Me aborrecieron sin causa” (Juan 15:25). Finalmente, al discurrir a los dos discípulos en el camino a Emaús, el Señor, “comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. “Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día” (Lucas 24:44-46)…
No se niega que en algunos casos la palabra “cumplir” es usada en el Nuevo Testamento meramente como significando que algún evento o condición de cosas corresponde con o realiza algo que está escrito en el Antiguo Testamento; como cuando las palabras en Isaías, “De oído oiréis, y no entenderéis”, se dice son cumplidas en la ciega obstinación de los fariseos. Ni, nuevamente, se niega que “cumplir” tiene el significado de llenar, o expandir, o completar. Pero claramente nuestro Señor, en los pasajes aquí citados, emplea el término en otra acepción. Él no significa nada menos que esto: que las Escrituras que Él dice fueron “cumplidas” fueron intentadas por el Espíritu de Dios para tener la aplicación misma que Él hace de ellas; eran predicciones en el sentido ordinariamente significado por ese término. Si el Mesías del Antiguo Testamento fuera meramente un personaje ideal, habría poca fuerza en decir que el Señor “abrió el entendimiento” de los discípulos para que pudieran ver Su muerte y resurrección expuestas en las profecías. Pero enseñar que el Antiguo Testamento contiene predicciones auténticas es, como hemos dicho, enseñar que es inspirado. El desafío a las deidades paganas es: “Dadnos nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses” (Isaías 41:23).
Así hallamos que nuestro Señor reconoce el mismo canon del Antiguo Testamento como tenemos nosotros, que en la medida en que Él hace referencia a libros particulares del canon los atribuye a los escritores cuyos nombres llevan, que Él considera la religión judía y sus libros sagrados como en un sentido especial —un sentido que no debe ser afirmado de ninguna otra religión— de Dios, que los escritores de la Escritura, en Su opinión, hablaron en el Espíritu, que sus palabras son tan propiamente escogidas que un argumento puede descansar sobre la exactitud de un término, que ninguna parte de la Escritura fallará en su fin o será convicta de error, y que las predicciones de la Escritura son predicciones genuinas, que todas deben en su tiempo recibir cumplimiento.
No podemos aquí discutir la doctrina de la inspiración; pero sobre la base del testimonio del Señor al Antiguo Testamento, como arriba resumido, podemos seguramente afirmar que Él reclama para él por todas partes todo lo que se significa por inspiración cuando usamos ese término en el sentido más definido. Ninguna autoridad más alta podría bien ser atribuida a la enseñanza apostólica, o a cualquier parte de las Escrituras del Nuevo Testamento, que la que el Señor atribuye a las Escrituras más antiguas cuando declara que “ni una jota ni una tilde pasará de ellas hasta que todo se haya cumplido”, y que si los hombres “no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:31).
El Valor del Testimonio de Cristo
Resta que brevemente advirtamos al valor, para el estudiante científico de la Biblia, del testimonio de Cristo al Antiguo Testamento. El anuncio mismo de tal tópico puede no ser oído sin dolor, pero en vista de teorías con las cuales los estudiantes bíblicos están familiarizados, se hace necesario mirar dentro de la cuestión. ¿Podemos, entonces, aceptar las declaraciones de Cristo sobre los asuntos referidos como teniendo valor —como de autoridad— en relación con la erudición bíblica? ¿Podemos tomarlas en su valor nominal, o deben ser descontadas? O nuevamente, ¿son estas palabras de Jesús válidas para la crítica sobre algunas cuestiones, pero no sobre otras?
Hay dos maneras en las cuales se busca invalidar el testimonio de Cristo al Antiguo Testamento.
Ignorancia de Jesús Alegada
Se alega que Jesús no tenía conocimiento más allá del de Sus contemporáneos en cuanto al origen y características literarias de las Escrituras. Los judíos creían que Moisés escribió el Pentateuco, que las narrativas del Antiguo Testamento son todas historia auténtica, y que las palabras de la Escritura son todas inspiradas. Cristo compartió las opiniones de Sus compatriotas sobre estos tópicos, aun cuando estaban en error. Sostener esta opinión, se mantiene, no detrae de las calificaciones del Señor para Su obra propia, la cual era religiosa y espiritual, no literaria; porque en relación con el valor religioso del Antiguo Testamento y sus usos y aplicaciones espirituales Él puede con confianza ser aceptado como nuestro guía. Su conocimiento era adecuado para la entrega de las doctrinas de Su reino, pero no necesariamente se extendía a cuestiones de erudición y crítica. De estas Él habla como cualquier otro hombre; y buscar arrestar, o dirigir, la crítica por apelación a Su autoridad, es procedimiento que solo puede redundar sobre aquellos que lo adoptan. Esta opinión es avanzada, no solo por críticos que rechazan la divinidad de Cristo, sino por muchos que profesan creer esa doctrina. En el prefacio a su primer volumen sobre el Pentateuco y Josué, Colenso así escribe: “Es perfectamente consistente con la creencia más entera y sincera en la divinidad de nuestro Señor sostener, como muchos lo hacen, que cuando Él se dignó hacerse ‘Hijo del hombre’ tomó nuestra naturaleza plenamente, y voluntariamente entró en todas las condiciones de la humanidad, y, entre otras, en aquella que hace nuestro crecimiento en todo conocimiento ordinario gradual y limitado… No se supone que, en Su naturaleza humana, Él estuviera familiarizado más que cualquier judío de Su edad con los misterios de todas las ciencias modernas, ni… puede seriamente mantenerse que, como infante o niño pequeño, Él poseyera un conocimiento sobrepasando el de los adultos más piadosos y eruditos de Su nación, sobre el asunto de la autoría y edad de las diferentes porciones del Pentateuco. ¿En qué período, entonces, de Su vida en la tierra, ha de suponerse que Él tuvo concedido a Él como el Hijo del hombre, sobrenaturalmente, información completa y exacta sobre estos puntos?”, etc. (vol. i., p. 32). “También debería observarse”, dice el Dr. S. Davidson, “que cuestiones históricas y críticas solo podían pertenecer a Su cultura humana, una cultura sellada con las características de Su edad y país”…
La doctrina de la Kenosis es invocada para explicar la imperfección del conocimiento de nuestro Señor sobre cuestiones críticas, como evidenciada por la manera en que Él habla del Pentateuco y de varios problemas del Antiguo Testamento. El asunto general de la limitación del conocimiento de Cristo durante Su vida en la tierra es, por supuesto, un asunto muy difícil, pero no necesitamos aquí considerarlo. El Evangelio de Marcos sí habla del día y hora cuando el cielo y la tierra pasarán como siendo conocido solo del Padre, y no del Hijo; pero sin aventurar ninguna opinión sobre un asunto tan misterioso, podemos, al menos, afirmar que el conocimiento del Señor era enteramente adecuado para la descarga perfecta de Su oficio profético. Imputar imperfección a Él como el Maestro de la Iglesia sería en efecto impío. Ahora el caso se presenta así: Por una cierta clase de críticos se nos asegura que, en los intereses de la verdad, a fin de tener una apologética tal como el tiempo presente absolutamente requiere, las opiniones tradicionales respecto a la autoría de los libros del Antiguo Testamento y el grado de autoridad que se adhiere a varios, si no todos ellos, deben ser revisadas. A fin de salvar el barco, debemos lanzar por la borda este aparejo voluminoso y anticuado. Mucho más, se nos asegura, que puntos de erudición están involucrados; porque hombres inteligentes y amantes de la verdad no pueden retener su confianza en la Biblia y su religión, a menos que desechemos las opiniones que han prevalecido en cuanto al Antiguo Testamento, aun cuando estas opiniones aparentemente puedan pleitear a su favor la autoridad de Jesucristo.
Ahora noten la posición en la cual el Señor, como nuestro Maestro, es así colocado. Lo hemos seguido en sostener opiniones que resultan ser anticientíficas, no verdaderas; y tan necesario es abandonar estas opiniones que ni la fe judía ni la cristiana pueden ser satisfactoriamente defendidas si nos aferramos a ellas. ¿No es, por tanto, bastante claro que la enseñanza del Señor está, en algo material, hallada en error —que Su oficio profético es asaltado? Porque la alegación es que, al aferrarnos a lo que Él es libremente permitido haber enseñado, estamos poniendo en peligro los intereses de la religión. Los críticos que tenemos en vista deben admitir ya sea que los puntos en cuestión son de ninguna importancia, o que el Señor estaba imperfectamente calificado para Su obra profética. Aquellos que tienen reverencia por la Biblia no admitirán ninguna posición. Porque ¿por qué debería la erudición magnificar tanto la necesidad a la apologética de corregir la opinión tradicional en cuanto a la edad y autoría del Pentateuco, y otras cuestiones de crítica del Antiguo Testamento, a menos que signifique mostrar que el Antiguo Testamento requiere manejo más exacto, más iluminado, que el que el Señor le dio? Si se respondiera que el Señor, si hubiera estado en la tierra ahora, habría hablado de otra manera sobre los tópicos concernientes, la respuesta obvia es, que la enseñanza del Señor es para todas las edades, y que Su palabra “no puede ser quebrantada”.
- Teoría de la Acomodación
La teoría de la acomodación es traída hacia adelante en explicación de aquellas referencias de Cristo al Antiguo Testamento que respaldan lo que son consideradas como inexactitudes o errores populares. Él habló, se dice, respecto al Antiguo Testamento, según la opinión o creencia corriente. Esta creencia estaría a veces correcta y a veces errada; pero donde ningún interés de religión o moralidad fue afectado —donde la verdad espiritual no estaba involucrada— Él se permitió, aun donde la creencia común era errónea, hablar en concordancia con ella. Algunos extienden el principio de acomodación a la interpretación del Antiguo Testamento así como a cuestiones de canon y autoría; y al seguirlo se declara que el Señor ha actuado prudentemente, porque ningún buen fin podría haber sido servido, se alega, cruzando la opinión vulgar sobre asuntos de poca importancia, y así despertando o fortaleciendo sospecha en cuanto a Su enseñanza en general… En cuanto a la acomodación así supuesta haber sido practicada por nuestro Señor, observamos que si implica, como la propiedad del término requiere, un conocimiento más exacto de Su parte que Su lenguaje revela, se hace difícil, en muchas instancias, vindicar Su perfecta integridad. En algunos casos donde se alega acomodación, podría, en efecto, ser bastante inocente, pero en otros sería inconsistente con el debido respeto a la verdad; y la mayoría de las declaraciones del Señor tocante al Antiguo Testamento a las cuales se ha dirigido atención en esta discusión parecen ser de este último tipo. Davidson mismo dice: “Estando de acuerdo como lo estamos en el sentimiento de que nuestro Salvador y Sus apóstoles acomodaron su modo de razonar a las nociones habituales de los judíos, ninguna autoridad puede ser atribuida a ese razonamiento excepto cuando toma la forma de una declaración o afirmación independiente, y así descansa sobre el crédito del hablante”. Ahora las declaraciones de Cristo respecto a las Escrituras del Antiguo Testamento a las cuales deseamos especialmente dirigir atención son precisamente de esta naturaleza. ¿No son estas “declaraciones independientes”? “Ni una jota ni una tilde pasará”, etc.; “La Escritura no puede ser quebrantada”; “David en el Espíritu le llama Señor”; “Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.
Además, podemos decir como antes, que si las declaraciones de nuestro Señor —Sus obiter dicta [Por cierto, dijo], si se quiere— sobre la autoría de partes de la Escritura dan una medida de apoyo a opiniones que están interponiéndose en el camino tanto de la erudición genuina como de la fe, es difícil ver cómo pueden ser consideradas como instancias de una acomodación justificable. Nos parece (podemos reverentemente usar las palabras) que en este caso no se puede vindicar la veracidad absoluta del Señor excepto imputándole un grado de ignorancia que lo inhabilitaría para Su oficio como Maestro permanente de la Iglesia. Aquí está el dilema para el crítico radical —o él está agitando a la Iglesia sobre trivialidades, o, si sus opiniones tienen la importancia apologética que usualmente les atribuye, está censurando la descarga del Señor de Su oficio profético; porque la alegación es que las palabras de Cristo prueban ser desconcertantes y engañosas en relación con cuestiones de peso que el progreso del conocimiento nos ha obligado a enfrentar. Seguramente deberíamos estar aprensivos de peligro si descubrimos que opiniones que reclaman nuestra adhesión, sobre cualesquiera bases, tienden a depreciar la sabiduría de Aquel a quien llamamos “Señor y Maestro”, sobre quien el Espíritu fue otorgado “sin medida”, y quien “hablaba como nunca hombre ha hablado”. Es una gran cosa en esta controversia tener al Señor de nuestro lado.
¿Son, entonces, las referencias del Señor a Moisés y la ley para ser consideradas como evidencia de que Él creía que el Pentateuco fue escrito por Moisés, o deberían ser clasificadas como instancias de acomodación? Cuando tomamos in cumulo todos los pasajes en los cuales la legislación del Pentateuco y la escritura de él están conectadas con Moisés, un caso muy fuerte es hecho contra la mera acomodación. La obvia exactitud de habla observada en algunas de estas referencias no puede ser pasada por alto; p. ej., “Moisés os dio la circuncisión (no porque sea de Moisés, sino de los padres)”. Nuevamente, “Hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza; porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él; pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?” ¡Este no es el estilo de uno que no desea que sus palabras sean tomadas estrictamente!
Dos Posiciones Claras
Dos posiciones pueden, creo, ser afirmadas: 1. La legislación del Pentateuco es realmente atribuida a Moisés por el Señor. Si esta legislación es, en lo principal, larga después de Moisés, y una buena parte de ella posterior al exilio, el lenguaje del Señor es positivamente engañoso, y respalda un error que vicia la entera construcción de la historia del Antiguo Testamento y el desarrollo de la religión en Israel. 2. Moisés es hasta tal extensión el escritor de la ley que puede, con propiedad, ser hablada como “sus escritos”. Todos admiten que hay pasajes en los Libros de Moisés que fueron escritos por otra mano u otras manos, y aun si adiciones que no sean ciertas breves interpolaciones explicatorias y el último capítulo de Deuteronomio tienen que ser reconocidas (lo cual no ha sido aún demostrado) el Pentateuco permanecería mosaico. Si Moisés hubiera dictado mucho de sus escritos, como Pablo lo hizo, serían, es innecesario decir, no menos suyos: Las palabras de Jesús las consideramos como evidencia de que Él consideraba a Moisés como, sustancialmente, el escritor de los libros que llevan su nombre. Menos que esto despoja a varias de las declaraciones de nuestro Señor de su punto y propiedad.
Es apenas necesario decir que no tenemos deseo de ver una crítica verdadera y reverente del Antiguo Testamento, y del Nuevo también, arrestada en su progreso, o en lo más mínimo obstaculizada. La crítica debe cumplir su tarea, y todo amante de la verdad está más que dispuesto a que así lo haga. Renuencia a ver la verdad plenamente investigada, plenamente comprobada y establecida, en cualquier departamento de pensamiento e indagación, y más que todo en aquellos departamentos que son más altos, es evidencia lamentable de debilidad moral, de confianza imperfecta en Aquel que es el Dios de verdad. Pero la crítica debe proceder por métodos legítimos y en un espíritu verdadero. Debe firmemente mantener ante sí todos los hechos esenciales para ser tomados en cuenta. En el caso de su aplicación a la Biblia y la religión, es muy razonable demandar que pleno peso sea permitido a todas las enseñanzas, todas las palabras de Aquel que solo conoce al Padre, y quien vino para revelarlo al mundo, y quien es Él mismo la Verdad. Si toda Escritura da testimonio a Cristo, no podemos rehusarnos a oírlo cuando habla de sus características. Es locura, es impiedad inefable, decidir diferentemente del Señor cualquier cuestión respecto a la Biblia sobre la cual tenemos Su veredicto; ni mejora el caso decir que lo escucharemos cuando habla de verdad espiritual, pero nos contaremos libres cuando la cuestión es de erudición. ¡Ay de nuestra erudición cuando nos trae a controversia con Aquel que es el Profeta, como es el Sacerdote y Rey de la Iglesia, y por cuyo Espíritu tanto profetas como apóstoles hablaron!
Nada ha sido dicho en este artículo respecto al método apropiado de interpretar los diferentes libros y partes del Antiguo Testamento, ni la manera de tratar con dificultades específicas.
Nuestro objeto ha sido mostrar que el Señor considera el libro entero, o colección de libros, como divino, autoritativo, infalible. Pero en la amplia variedad de estos escritos hay muchas formas de composición, y cada parte, es obvio decir, debe ser entendida y explicada en concordancia con las reglas de interpretación que aplican a literatura de su tipo. No hemos estado tratando de antemano de atar al intérprete a un literalismo no inteligente en la exégesis, el cual no tome cuenta de lo que es peculiar a diferentes especies de escritura, tratando poesía y prosa, historia y alegoría, lo simbólico y lo literal, como si todos fueran lo mismo. La consideración de este asunto importantísimo de interpretación con el cual los intereses apologéticos están, en efecto, estrechamente conectados, no ha estado ante nosotros. Pero nada que pudiéramos ser llamados a avanzar respecto a la interpretación del Antiguo Testamento podría modificar los resultados aquí alcanzados en relación con el asunto del cual hemos hablado. El testimonio de nuestro Señor al carácter del Antiguo Testamento debe permanecer inafectado.
