El lector de hoy puede verse un tanto desconcertado al descubrir que en las cartas de San Pablo y en otras del Nuevo Testamento, la firma del remitente aparece al principio y no al final, y que en otros aspectos se sigue un patrón diferente de las cartas de nuestros tiempos. Como las cartas constituyen un importante género entre la literatura inspirada que forma el Nuevo Testamento, es valioso tener un concepto también del patrón empleado en las cartas comunes y corrientes de los tiempos bíblicos.
Una carta de tiempos antiguos, de cualquier índole, generalmente empezaba con la fórmula: “Fulano a Zutano, saludos (o paz)”. Esta introducción podía elaborarse con alguna caracterización adicional del remitente o del destinatario, con expresiones de deseo por la salud de éste y de su familia e incluso con gracias a la divinidad por las bendiciones recibidas y plegarias por el bienestar del lector. Todos estos elementos entrarían en una carta cualquiera de aquella época, fuese escrita por paganos o por cristianos. (Las cartas de Hechos 15:23-29 y 23:26-30 parecen estar en cierto grado abreviadas, con respecto a sus formalidades).
Después de estos elementos introductorios seguía la parte central de la carta, y al final se podían enviar saludos a determinadas personas; luego se cerraba con una despedida de cortesía o una bendición. La carta era entonces doblada, a veces sellada, antes de ser enviada por conducto de una persona de confianza.
Las cartas de Pablo
Las cartas de San Pablo siguen en términos generales la forma convencional, aprovechando a la vez las posibilidades que había para su variación.
Introducción y salutación
Pablo siempre empieza con su nombre, usualmente identificándose como apóstol como en Rm. 1:1-6 (donde se extiende para indicar la naturaleza del evangelio que él, como apóstol, estaba comisionado a predicar) y en las demás cartas excepto Filipenses, 1 y 2 Tesalonicenses y Filemón. A veces se llama también siervo o prisionero de Jesucristo (Rm. 1:1; Fil. 1:1; Flm. 1).
Luego nombra a sus destinatarios. Sus cartas eran dirigidas a determinadas iglesias, para ser leídas y compartidas. Aun en la de Filemón, carta muy personal. Pablo se dirige también a la familia de éste y a “la iglesia que se reúne en tu casa”. Efesios, que no en todos sus manuscritos griegos indica para quiénes fue escrita, puede haber sido una carta circular que se enviaba a varias iglesias. Y las cartas llamadas pastorales, que en varios aspectos difieren de las demás paulinas, van dirigidas a Timoteo y Tito como individuos, pero tratan asuntos de las iglesias que estaban a cargo de ellos.
Pablo con frecuencia designa a sus lectores como “santos” (palabra que en la Biblia significa “pertenecientes a Dios”), y siempre les desea “gracia” y “paz” que viene de Dios Padre y del Señor Jesucristo. Esta fórmula de saludo es una adaptación paulina de la salutación usual del griego, pero sustituyendo el común saludo jairein (“alégrate”) la voz cognada jarie (“gracia” o “bendición”), y agregando la palabra eirene, forma griega del saludo hebreo shalom (“paz”).
Gracias a Dios y oración por los destinatarios
Entonces, siguiendo el patrón de costumbre para las cartas, aparece una sección de gracias a Dios por los destinatarios y de súplica por ellos. La única excepción es Gálatas, en la que Pablo, en vez de dar gracias por ellos, les tiene que dirigir palabras de censura. Y en 2 Corintios 1:3-11 y Efesios 1:3-23, la expresión de gracias se convierte en un prorrumpir de alabanza a Dios por sus bendiciones a todo su pueblo; en Efesios es, de hecho, toda una exposición de las múltiples bendiciones que tenemos en Cristo.
La parte principal de la carta
Después viene el grueso de la carta, en el que Pablo “va al grano” de aquello que quiere comunicar a sus lectores. En esta parte de la carta es usual una primera sección, doctrinal o sea de enseñanza, en la que Pablo presenta las bases para sus consejos prácticos, que ocupan la sección que sigue. (Nótese, por ejemplo, Rm. 1:16-11:36 en relación con 12:1-15:13). En varios casos, como en Efesios, la sección de alabanza y plegaria anticipa su enseñanza doctrinal de modo que puede resultar difícil trazar una línea nítida entre ambas secciones.
En la parte práctica de sus cartas el apóstol pone como base de su exhortación a la buena conducta cristiana, “la misericordia de Dios” que él ha expuesto en la sección anterior (compárese Rm. 12:1, teniendo en cuenta a la vez los problemas que sus lectores enfrentan en su situación particular y la necesidad de que el cristiano demuestre buena conducta ante aquellos que no son creyentes.
Luego, esta sección termina con algunas noticias y observaciones personales y saludos para los hermanos conocidos por Pablo en el lugar de destino, como es tan notable en Romanos 15:14-16:23 (véase también I Co. 16; Col. 4:7-17, etc.).
Despedida y bendición final
Esta sección, siempre breve, concluye la carta. En todas sus cartas, Pablo pide a Dios que derrame su gracia sobre los lectores, reflejando así el saludo de gracia que ocurre al principio de la comunicación y cerrando la epístola con broche de oro.
Otras cartas que forman libros del Nuevo Testamento
Como se sabe, hay otros ocho libros del Nuevo Testamento que también llamamos cartas o epístolas.
La carta a los Hebreos no lleva en su entrada ni el nombre del escritor ni el de los destinatarios, y su estilo general es más bien el de un sermón o discurso ofrecido a un público general. Sólo al final toma la forma acostumbrada de una carta, con peticiones personales, saludos y una bendición como en otras epístolas.
A la inversa de Hebreos, la carta de Santiago se abre con una breve introducción como la de las cartas, pero sigue, y termina, como un discurso o sermón que refleja en muchos aspectos la literatura sapiencial del Antiguo Testamento ya con enfoque cristiano. Ambas cartas, Hebreos y Santiago, iban dirigidas a un público general cristiano.
Las dos cartas de Pedro, muy diferentes entre sí tanto en estilo y contenido como en el manejo de la lengua griega, también eran destinadas a los cristianos en todas partes. Ambas mantienen, básicamente, el formato de las cartas que hemos indicado ya.
Las tres cartas de Juan fueron dirigidas a distintos receptores. La primera no tiene ni la introducción ni la conclusión de una carta, pero todo su tono es de una comunicación íntima y cariñosa. La segunda, de un solo capítulo breve, parece ser una carta escrita a una iglesia bajo la semejanza de una dama, “la señora escogida y sus hijos”, a quienes el autor exhorta a vivir en el amor y en la verdad. Y la tercera, igualmente breve, es una verdadera carta personal escrita a Gayo, evidentemente un pastor o un cristiano destacado de una de las iglesias.
La breve carta de Judas tiene también la estructura típica de una carta, con su introducción y salutación, su cuerpo principal con instrucción y exhortación, terminando con una bendición.
El Apocalipsis
El libro de Apocalipsis es curioso en este sentido. Fue dirigido a las siete iglesias de Asia Menor y empieza, después de un breve prólogo, con la identificación del remitente y de los destinatarios, más el saludo de gracia y paz y una alabanza a Jesucristo por su obra salvadora. Hasta aquí, tenemos la forma normal de una carta.
Pero en los capítulos 2 y 3 aparecen siete cartas dirigidas a los ángeles (probablemente los pastores) de las siete iglesias, insertadas dentro de la carta global que fue introducida en 1:4. Éstas se salen de la forma estricta de las cartas, y son más bien mensajes especiales para las iglesias respectivas que recibían la carta entera.
Estas siete cartas coinciden entre sí en su estructura particular y uniforme, que en cada una consiste de los siguientes elementos: la identificación de la iglesia; una frase descriptiva del Cristo resucitado tomada del capítulo 1; elogio o censura de dicha iglesia; una advertencia o amonestación y una promesa y exhortación a los que sigan fieles.
El resto del Apocalipsis, que describe las visiones de Juan, no tiene precisamente el aspecto de una carta, pero sí termina como tal en la última bendición de 21:21.
Es posible que este libro haya sido enviado por un mensajero que viajara a las siete iglesias una por una, leyéndolo y notando especialmente, en cada iglesia, la carta dirigida a ella en el capítulo 20. (Las iglesias nombradas, en efecto, están presentadas en el orden geográfico en que un mensajero las visitaría en una ruta casi circular partiendo desde Éfeso, viajando por el interior y volviendo a su punto de origen. Posiblemente copias de todo el libro hayan sido hechas y enviadas a las respectivas iglesias. En cualquier caso, este escrito inspirado era fuente de consuelo a sus destinatarios en tiempos de dura persecución. Y durante los siglos del cristianismo ha dado al pueblo de Dios consuelo y esperanza por el prometido triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal y por la promesa de Jesús en su penúltimo versículo: “Sí, vengo pronto”.
La Biblia en América Latina. Vol. 42, No. 178, No. 5 de 1987
