Un discurso pronunciado en la reunión de la Sociedad Bíblica Americana y Extranjera en 1846 por Adoniram Judson, el famoso misionero bautista en Birmania.
“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio”, o mejor dicho, “proclamad las buenas nuevas a toda criatura”. La palabra “predicar” ha adquirido en el uso moderno un significado demasiado específico en comparación con el original. La comunicación oral puede ser la forma primera y más obvia, pero ciertamente no es el único significado de la palabra original. Se representa mejor en español con la palabra “proclamar”. Si un mensajero de un rey o de un gobierno superior fuera enviado a una provincia rebelde para proclamar el perdón a sus habitantes, cumpliría su misión sin importar si comunicaba la noticia hablando personalmente con la gente, publicando avisos en la prensa pública, repartiendo literatura, o distribuyendo documentos oficiales del soberano que declararan los términos del perdón. El apóstol Pablo proclamó el Evangelio de manera tan real, eficaz y extensa cuando escribió las Epístolas a los Hebreos y a los Romanos, como cuando se dirigía a los judíos en las sinagogas o recibía visitas en su propia casa alquilada en Roma. Las primeras comunicaciones de un misionero enviado a compartir el Evangelio con un pueblo sin instrucción probablemente serán de tipo oral; pero habrá cumplido su misión de forma muy incompleta si los deja sin la Palabra escrita. Las consecuencias dañinas de esta negligencia se ven claramente en las misiones dirigidas por el “Hombre de Pecado”. Las misiones protestantes han apoyado la traducción y distribución de las Escrituras; pero en los últimos años ha surgido una tendencia a promover la comunicación oral del Evangelio, no de forma excesiva, pero sí de una manera que le resta importancia a la comunicación escrita mediante folletos y Escrituras. Al examinar los registros de las misiones modernas, es difícil determinar qué método de comunicar el Evangelio entre una nación lectora ha recibido mayor bendición divina y ha llevado a más almas al conocimiento de la verdad. Y aunque la predicación del Evangelio en su sentido común, y la distribución de folletos, puedan lograr resultados más rápidos y ser más populares, todas las operaciones misioneras, para tener éxito permanente, deben basarse en la Palabra escrita. Donde esa Palabra sea más respetada y honrada, allí habrá el éxito más puro y duradero.
La Palabra de Dios es la lámpara dorada colgada desde el cielo para iluminar a las naciones que viven en tinieblas, para mostrarles el camino que va desde los límites del infierno hasta las puertas del paraíso. La Biblia, en sus idiomas originales, contiene toda la revelación que existe hoy y que Dios ha dado a este mundo. Es, en todo su contenido, sus partes y sus elementos, el único libro que la Sabiduría Infinita consideró más adecuado para cumplir el propósito de una revelación escrita. Puede que no se ajuste a las reglas de la filosofía o la lógica humana, porque las supera a todas. Es tan clara y tan misteriosa, tan abundante y tan escasa, tiene tantas bellezas y tantos defectos, está llena de tantas dificultades y aparentes contradicciones, como la Sabiduría Infinita consideró necesario para hacerla, como todas las obras de Dios, perfecta y única. Este único libro perfecto es el tesoro sagrado en manos de la Iglesia. Ha sido entregado con la orden: “Lo que recibisteis gratis, dadlo gratis.” ¡Ay del hombre que le niega este tesoro a su prójimo! ¡Ay de quien intente ocultar la luz de la lámpara del cielo! Es la gloria especial del último medio siglo que el mundo cristiano haya despertado al deber y a la importancia de llevar la Palabra sagrada “a todas las naciones”. ¡Alabado sea Dios por las Sociedades Bíblicas y Misioneras, instituciones propias de los tiempos modernos! Que sus esfuerzos continúen y se multipliquen cien veces, hasta que su labor se complete, hasta que la Biblia sea traducida y publicada en cada idioma bajo el cielo, y una copia del Libro Sagrado sea puesta en cada palacio, cada casa y cada choza habitada por el hombre.
En esta época tan importante, ¿puede algún creyente de la religión cristiana esperar morir en paz y pasar tranquilamente al Paraíso sin haber hecho algún esfuerzo por difundir la luz de la Biblia por todo el mundo? Antes de aferrarse a esa esperanza y de resignarse a ese descanso, que considere cuántos millones de personas nunca han visto ni una sola página del Libro Sagrado, ni han probado ni una gota del agua de ese pozo del cual él bebe todos los días. Que considere cuánto dinero debe gastarse, cuántos esfuerzos agotadores deben hacerse, y cuántas vidas deben sacrificarse antes de que el libro pueda traducirse, imprimirse, publicarse y distribuirse; antes de que el pozo pueda abrirse y el agua de vida pueda extraerse y ofrecerse a toda la humanidad. Y que entonces le pregunte a su propia conciencia qué ha hecho él para lograr esta gran obra, durante los años que han pasado desde que se atrevió a poner su esperanza en el Salvador. Entonces no podrá contener el clamor: “Dios de misericordia, ten compasión de mí, y ayúdame desde este momento a lanzarme a esta labor con tal entusiasmo, decisión y entrega, que logre la sonrisa aprobadora del Salvador y la satisfacción de mi propia alma en el gran día.”
Bible Society Record, abril de 1911
