La segunda carta de Pablo a Timoteo es uno de los últimos mensajes que el gran apóstol de los gentiles dejó a este mundo. Fue escrita poco antes de su muerte. Contiene su visión completa de la vida y de la obra misionera. Es una carta de un ministro viejo, de un misionero que ha trabajado y sufrido mucho en la obra, que algunas veces se ha sentido cansado en la obra pero que nunca se ha sentido cansado de la obra, a un ministro joven que empieza la gloriosa labor.
Pablo viejo, prisionero, próximo a la muerte, mirando el pasado, contemplando el futuro y sintiendo en lo profundo de su alma lo infinito, levanta su voz de apóstol incansable e invencible, para decir a su amado discípulo Timoteo: “Hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Tú pues sufre trabajos como fiel soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se embaraza en los negocios de esta vida, a fin de agradar a Aquel que le tomó por soldado. Y aún también el que lidia no es coronado si no lidiare legítimamente. El labrador para recibir el fruto es menester que trabaje primero. Considera lo que digo y el Señor te dé entendimiento en todo. En el que sufro trabajos hasta las prisiones a modo de malhechor. Es palabra fiel: que si somos muertos con El, también viviremos con El. Si sufrimos también reinaremos con El.” Estas gloriosas palabras del apóstol contienen el mensaje que expresa el simbólico emblema de la cruz y la corona.
El ejemplo de Pablo, desde su conversión hasta su muerte, es una elocuente demostración al mundo, en todos los tiempos y en todas partes, de lo que realmente constituye la verdadera obra del Señor. Después de Jesucristo, el hombre más grande que ha tenido el cristianismo es el apóstol Pablo. Su asombrosa personalidad, su vigorizadora inspiración, vibrando en su ejemplo y en sus cartas, continúan a través de los siglos señalándonos el verdadero camino a seguir en la compleja obra de evangelización.
Es de valor práctico para nosotros recordar este lema en fe, es una elocuente demostración al mundo, en todos los sacrificios en la obra del Señor es una de las demandas imperiosas que el servicio del Señor reclama de sus obreros en muchos campos de trabajo. Indudablemente, todos deseamos ver crecer nuestra obra. El ministro que sea indiferente al crecimiento o decaimiento de su iglesia o campo de trabajo, debe, lo antes posible, dejar su campo de trabajo a otro que se sienta más responsable delante del Señor, e irse a hacer cualquier otro trabajo en el que sienta mayor responsabilidad. Pero el crecimiento de la obra, como todo lo que tiene gran valor, tiene su precio, el que hay que pagar para conseguirlo. Las tiendas están llenas de bellos artículos esperando que vayan por ellos los que paguen sus precios. Las tiendas del Señor guardan grandes poderes, maravillosas fuerzas naturales y espirituales, esperando a los individuos que como Jorge Muller, D. L. Moody, Phillips Brooks y centenares más, estén dispuestos a pagar sus precios para poseerlos.
A veces pretendemos pasar por encima de las leyes naturales que nos rigen y queremos saber sin estudiar, ser ricos sin trabajar, tener una iglesia grande, activa, poderosamente espiritual y predicar sermones iluminados con las claridades radiantes de la sabiduría divina y saturados del poder omnipotente del Espíritu Santo, sin pagar el precio de una cosa y otra en consagración, estudio, oración, trabajo y fe.
I. LA CRUZ Y LA CORONA ES UNA LEY GENERAL DE LA VIDA UNIVERSAL
Observemos esta ley en la Naturaleza. Nuestro divino Salvador Jesucristo, para ilustrar los eternos principios del Evangelio, usó ilustraciones sacadas de los tres reinos de la Naturaleza.
Habló del reino mineral cuando comparaba su obra con el tesoro escondido. En Ponce, la ciudad donde resido, hay un taller donde se pulen piedras preciosas, traídas en bruto de las famosas minas de diamantes en África. He tenido la oportunidad de ver esas piedras cuando son traídas de la mina, sin atractivo alguno. También he podido observar la labor paciente, penosa y prolongada de los obreros, dando forma, atractivo y valor a esas piedras. Es la ley de la cruz y la corona. Una piedra fina sin el trabajo penoso y tenaz del obrero vale muy poco. El sacrificio del trabajo la transforma y le da valor.
El Señor Jesús dijo que “el grano de trigo que cae en la tierra si no muere él sólo queda, mas si muere mucho fruto lleva.” Tiene que sufrir la cruz de la muerte antes de ostentar la corona tejida de hojas y fruto. Alguien ha dicho que la perla es una enfermedad de la concha. La vida animal es una lucha constante, una sucesión maravillosa de cruces y de coronas. Se dice que el ruiseñor desarrolla su canto maravilloso a través de grandes dolores. Las abejas forman su miel a base de grandes sacrificios. Los únicos que no quieren sacrificarse entre las abejas son los zánganos. Estos quieren la corona de la comodidad sin llevar la cruz del trabajo. Debido a esto sus vidas son una carga para las abejas que trabajan y por eso cuando éstos abundan en las colmenas las abejas trabajadoras los matan.
La cruz y la corona es un principio que se manifiesta constantemente en la vida humana. Desde el nacimiento hasta la muerte está ante nosotros el sacrificio, el trabajo como precio de la victoria. Llegamos a este mundo en medio del dolor y del sacrificio y el primer, hálito de aire que llega a nuestros pulmones nos hace llorar. Dejamos el mundo también en medio del dolor aun cuando vayamos a ceñir nuestra corona al otro lado del Jordán. Toda obra grande que se ha hecho en el mundo ha sido el resultado de trabajo, concentración y sacrificio. El vuelo de Lindbergh no fue simplemente la suerte, ni la valiente osadía de un joven inexperto. Detrás de ese vuelo estaba la cruz de una preparación larga y cuidadosa. Firpo, quería y pudo ser el campeón del mundo en el boxeo, pero no quiso pagar el precio de la victoria y fracasó.
El comerciante entrega su vida, su inteligencia, su corazón, sus actividades todas a su negocio buscando la corona del éxito. Si muchos comerciantes pusiesen en sus negocios el interés que muchos ministros ponen en su obra hace tiempo que estos comerciantes estarían arruinados.
El artista se somete a las leyes del arte, muchas veces un gran sacrificio, para llegar a obtener el dominio que en el arte se propone alcanzar. Detrás del aplaudido y maravilloso violinista hay años de ejecución silenciosa, de ejercicios que parecían interminables y detrás del cantor famoso hay una prolongada serie de sacrificios tremendos que muchas veces debilitaron física y espiritualmente al artista. El arte es la demostración constante de la cruz y la corona.
¿Cuánto debe el mundo científico a este principio? La verdadera ciencia es otra serie permanente de cruces y coronas. Todos los grandes científicos, benefactores de la humanidad, han llevado en su alma y en su mente la cruz del sacrificio. Aun en nuestras escuelas, al finalizar el año escolar, los estudiantes que han llevado la cruz del estudio, del trabajo honrado y fiel, van gozosos a recibir sus diplomas, coronas de triunfos. Los que no quisieron llevar la cruz tampoco tienen ahora el privilegio de llevar la corona. Los inventos de que hoy el mundo disfruta son el resultado de labores permanentes, asiduas y vigorosas de parte de aquellos que los llevaron a cabo. Todo lo que se ha conseguido de verdadero valor en el mundo, ya sea en el orden moral, en el orden intelectual o en el orden material, ha sido el producto de lágrimas, de sudores y de sangre.
II. LA CRUZ Y LA CORONA ES UNA LEY DE LA HISTORIA
El descubrimiento de América es uno de los acontecimientos más notables de la historia, realizado en medio de grandes sacrificios y de temibles dificultades. Por eso el gran tribuno español, don Emilio Castelar, en uno de sus entusiastas y elocuentes arranques de oratoria, dijo: “Si América no hubiese existido, Dios la crea en medio del Atlántico para premiar la fe del navegante.”
La historia de los peregrinos ingleses que llegaron a las costas de lo que hoy es la gran nación de los Estados Unidos de América, en el año 1620, hombres y mujeres humildes, dejando las comodidades de su país por conseguir libertad para exteriorizar sus principios de fe, desembarcando en las playas desoladas de América, dispuestos a luchar con las enfermedades, con la inclemencia del frío, con los sufrimientos de la miseria; poniendo así las bases e iniciando la gran nación que hoy todos admiramos, es otra demostración histórica del principio general de la cruz y la corona. Los peregrinos ni Cristóbal Colón soñaron jamás que su corona sería tan grande y tan gloriosa, pero Dios nos concede, a veces, más de lo que podemos soñar.
La independencia de los Estados Unidos es otro hecho histórico que nos revela el triunfo detrás del sacrificio heroico de Jorge Washington con un ejército pobre, carente de recursos, frente a una de las naciones más poderosas del mundo. Conmueve leer los relatos de aquella guerra en los que se informa que el general Washington, en pleno invierno, dormía con sus hombres sobre los campos nevados. Muchos de los soldados no tenían una camisa para cubrir sus espaldas ni alimento suficiente para satisfacer el hambre que les acosaba. Fue una guerra de verdadero sacrificio. ¿Y qué diremos del sacrificio cruel y sangriento que costó a los buenos hijos de esta bella tierra de Cuba para ganar la independencia que hoy con tanta satisfacción y provecho disfruta? Es la ley de la cruz y la corona en la historia, que siempre se repite con el mismo proceder y con idénticos resultados.
El pueblo de Israel lleva la cruz de la esclavitud en Egipto y luego la cruz de desierto, antes de entrar en Canaán. Hubiese sido obra muy fácil salir de Egipto y en pocos días entrar en Canaán. Pero la obra que este pueblo tenía que realizar en el mundo demandaba la disciplina de la cruz antes de recibir la corona. Es la ley de siempre. El pueblo de Israel es el pueblo mejor conocido del mundo por ser la cuna del cristianismo que es la verdadera corona de la humanidad.
III. LA CRUZ Y LA CORONA EN LA OBRA DEL SEÑOR
Consideremos primeramente este principio en la vida personal del obrero evangélico. Entremos piadosamente a meditar en lo que representa la verdadera sumisión al Señor. “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” El ejemplo más notable de sumisión al Señor lo tenemos en el apóstol Pablo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. Por eso pudo decir, un poco más tarde, con certeza absoluta: “Para mí el vivir es Cristo.” Saulo de Tarso había hecho la voluntad de Saulo de Tarso y había vivido para Saulo de Tarso hasta aquel día en que el resplandor de luz celestial, en el camino de Damasco, penetró en su corazón y fue convertido y, llamado al servicio del Señor. Pudo decir antes: “Para mí el vivir es Saulo de Tarso”, pero de aquel día en adelante ya Pablo “no vive para sí ni muere para sí”, por eso le oímos decir ahora: “para mí el vivir es Cristo”. Como una ley natural, el Señor demanda para hacer debidamente su obra, negación propia y sumisión absoluta a su servicio. Es una verdad generalmente reconocida que Dios nos bendice cuando nos entregamos por completo a él. “Si me buscares con todo tu corazón me hallarás.”
Es generalmente reconocido el hecho de que en las actividades de la vida humana, si queremos tener el mejor éxito hemos de entregar a ellas nuestra inteligencia, nuestras energías y nuestra completa voluntad. Edison vive entregado por completo a sus inventos, los que llenan su mente y su corazón. Es un hombre que se ha negado a sí mismo para seguir una orientación de trabajo y servicio en la vida.
El Dr. Stanley Jones, famoso misionero en la India, en su notable libro “El Cristo del Camino Hindú” dice: “Grecia dice al hombre —Sé moderado— conócete a ti mismo; Roma, o el paganismo le dice —Sé fuerte, ordénate a ti mismo; el Confucionismo le dice —Sé superior, corrígete a ti mismo; el Budismo le dice —Desiluciónate, aniquílate a ti mismo; el Brahmanismo le dice —Absórbete en ti mismo; el Mahometismo le dice —Sé sumiso, confírmate con tu destino; el Budismo le dice —Sé recto, ajústate a la ley; el Materialismo le dice —Sé industrioso, regocíjate en ti mismo; el Moderno Diletantismo le dice —Sé amplio, cultívate a ti mismo; el cristianismo le dice —Sé semejante a Cristo, niégate a ti mismo, entrégate a ti mismo. “El que quisiere salvar su vida la perderá, mas el que la perdiere —en Cristo y en el Evangelio— la hallará.”
Como recomendaciones prácticas en el proceso de sumisión y servicio al Señor nos proponemos exponer algunas sugerencias que creemos de valor positivo en la vida y en la obra del ministro evangélico. Empezaremos recomendando a los hermanos dedicar tiempo y alma a la oración. Cristo, nuestro Señor, nos dejó el mandato y el ejemplo de la oración. Es muy notable que Jesús no dio lecciones a sus discípulos sobre el modo de predicar, pero les enseñó a orar. La oración para El era parte de su vida. Oraba frecuentemente y pasaba las noches en oración. Los hombres de Dios, los que han hecho una impresión profunda en el mundo han sido hombres de oración, hombres que han dedicado mucho tiempo y mucha energía espiritual a la oración. Así lo prueban las vidas notables de Francisco de Asís, Jorge Múller, Martín Lutero, Carlos Finney, Juan Wesley y otros. Dice el apóstol Santiago: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís, pedís y no recibís porque pedís mal.” Si en alguna época pueden repetirse oportunamente estas palabras es en la nuestra.
Vivimos tan ocupados y tan preocupados con la maquinaria de la obra unos, y con sus intereses personales otros, que a veces pedimos poco y lo poco que pedimos lo pedimos mal. Podemos estar tan ocupados y tan preocupados con la obra del Señor que no prestamos el debido interés y atención al Señor de la obra. ¿Cuánto tiempo de nuestro día dedicamos a la oración? … ¿Cómo oramos? … ¿Es nuestra oración algo real y vital en nuestro ministerio? … ¿O es algo puramente mecánico, oficial y sin pasión? … ¿Tenemos, como Daniel, hora del día y sitio determinado para poner nuestras almas en comunión con el Señor? ¿Podrá decirse de algunos de nosotros que vivimos en una atmósfera de oración? Se ha dicho que una de las cosas más difíciles para un ministro es mantener en su vida la costumbre de tener un sitio y una hora para la oración cada día. Es fácil empezar, pero muy difícil prevalecer firme y fiel en la costumbre.
El Dr. Jorge W. Truett, famoso pastor de la Primera Iglesia Bautista de Dallas, Texas, dice, en uno de sus notables sermones, que asistiendo a una reunión de predicadores en la que se discutían los problemas del ministerio, cuando le correspondió el turno a él para hablar, preguntó a sus compañeros: ¿Cuánto tiempo del día empleamos en la oración? —Cada uno de aquellos ministros sintió tocada su conciencia con esta pregunta inesperada. Haciendo un examen de conciencia, todos aquellos hombres se convencieron, y así sinceramente lo expresaron, que pasaban sus días muy ocupados en sus oficinas leyendo libros, preparando sermones, escribiendo artículos, y en sus actividades de afuera atendiendo a servicios funerales, a reuniones de comités, a visitas, entrevistas y detalles de la obra en general, pero ninguno de ellos dedicaba el tiempo necesario a la oración. ¿Cuál sería nuestra contestación a estas preguntas? ¿Cuál es la condición actual, en lo que a la oración se refiere, aquí entre nosotros? ¿Cuánto oramos? ¿Hemos considerado, a fondo, el significado de aquellas palabras de Cristo: “Pero tú, cuando oras, entra en tu cámara y cerrada tu puerta ora a tu Padre que está en los cielos, y tu Padre que está en los cielos te recompensará en público?” ¿Tenemos el hábito de la oración diaria y secreta? Los hombres de oración en secreto son los hombres de poder en público. La habitación cerrada y el hombre o la mujer de rodillas en ella, es la productora de los rostros radiantes, de las visiones inspiradoras y del poder maravilloso que conmueve al mundo.
Uno de los predicadores más nobles y más poderosos de nuestra época, en su lecho de muerte decía: “Uno de mis mayores pesares es que no oré más en mi vida” —y cuando a otro de nuestros eminentes mensajeros del Señor se le dijo que a él sólo le quedaba una hora de vida en este mundo, dijo: “Vamos a emplear esta hora en oración.” La oración es la más alta función espiritual creativa de la vida humana. “La oración eficaz del justo puede mucho.” La oración eficaz es aquella que lleva toda el alma, toda la confianza, toda la energía espiritual. Así era la oración de Moisés, la oración de Pablo, la oración de Juan Knox, la oración dé Martín Lutero. Tennison decía que con la oración se han realizado muchas cosas que el mundo no puede soñar.
Aquel noble y humilde profeta de Dios, el Dr. Charles Jefferson, habló con el corazón cuando, hace algún tiempo, llamaba la atención diciendo: “En América hemos sufrido un desengaño que rompe el corazón. Esperábamos grandes cosas de la libertad y de la educación, pero hemos hallado que éstas son cañas huecas. Ni nuestras riquezas, ni nuestra ciencia nos han dado la paz ni el gozo. Los cuatro poderes mágicos: la libertad, la educación, la riqueza y la ciencia, han realizado sus más asombrosos milagros bajo nuestra bandera; pero no han podido ni pueden hacer lo esencial, no pueden despertar la conciencia o darle al alma vida y comunión con Dios. Nuestros pecados son como escarlata y nuestros vicios son rojos como el carmesí, y necesitamos profetas que vuelvan la nación hacia el Señor, quién será abundante en perdonar.”
Oremos más. Pensemos si nuestra falta de oración es la que motiva la decadencia o estacionamiento de nuestra iglesia. No tenemos más porque no pedimos. Paguemos el precio del poder espiritual llevando la cruz de la oración, dedicando a ella nuestro tiempo y nuestra concentración espiritual.
Otra sugerencia que haremos relacionado con un principio de valor indiscutiblemente positivo en la vida y éxito del predicador: el estudio de la Biblia. Pablo escribía a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la Palabra de Verdad.” Trazar bien la Palabra de Verdad demanda un conocimiento profundo de ella y habilidad suficiente para transmitirla. La Biblia es el alma o el instrumento que Dios nos ha dado para que hagamos Su obra. Nuestra época demanda que cada profesional conozca, lo mejor posible, la ciencia de su especialidad. Vivimos en el tiempo de los especialistas. Pablo era un especialista. “Una cosa hago”. La obra del Señor demanda un verdadero conocimiento de la Biblia en los que la enseñamos al pueblo. Un padre de familia no enviaría, satisfecho, su hijo al colegio si supiese que los maestros que han de enseñarle no dominan los textos de la enseñanza.
Dios se vale de medios naturales para realizar obras sobrenaturales. El estudio permanente, sistemático, piadoso y profundo de la Biblia nos hará hombres de sabiduría y poder. Hay ministros cuyo estudio de la Biblia es puramente profesional. Leen la Biblia sólo cuando van a preparar un sermón o una lección de la escuela bíblica. Su estudio de la Biblia es oficial. A veces se dedica mucho más tiempo y atención a la lectura de los diarios o revistas que a la lectura de la Biblia. Esto trae naturalmente pobreza espiritual. Es una ley natural, si al alma no se le da su alimento apropiado vendrá el raquitismo del espíritu, la limitación de la fe, la estrechez de la visión, la decadencia del entusiasmo. No podemos tener un ministerio espiritualmente vigoroso y de éxito notable, sin pagar el precio de ese poder, de ese éxito buscando en las Sagradas Escrituras las fuentes permanentes de la omnipotencia divina.
El Dr. Torrey, que vivió muchos años asociado con el gran evangelista Moody, dice que Mr. Moody era un gran estudiante de la Biblia. Describe una experiencia personal para demostrarlo. Estando en el hogar de Moody, asistiendo a una reunión de profesores del Instituto, se levantó a las cinco de la mañana y encontró al gran predicador entregado al estudio de la Biblia, desde hacía dos horas, no obstante haberse acostado a altas horas de la noche. Por eso el señor Torrey dice: “Oh, usted puede hablar mucho acerca del poder, pero si usted mira con indiferencia el estudio del único libro que Dios nos ha dado, como el único instrumento por el cual El imparte y ejercita su poder, usted no lo tendrá. Usted podrá leer muchos libros, asistir a muchas convenciones, y hasta puede tener cultos de oración que duren toda la noche, pidiendo el poder del Espíritu Santo, pero mientras usted no mantenga constante e íntima asociación con el libro, la Biblia, usted no tendrá poder. Y si usted alguna vez tiene poder, usted no lo mantendrá si no es por un diario, intenso y activo estudio de la Biblia. De cada cien cristianos noventa y nueve están jugando a que estudian la Biblia. Por eso noventa y nueve de cada cien son enclenques y raquíticos espirituales, cuando pudieran ser gigantes, tanto en su actividad como en su vida espiritual.”
La Biblia es dada al mundo como el espejo de Dios, para revelarnos al Señor y enseñarnos Su voluntad. Conocida y usada del debido modo tiene el poder de convencer, convertir y edificar. “¿No es mi palabra como el fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aún el espíritu, y las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”
El secreto supremo en el estudio de la Biblia es la obediencia que su misma enseñanza demanda. Enseñanza y obediencia. La visión espiritual, como la visión física, es binocular. Depende de la razón y de la conciencia. Si las facultades intelectuales se empañan, el sentido moral puede errar en sus decisiones y si la conciencia está oculta la razón estará ciega. Por eso el Señor dijo: “Si alguno quisiere hacer la voluntad de Dios conocerá la doctrina.” En otras palabras, la obediencia es el órgano supremo de la revelación espiritual. El verdadero conocimiento bíblico no es tanto mental como experimental. La Biblia es un laboratorio del alma. Un hombre puede conocer perfectamente el contenido de un libro de ejercicios físicos y si no somete su enseñanza a la experiencia práctica no habrá ganado gran cosa en su vida física. Los conocimientos bíblicos en la mente sin bajar al corazón ni entrar en la experiencia de la obediencia le valen muy poco al que los posee. Por eso hay personas que reciben, del verdadero mensaje de la Palabra de Dios, lo que recibe el pajarito que se para sobre el alambre del telégrafo, del mensaje que pasa por los hilos telegráficos.
El origen de lo que hoy en el mundo se llama “modernismo”, que no es tal modernismo porque es tan antiguo como la tentación en el Edén, puesto que tanto éste como aquel no es otra cosa que una tendencia a desprestigiar la Palabra de Dios, no es otra cosa que el descuido en el verdadero estudio de la Biblia y la falta de obediencia y experiencia espiritual. Este movimiento tuvo su origen en Alemania, entre hombres que no querían llevar la cruz del estudio ferviente y de la obediencia sincera a las enseñanzas bíblicas.
La historia y la experiencia nos enseñan que todo el que ha estudiado la Biblia, del modo como debe estudiarse, y ha vivido sus enseñanzas, no ha tenido duda alguna de que la Biblia es el verdadero mensaje de Dios al mundo. El modernismo pretende justificar su falta de conocimientos bíblicos, de obediencia, de consagración y de fe con un negativo estudio crítico de las Sagradas Escrituras. El estudio crítico, hecho del debido modo, no es solamente propio, sino útil y de gran ayuda. Pero hay cierta forma de análisis que es destructivo, como la vivisección, que toma un cuerpo y lo corta en pedazos, arrebatándole la vida, sin poder después organizar de nuevo eso cuerpo, dándole la vida que le pertenece.
La Biblia es un organismo viviente, en el sentido espiritual. Sus partes son miembros de un cuerpo vivo. Tienen estas partes una conexión vital entre sí, o una relación vital, y deben ser examinadas, no en aislamiento y separación de las partes, sino en un todo armónico, como partes íntegras de un gran todo vital. Entonces la crítica en vez de ser jactanciosa y negativa, o destructiva, será reverente y constructiva.
El Dr. J. A. Gordon, de Boston, en una visita que hizo a Escocia, en el año 1888, relato el incidente que sigue, para expresar del modo más claro, la obra de estos críticos modernos de la Palabra de Dios. Dijo que hablando él con un diácono de una iglesia de color, en su vecindad, le oyó decir que a los miembros de la iglesia no les gustaba mucho el nuevo pastor. Continuó el Dr. preguntando al diácono a fin de saber el motivo por qué les disgustaba el nuevo pastor. El humilde diácono decía que el nuevo pastor traía muchos “antídotos” al pulpito. Cuando el Dr. Gordon le demostró su sorpresa diciéndolo que él consideraba a aquel pastor como uno de los hombres de más amplios conocimientos bíblicos, el diácono dijo: “Bien, le diré, doctor, cómo es el asunto. Nuestro pastor es el hombre mejor para poner la Biblia en pedazos, pero no la sabe juntar otra vez.”
Una obra firme y permanente demanda de parte de los que la realizan un espíritu de verdadero sacrificio. Sobre una base de comodidades temporales y facilidades se podrá levantar una obra de apariencia, pero no de solidez y permanencia. La vida moderna, con sus grandes comodidades y ostentaciones constituye una tentación constante para los obreros evangélicos, que, por lo general, tenemos que realizar nuestra obra dentro de un círculo, a veces, de dificultades y limitaciones. La iglesia católica romana tuvo una época en que sus misioneros fueron ministros abnegados. Entonces fue cuando creció y se extendió. Desde que los ministros de Roma empezaron a buscar sus comodidades temporales, la iglesia dejó de ser una fuerza espiritual en el mundo para pervertirse en un mero poder político.
Nosotros tenemos delante una gran nube de testigos que nos dan la gran lección del espíritu de sacrificio que siempre precede al éxito. Sólo recordemos la obra de Roberto Morrison, joven misionero que llegó a la China en el año 1807. Confundióse con las multitudes dé Cantón, alquiló un sótano para vivir, se dejó crecer el pelo y las uñas, vistió como un chino, comió con ellos, estudió sus costumbres y trabajó día y noche para aprender su idioma; idioma tan dificultoso que Juan Wesley solía decir que había sido inventado por el diablo para impedir que el Evangelio se predicase a ese numeroso pueblo, y del que Milne, uno de los compañeros de Morrison dijo: “Para aprender el chino es necesario tener un cuerpo de bronce, pulmones de acero, una cabeza de roble, los ojos de un águila, el corazón de un apóstol, la memoria de un ángel y la vida de Matusalén.” Y podremos notar lo que ha costado en espíritu de sacrificio la gloriosa obra misionera que hombres de este calibre han realizado. Morrison es el representante de un grupo numeroso. El ministro, misionero o misionera, llámese nativo o continental, que ponga su comodidad personal antes que la obra es porque no ha entendido todavía el verdadero carácter de su llamamiento y de su obra. “Que en todo Cristo tenga el primado.”
Hemos de mirar la obra tal como la miró nuestro Salvador. El empezó a llevar la cruz desde que llegó a este mundo. Su vida fue de sacrificio voluntario. Satanás no cesó de ofrecerle la corona sin la cruz. El miró siempre la grandeza de la obra y no dio importancia a los detalles de la cruz. Cuando los griegos quieren verle, para admirarle, El señala la cruz como centro de redención y poder. El veía la cruz, pero sobre la cruz veía siempre la corona. Tengamos nosotros la misma visión, de la cruz y la corona que Él tuvo. “Si sufrimos con El también reinaremos con El.”
El Atalaya Bautista, 1930

Amén excelente tema estoy muy satisfecho al estudiarlo y quiero aprender cada día más espero que me ayuden ya que soy un pastor laico que comienzo.