Cristo nuestra única esperanza

El mensaje que deseamos exponer a ustedes en esta oportunidad lleva por título: CRISTO: Nuestra Única Esperanza.

La palabra esperanza se relaciona con el futuro, con lo que esperamos alcanzar o poseer. Algunos miran al futuro esperando alcanzar títulos, empleos, posesiones, riquezas y comodidades temporales. Otros extendemos la mirada hacia una esfera más elevada y permanente. Esperamos el día cuando nos hemos de ver libres para siempre del pecado y de sus consecuencias: el sufrimiento, el dolor, la enfermedad y la muerte. Esperamos un mundo o reino en el que imperen la justicia y la paz, el amor y la vida eterna.

¿Quién podrá vencer los obstáculos que se nos presentan en el camino que conduce al reino de la felicidad? ¿Qué hombre o grupo de hombres podrá librar a este mundo de las fuerzas del mal y de la maldición del pecado que pesa sobre él? ¿Qué gobierno o sistema político-social podrá conducir al género humano a ese estado de armonía y paz, de salud y vida eterna por el que ha venido suspirando la humanidad desde el día fatídico en que los padres de la raza fueron arrojados del paraíso? Ante tan vasta y elevada aspiración, Cristo es nuestra única esperanza. No podemos esperar en hombres, ni en partidos políticos, ni en sistemas de gobierno, ni en planificaciones sociales, ni tampoco en organizaciones religiosas. El hombre ha fracasado en el Edén rodeado de un ambiente de felicidad. Ha fracasado fuera del Edén al ser dejado a su libre albedrío. Ha fracasado bajo la dispensación de la ley del Sinaí. Y está fracasado bajo la actual dispensación de la gracia. El hombre no fracasa por falta de buenos deseos, sino por falta de virtud y de poder para vencer los obstáculos con que tropieza cuando se dispone a ejecutar sus propósitos. Esto es lo que nos enseña la historia.

En el aspecto social, moral, y hasta en el religioso, la humanidad va de mal en peor; va tal como está predicho en las profecías. Nosotros no esperamos que los hombres puedan detener la marcha de nuestra generación que corre a su propia ruina moral y espiritual. Pero no hemos perdido la esperanza de que los males que afligen a la humanidad han de ser superados y vencidos. Tenemos esperanza porque tenemos fe: fe en Dios el creador, y en Jesucristo el Redentor; fe en las promesas de la Palabra divina que nos ponen delante un reino de paz y felicidad, de vida y gloria eterna.

Cristo es nuestra única esperanza. Fuera de él no podemos esperar en ningún otro. Pero Jesucristo brinda a nuestra esperanza un fundamento firme como una roca inconmovible. En Cristo se aúnan los tres aspectos siguientes: El poder, el querer y el propósito. Cristo tiene el propósito de establecer un reino en el que imperen la justicia y la paz, la armonía y el amor, la felicidad y la vida eterna. Jesús, al iniciar su ministerio público, fue presentado a los hombres como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, (Juan 1:29). Tal es el propósito de nuestro Redentor: quitar del mundo la maldición que pesa sobre él; quitar el mal del alma, del cuerpo, y de la tierra que habitamos. Esta es la gran tarea que Cristo se ha propuesto llevar a cabo, y podemos estar absolutamente seguros de que al fin consumará su propósito, porque tiene el poder necesario para hacer todo cuanto se proponga. Sí, el propósito de Cristo es establecer un reino eterno en el que no se permitirá la entrada del mal en ninguna de sus manifestaciones, y donde el ser humano que tenga la dicha de entrar en aquel reino alcanzará la felicidad por la que hemos venido suspirando los hijos de Adán desde hace seis mil años. Dime, amigo oyente, ¿quisieras verte allí? Si lo deseas, te anunciamos en el nombre de Dios que estás invitado a entrar y disfrutar de la eterna felicidad que el Señor brinda a todo ser humano. La condición impuesta para entrar es el arrepentimiento y la fe. En el reino que Cristo se propone establecer no puede entrar la maldad. El hombre y la mujer que estén dominados por el mal, que sean instrumentos del pecado, que amen la impiedad y el vicio, no pueden entrar en tal estado en el reino de Cristo, porque allí no puede entrar el mal, ni en el corazón del hombre ni en las obras de la mujer. Por lo tanto, amigo oyente, si quieres entrar en el reino de Dios, tienes que renunciar a la maldad y apartarte del pecado; tienes que volver tus ojos a Jesucristo y aceptarle como Salvador de tu alma y Señor de tu vida.

II. Nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Jesucristo porque sabemos que él tiene dominio sobre los elementos de la naturaleza. Después de las duras faenas de un día de actividad, Jesús subió a una barca y dijo a sus discípulos: Naveguemos al otro extremo del mar de Galilea. Cuando la nave se puso en marcha, Jesús se acostó en la popa y se durmió. Durante la travesía se vieron, casi de repente, azotados por una furiosa tempestad que amenazaba con hundir la barca. Atemorizados por el viento y las olas, los discípulos despertaron al Maestro, diciendo: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” Y el Señor ordenó al viento y a la mar que se calmasen, y se calmaron. Ante tan sorprendente milagro, los discípulos –presa de gran asombro– se decían unos a otros: “¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41). La historia nos dice que los vientos y las olas han dado al traste, en más de una ocasión, con los propósitos de poderosos reyes. Y es que el mar y el viento no tienen oídos para oír, ni mente para entender. El mar y el viento no creen en reyes, ni obedecen a emperadores. Pero tienen que obedecer a Jesucristo el Hijo de Dios, porque el Creador tiene dominio sobre todas las fuerzas de la naturaleza y los elementos de la Creación. Jesús lo ha demostrado a su paso por este mundo.

III. Nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Jesucristo porque sabemos que él tiene dominio sobre las fuerzas del mundo espiritual. En el mundo hay legiones de demonios, espíritus malignos, ángeles caídos capitaneados por Satán. Estas huestes demoníacas son las que hasta ahora han impedido que los hombres puedan vivir en paz y que sean capaces de establecer un orden social en el que prevalezcan la justicia y el respeto al derecho ajeno. Mientras esas huestes satánicas estén sueltas y puedan tomar a los seres humanos como instrumentos o juguetes de sus malvados propósitos no habrá paz ni justicia en la tierra. Ahora bien, ¿podremos abrigar la esperanza de que este pobre mundo convulsionado por las pasiones desorbitadas, la violencia, el crimen y la guerra se vea al fin libre de esas fuerzas malignas que ahora lo perturban? ¿Quién tendrá suficiente poder para echar fuera de este mundo a todas las huestes demoníacas que promuevan el mal? ¿Quién será capaz de mantener a los demonios confinados en algún lugar donde no puedan volver a perturbar la paz de los hijos de Dios? Nosotros tenemos una respuesta positiva para estas trascendentes interrogaciones. Jesucristo tiene poder y dominio sobre las fuerzas del mundo espiritual. Lo ha demostrado mientras estuvo en el mundo, y lo sigue demostrando. Las páginas de los evangelios están llenas de narraciones que demuestran que los demonios tienen que obedecer al Hijo de Dios.

Los hombres elaboran planes para arreglar el mundo, y el mundo va de mal en peor porque muchos de los que quieren arreglar el mundo no han comenzado por arreglarse a sí mismos, por liberarse de las cadenas del maligno y convertirse en instrumentos de Dios. Cristo tiene el propósito de confinar a todos los demonios en un lugar llamado infierno (Apoc. 20:1-3), y lo hará a su debido tiempo. De esto no nos quepa la menor duda. El mal no puede prevalecer indefinidamente en un mundo creado por un Dios santo, justo, todopoderoso, misericordioso y bueno.

IV. Nosotros hemos puesto nuestra confianza en Jesucristo porque sabemos que él tiene autoridad para resolvernos el problema de nuestros pecados. El hombre que quebranta o viola la ley de Dios, queda –automáticamente– encadenado a la ley de las consecuencias de su propia acción. La experiencia íntima de cada ser humano nos enseña esta amarga y dolorosa realidad. Tenemos una conciencia que nos recrimina y nos hace responsables ante nuestro Creador. El pecado se enseñorea de nuestra conciencia y de nuestra naturaleza. ¿Quién podrá quitarnos de encima el peso o responsabilidad de nuestras culpas? ¿Quién podrá romper las cadenas que nos atan al pecado? ¿Quién podrá transformar nuestro corazón y nuestros sentimientos? ¿Quién podrá levantarnos a un nivel de vida que agrade a Dios? ¿Quién podrá hacernos aborrecer lo malo y amar lo bueno? No hay sino una respuesta para estas interrogaciones: JESUCRISTO. Nuestro divino Redentor tiene autoridad para perdonarnos todos los pecados y traer paz a nuestra conciencia. Tiene poder para regenerar nuestra alma y transformar nuestra naturaleza, convirtiendo el lobo en cordero, la “bestia” en hombre, y el hombre en santo. Lo hizo así con Saulo de Tarso, y lo sigue haciendo con todo el que acude a él buscando perdón, paz, libertad y redención. Y lo hará contigo, amigo oyente, si acudes a él ahora mismo.

V. Nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Jesucristo porque sabemos que él tiene dominio sobre el sepulcro. La muerte es fruto o consecuencia del pecado. Y como el pecado está enraizado en la naturaleza de todo ser humano, y todo hombre resulta culpable de desobediencia y transgresión de la ley divina, la afilada guadaña de la muerte corta de este mundo a todo ser viviente. El refranero español expresa esta verdad, diciendo: “Muérese el rey y el papa y el que no tiene capa.” Contemplando los sarcófagos de los reyes sepultados en el Monasterio de El Escorial, Juan de Dios Peza dijo lo siguiente: 

“Cada sarcófago encierra
la sola verdad que espanta
al que audaz pone la planta
sobre la faz de la tierra.
¡Ved a estos reyes … Aterra
su fúnebre majestad,
su trono es la soledad
su tesoro polvo inerte,
su oscuro reino la muerte,
su manto … la eternidad.”

Nace un niño, y en torno a su cuna todo es alegría, emoción, sueños e ilusiones. Muere un anciano, y en torno a su sarcófago todo es pena, dolor, tristeza y llanto. Mientras la muerte se enseñoree de la humanidad no puede imperar la felicidad. Si hemos de alcanzar la felicidad en su plano más elevado es necesario que la muerte sea desarmada, derrotada, vencida, hecha inoperante, a fin de que impere la vida. Ahora bien, ¿quién será capaz de enfrentarse a ese monstruo insaciable, quitarle sus armas y echarlo para siempre de la esfera humana? Nuestra respuesta es clara, definida y enfática: JESUCRISTO tiene poder para destruir la muerte; lo ha demostrado levantándose él del sepulcro y levantando a otros que habían muerto. Jesucristo ha prometido levantar a todos los que han descendido y descienden al sepulcro. He aquí sus palabras: “Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:28, 29). Cuando llegue aquel día, los redimidos podremos repetir el pasaje de la Escritura, que dice: “¿Dónde está oh muerte tu aguijón? ¿Dónde, o sepulcro tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y lo que arma el brazo del pecado es la ley. Mas gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria sobre el pecado y la muerte por medio de nuestro Señor Jesucristo”. 

Esta es, amigo oyente, nuestra esperanza; una esperanza fundada sobre lo que Cristo es, lo que Cristo enseña, lo que Cristo hizo, lo que Cristo ha prometido hacer, lo que Cristo hará. Una esperanza que descansa sobre la Roca inconmovible de los siglos. ¿Tienes tú, amigo mío, una esperanza como la nuestra? ¿Quisieras tenerla? Esta esperanza implica el tesoro más grande que podemos tener o alcanzar en este mundo. Te exhortamos en el nombre de DIOS a echar mano de ella.

EL INFIERNO ES:

1. Lago de fuego (Apoc. 20:15).
2. Un abismo (Apoc. 20:1).
3. Una tempestad horrible (Salmo 11:6).
4. Llamas eternas (Is. 33:14).
5. Un horno de fuego (Mat. 13:41, 42).
6. Un fuego devorador (Is. 33:14).
7. Lugar de tormentos (Luc. 16:23). 
8. Lugar de castigo eterno (Mat. 25:46).
9. Lugar donde las gentes ruegan (Luc. 16:27).
10. Lugar donde piden misericordia (Luc. 16:34).
11. Lugar en donde lloran (Mat. 13:42).
12. Donde maldicen a Dios (Apoc. 22:11, 15).
13. Lugar en donde jamás pueden arrepentirse (Mat. 12:32).
14. Un lugar de suciedad (Apoc. 22:10, 11).
15. Un lugar donde las gentes gimen (Mat. 8:12).
16. Lugar de sentimientos (Sal. 18:5).

El Predicador Evangélico, Julio-Septiembre de 1968
 

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