Amy Carmichael: Los votos de Dios están sobre mí. Hasta que haya cumplido mi tarea y dado cuenta de ella, no puedo quedarme a jugar con las sombras o a arrancar flores terrenales.
William Booth: ¿Qué dices? ¿No he sido llamado? «No he oído el llamado» es lo que tendrías que decir. Él te ha estado llamando desde el momento en que perdonó tus pecados, si es que has sido perdonado, suplicando y rogándote que seas su embajador. Pon tu oído en la Biblia y óyele pidiéndote que vayas y arranques a los pobres pecadores del fuego del pecado. Pon tu oído sobre el ardiente y agonizante corazón de la humanidad y escucha su suplicante lamente pidiendo ayuda. Ven y ponte junto a las puertas del infierno y escucha a los condenados implorándote que vayas a la casa de su padre para que sus familiares no vayan allá.
William Booth: Mira a Cristo cara cara, cuya gracia tú dices poseer y cuyas palabras has prometido obedecer, y dile si haz de publicar su misericordia al mundo. No debes estarte quieto. Levántate. Sacúdete. Haz algo, hazlo enseguida, comienza ya a hacerlo, hazlo con todas tus fuerzas. No repares en las pruebas. No te detengas más. Lee, da, ora, habla, canta, haz lo que puedas para que los que se pierden sepan la verdad sobre ellos mismos, sobre Cristo y sobre el cielo y el infierno. Si lo haces, Dios te ayudará.
Dwight L. Moody; Henry Varley, un joven laico bautista que solía predicar en la congregación de Spurgeon, terminó uno de sus mensajes con la siguiente exhortación: «El mundo está aún por ver lo que Dios puede hacer con, y por, y a través, y en un hombre que se consagre entera y totalmente a él». Moody, que le escuchaba, después de dura lucha, exclamó: «Bien, Señor, por la gracia de tu Espíritu que mora en mí ¡aquí está ese hombre!».
Roberto Moffat: «Hay una vasta planicie en el norte donde algunas veces he visto, bajo el sol matutino, el humo de mil aldeas donde no se ha predicado el evangelio». Aquella afirmación impresionó a un joven, David Livingstone, que estaba escuchándolo. Venciendo su timidez se acercó al gran misionero Moffat y le preguntó si «podía hacer algo por el África». La respuesta fue terminante: «Sí, si estás dispuesto a abandonar los terrenos ocupados y seguir adelante, hacia el norte». Así lo hizo Livingstone y llenó con el evangelio medio continente africano.
Enrique Martyn: Pienso que si se me impidiese ir como misionero entre los paganos, mi corazón se quebraría. Si esto es obstinación o algo parecido no lo puedo aún determinar exactamente. Pero me siento espiritualmente presionado a hacer algo por Dios. Hasta ahora he vivido con un propósito insignificante, más parecido a un negligente que a un siervo de Dios. Permitidme consumirme en el servicio de Dios.
Adoniram Judson: Al animar a otros jóvenes que vengan como misioneros, tenga muchas precauciones. Un individuo que no tenga la cabeza en su lugar sería una ruina para nosotros. Hombres que busquen vivir de rodillas cerca de Dios y estén dispuestos a sufrirlo todo por causa de Cristo, sin hacer alarde de ello: estos son los hombres que necesitamos en la obra misionera.
Roberto Morrison: Señor Jesús, me entrego a tu servicio. … Ahora me hago una pregunta: ¿Dónde puedo servirte? Sé que tu Palabra dice que tu deseo es que el evangelio sea predicado hasta lo último de la tierra. Mi anhelo, o Señor, es establecerme en el lugar en que más se necesiten obreros y donde el campo ofrezca más dificultades. Líbrame de cualquier otro deseo que no sea el de servirte y colaborar en la tarea de ganar las almas de los hombres.
David Livingstone: Soy un misionero de corazón y alma. Dios tuvo un solo Hijo y este fue misionero. Yo soy una pobre imitación suya, pero en este servicio espero vivir y morir.
Hudson Taylor: Cuando me estaba preparando para venir a China, algunos de mis mejores amigos trataron de disuadirme en base a que había mucho que hacer en la propia tierra. ¡Cómo quisiera que todos los que usan ese argumento vivieran aquí sólo un poco de tiempo! Entonces se sentirían llamados a preguntarnos si yo he tenido un llamado especial para ir a la China sino si ellos han tenido un llamado especial para permanecer en Inglaterra.
Guillermo Carey: [al dirigirse a una asociación de pastores] Ensancha el sitio de tu cabaña. Las cortinas de tus tiendas sean extendidas. Alarga tus cuerdas. Espera grandes cosas de Dios. Procura grandes cosas para Dios. Atrévete a hacer un programa más amplio. Mora en un mundo más amplio. Entra en alta mar. Dios es poderoso para ser para ti y por ti mucho más abundantemente de lo que has pedido o pensado en el pasado. Pide y recibirás, para que tu gozo sea cumplido. Mucho fruto el Labrador piensa recoger de tus ramas.
Juan G. Paton: Mis primeras impresiones me llevaron, debo confesarlo, muy cerca de la desesperación. Viendo aquellos seres pintados, desnudos y miserables, mi corazón se llenó de horror. ¿Había dejado mi amado trabajo y mis hermanos en Glasgow, con tantas y tan buenas amistades, para consagrar mi vida a aquellas desagradas criaturas? ¿Sería imposible enseñarles a distinguir entre el bien y el mal, hacerles cristianos y aún civilizarles? Pero esto no fue más que un pensamiento pasajero. Muy pronto tuve tanto interés en ellos y en todo lo que tendía a su adelanto, guiándoles en el conocimiento y amor de Jesús, como lo tuve en mi trabajo en Glasgow.
Hudson Taylor: Espero que todos estemos plenamente convencidos que somos siervos de Dios, enviados por Él a los diversos lugares que ocupamos y que ahí estamos haciendo la obra de Él. Él es quien ha puesto delante de nosotros las puertas abiertas y en pasados tiempos turbulentos nos ha preservado. No venimos a la China porque fuera fácil o seguro, sino porque Él nos llamó. Que hubiera holgura o dificultades, seguridad o peligro, la aprobación del hombre o su desaprobación, ello en ninguna manera afecta el cumplimiento de nuestro deber.
Hudson Taylor: Si se presentan circunstancias que implicasen peligros especiales, confío en que se nos proporcione la gracia para manifestar la realidad de nuestra confianza en Él, y por la fidelidad a nuestros cargos, probar que somos seguidores del Buen Pastor que no huyó ni de la muerte misma. Pero si hemos de manifestar tal espíritu entonces, debemos de buscar ahora la gracia que hemos menester. Es demasiado tarde buscar las armas y hacer ejercicios militares cuando ya se está en presencia del enemigo.
Enrique Martyn: Amado Señor, estuve en un tiempo alejado de ti, consumiendo mi vida en el servicio del pecado; pero cuando miré hacia ti, penitente y rendido, tú me necesitaste. Quisiste que yo fuera no un tizón de fuego, que desparrama destrucción, sino una antorcha luminosa esparciendo tu luz. Heme aquí en medio de una noche pagana, tenebrosa, salvaje, deprimente. Ahora, mi Señor, déjame arder para ti.
Juan Gossner: [Dirigiéndose a misioneros que colaboraban con él] ¡Creed, esperad, amad, orad, arded, levantad a los muertos! ¡Perseverad en la oración! ¡Luchad como Jacob! ¡Levantaos, levantaos, hermanos míos! Viene el Señor y a cada uno dirá: «¿dónde has dejado las almas de estos paganos? ¿Con el diablo?» Oh, buscad prestamente estas almas y no entréis sin ellas en la presencia del Señor.
Frank Laubach: Si me encontrara en medio de una batalla, sin órdenes de mi capitán, sería un cobarde si sólo luchara en un lugar en que estuviésemos ganando; sería un hombre si luchase donde nuestras filas fueran débiles y donde estuviésemos perdiendo la batalla. Estamos en una lucha en nombre de Jesucristo; queremos conquistar el mundo y las filas son muy débiles, la batalla encarnizada, especialmente en el Oriente. De modo que vamos allá donde más falta hacemos.
Roberto Moffat: Ah, ¡si pudiera tener mil vidas y mil cuerpos! Todos serían empleados sólo en el trabajo de predicar a Cristo a estos desgraciados y equivocados y, sin embargo, amados mortales.
Guillermo Carey: Sólo podemos abandonar la obra cuando se nos acabe la vida. Estamos resueltos a seguir, aunque nuestras decepciones fueran mil veces peores. Tenemos el mismo fundamento de esperanza que tienen ustedes en Inglaterra: la promesa, fidelidad y poder de Dios.
Enrique Martyn: Soy más feliz aquí, en esta tierra lejana donde rara vez llega noticias acerca de lo que pasa en el resto del mundo, que en Inglaterra donde hay tantas cosas que nos distraen y que no nos permiten mirar lo que realmente tiene valor. ¡Cuán dulce el retiro en que aquí vivo! Estoy traduciendo la preciosa Palabra de Dios. Aunque en cierta forma parezco estar enterrado, fuera del mundo, el tiempo transcurre aquí rápidamente; parece como si la vida se hubiese ido antes de haber hecho algo o aún antes de que se haya comenzado.
Allen Gardner: Cuando miramos a estos pobres, degradados indios y consideramos que están, como nosotros, destinados a vivir eternamente, suspiramos por ellos y nos sentimos deseosos de gastar y ser gastados en el esfuerzo por llevar a sus oídos, en su propio idioma, las grandes verdades del evangelio de salvación.
Sara Judson: Estoy agradecida a Dios de que me haya permitido venir a esta tierra pagana. Oh, es un privilegio precioso instruir a los idolatras en el evangelio; y al verlos dispuestos a amar al Salvador, olvidamos todas nuestras privaciones y peligros. Mi amado esposo gastó su vida en esta gloriosa causa; y ese recuerdo me hace más que nunca devota al trabajo y al pueblo para cuya salvación trabajó hasta la muerte. … Al principio, de pie al lado del sepulcro de mi marido, me parecía que me era preciso volver a mi patria. Pero estos pobres karenes no tendrían quien les instruyera. ¿Cómo pues, oh, cómo puedo irme? No estaremos por mucho tiempo separados. Dentro de pocos años todos estaremos reunidos en aquel mundo dichoso donde están los que amamos y nos han precedido.
David Brainerd: Quería gastar mi vida en Su servicio y para Su gloria. Me regocijaba en mi necesidad de abnegación. No me importaba dónde, ni cuando, ni cómo, ni qué dificultades encontrara, con el solo fin de ganar almas para Cristo.
David Brainerd: ¡Señor, dame más poder! ¡Qué pobre instrumento soy, o Dios! ¿Oyes tú a los indios? ¡Esos cantos me parten el alma! Satanás los tiene aferrados y no quiere soltarlos. Tú sabes, mi Dios como les he predicado día tras día, pero aquí no veo la obra que tu Espíritu ha hecho en otros lugares. ¿Por qué, Señor, por qué? Mi vida es tan pobre que no sé cómo me atrevo a pedirte bendiciones sobre mi obra. Pero te lo pido por ellos, Señor. Líbralos del vicio y del mal y trae un siervo más poderoso que yo. ¡Oh, Dios ten piedad de estos indios! ¡Ten piedad de la obra entre ellos!
Hudson Taylor: Un recién convertido, que comenzaba a sentir el gozo del que gana almas para Cristo, me preguntó un día: «¿Cuánto tiempo hace que conocen las Buenas Nuevas en su país?» Con cierta vacilación le respondí: «Hace algunos centenares de años». «¿Cómo dice? ¿Centenares de años? Mi padre buscaba la verdad y murió sin conocerla. Ah … ¿Por qué no vino antes?» Fue un momento doloroso que nunca pude borrar de mi conciencia y que profundizó en mí el ansia de llevar a Cristo a aquellos que aún no le conocen.
Hudson Taylor: ¡Cuán inmenso e incalculable el valor de un alma! La preciosa sangre de Cristo era el único precio con que podía ser comprada nuestra salvación; y este no fue rehusado. Si realmente creemos y hemos recibido las bendiciones que fluyen de Su sacrificio, ¿temeremos entrar a Su servicio por temor a perder nuestras comodidades? ¿Aún consideramos de valor nuestras vidas? ¡No, mil veces no!
Sofía Miller: Desde el punto de vista de la selva, parece tan necio e injusto que se inste y empuje a las almas de los blancos hacia el reino de Dios durante todas sus vidas y aún entonces no se preocupan por entrar; entre tanto miles y miles de almas de esta gente de piel morena, ansiosas y prontas por buscar a Dios, son ignoradas y olvidadas. Olvidadas por el hombre, pero no por Dios. Porque todavía las palabras del Salvador están claramente ante nuestra vista en las páginas del libro de Dios: «Los que eran llamados no eran dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos y llamad a las bodas a cuántos hallaréis».
Amy Carmichael: Dame una apasionada pasión por las almas; dame una piedad que consuma. Dame el amor que ama hasta la muerte; dame el fuego que quema. Dame, Señor, el ser sirviente en la oración, derramándolo todo por los perdidos. Dame que ore en el nombre del conquistador, el Espíritu de Pentecostés.
Sara Judson: ¿He de negar a este Salvador algún objeto, por más caro que sea a mi corazón? ¿He de rehusar sufrir unos pocos años cortos de trabajo y privaciones por amor de Él? Acordémonos de aquellos días oscuros por los que pasamos antes de que Jesús alzara sobre nosotros la luz de su rostro. … Pero, ¡oh amor admirable! El Salvador nos sonrió. Abrió sus brazos compasivos y nos acogió. ¿No entregaremos todo, entonces, en Sus manos? Si yo tuviera mil vidas para darte, mil vidas todas serían tuyas.
David Brainerd: Heme aquí, oh Señor, envíame a mí; envíame a los fines de la tierra. Envíame a los rudos y salvajes paganos de los bosques; apártame de todo lo que se llama comodidad en la tierra. Envíame aún a la misma muerte, con tal de que esté en tu servicio, promoviendo tu reino.
Sofía Muller: Nosotros podemos morir para que otros puedan oír y vivir; podemos ser llevados hacia delante, impulsados por el corazón y la mente de Dios; podemos ser un sacrificio vivo y muriendo cada día, traer almas contaminadas con el olor del pecado, a la eterna fragancia y gloria de Dios. Salvador, muriendo tu amor me diste. ¿Cómo puedo negarte algo, mi amado Señor?
Carlos T. Studd: [Escribiendo a su novia] No será una vida fácil, no será una vida de facilidades la que te ofrezco, sino una de afanes y trabajo. … Se trata de vivir una vida de fe en Dios, una vida de lucha, recordando que aquí no tenemos ciudad de refugio ni lugar de reposo, sino sólo un hogar eterno en la mansión del Padre, allá arriba. Tal será nuestra vida futura: que sólo el Señor te guíe.
Juan Paton: “Los caníbales te comerán”, le dijo un viejo cristiano a Juan G. Paton, empeñado en hacerle desistir de su resolución de ir a trabajar a las Nuevas Hébridas. Paton le respondió: “Usted ya es anciano, señor, y pronto estará en la tumba comido por los gusanos. Si yo consigo vivir y morir para glorificar al Señor, no hallaré ninguna diferencia entre el ser comido por los caníbales y el ser comido por los gusanos».
Guillermo Carey: [Escribiendo a su Sociedad Misionera] Si, como David, no he de hacer otra cosa sino recoger materiales y dejar a otro la construcción de la casa, mi gozo no será menor. … Espero que no se desanimarán por nuestro poco éxito positivo, sino antes bien, lo mirarán como un llamamiento a darse doblemente y enviarnos más hombres. Indostán tiene que estar entre «todas las naciones» que han de llamarle bendito. … Hemos estado aquí trabajando cuatro años en un matorral. Hemos estado arando el terreno, quitando las hierbas inútiles y venenosas y sembrando la buena semilla. Hasta ahora es muy poca la cosecha, pero el labrador sabio espera el precioso fruto de la tierra, y tiene larga paciencia para ello.
John Stam: Nuestro camino está claro. No debemos retroceder en ningún trabajo si estamos seguros de que es según Su voluntad y para Su gloria. No podemos atrevernos a volver las espaldas, aunque el camino se vea oscuro. Hemos de seguir adelante, a la faz de lo imposible, aún cuando solamente nos sea dado conocer el próximo paso. Podremos hallarnos donde nos sea necesario beber de las aguas amargas de Marah, pero la presencia de nuestro Capitán puede endulzar aún las aguas más amargas.
Hudson Taylor: Envidiado por algunos, despreciado por muchos, a menudo culpado por cosas que ni conocía y con las cuales no tenía siquiera que ver, un innovador en lo que han llegado a ser reglas establecidas de práctica misionera, opositor de poderosos sistemas de error y superstición paganos, trabajando sin precedente en muchos casos y con pocos obreros de experiencia, a menudo enfermo, confuso y apretado por las circunstancias, si el Señor no hubiera sido bondadoso conmigo en grado especial, si no me hubiera sostenido por la convicción de que la obra es de Él y que Él está conmigo en lo que puede llamarse “lo peor del conflicto», bien me hubiera desmayado o por lo menos hubiera sufrido un quebranto total.
Guillermo Carey: A pesar de todo, Dios está conmigo. Su Palabra es la verdad segura; y aunque las supersticiones del paganismo fuesen mil veces peor de lo que son; aún cuando me encontrase abandonado por los míos y perseguido por todos, mi esperanza, fundada en la Palabra de Dios, permanecerá por encima de todos los obstáculos y triunfará de todas las pruebas. La causa de Dios triunfará y yo saldré de esta angustia como el oro purificado por el fuego.
Adoniram Judson: El mundo está todavía en su infancia y los magníficos designios del Señor apenas se desarrollan. Se hablan cosas gloriosas de Sion, la ciudad de nuestro Dios. Ella ha de triunfar y venir a ser el gozo y la gloria de toda la tierra. … Grande es nuestro privilegio, preciosa nuestra oportunidad de cooperar con el Salvador en la bendita obra de ampliar y establecer Su reino por todo el mundo. Es preciosísima la oportunidad de ser sabios, de tornar a muchos a la justicia y de brillar, al fin, con la brillantez del firmamento y como las estrellas para siempre.
La mayoría de las citas provienen de la siguiente fuente:
Impúlsanos con tu Espíritu. Editado por Martha Laurencena de Dergarabedián. Buenos Aires: Junta Bautista de Publicaciones, 1963
Para más citas misioneras, véase Citas de misioneros 1