Débora, profetisa y juez, poseía inspiración, sabiduría y valor. En algunos casos emergentes, Dios emplea a las mujeres para que hagan el trabajo que ordinariamente les es encomendado a los hombres. Débora es quizá el personaje principal descrito en el libro de los Jueces. Ya sea que se encuentre sentada bajo la palmera en el monte de Efraín o que vaya con Barac a la cabeza del ejército de Israel, o que se encuentre cantando las alabanzas a Jehová por la victoria sobre Sísara, es una figura histórica muy noble. Era la esposa de Lapidot y se llama a sí misma una “madre en Israel” (Jueces 4:5).
Aunque Débora era un personaje de importancia y gobernaba su pueblo con una gran sabiduría, podemos estar seguros que en su hogar ella no desempeñaba un papel menos importante. Ella no era negligente con su esposo ni mucho menos con sus niños; no descuidaba el aseo de su casa ni el de su persona. Todo esto lo sabemos porque se jactó de ser una madre, y siempre una verdadera madre pone los deberes de su hogar ante todos los deberes. El hogar es la esfera más alta de la mujer y ningún otro servicio puede reparar el descuido de sus deberes en el hogar.
Aunque Débora era una buena dueña de casa, no le faltaba tiempo para atender a las necesidades de sus vecinos y prestar un gran servicio a su patria. “Se levantó una madre en Israel”. “Los hijos de Israel subían a ella a juicio” (4:5). Dios siempre bendice a las mujeres de nuestras iglesias que, habiendo cuidado bien de sus casas y familias, dedican una parte de su tiempo a la obra de la evangelización. Es un privilegio muy grande ser “madre en Israel”, o sea, una mujer útil al Señor, preparada y lista para hacer lo que el Señor le mande. Seamos, hermanas, “madres en Israel”, para enseñar en la Escuela Dominical, visitar a los enfermos y necesitados y valernos de cualquier oportunidad que se nos presente para llevar a cabo la obra de evangelización.
Pero Débora también tenía sus defectos. Era cruel e implacable; no podía perdonar. Por cierto, ella vivía en una edad muy cruel y oscura. No tenía las ricas enseñanzas de Cristo: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen”. Débora alababa a Jael y aún se regocijaba en la muerte tan cruel de su enemigo. Jael pretendió prestar refugio a Sísara, lo hospedó en su casa y cuando éste dormía lo mató horriblemente.
Por este servicio Débora le alababa, en su canción dice: “Bendita sea entre las mujeres, Jael”. Palpitó en el corazón de Débora un patriotismo tan puro y desinteresado que no podemos menos que admirarlo. Pero se equivocó. Había otra mujer muy favorecida que apareció siglos más tarde y ella fue proclamada “bendita entre las mujeres” por ser la madre de aquel que nos enseñó: «haced bien a los que os aborrecen”.
María de Moore
La Voz Bautista, 1925
