Dorcas

Millares de personas mueren diariamente sin que su desaparición se notada en el mundo más que por un reducido número de amigos o parientes. No se ocupan de ella los periódicos. Su círculo ha sido muy reducido, tanto quizá como el nuestro. Pero esto no quiere decir que su vida no haya llenado su objeto. No depende de la opinión del mundo, sino de lo que el Señor piense y diga de nosotros. ¿Cuál es nuestro carácter? ¿Qué estamos haciendo de nuestra vida? ¿Qué impresión dejaremos tras de nosotros? Examinemos algunas cosas que nos dice el Nuevo Testamento de una discípula del tiempo apostólico. En el capítulo 9 de los Hechos versículo 26 al 42 se nos da una relación de la vida y resurrección de Dorcas. Su nombre significa “Gacela”.

No sabemos si era joven o anciana; si era casada, soltera o viuda. Dice el escritor sagrado que “era llena de buenas obras”. No se dice que se haya distinguido por otras cosas. No se dice que haya sido elocuente, sabia, hermosa, rica. No era astuta como Aquitofel; no era sabia como Salomón. Pero su nombre, como el de María de Betania, está escrito en la Biblia. No sabemos el nombre de los sabios que había en la iglesia de Corinto; no sabemos de los filósofos que con Pablo discutieron en el Areópago; pero sabemos el de esta mujer. Nuestra aceptación delante de Dios no depende de cosas que el mundo estima; él atiende al carácter y el de esta discípula era como el de su maestro.

Creo que de ella podemos decir lo que Jesús dijo de María: “ésta, lo que pudo hizo”. No nos exige más el Señor. Dorcas consagró lo que tenía: su aguja. El Señor la aceptó y bendijo la obra de sus manos. ¡Y cuantas agujas ha hecho mover la aguja de Dorcas! Consagremos al Señor lo que tenemos sea poco o mucho. Él bendecirá lo poco para gloria suya, como bendijo los cinco panes y los dos peces del muchacho para que bastasen para alimentar a 5000 personas.

Dorcas era también llena de limosnas. Éstas, que son parte de las buenas obras, son fruto del amor de Dios en el corazón. No es el valor de la limosna, si no el espíritu del que la da, lo que ve el Señor. La viuda que dio su óbolo dio más que los ricos que echaban sus tesoros en el arca, porque no es la cantidad que uno da, sino lo que le queda después de dar, lo que hemos de ver. Y no debemos confundir la limosna con la verdadera caridad o amor. Hay muchas limosnas sin amor que el Señor no estima.

Otra cosa notamos en Dorcas: la memoria que dejó. Fue en los corazones de aquellos a quienes favoreció. Hay quienes han dejado sus hechos descritos en bronce o en piedra, o en papel. Esta mujer los dejó en algo mejor: en los corazones de otros. Podemos escribir allí, y quedará para siempre. En muchos de los edificios modernos vemos el nombre del arquitecto escrito en alguna de sus piedras. Podemos escribir nuestro nombre más arriba, y de una manera más duradera. Cristo dijo a sus discípulos: “regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”. El Señor no olvidará ni aún el vaso de agua fría dado en su nombre.

La evidencia de que Dorcas había escrito en los corazones de sus hermanas, la vemos en las lágrimas que por ella derramaban y en el testimonio que vieron exhibiendo las prendas de vestir que de ella habían recibido. Hay personas que en su vida hacen derramar lágrimas, como el borracho que es el azote de la esposa y los hijos, pero otros que habiendo sido una bendición para su generación son llorados en su muerte. ¿Qué estamos haciendo de nuestra vida? ¿Podremos despertar nobles ideales y bellos sentimientos en nuestro derredor? ¿Habrá quien es cuando faltemos, nos reciban en las moradas eternas?

La resurrección de Dorcas era deseada por muchos. Al morir, ¿habrá quienes desearían que volvieseis a vivir? Temo que en algunos casos la mujer no quería que el marido volviese a vivir, y viceversa.

Su resurrección fue lograda por medio de la oración. Pedro no tenía el poder para darle la vida. Y aún sabía si sería la voluntad de Dios. Tuvo que arrodillarse en oración. Y hasta después fue cuando lleno de fe en la promesa de Cristo, y sabiendo que su oración había sido contestada, dijo: “Tabita, levántate”. Vemos el efecto del milagro. No sólo trajo el gozo al corazón de sus hermanas, si no que el nombre de Cristo fue glorificado, porque “creyeron muchos en el Señor”.

Que nuestro anhelo sea éste. Que el nombre de Cristo sea engrandecido en nuestro cuerpo, o por vida, o por muerte, como deseaba Pablo.

El Cristiano Bautista, 1908

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