La vida cristiana es una batalla.
Pablo escribe a Timoteo: “Mas tú, oh hombre de Dios . . . pelea la buena pelea de la fe; echa mano de la vida eterna, a la cual has sido llamado, y has confesado la buena confesión, delante de muchos testigos.” 1 Ti. 6:11, 12. Cristo es nuestro Capitán. Dice Juan: “Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y aquel que estaba sentado sobre él se llamaba Fiel y Verdadero; y en justicia juzga y hace guerra … Y los ejércitos que están en el cielo le seguían.” Ap. 19:11, 14.
El creyente es un soldado. Consecuencias de significado infinito dependen de su lucha. Escribe Pablo a Timoteo: “Sufre trabajos conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús. Ninguno que milita, se envuelve en los negocios de esta vida, para que pueda agradar a aquel que le alistó por soldado.” 2 Ti. 2:3, 4. Y a un grupo de creyentes Pablo escribe: “Revestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo”. Ef. 6:11.
Soldados nulos
El soldado sin armas es nulo.
Observamos que los Filisteos mantuvieron sojuzgados a los Israelitas en una época por no permitirles tener armas. “Y no se hallaba herrero en toda la tierra de Israel; porque decían los Filisteos: No suceda que los Hebreos se hagan espadas o lanzas . . . Y así sucedió que en el día de batalla no se hallaba espada ni lanza en mano de ninguno de los de la gente …” 1 S. 13:19, 22.
Algo parecido sucede en las filas del ejército evangélico hoy en día. Pero a diferencia de los israelitas, tenemos cada uno una espada. Llevamos la Biblia en la mano. La realidad cruda y trágica es que no la sabemos esgrimir. Nunca me olvidaré de mi amargo fracaso en la ciudad de Chicago cuando salí con otros jóvenes para celebrar una reunión evangélica en la vía pública. Tuve tan poco ánimo que no quise ir pero me fue necesario hacerlo. El líder del grupo nos dijo que cuando él comenzara el mensaje debíamos hablar cada uno con alguna persona acerca del Señor. Elegí hablar con un hombre de color, grande, formidable, que estaba sentado en la entrada de un zaguán. Cuando le pregunté si quería ser salvo, para gran sorpresa mía, dijo que sí. Fue entonces, cuando fracasé miserablemente. No pude recordar, ni encontrar en mi Biblia, un sólo texto adecuado a su necesidad. Busqué febrilmente, pero en vano. Le dije, “que Dios le bendiga”, di media vuelta y me retiré, triste y derrotado, de ese campo de batalla.
Nuestro modelo
¿Cómo debemos esgrimir la espada del Espíritu, la Palabra de Dios? “Ejemplo os he dado”, dijo Cristo; debemos imitarle a él. Juan dice: “El que dice que mora en él (Cristo), debe también él mismo andar así como él anduvo”. 1 Jn. 2:6.
Nuestro Señor luchó contra el diablo. Ver Mateo 4:1-11. En esa lucha tan terrible Cristo se limitó a citar textos que había aprendido en tiempos anteriores y guardado en su memoria. Ver Mateo 4:4, 7, 10. Cristo ganó la victoria sobre Satanás citándole textos bíblicos.
Cada creyente puede vencer también en la batalla de la fe. Si somos de Cristo debemos luchar, no podemos escapar por la tangente. Cristo dijo: “Vosotros sois testigos de estas cosas”. Lc. 24:48. Y otra vez: “Os elegí a vosotros y os he designado a fin de que vayáis.” Jn. 15:16. Nuestro Señor no propone que seamos soldados derrotados. Podemos ser “vencedores, y más aún, por medio de aquel que nos amó. Ro. 8:37. Contemplemos bien nuestra arma. Dios nos ofrece una espada. Dice: “tomad . . . la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”. Ef. 6:17.
La espada es única. “Porque la palabra de Dios es viva, y eficaz, y más aguda que toda espada de dos filos, y penetra hasta la división entre alma y espíritu, sí, y hasta las coyunturas y los tuétanos, y es hábil en discernir los pensamientos y propósitos del corazón”. Heb. 4:12. Bien puede decir el creyente como dijo David acerca de la gran espada que había quitado de Goliat: “Ninguna hay como ésta; dámela”. 1 Sam. 21:9. El creyente que no aprende a esgrimir la espada del Espíritu peca contra Dios y se hace acreedor del reproche de Cristo: “Y por qué me decís: ¡Señor! ¡Señor! y no hacéis lo que yo digo?” Lc. 6:46.
Utilizar un plan
Para aprender a esgrimir la Palabra de Dios, es menester poner por obra un plan. ¿Quién jamás aprendió a tocar bien el piano sin dedicarse durante mucho tiempo a un horario de práctica? Esgrimir bien la espada del Espíritu es mucho más importante que el hermoso ministerio de la música. ¿Qué futbolista ha podido lucirse en la cancha sin haber practicado durante meses y años soportando los golpes y la fatiga para lograr adiestrarse? Esgrimir bien la Palabra de Dios es de mayor valor que los resultados positivos de todos los deportes.
Si el lector se siente convencido de la verdad de este breve mensaje, haga de ella sincera oración.
“Si sabéis estas cosas, bienaventurado sois si las hacéis”. Juan 13:17.
