La promesa del Eterno

La promesa del Eterno ha sido cumplida y, usando el lenguaje del apóstol Juan, “el verbo se hizo carne”.

Los orientales estudiosos, los sabios de esos días saben que el Espíritu Divino ha encarnado en Jesús. Los ángeles han comunicado la noticia a los humildes, pero ellos escrutando los espacios y estudiando antiguos manuscritos han adquirido la certeza de su nacimiento. Representando tres diferentes períodos de la vida humana y tres divisiones del globo, los sabios peregrinos rinden su tributo de adoración a Jesús-Niño. Conscientes de los días que la humanidad vivía, han comprendido la necesidad suprema de la misión de Jesucristo y lo que ésta puede significar para el mundo. Llegan ante Él para testimoniarle su gratitud y su esperanza.

Siglos han caminado los hombres desde aquella escena, han contemplado el derrumbamiento de soberbios imperios, el paso de civilizaciones, el auge maravilloso de la mecánica, la materialización de muchas ideas sustentadas con el calor del ideal y, sin embargo, aún se encuentran pobres, abatidos, desorientados. Como en aquellas épocas la maldad, el orgullo, el egoísmo minan la sociedad. ¿Qué les falta? Han sido capaces de soberbias creaciones en todo orden de cosas, pero a pesar de eso, no han descubierto el secreto de la vida abundante para todos.

Sistemas diversos han sido propiciados para dejar a los hombres más escépticos y desalentados ante el fracaso, apenas comenzada su aplicación.

¿Es acaso imposible encontrar un remedio para los males que afligen al mundo? Será imposible mientras se recurra a las soluciones meramente humanas y donde el importante factor espiritual es olvidado o simplemente no considerado. Dios encarnó en aquellos días para ayudar a los hombres, redimirlos y salvarlos. Y el mundo sigue enfermo y seguirá, mientras no consiga que el Espíritu del Cristo pueda vivir en él. En estos días cuando recordamos el nacimiento del Salvador y contemplamos el cuadro pavoroso que el mundo ofrece queremos repetirle, que su única salvación está en Jesucristo y reafirmar su declaración: “he venido para que tengáis vida y para que la poseáis en abundancia”.

La Voz Bautista. Dic. 1934, p. 3

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