Hay porciones de la Palabra de Dios que llegan a ser particularmente preciosas para cada creyente desde los días de su conversión, o de alguna nueva y grande experiencia de la vida cristiana. Solemos así hablar de “mi versículo favorito”, o “mi pasaje preferido”, refiriéndonos a uno cuyo fulgor trajo y subyugó nuestro corazón desde entonces. Para mí, esto ha sido así con el capítulo tres de la epístola a los Colosenses, cuyas enseñanzas hablaron con fuerza indescriptible a mi corazón desde cuando por primera vez me deleitaba en las páginas de mi recién hallado tesoro, la Biblia.
“Si habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”. El apóstol Pablo no conocía personalmente a los colosenses. Era una congregación surgida bajo el fiel testimonio de Epafras (1:7), probablemente convertido este durante la permanencia de Pablo en Efeso, y usado luego por el Señor para evangelizar el valle del Lycus, en que estaban Hierápolis, Colosas, Laodicea. Una iglesia floreciente había nacido allí, cuya fe en Cristo y amor a los santos eran notorios (1:4). Estando en prisión en Roma, aproximadamente por el año 63, el apóstol fue visitado por Epafras, quien le comunicó su angustia por la obra del Señor amenazada en sus mismos cimientos por artera penetración de la mortal herejía que luego alcanzó triste fama bajo el nombre de “gnosticismo”. Esta falsa filosofía, en su erróneo concepto acerca de Dios y de la creación, llevaba al completo repudio del Antiguo Testamento por el siguiente camino: la materia es intrínsecamente mala; Dios, siendo perfecto, no pudo haberla creado él mismo; por lo tanto, el Antiguo Testamento, que así lo afirma, es más bien de inspiración diabólica que divina. Cristo, para los gnósticos, no era aquel Verbo de Juan 1:1, sino un ser creado y despojado de deidad. Los ángeles debían ser adorados, y Miguel era invocado como el principal protector patrono de Colosas, atribuyéndosele el haber salvado a sus habitantes de perecer en una inundación.
El concepto de la vida cristiana sufría también tergiversación; por un lado, ciertos gnósticos preconizaban la necesidad de un estricto ascetismo y severo castigo de la carne (mala intrínsecamente) para así librarse del pecado, error similar al de monjes y monjas católicos que laceran sus carnes con cuerdas, silicios, etc., o la enferman con prolongados ayunos y penitencias, pretendiendo así perfeccionarse espiritualmente. Otros gnósticos se situaban en el extremo opuesto, el de un libertinaje vergonzoso, teniendo esta filosofía: “el espíritu y la materia son dos principios completamente distintos e independientes; por lo tanto, no puede afectar a mi espíritu lo que yo haga con mi cuerpo”.
Leyendo detenidamente esta epístola, veremos cómo su inspirado autor ataca, refuta, demuele tan tristes y funestas herejías. Y en cuanto a cuál deba ser la verdadera vida del creyente en Cristo, estos preciosos primeros diecisiete versículos del capítulo tres nos lo dicen con claridad y poder. Hable el Espíritu de Dios a nuestros corazones ahora que nos pondremos bajo sus rayos refulgentes y escrutadores:
1. La verdadera vida cristiana es una de íntima, profunda y constante unión con Cristo. vs. (1-4).
Ya el Señor lo había dicho: “Estad en mí y yo en vosotros… Yo soy la vid, vosotros los pámpanos… Sin mí nada podéis hacer… el que en mí no estuviere será echado fuera como mal pámpano…” (Juan 15:1-6).
El creyente, nos dice ahora el apóstol, debe ser uno con Cristo en los tres aspectos vitales de su obra redentora: su muerte, su resurrección, su segunda venida. “Porque muertos sois”, les recuerda en el versículo tres. Como Cristo murió por nosotros, debemos nosotros por Cristo morir cada día al pecado, al mundo, a la carne, estos tres terribles enemigos que batallan contra el alma y la quieren de nuevo subyugar. Esta triple muerte testificamos haberla experimentado cuando fuimos “sepultado juntamente con él a muerte por el bautismo”, así significando también que “nuestro viejo hombre había sido crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado fuera desecho a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:1-6). ¡Ay! ¡Amados hermanos! ¡Cuánto necesitamos recordar a cada momento esta realidad! Pecado, que heriste a mi amado Salvador; pecado, que me privabas de las glorias de una vida en comunión con Dios; pecado, que hundías mi alma en perdición y muerte: ¡no llames más a mi puerta, he muerto para ti! Oh, mundo de falacias, mundo que rechazaste a quien era tu luz, mundo que aborreciste a quien te amó y se dio por ti, mundo cuyo amor opaca, marchita y expulsa el de Dios, mundo cuyo oropel engañoso priva de riquezas imperecederas, ¡no busques seducirme con tu música de sirena, ya no te pertenezco! Oh, carne caída y concupiscente, que me llevabas al pecado y fructificabas para muerte, no cederé más a tus insinuaciones, no andaré más conforme a la carne, mas conforme al espíritu; ¡la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte!
Pero el creyente debe ser uno con Cristo también en su resurrección: “Si habéis pues resucitado con Cristo…” (v. 1). Es la contraparte del bautismo; no quedamos bajo sus aguas, mas surgimos para andar en novedad de vida, buscando no más las cosas de la tierra, sino ahora las de arriba, aquellas que pertenecen a nuestra nueva naturaleza, las cosas de Dios y de Cristo y de su reino. Ya no debe guiar nuestros impulsos la promoción de nuestros intereses terrenales. Hacernos riquezas incorruptibles en los cielos, y que todo aquí en la tierra sirva esos elevados designios, debe ser nuestra meta. “Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (v. 3). Queremos pues “¡vivir nuestra vida!” y ello no en la atmósfera sofocante de este siglo, sino en la pura a donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.
El haber muerto con Cristo, y el estar viviendo en él esta vida nueva, nos da seguridad en cuanto al tercer aspecto de esta unión: ¡seremos uno con Cristo en su gloriosa venida! “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (v. 4). ¡Oh, gloriosa esperanza de los hijos de Dios! Un día los cielos se abrirán y la señal del Hijo del Hombre se mostrará a todas las gentes desde un cabo del cielo hasta el otro. Vendrá con sus santos millares a hacer justicia y juicio. Todo ojo le verá, y los que le traspasaron. Seremos arrebatados para estar con el Señor, y así lo estaremos por siempre jamás. ¡El mundo atónito verá manifiestamente que aquellos a quienes despreció, persiguió, vituperó y burló, eran los verdaderos sabios!
¡Oh, hermanos, la fe en Cristo nos ha unido indisolublemente en vida, muerte, y eternidad con él! Mantengamos viva esta realidad: “Cada momento la vida me da, cada momento conmigo él está; hasta que llegue su gloria a ver, cada momento le entrego mi ser”.
2. La verdadera vida cristiana es, no obstante, una de diaria y continua guerra contra el mal (vs. 5-9).
“Amortiguad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra”. Es un mandato imperativo: Los miembros de nuestros cuerpos que antes para iniquidad habíamos presentado para servir a la inmundicia (Romanos 6:13, 19) debemos ahora contarlos por muertos, más aún, matarlos en cuanto a los malos impulsos se refiere. Pecados que claman al cielo y hieden en la tierra son mencionados de inmediato: fornicación, inmundicia, molicie (voluptuosidad, pasión impura), mala concupiscencia (que busca gratificar en hechos aquella voluptuosidad) y avaricia (codicia, voracidad, insaciabilidad, sean en placer sensual o posesiones). Gálatas 5:19-21 es el catálogo completo de las cosas cuya práctica excluye del reino de Dios, y que aquí el apóstol anuncia “por las cuales cosas la ira de Dios viene”, está cayendo ya (el pecado obra muerte), y está aún en camino en el sentido que está por ser manifestada en su plena fuerza punitiva en el juicio que se aproxima. En todas estas cosas habían andado los colosenses en su vida de paganos anterior a su conversión, y Pablo da por sentado que ya no andan más. Bien, les dice, así como habéis dejado esos gruesos pecados, dejad ahora los siguientes: (Y aquí, ¡oh amados en Cristo! nos pesca a todos en la fina red de cosas en que los hijos de Dios a menudo caemos, consciente o inconscientemente). Hay aquí pecados internos e invisibles, pecados del corazón y de la mente, y pecados externos, que tienen que ver con nuestros labios: ¡ira, enojo, malicia! ¡Cuántos creyentes que a la menor provocación, “se levantan como leche hirviendo”, ojos centelleantes, faz enrojecida por la cólera! ¡Cuántos que guardan rencor permanente contra el prójimo por aún leves ofensas! “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”, dícenos el Maestro. ¿Y el pensar mal de los demás? Cuán fácil es, cuando el amor falta, interpretar maliciosamente las palabras o las actitudes de los hermanos, atribuyéndoles despropósitos cuando en realidad no los había. Maledicencia, palabras torpes, mentiras. No podemos detenernos mucho ya, sólo para recordar la ruina irremediable que el hablar injuriosamente de los siervos de Dios causa, matando su reputación y anulando su influencia ante las almas; lo incongruente que es el que por una misma boca una fuente eche agua dulce y amarga (labios que oran y alaban a Dios no deben mancharse con palabras impúdicas!), lo trágico y doloroso que representa el hecho de que los hijos de Dios sirvan más bien al padre y la mentira hablando falsamente, disfrazando la verdad, adoptando, si no palabras, actitudes engañosas. Dejado, amados, todas estas cosas como habéis dejado la fornicación y la idolatría, clama el espíritu mismo de Dios por medio del apóstol. ¡Despojados (¿no lo habéis hecho ya?) de los harapos sucios y raídos característicos del viejo hombre!
3. La verdadera vida cristiana es, por fin, una de constante adquisición y crecimiento, en la que Cristo debe reinar soberano.
Aquellos harapos sucios y raídos han de ser reemplazados por las limpias vestiduras del hombre nuevo, de los escogidos de Dios (vs. 10-14). Una restauración ininterrumpida, gradual, progresiva, debe tener lugar, y teniendo como meta el original que Dios había creado “a su imagen y semejanza” (v. 10) y que luego en toda su belleza incontaminada nos mostró en el segundo Adán, o sea el Cristo. Debemos comenzar por reconocer en él abolidas todas las distinciones y separaciones humanas e implantada una verdadera comunión entre todos los que son suyos, sean aquellas distinciones raciales (no hay judío ni griego); o rituales (circuncisión ni incircuncisión); o nacionalismos (bárbaro ni scytha); o clases sociales (siervo ni libre); ¡Dios no hace acepción de personas; su reino no tiene fronteras!
La hermosura de Cristo sea vista en nosotros vistiéndonos de sus virtudes: misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre, tolerancia, espíritu perdonador. Y todas estas prendas mantenidas en su lugar, sujetas por el vínculo de la perfección, caridad (1 Corintios 13).
La paz de Cristo, (como en los mejores manuscritos), esa paz antes ignorada pero hoy disfrutada, debe servirnos de guía para la solución de todo conflicto: toda solución que tienda a empañarla o a robárnosla, debe ser desechada como mala.
La palabra de Cristo sea el huésped delicioso de nuestros corazones, fortaleciéndonos contra el mal (1 Juan 2:14), instruyéndonos en el bien y haciéndonos aptos para instruir y exhortar mutuamente.
El gozo de Cristo abunde en labios y corazones; manifiéstese en salmos, e himnos y canciones espirituales cantados con gracia al Señor.
Por fin, la vida resucitada coloca Jesús en el trono y rinde ante él el tributo de todos sus pensamientos, sus palabras y sus hechos, haciéndolo todo en el nombre del Señor Jesús. ¡Todo en el nombre del Señor Jesús! Pero para ello, no debemos hacer nada que sea contrario a la voluntad del Señor Jesús, ni ajeno a su espíritu. He aquí, amados hermanos, la mejor piedra de toque para distinguir entre lo lícito y lo ilícito, lo bueno y lo malo: ¿Podemos fumar en el nombre del Señor Jesús? ¿Podemos ofrecerle una pieza de baile? ¿Podemos apoyar con nuestra concurrencia a sus funciones, en el nombre del Señor Jesús, a la impía y desmoralizada industria de Hollywood? (Por nombrar sólo tres de las tantas prácticas que minan la espiritualidad cristiana). ¡Andemos en novedad de vida!
El Promotor de Educación Cristiana. Enero-marzo 1950
