Sermones que ganan almas

El sermón que salva almas es el que pone al oyente cara a cara con el Hijo de Dios y le mueve a aceptar a Jesús como Salvador y Señor. En todo mensaje ganador de almas hay una nota de urgencia. “Ahora es el tiempo aceptable”.

Para juzgar un sermón, léaselo como un todo. Nótese el espíritu que prevalece. Estúdiese el texto y el tema, así como la conclusión. Al decir conclusión, nos referimos a la parte final, que es la que revela el propósito determinante. En un sermón para ganar almas, la parte final puede ser más larga que en algunos otros sermones. El predicador común cuida los primeros párrafos, a fin de lograr atención e interés. El pastor evangelista se preocupa aun más por los párrafos finales, que deben ser persuasivos. En realidad, debieran ser casi irresistibles.

Tal es la teoría. Pero la realidad no es tan sencilla. En el trabajo del púlpito, la evangelización y la alimentación cristiana van juntas. De la misma manera que en la chacra la cantidad de maíz que se cosecha depende de la calidad de la semilla y el cultivo del suelo. Cuando se examinan los mensajes impresos de los ministros evangélicos, no se puede hacer una distinción clara entre los sermones para ganar almas y los discursos pastorales. En la labor del evangelista parroquial, los dos elementos deberían ser a menudo inseparables.

En un tomo de sermones publicado por Spurgeon cuando tenía veintitrés años, el último es The Saint and the Saviour, o The Progress of the Soul in the Knowledge of Jesus (El Santo y el Salvador, o El progreso del alma en el conocimiento de Jesús). Los doce mensajes están presentados como pastorales; pero en términos de hoy, la mayoría de ellos son evangélicos. Por ejemplo: “Jesús perdonador”, y “El gozo de la conversión”. Al final de cada uno de los doce hay una apelación “Al oyente inconverso”, rogándole que acepte inmediatamente a Cristo como su Salvador.

El elemento pastoral aparece también por doquiera en la predicación de Spurgeon. Tómese, por ejemplo, su volumen titulado Twelve Soul-Winning Sermons (Doce sermones para ganar almas). Los escogió de entre sus mensajes publicados después de haber lanzado 1650. El tercer discurso es típico. El tema es: “Todo está preparado: ¡venid!”. El predicador desarrolla cuatro líneas de pensamiento. La primera muestra que Dios está siempre listo. La segunda insiste en que los santos deben seguir acudiendo a Dios. La tercera invita a los pecadores a venir ahora. La cuarta trata de la falta de disposición de este para acudir, confesando sus pecados. Tal predicación está impregnada de sencillez. Tal vez por eso atraía al pecador y bendecía al santo. 

¡Cuán distinto es el sermón aerodinámico de hoy! He aquí un modelo reciente. El tema es “El misterio de la religión”. No hay texto. La “nueva predicación” es inductiva. No se hace mención de Cristo o de Dios hasta el final. Las palabras finales deben ser tan inesperadas y culminantes como en una novela corta. En el sermón, sin embargo, las últimas líneas son religiosas: “La religión no es arte, con su mágica belleza; ni ciencia, con sus maravillosos descubrimientos; ni filosofía, con sus elevadas especulaciones; ni un credo, con sus dogmas absolutos. ¿Qué es entonces la religión? ¡Ese es el secreto! Oremos”.

Esta suerte de predicación, así llamada, exige poco trabajo —solo saber hacer frases ingeniosas—, poco tiempo, poca religión. Pero también hace poco bien. Puede que parezca muy ingeniosa, pero no señala al alma el camino hacia Dios.

Por el contrario, el sermón que ha de ganar almas debe ser producto de un duro trabajo en espíritu de oración. Aunque cada mensaje debe ser diferente de los otros, en cierto sentido deben ser todos iguales. En general, las dificultades de la preparación son de tres clases.

La primera tiene que ver con la fuente de los materiales. Deben ser principalmente bíblicos. El predicador que quiere ganar almas debe conocer la Biblia, y ser capaz de emplearla como la “espada del Espíritu”.

La segunda dificultad se relaciona con la forma del mensaje. Debe ser doctrinario, al menos indirectamente. El hombre en el púlpito debe saber lo que cree y por qué lo cree. Por regla general, debe predicar positiva y bondadosamente, y no negativa y beligerantemente. Debe presentar clara y luminosamente las verdades de Dios. Todo el tiempo debe mantener el sentido de misterio y maravilla.

La tercera dificultad tiene que ver con el estilo del mensaje. Debiera ser interesante y claro, que apele a la clase de gente que escuchaba gozosamente al Maestro. Sobre todo, debe apoderarse del alma del pecador y llevarlo a la Cruz.

Bíblico en sustancia

La predicación evangelizadora es bíblica. Esto se refiere más a la sustancia que a la forma, y al espíritu más aún que a la sustancia. Aunque los sermones que ganan almas están saturados con la esencia de la Biblia, generalmente no son expositivos. El autor siente que hay una vocación para “predicar de la Biblia”. Pero hay diversas maneras de emplearla para la gloria de Dios. En la alimentación de la grey, uno hace de maestro. En la apelación a los inconversos, habla como un abogado. La predicación expositiva edifica. Los sermones evangelísticos salvan. Unos y otros son igualmente difíciles; no hay una manera fácil de predicar bien.

¿Cómo emplea la Biblia en el púlpito el ganador de almas? Empieza con un texto. Como dice Spurgeon, a menudo es el texto y no el sermón lo que salva al pecador. Por lo general, un texto corto. Que tenga sentido propio. Que requiera poca explicación. A menudo, un texto que choque. “¿Cambiará el etíope su piel o el leopardo sus manchas?” Esto apela a la imaginación.

Puede ser un pasaje del Antiguo Testamento. Para el ganador de almas, las Escrituras hebreas son un hemisferio del mundo bíblico. En los primeros cinco volúmenes de Spurgeon hay 128 sermones, de los cuales algo más de la mitad son del Antiguo Testamento. Esta proporción, sin embargo, es inusitada. Quizá uno del Antiguo contra dos del Nuevo estaría más cerca del término medio de los predicadores ganadores de almas.

¿Por qué no predicar a Cristo con su propia Biblia? El Antiguo Testamento fue la única Biblia que nuestro Salvador conoció jamás. Sin embargo, es un sano principio de hermenéutica cristiana interpretar el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo. De otro modo se podría “predicar” como un rabino judío. Otra regla segura es comenzar con palabras que señalen hacia el Salvador.

El texto que gana almas es generalmente del Nuevo Testamento. A menudo uno acude a los evangelios, especialmente San Lucas y San Juan. … En un seminario teológico, cuando Beecher estaba en su apogeo, habló sobre “El éxito en la predicación”. El corazón del discurso fue el texto: “Yo os haré pescadores de hombres”. He aquí algunos extractos: “Los hombres están en peligro de muerte eterna, y vosotros debéis pescarlos”. “Pescad donde están los hombres”. “Esta es la falla de los seminarios teológicos: que no enseñan lo suficiente acerca de los hombres”. “Estos hombres (los estudiantes) caen en lo que podríamos llamar la idolatría de los sermones. Piensan que el sermón lo es todo. Las palabras de Cristo son: Os haré pescadores de hombres”. “El discurso más elegantemente terminado sería malo si no hiciera la obra”.

Si el ministro es un pescador de hombres, sabe cómo predicar de un pasaje de los evangelios. Cuando anuncia un texto tal, los oyentes esperan un sermón sobre el Cristo viviente. En cada uno de los evangelios casi cada párrafo habla del Maestro. Cuando quiera aparece en las páginas sagradas, él es el centro de la escena. Otros aparecen en el cuadro solamente por su relación con él. Sin embargo, es posible comenzar con un texto áureo de San Lucas y hablar entretenidamente durante veinte o veinticinco minutos, sin poner una vez al oyente cara a cara con el Señor Jesús.

Existe la tentación de acordar al Maestro un lugar secundario. Esto no es buena religión ni buen arte. Tómese, por ejemplo, el pasaje de la curación del paralítico, en Lucas 5:18-26. En el sermón se puede subrayar las peculiaridades de la arquitectura oriental, la superación de obstáculos, la necesidad de la cooperación, el hecho de que la parálisis a menudo se debe a pecados de la juventud, o alguna otra cosa en el nivel humano. ¿Pero dónde está el Señor Jesús? Este pasaje está en el evangelio debido a que hace claro y luminoso el hecho de Cristo. El versículo clave dice al paralítico: “A ti digo: levántate, toma tu lecho y vete a tu casa”. El mensaje debiera referirse a la autoridad o al poder del Cristo viviente para perdonar pecados. Todos los otros seres humanos, especialmente el más necesitado, deben aparecer en el cuadro; pero el Señor Jesús debe ser el centro de interés y la luz debe darle de lleno en el rostro. Esto es en gran parte lo que se quiere decir con “el arte de la predicación”. 

Pueden tomarse textos para evangelización del libro de Los Hechos. Esta es nuestra guía más completa y satisfactoria en el delicado arte de ganar almas. Uno de los textos más fructíferos es la respuesta del Apóstol al clamor del carcelero: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Una vez, predicando Dwight L. Moody en la ciudad de St. Louis, supo que su sermón iba a ser publicado en uno de los diarios de la ciudad. Nueve veces en ese mensaje repitió su texto: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”.

Este mensaje impreso entró en la cárcel de la ciudad. La mención del carcelero impresionó a un criminal empedernido, Valentín Burke, quien, debido a la repetición del texto, se convirtió. Años más tarde, cuando Moody visitó otra vez St. Louis, vio a Burke, pero no lo reconoció. Se había convertido en ayudante del sheriff. En cierta oportunidad, este ex criminal fue encargado de depositar 60.000 dólares, y los llevó al banco sin escolta alguna. Después que Moody se enteró de estos hechos, llevaba consigo dos fotografías: una de Burke el criminal, la otra, de Burke el cristiano.

Estrechamente relacionadas con el libro de Los Hechos están las epístolas. Fueron dirigidas a creyentes, pero están llenas del evangelio que salva. Un conocido sermón de Truett sobre “El significado de la cruz de Cristo”, por ejemplo, se basa en 1a Pedro 3:18. El propósito determinante es visible desde el principio: “Nuestro texto es una clara declaración de la forma en que uno puede ser salvo”. El mensaje conduce a un tierno y conmovedor llamado a oír y aceptar a Cristo.

Ocasionalmente, se toma un texto del Apocalipsis. En días de caos, el Apocalipsis debiera sugerir más de un mensaje de esperanza y alegría.

Doctrinario en la forma

La predicación evangelística es doctrinaria, al menos indirectamente. Nunca debiera ser escolástica. Puesto que el sermón para ganar almas es de estilo popular, no debe parece que es doctrinario, o aun intelectual. Esto puede explicar el prejuicio de los ministros contra la predicación de doctrinas. Aunque es más probable que la objeción se deba a las pesadas y secas abstracciones que a veces pasan por discursos doctrinarios. …

Moody, por otro lado, emplea la doctrina en forma muy distinta. En su libro El Camino hacia Dios, cada uno de los nueve sermones tiene una médula doctrinaria. Durante el curso del año, el evangelista pastoral debiera presentar todas las verdades cristianas esenciales, desde la santidad de Dios y la pecaminosidad del hombre hasta las maravillas del amor redentor y la sombra del gran Trono blanco. Debiera hablar a menudo de las glorias de la vida eterna. El énfasis debiera estar siempre sobre la gracia de Dios. Cualquiera sea la doctrina a mano, el poder salvador está en Cristo y su cruz, a través del Espíritu de Dios. La verdad que con más seguridad salva, es la del Calvario. La visión de la cruz derrite los corazones más duros y los pone en disposición de recibir el amor de Dios.

Popular en estilo

El estilo del mensaje evangelístico debe ser popular. Debe apelar al pueblo común. Si esto fuera todo, bastaría recurrir a la predicación sensacionalista. Este término se relaciona con la predicación que llama la atención sobre el predicador y su sermón, no sobre el Salvador y su cruz. “Nadie puede dar testimonio de Jesús y de sí mismo al mismo tiempo”. Sin embargo, la pirotecnia en el púlpito puede tener éxito aparente, al menos por un tiempo. ¿Pero qué realiza para el Reino?

A veces la predicación es secular, sin ser sensacionalista. Hace algunos años, en Baltimore, Don Frank Fenn hizo un interesante experimento, dedicando los domingos a la noche a temas corrientes, tales como la guerra, el crimen y la psiquiatría. En parte debido a la publicidad, los resultados fueron alentadores, numéricamente; los auditorios nocturnos eran tan numerosos como los matutinos. Pero al mirar hacia atrás el ministro no pudo atribuir a esos servicios un solo bautismo o confirmación. En su libro Parish Administration (Administración parroquial), dice: “La gente había estado en la iglesia, en lugar de estar en alguna otra parte, pero en cuanto a resultados permanentes, temo que no existan. Es fácil llenar una iglesia recurriendo a la publicidad barata”. “Lo que el hombre sembrare, eso también segará”.

Es posible, no obstante, ser popular en la predicación del evangelio. Los sermones ganadores de almas son notables por su sencillez. Aunque nunca pueriles, a menudo son infantiles. Las verdades deben ser casi evidentes por sí mismas. En un mensaje dado no debe haber muchas grandes ideas, pero las escogidas deben ser luminosas.

El estilo debe ser concreto, no abstracto. “Tres cuartas partes del secreto de escribir bien consisten en dar hechos definidos, cuidadosamente escogidos, y en abundancia. La otra cuarta parte no importa”. Y aunque este sea un dicho extremo, al menos tiene tres cuartas partes de verdad… Por extraño que parezca, es más difícil preparar y predicar esta clase de sermones sencillos, basados en hechos, que presentar el tema filosófica y pomposamente. Lo mismo se aplica a la escritura de un libro. Si alguien lo duda, que haga la prueba en ambas formas.

La predicación evangelística debe distinguirse por su interés humano. Esto no es tan fácil de obtener. Spurgeon dice que buena parte de la predicación es como remendar un vestido sin anudar el hilo. No hay nada que “agarre”. La monotonía es soporífica.

Una manera de asegurar la atención es empleando ilustraciones de valor. En el sermón de Moody sobre el amor de Dios hay nueve ilustraciones. La mayoría de ellas son bastante largas, y así es el sermón mismo. Moody no economizaba en sus sermones dos cosas: la Biblia y el color local. Mientras la urdimbre de cada uno de sus mensajes era del Libro, la trama era de las vidas comunes de los hombres y mujeres.

El estilo del sermón ganador de almas es simple. No llama la atención sobre sí mismo. Es como una ventana a través de la cual se contempla la gloria de cielo y tierra. La presentación, también, es sin afectación. El hombre del púlpito está conversando con profundo interés con su amigo sentado en el último banco. El predicador, porque es sincero, es natural. Está pensando en su asunto, no en sí mismo, en el oyente, no en el sermón. El evangelista predica para la salvación del pecador, no para la salvación del sermón.

Además, la predicación evangelística es personal. No tiene nada que ver con las personalizaciones, en el sentido ofensivo del término. Pero la eficacia del sermón evangelizador consiste en gran parte en “el poder individualizador”. Tal predicación comienza con Dios. Él es Espíritu; esto es, la Persona ideal. Está siempre con nosotros. No es un señor ausente. Nos conoce. Se ocupa de nosotros. Es capaz de hacer por los hombres lo que ellos no soñarían pedirle. ¿Hemos sido fieles en nuestro púlpito a los hechos acerca de Dios? Si no, aprendamos a verle en el rostro de Cristo.

¡Sed personales! El hombre que se sienta en los bancos es un ser humano. Para algunos teólogos, la humanidad puede no ser más que una abstracc1on. El pecado parece impersonal. Pero para el evangelista, el amigo que se sienta en ese banco es alguien que tiene valor, aquí y en la eternidad. Su alma vale más que todas las cosas del mundo. Su pecado es una tragedia tan grave como cualquier otra. El pecado de un hombre tiene que ver con su relación con Dios, con sus seres queridos y con otros. Cuando un mortal acude a la cruz, halla perdón, purificación y paz. Tal experiencia es intensamente personal. Aunque por su pecado un hombre pudiera lanzar un continente entero a la guerra, su principal ofensa contra Dios. “A ti, a ti solo he pecado”.

Desde el Señor Jesús y el Apóstol Pedro hasta William Booth y Gipsy Smith, todos los predicadores ganadores de almas se han caracterizado por el “poder individualizador”. Mientras el predicador poco práctico puede dirigirse a sesenta personas de tal modo que cada una de ellas siente que el sermón se relaciona con los hombres de todos los tiempos y todas partes excepto aquí y ahora, el ganador de almas puede hablar a seiscientas o seis mil y hacer sentir a cada hombre que el mensaje es para él personalmente. “Tú eres ese hombre”. En un sermón, debiera ser tan natural dirigirse a un oyente como hablar a Dios.

La evangelización evangelística es directa. Es intrépida. El predicador no es un simple literato que ha estado paseando por un jardín y arrancando flores para adornar la cruz. Es un embajador del Rey Jesús, con un mensaje que exige decisión inmediata. …

La predicación directa requiere que la verdad de Dios, la Persona ideal, sea dirigida al hombre, la persona pecadora. La manera de reunir a ambas es predicar a Cristo. “Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo”. Esta es una referencia a la cruz. Todo ministro debiera hacer un estudio de lo que la Biblia enseña acerca de la cruz. Los textos más maravillosos son notables por sus pronombres personales: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Este es el evangelio que salva y transforma. Finalmente, la predicación evangelística es urgente. Apela a la voluntad. La voluntad es la personalidad toda en acción. Se trata de ganar al oyente como hombre, alma y cuerpo, para el tiempo y la eternidad. En términos generales, hay dos maneras de mover la voluntad: una es por medio de los poderes intelectuales; la otra, por las emociones. Casi en todos los sermones se debiera apelar a ambas: tanto a la cabeza como al corazón. Por lo general, la primera parte del mensaje va dirigida al intelecto; la parte final puede apelar más a las emociones. Pero en el arte de la predicación todas las reglas se subvierten. Lo principal es tener un mensaje de Dios y predicarlo con el alma en llamas…

Cualquiera sea el tono del sermón, el propósito es mover la voluntad del oyente hacia Cristo. Al comenzar a preparar el sermón, se debe tener presente este propósito. Después, trazar el recorrido para llegar a esa meta. Hacia el final del sermón debe hacerse que todo presione sobre la cuestión de la entrega personal a Cristo, aquí y ahora. “¡Escoged! ¡escoged ahora! La elección es breve pero eterna”.

Un domingo a la noche, Dwight L. Moody estaba predicando a una vasta multitud en Chicago. Llevó a cada oyente cara a cara con Cristo, el Hijo de Dios. Y para terminar, pidió a los oyentes que orasen durante la semana y volvieran el domingo siguiente para decidirse por Cristo. Pero a altas horas de esa misma noche la ciudad fue arrasada por el fuego. El tabernáculo fue destruido. Moody no volvió a hablar a aquel auditorio.

Veintidós años más tarde, en la Feria Mundial de Chicago, relató estos hechos. Con lágrimas en los ojos, dijo que nunca había vuelto a sugerir a un oyente no salvado que postergara su decisión de hacerse cristiano. “Este el tiempo aceptable; hoy es el día de salvación”.

El Predicador Evangélico, julio-sep. de 1949
 

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