Dominio de sí según Dios (excelente libro por A.T. Pierson del año 1909)

Dominio de sí según Dios

Porciones selectas

Por A. T. Pierson

Regulación del recreo

El estado normal de todos los seres es de gozo, y una salud perfecta ha de estar unida a una completa felicidad. Ceños y surcos en la frente son señales y cicatrices de pecado. Dios hizo al hombre para un mundo en que la felicidad reinara. Todo era bueno hasta que se dejó ver el rastro de la serpiente por todas partes. La señora Charles en una de sus obras da una caricatura de los que suponen que Dios no quiere ver a sus criaturas felices, y que si llegan a disfrutar de las cosas de la vida, es seguro que Dios les enviará algún contratiempo para templar su satisfacción. ¡Qué equivocación!

La Palabra de Dios no presta el menor apoyo a estas ideas ascéticas que convertirían al mundo en un vasto monasterio. Hay algo en la juventud que hace al corazón rebosar de alegría, como al sediente un manantial de aguas. Salomón dice: «Alégrate, mancebo en tu mocedad, y tome placer tu corazón en los días de tu juventud; y anda en los caminos de tu corazón, y en la vista de tus ojos: mas sabe que sobre todas estas cosas te traerá Dios a juicio». En estas pocas palabras tenemos el resumen de todo nuestro tema; es decir: la legitimidad del placer y la ley de su limitación.

Pasemos ahora a indicar algunos de los principios que han de gobernar el perseguimiento del recreo. Tengamos por entendido que cualquier cosa que en sí sea mala, aunque por un tiempo contribuya a una especie de gratificación, pertenece a lo que la Biblia llama «Los placeres del pecado», que son temporales. Son como un vaso de dulzura con heces amargas en el fondo. Podemos descartar tales placeres sin discusión, para tratar de la legitimidad del placer inocente. Nuestra naturaleza demanda descanso y recreo. Dios ha provisto para esta necesidad en el dormir de noche y también en el descanso de un día en siete.

Ahora pues, habiendo concedido tanto, hemos de añadir que, si el placer no ha de ser pervertido, ha de ser restringido.

Los placeres sanos presentan cuatro caracteres distintos: El primero, es activo, es decir, halla descanso en una variedad de ocupación, antes que en la ociosidad absoluta. El segundo es recreativo, es decir, es un medio de restaurar las fuerzas exhaustas. El tercero, enaltece, tiende a refinar antes de degradar; y el cuarto, es moral, en cuanto que eleva a un plano más alto sin que sacrifique la conciencia a una mera diversión. Estos principios los tenemos por tan obvios que no requieren más que ser expuestos para ser admitidos.

Un dicho de Cicerón era que aun las horas libres de trabajo deben tener algún empleo útil. Dios nos ha constituido de tal manera que la mente descansa mejor cuando toma alguna nueva dirección, y aun el trabajo mismo puede beneficiarnos si es de otra clase del que comúnmente ocupa toda nuestra atención.

La primera regla que ha de encauzar el recreo es que ha de elevarnos. El hombre es un ser demasiado noble para entregarse a un grado bajo de diversión. Se puede hallar un sin fin de variedad en las obras de Dios en la naturaleza. El universo es un vasto jardín de delicias, y un museo de artes. Pasar algunas horas al campo tiene el efecto de elevar el tono de nuestro ser entero.

Conversación inteligente y que entretiene es una forma de las más nobles de recreo; pero es preciso que se pongan guardias que vigilen los usos y abusos de la lengua. Conversación verdadera implica mutualidad. Uno no puede expresar un buen pensamiento o sentimiento, sin haber alcanzado algo por haberlo expresado, ni tampoco puede uno oír tal cosa sin recibir algún provecho por oírlo. Por consiguiente cuanto más intelectual sea la conversación, mayor es el placer y provecho mutuos. No ha de ser precisamente de gran erudición sino lo que produzca efecto para bien, como cuando el pedernal da en el acero y se produce la centella.

El placer culto y puro entre los sexos enriquece mucho: Dios ha ordenado que esta clase de comunicación sea un medio de placer y provecho. Pero el diablo, que siempre procura pervertir los dones de Dios, ha hecho lo que ha podido para que esta comunicación entre los sexos sea viciosa y degradante.

Hay otras varias formas de recreo que elevan como, por ejemplo, la música, el canto, el estudio de la naturaleza con la ayuda del telescopio o microscopio. Juegos sencillos con niños tienen el efecto algunas veces de rejuvenecer a los viejos. Pero en todo hay que guardarse que no sea degradado por lo que es vulgar o chocarrero.

De nuevo hemos de insistir en que todo recreo ha de tener alrededor de sí vallas morales. Y para saber qué vallas son estas nos volvemos instintivamente a la Palabra de Dios.

Hay dos textos bíblicos que son compañeros: el primero se halla en 1 Cor. 6:12, y el otro está en la misma Epístola, cap. 10:23. En ambos pasajes se halla cinco veces esta afirmación: «Todas las cosas me son lícitas,» pero con tres calificaciones, y son, «no todas convienen;» «no todo edifica;» y «yo no me meteré debajo de potestad de nadie.» Cosas ilícitas, quiere decir las que no son prohibidas, contra las cuales no hay ley escrita; mas dice que aunque sean lícitas, es posible que no sean convenientes, o del todo provechosas, es decir, que un recreo lícito no ha de absorber demasiado mi atención para dominarme.

Aquí pues tenemos tres principios restrictivos que han de gobernar nuestros placeres:

1° tener en cuenta qué efecto producen en nuestro propio modo de ser;
2° el efecto producido sobre los demás; y
3° mirar si hay alguna tendencia en el placer a esclavizar la voluntad.

Creemos que con lo expuesto tenemos un criterio por el cual podemos juzgar muchas formas de recreo popular. …

En todo recreo se deben evitar excesos; porque esto implica más o menos excitación, la cual nos deja más o menos postrados en vez de recuperados. El recreo fácilmente propaga a disipación, y entonces en lugar de ser restaurativo es enervante. Si Dios no hubiera querido que nosotros riéramos no habría puesto en la cara humana doscientas y cincuenta músculos todos los cuales entran en ejercicio cuando uno ríe de veras; de todos los animales el hombre es el único que tiene la verdadera facultad de reír. Pero aun esta facultad puede emplearse con exceso, y entonces viene a ser un daño en lugar de una bendición.

Quizás no hay forma de satisfacción más dada al exceso como la de los chistes; pero cuán pronto pasa los límites de la inocencia para llegar a lo que es dañoso, y aun profa no. Un escritor nos ha dejado este testimonio: «La compañía de los bufones, al principio, puede causar la sonrisa, pero nunca deja de sumirnos en un estado de melancolía».

Si hay un placer mayor que el de dar desinteresadamente aún no se ha descubierto. No hay forma de satisfacción, y que halla su fin en la propia persona, que se pueda comparar con la que se halla en ministrar al bienestar de otros. A propósito de esto: hay un refrán árabe que dice: «El agua con que regáis las raíces del coco se os vuelve endulzada en la leche de la nuez que cuelga de sus ramas.»

Regulación de propósito

El centro de todo nuestro ser es la voluntad. En ella todo lo demás de una criatura inteligente halla su foco; y en todas las actividades de la vida, la voluntad sirve como de muelle y rueda central. El Dr. D. Thomas ha dicho y con mucha razón, que las tres palabras más importantes de nuestra lengua son: SOY—es la voz del conocimiento interior; PUEDO—la voz de la posibilidad; y QUIERO—la voz de la resolución y determinación.

Hay una relación vital entre objeto y acción, porque lo que se lleva acabo ha sido antes trazado. Una vida que no tenga un objeto determinado es una vida perdida, y aún peor, porque es un estorbo para sí y para otros. Tal persona es un zángano en la colmena humana. El tener un objeto delante en la vida es ahorrar energía; construye una presa al través del río de la vida, y hace que el agua dé movimiento a las ruedas. Hay más esperanza de un hombre que se equivoca en su vocación que de aquel que no tiene objeto alguno, como vale más un torrente peligroso que un charco estancado; porque se puede hacer que el torrente sirva de gran utilidad, pero el charco ha de ser desaguado para que sus emanaciones no infecten la comarca.

Los principios, pues, que han de guiarnos en escoger cual ha de ser el objeto de la vida, son de la mayor importancia. Se debe tener un propósito que ha de dominar la vida, y éste ha de ser digno de absorber y condensar todas nuestras actividades. Es posible que una mira o propósito inferior venga a ser el supremo, como cuando uno es llevado por el deseo dominante de ganar dinero únicamente, y esto endurece al hombre hasta que le hace tan duro y frío como las monedas que maneja. El afán de seguir la moda en el vestido es con algunos la mira dominante. Goethe dijo que conocía a mujeres que pasaban la mitad de su tiempo en vestirse, y la otra mitad en pasearse vestidas. Uno puede ser egoísta aun en sus estudios para lucirse. M. Trapp ha dicho que la trinidad del hombre mundano consiste en placer, provecho y preferencia, y a esta trinidad rinde culto interior y exterior.

La mira escogida que ha de guiar la vida debe estar tan cerca como sea posible de la perfección. Hay esta ventaja en un ideal alto, que aunque uno no lo alcance le incita a hacer mayor esfuerzo. Dr. Gordon dijo con cierta delicadeza: «Preferiría poner la mira en la perfección, y errar el blanco, que ponerla en la imperfección y dar en él». Ninguna mira es digna que tenga por centro y término el engrandecerse la persona a sí misma. Esto se debe tener como regla absoluta.

Hay tres grandes recomendaciones para que tengamos el propósito constante de hacer en todo la voluntad de Dios, y son estas: Primera, nos da perfecta seguridad; segunda, perfecta prosperidad; y tercera, perfecta satisfacción.

Primera, seguridad. Se le preguntó a Lutero: ¿Qué harás con el Papa, sacerdotes, cardenales y reyes, todos en contra de ti?— Me pondré bajo el escudo de Aquel que ha dicho: «No te desampararé, ni te dejaré», fue su respuesta. Cuando uno se halla bajo la protección del Todopoderoso, ninguna flecha del destruidor podrá alcanzarle, sin pasar primeramente por Dios mismo.

Segunda, prosperidad; porque si Dios no puede faltar ¿cómo podrá fracasar quien se halla del todo entregado para hacer su voluntad? La cuestión es hacer lo que tenemos que hacer con todas nuestras fuerzas, pero no con el fin de hacer algo grande, ni para alguna popularidad, sino para agradar a Dios.

Tercera, satisfacción; la recompensa de tal modo de obrar es absolutamente cierta. ¡Cuán hermosas son las palabras del Apóstol a los Tesalonicenses: «Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo de los cielos!» En el Evangelio de San Mateo, capítulo 6:33 hallamos estas palabras: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia: y todas estas cosas os serán añadidas», y nos revelan los dos más perfectos principios de la administración de Dios que se hallan en todas las Escrituras. Porque claramente se establece esta verdad, que cuando el objeto primario ocupa el lugar primero en nuestra vida, la bendición secundaria es conferida por Dios sin que uno tenga que buscarla. El segundo principio es que cuando el bien secundario ocupa el lugar del primario, el bien primario queda confiscado, sin que haya ninguna certeza de alcanzar el secundario. Estos grandes principios de la administración de Dios merecen nuestra mayor consideración. Nos dan el medio de ponernos a prueba para saber lo que somos, y lo que seremos.

Cada uno de nosotros debe considerar cómo y de qué manera aparecerá nuestra vida cuando hayamos llegado a su término. El ponernos en el punto de vista de la eternidad para poder medir y pesar nuestras vidas y lo que valen las cosas en que nos ocupamos es un gran adelanto: como norma no tiene igual. La vida que se halla absorbida en Dios es esencialmente inmortal, pues la muerte no puede destruirla. Después de la muerte vive y se reproduce en otros.

Regulación de los afectos

Las facultades de pensar y sentir son diferentes. Asociamos la de pensar con la cabeza, y la de sentir con el corazón; y quizás hay una exactitud científica en el uso bíblico de la palabra «entrañas» para indicar que el asiento de las emociones está en los órganos vitales. Es pura verdad que la actividad cerebral afecta los centros circulatorios, y los cambios de pulsación responden simpáticamente a las operaciones mentales, se nos dice ahora que hay un plexo solar, o «cerebro abdominal» que se relaciona con lo que llamamos emoción—el impulso móvil. Para no entrar más allá en este asunto digamos que el corazón con sus corrientes de sangre caliente bien nos sugieren el ardor y fervor de la facultad de sentir.

El pensar es actividad mental respecto a ideas y hechos, y no implica necesariamente ningún movimiento de atracción o de repulsión. Pero el sentir, la emoción, los afectos, todos expresan tal movimiento, o por vía de satisfacción o de descontento. Por ejemplo, vemos dos caras que despiertan en nosotros diferentes asociaciones; la una se relaciona con falsedad, traición, crueldad; la otra, con bondad, generosidad, nobleza.

Cuando la mente ha hecho su obra de reconocer y recoger, luego los sentimientos y las emociones responden; hay un movimiento hacia lo que hemos visto o alejamiento de ello.

Consideremos ahora, aunque brevemente, la regulación de los afectos, que pueden incluir el sentir y las emociones, pero que son más hondos y más permanentes. Las emociones vienen y van con su causa excitante, mientras que el afecto tiene una tendencia habitual hacia un objeto, y que no depende de la presencia de su objeto para su existencia o persistencia. De aquí, se comprende, que por importante que sea el control de las emociones, es de mucha mayor importancia que sepamos regularizar u ordenar estos movimientos más hondos que proceden del corazón, y que son el índice del carácter, y penetración del destino.

El apóstol Pablo escribió a los Colosenses no solamente que pensaran en las cosas de arriba, sino que pusiesen la mira, o los afectos en ellas, que los sentaran allí, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Necesitamos estar inclinados permanentemente en esta dirección, hacia Dios. Teniendo en él el objeto alrededor de quien los afectos se entrelazan como las tijeretas de una vid.

Para apreciar la importancia de éste, hemos de sentir la dignidad y la potencia de los afectos. El título mayor que Dios nos ha dado de sí es que Dios es amor. Potencia, aun cuando es infinita, solamente despierta pavor; pero amor infinito sojuzga, derrite, atrae. Por lo tanto, cuando Dios nos quiere ganar nos inunda con visiones de un amor divino, que no es pues atributo de él, sino el equivalente de Dios; pues él no es sencillamente amante y amable, sino que él mismo es amor.

Nuestros afectos revelan lo esencial de nuestro carácter, y dan a entender de antemano lo que seremos. Aquí se descubre la esencia de pecado, como también la de la santidad. El amor al mal es lo que constituye el pecado la cosa abominable que es; y el amor para la santidad es el corazón de la misma santidad.

Nuestros afectos también determinan nuestra influencia sobre otros. Lo que mueve a los hombres no es tanto la mente como el corazón. La potencia mayor en el mundo es el amor. El argumento a menudo convence, mientras que los afectos conducen en dirección opuesta al argumento.

La misma ley que nos manda poner nuestros afectos en las cosas de arriba, nos prohíbe ponerlos en las de abajo. Las cosas de la tierra se hallan divididas en dos clases, en las Escrituras; las que son en sí pecaminosas, y las que son relativamente sin valor. Las primeras siempre son malas, las últimas son malas cuando vienen a absorber todo nuestro ser. En cuanto a las pecaminosas, no hay más que un curso a seguir: un renuncio inmediato y completo de ellas. Si Dios ha de ocupar la fortaleza, el enemigo ha de rendirse sin condiciones, y evacuarla inmediatamente. Nos causa pena cuando oímos la pregunta: ¿No puedo hacer esto o el otro? Que se haga tal pregunta es prueba de intención torcida. Porque todo lo que no es de fe es pecado. Mientras los placeres y pasatiempos, las necedades y frivolidades de este mundo nos dominen, es cierto que no tenemos la mira puesta en las cosas del cielo.

¡Considerad un momento el objeto en que los afectos humanos tan a menudo se hallan absorbidos! ¿Es posible que un hombre ame el oro y no venir a ser tan duro como la moneda que tiene en la mano? ¿o poner su honra en el lodo por alcanzar una posición alta en el mundo? ¿o convertir amor en lujuria por un placer momentáneo? Que cada uno de nosotros se examine para saber que es lo que retiene sus afectos, si hay algo que ocupa el lugar de Dios en su corazón.

¡Qué frase tan profunda es aquella que hallamos en el Salmo 91: «Por cuanto en mí ha puesto su voluntad!» ¡Qué descripción de un carácter ideal! ¡Qué espigón sobre el cual todo el ser puede girar! ¡Qué centro alrededor del cual todos nuestros afectos pueden revolver! ¿No es posible que todo discípulo de Cristo se aproxime a aquella absorción en Dios que le hará una pequeña ciudad de Dios en la cual no entrará ninguna cosa sucia, o que hace abominación, o mentira? «Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón, porque de él mana la vida».

Regulación de los temperamentos

El gran profeta Elías bajo el enebro es el mejor ejemplo histórico que conocemos para representar nuestro asunto. Léase 1° Reyes, capítulo 1:l-8, para tener delante toda la escena tan llena de instrucción.

El escritor de la Epístola de Santiago nos dice que Elías, aunque siendo tan poderoso en la oración, «era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros;» y aquí lo tenemos ejemplificado. A primera vista no entendemos como este intercesor, el mayor en toda la historia sagrada, quien poco antes había hecho descender fuego del cielo, y las lluvias después de tres años y medio de sequía, repito, no entendemos como tal hombre pudo haber dado lugar a un paroxismo tal de desaliento, y de miedo de la reina Jezabel, a quien poco antes él había desafiado, para ahora huir y pedir que Dios le quitase la vida. Aquí tenemos una repentina y extraordinaria depresión de espíritu, que hace traición a su celo por Dios y su vindicación del culto debido a él; su caso nos deja perplejos. Era un tiempo cuando se demandaba fidelidad y valor para que el rey y la reina comprendieran la significación de lo que había pasado en el Carmelo, cuando Dios en respuesta a la oración de su profeta, había dado aquella lluvia abundante después de tres años y seis meses de espantosa sequía. Pero en lugar de mostrar un espíritu indomable de mártir, si convenía, abandona su puesto de deber y huye como un cobarde.

Es igualmente notable con qué ternura el Señor trata a su profeta fugitivo. Veló por él, enviándole un ángel que le confortase y ministrase a sus necesidades. Una y otra vez el ángel le despertó, diciéndole: Levántate, come; porque gran camino te resta. Si el Señor le hubiera reprendido en aquellos momentos por su huida, habría quebrado la caña cascada y apagado el pábilo humeante. No; lejos de echarlo en cara su inconstancia e inconsistencia, suavizó su espíritu con el bálsamo de su compasión. No le habló palabra de reproche sino le proveyó de alimento; no hubo vara para sus espaldas, si no pan para su hambre. Cierto es que, «como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; acuérdese que somos polvo.» Es decir; que conoce cómo somos compaginados, dónde está la parte flaca, y tiene en cuenta nuestros temperamentos, de los cuales somos víctimas antes que autores. Hay algunas tendencias de las cuales no somos más responsables que por algún otro defecto congenital, tendencias que son innatas, y que no llegan a ser la parte principal de nuestro ser. Pues bien, lo que tenemos que hacer es reconocer estas tendencias; y conociendo nuestra propia condición, procurar no permitir en alguna crisis que nos lleven a faltar en nuestra fidelidad a Dios y su palabra.

Esto sugiere una distinción que pocos saben hacer, entre lo que es de temperamento y lo que es propiamente espiritual en nuestra experiencia humana. Cuando tenemos que tratar con las almas de otros, el consejero entendido trazara una línea bien marcada entre lo que es impulsivo e involuntario, y lo que es deliberado y voluntario. Esto lleva aparejada una honda responsabilidad espiritual.

No hay pocos de los verdaderos discípulos de Cristo que son constitucionalmente dados a acusarse a sí mismos. Bueno sería que recordásemos a los tales que por toda la Palabra de Dios se deja ver que Dios nos tiene en más cuando nosotros nos tenemos en menos, sus juicios son inversos a los nuestros. Cuando Isaías dijo: «Ay de mí que soy muerto; siendo hombre de labios inmundos,» la respuesta de Dios fue un carbón encendido del altar celestial que tocó sus labios, y quedó limpio de su pecado. Cuando la fuerza de Daniel se le trocó en desmayo, la mano de un ángel le tocó y le dijo: «Daniel, varón de deseos,» es decir, tú eres muy deseable.

Tampoco hemos de olvidar que la Palabra de Dios nos hace ver que Satanás es un acusador y quien nos estorba. Hay conflictos desesperados que tienen los hijos de Dios y que serían inexplicables sin la doctrina de las Escrituras acerca de un diablo personal. En la medida que un discípulo procure vivir una vida de completa obediencia a la voluntad de Dios, puede estar seguro que el gran enemigo le atacará. Pero el Pastor de nuestras almas, el Autor de nuestra salud, está cerca para defendemos y librarnos.

Regulación de genio

El genio por regla general es el más difícil de todos los departamentos de la personalidad humana, y el más terco para someterse a un cambio radical. Es aquella peculiaridad de carácter que se dispone en cierta dirección. Cuando se aplica a la vida vegetal, expresa la tendencia nativa, como hacia la luz o hacia la humedad, y da a entender su inclinación natural o susceptibilidad.

Genio no es sinónimo de emoción, afecto o pasión. Existe antes que el afecto esté despertado, o la pasión excitada, y se dispone al ejercicio de ambos. Así es que un genio envidioso hace a uno odiar a un rival, y aun puede encender la pasión violenta de pegarle o aun matarlo.

Hay muchas cosas que son fáciles de entender, pero no tan fáciles de definir; mas pocas personas hay que no hayan experimentado con pena amarga cual es la índole terca de lo que llamamos temperamento.

El único precepto bíblico que quizás expresa lo que conviene a nuestro tema es: «Renovaos en el espíritu de vuestra mente» (Efes. 4:23). Renovar expresa hacer de nuevo; es un cambio radical. La cláusula, «renovaos en el espíritu de vuestra mente», es una muestra de análisis sutil bíblica; da a suponer a la misma mente que puede haber otra mente, un espíritu que califica el mismo espíritu. De la manera que una flor se compone no solamente de forma y de color sino de algo más etéreo y evasivo que forma o color, que es el perfume; así el secreto del alma, tan evasivo, tiene su aroma, una calidad de atracción o de repulsión, algo indefinible, mas perceptible, y que tiene mayor influencia que ningún otro característico nuestro.

Aquí pues tenemos un campo ancho y hermoso para las operaciones de la gracia de Dios, y precisamente, como ya hemos indicado, porque nuestro genio es tan difícilmente alcanzado, y tan terco para cambiarse. Algunas de las mayores fealdades de carácter se deben a la influencia de un genio perverso.

La necesidad de una renovación de disposición es universal. Todo genio natural pone de manifiesto en algún grado la perversión del pecado, y por lo tanto la necesidad de aquella conversión que la gracia de Dios opera. Algunas deformidades son menos aparentes que otras, pero no menos reales; como las malformaciones en la estructura interior de nuestro cuerpo, las cuales no desfiguran la persona. Pero si venimos a una análisis más perfecta hallaremos que todo genio natural necesita renovación, aun la amabilidad a la que tan a menudo le falta el poder de resistencia y amonestación. Hay dos genios que son muy repulsivos: el malicioso y el traidor, y se manifiestan de muchas maneras. Algunas personas tienen una aptitud peculiar para causar mal, aunque no se manifieste, como en Nerón, en un salvajismo o crueldad descarada, sino en forma más mansa, complaciéndose en las desgracias de otros, o prestándose a esparcir algo en daño de otro. Aún el profeta Jonás abrigaba un genio malicioso contra la ciudad de Nínive, quizás sin darse razón de ello, pero estaba mejor dispuesto para ver la ciudad destruida que para ver señales de arrepentimiento en sus habitantes.

Con el genio malicioso hemos de poner el envidioso y el celoso, que son del mismo parentesco; la envidia se excita al ver lo que otro tiene; el celo, al contemplar lo que otro puede adquirir. Ambos son maliciosos y traidores.

El genio que rehúsa hacer un favor es solamente otra forma más suave de un malicioso. Es el no estar dispuesto a acomodar a otro, o hacer un pequeño sacrificio para promover el bienestar de otro. Y aun pasa a veces a impedir a otros el gozar de algo que nosotros no podemos tener. El genio perezoso pronto se desliza en el de rehusar hacer un favor.

El genio intolerante es muy común y pariente cercano del malicioso. Los más de los hombres tienen algo del autócrata, cuando no del perseguidor. Se tienen por infalibles, y denuncian con amargura a los que no admiten lo que ellos dicen. Los tales, en circunstancias favorables podrían llegar a ser un Torquemada, y a estirar a un hereje sobre el potro, y luego quemarle vivo.

El genio traidor nos lleva a traicionar a otros, y nos dispone a hacernos parientes naturales de Bruto y de Judas. Un hombre perfectamente digno de toda confianza es una cosa rara en la tierra. Algunas veces uno siente que bajo las palabras más suaves de adulación se esconde el traidor. Me acuerdo de un varón de Dios muy perspicaz que, refiriéndose a cierto sujeto, me dijo: «Aquel hombre que con palabras tan suaves me alaba, excita en mi cierta aversión, como si una boa con su lengua me cubriese de saliva, con el fin de tragarme con mayor facilidad».

Todo bilingüe, u hombre que presenta dos caras, encubre la traición que lleva consigo.

La impaciencia es un defecto muy común. Se presenta como la ayudante de gran actividad. La irritabilidad a menudo es el resultado de un cerebro cansado; pero sea lo que sea la causa, es un mal que nos ericemos como un puerco espín a todo aquel que nos toque.

Un genio criticante puede causar un sin fin de disgustos. Nunca queda satisfecho; halla efectos y faltas en todo y en todos. Antes de vivir con tal persona es preferible estar en la compañía de los salvajes, cuya naturaleza más ruda, y costumbres más sencillos, exigen mucho menos.

Si tales temperamentos nacen de descuidos, no por esto dejan de ser malos; y debemos considerar que es un pecado grave el de dar pena a otros, ni aun con el empleo de sarcasmo o en broma, puesto que a menudo pasa que la broma lleva, cual un escorpión, su aguijón en la cola. Tengamos presente pues la exhortación del Apóstol ya citada: «Renovaos en el espíritu de vuestra mente».

Prevalece una idea muy común en el mundo, mas del todo equivocada, y es la que supone que los genios de natural agradables, no necesitan la gracia regeneradora de Dios. Si esto fuera verdad, entonces una parte de nuestro ser moral en ciertos individuos favorecidos, no tendría necesidad de una renovación espiritual.

Este error es tan falso como sutil. Nuestras virtudes necesitan transformación antes que puedan ser consideradas como virtudes cristianas, Por ejemplo: en una persona que naturalmente es veraz aparece más a menudo la mancha de soberbia que la virtud de la humildad, y se dispone a ser violenta, y su manera de decir la verdad, no solamente es poco amable, sino que es impertinente. La gracia de Dios pone freno a tal genio, y nos enseña a decir la verdad con amor; y si hay que reprender a otro, nos lleva a hacerlo de tal modo que no hiera ni humille al reprendido. Sobre este particular léanse Gálatas 6:1, 2; Mateo 18:15.

Hay personas que de natural son amables, pero necesitan igualmente la gracia de Dios que transforma el corazón. Es una verdad reconocida que a personas amables les falta vigor, son indulgentes hasta la flojedad. ¡Cuánto daño hace en el mundo una benevolencia no santificada! En la familia echa por tierra la autoridad paternal, y deja a los niños pasar por encima de todas las reglas de la casa, si es que hay reglas. En el Estado hace que el cetro de autoridad sea un juguete, las leyes del país una letra muerta, y los tribunales una farsa, de modo que los delincuentes quedan sin castigo, y los ciudadanos honrados sin protección. En la iglesia de Dios, ignora toda disciplina y convierte la casa de Dios en una sinagoga de Satanás. La Palabra de Dios nos amonesta en contra de esta amabilidad débil como la de Elí, cuyos hijos se envilecieron, y él no los estorbó. Nada hay en nosotros que podemos dejar tal cual es de natural; todo ha de ser renovado. Es probable que no haya en nosotros ninguna peculiaridad de genio o disposición que no tenga los dos elementos de fuerza y de debilidad. Aun la ira tiene su virtud. ¿Qué habrían sido los grandes reformadores como Knox y Lutero, Savonarola y Wilberforce, sin aquella santa indignación en contra de los males que existían en sus tiempos? La ira bien regulada por la conciencia y el Espíritu de Dios hace héroes como Daniel y mártires como San Esteban.

El genio, pues, más que otra cosa cualquiera, indica lo que uno es en su ser interior, y también determina el grado de influencia que tiene. El Maestro nos dice que alumbre nuestra luz delante de los hombres. La luz es la cosa más pura de todas las cosas creadas, no puede infeccionarse de corrupción; y sin embargo, no hace sino resplandecer, y esto sin ruido. La fuerza silenciosa que emana de un espíritu agradable y pacífico es de grande estima delante de Dios. Hay predicadores cristianos, obreros incansables, que son a los que los conocen íntimamente, una contradicción, pues el efecto de sus palabras, en parte, si no en todo, queda anulado por su mal genio. En el sermón de la Montaña nuestro Señor declara que son grandes en el reino de los cielos los que hacen y enseñan… Es muy de llamar en cuestión la autoridad del que enseña si el mismo no practica lo que enseña.

Nuestro genio o disposición es el asiento o principio que da el tono a todo lo demás de nuestra vida; de un modo insensible se deja ver en todo lo que decimos y hacemos, aun afecta nuestras ideas y concepciones de las cosas. ¿Quién dirá pues la inmensurable importancia de ser renovados en el espíritu de nuestra mente? Y ¿quién, sino el Espíritu Santo de Dios, es suficiente para operar en nosotros estas cosas?

Regulación del hablar

«Pon, oh Jehová, guarda a mi boca: guarda la puerta de mis labios» (Salmo 141:3).

Se cree generalmente que lo que distingue al hombre de los demás animales es la razón; pero quizás una distinción tan señalada puede hallarse en el poder que tiene para hablar articuladamente. Los animales parecen ejercer previsión, como también reflexión, más no tienen nada que corresponda a enunciación articulada. La charla del mono y del loro no puede compararse con el habla humana. ¡Cuán hermoso es el versículo con que se encabeza este articulo: «Pon, oh Jehová, guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios»! Los labios son las puertas dobles que se abren para dejar salir las palabras, y la oración del Salmista es que Dios ponga centinela a aquella puerta. Es una oración contra la tentación que hay de pecar por la palabra.

No hay pecado que se cometa con tanta falta de cuidado. Nuestras lenguas se sueltan y dan aquí y allá sin que apenas nos demos razón de ello.

Nos dejamos llevar por una palabra pronta y mala; de ahí la necesidad de un centinela divino que esté de guardia para demandar de cada palabra que intente salir la contraseña en prueba de que tiene derecho a salir, y que no es un enemigo para hacernos traición, sino un siervo de Dios que va a cumplir alguna misión santa y buena. También hay que tener presente que mientras los guerreros y otros pueden salir de las puertas de una fortaleza y volver a entrar, las palabras que una vez han salido de la ciudadela nuestra jamás pueden volver. Una vez que hayan salido, es para siempre, o para hacer alguna obra buena o para andar errante como mensajeras del mal.

La pregunta que en seguida se nos hace es: ¿Quién o cuál es el centinela que Dios ha apostado a nuestros labios para pedir razón de nuestras palabras? Es la conciencia, especialmente cuando está iluminada por la Palabra de Dios, e instruido por el Espíritu Santo.

En primer lugar el hablar debe ser regulado por medio de un arresto de palabras que nosotros tenemos por malas. El centinela a la puerta ha de vigilar para que ninguna palabra salga de nuestros labios para obrar mal. Una gran parte de nuestra vida está dentro de nosotros mismos: nuestros pensamientos, afectos y genio, que sólo nos afectan a nosotros; mas en el momento que hablamos otros empiezan a ser afectados. Todo pecado tiene origen en el corazón, y su primera y más natural expresión es por el hablar; por esto la Biblia pone las palabras con las obras. Una palabra mala es un pecado doble, porque va contra Dios y contra el prójimo; también va contra nosotros mismos, porque el mal que haya expresión hace su impresión mayor en aquel que lo haya proferido.

Palabras no correctas incluyen, por cierto, las que son falsas. El dicho de Talleyrand era vicioso en extremo, que «el hablar fue dado al hombre con el fin de ocultar sus pensamientos». Es posible que no sea nuestro deber decir siempre toda la verdad: pero cuando hablamos debemos hablar la verdad, y nada más que la verdad. Los que son de Cristo de ningún modo deben apoyar la idea de que una decepción encubierta, a lo que a veces se llama una mentira oficiosa, es permisible: no, una mentirilla es una mentira. Ninguna falsedad puede ser inocente. No se nos permite hacer mal para que vengan bienes.

Palabras no correctas incluyen un hablar profano. El blasfemar no solamente es anticristiano, sino que no tiene nada de respetuoso. El tomar el nombre de Dios en vano, es profanar su nombre. El citar frases de las Escrituras de un modo irreverente es profano, porque relaciona alguna broma con los dichos del Santo Espíritu. Como el hombre es hecho a la imagen de Dios, podemos con nuestras palabras profanar la humanidad. Podemos hacer caricaturas de las peculiaridades de otros, o de una raza, exponiéndolos al ridículo y así despertar una opinión falsa en perjuicio de ellos.

Palabras no correctas incluyen palabras impuras, porque la primera ley del habla recta es que sea pura. Pureza no es la misma cosa que gazmoñería, que algunas veces deja translucir una imaginación impura. Cuando el pensamiento es limpio, palabras claras no sugieren nada ofensivo; «porque al limpio, todas las cosas son limpias».

Hubo un hombre grande que ocupaba una posición eminente, cuyo biógrafo fue obligado a admitir que se hallaba cautivo de este vicio. Era un hombre de recto proceder, pero su profesión como abogado le había hecho tan familiar con historias impuras que le servían para bromas de la misma especie. ¡Cuántos hombres buenos en muchos respectos han sido tentados a caer en semejante pecado! El Doctor Tomás Skinner solía decir a sus alumnos: «Si queréis que vuestras lenguas sean usadas por el Espíritu de Dios en la predicación del Evangelio, guardadlas limpias.»

El efecto de colocar un guardia a la puerta de nuestros labios sería el de impedir una fácil salida cuando la puerta está abierta. En un momento de arrebato ¡qué bien es tener presente la oración del Salmista! Pues aunque todavía durara el fuego, las palabras iracundas quedarían bajo arresto. Deliberación y reflexión muchas veces han detenido alguna palabra bastante tiempo para examinar su carácter, y a menudo rehusar darle permiso para salir. De ahí el dicho inglés: «Pensad dos veces antes de hablar una.»

«Pon, Oh Jehová, guarda a mi boca: guarda la puerta de mis labios» (Sal. 141:3).

La Biblia habla de palabras ociosas: «Toda palabra ociosa, que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio» (Mat. 12:36). Conviene que averigüemos la significación exacta de la palabra ociosa. La ociosidad jamás puede ser noble. Se relaciona con tiempo perdido y vida gastada sin utilidad. La palabra griega aquí traducida ociosa, significa lo que moralmente es inútil y sin fruto. Nuestro Señor había estado hablando a los Fariseos, y les dijo: «Generación de víboras, ¿cómo podéis hablar bien, siendo malos? porque de la abundancia del corazón habla la boca». Entonces fue cuando dijo: «Mas yo os digo que toda palabra ociosa, que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio». Así el contexto da a entender que la palabra envuelve algo peor que la falta de seriedad; y que la referencia es a lo que es ocioso y malo.

El apóstol Pablo escribe a Timoteo y censura a las mujeres «hechas ociosas que andan de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también parleras y curiosas, hablando lo que no conviene.» Palabras ociosas son del ocioso y causan males incalculables. No hay nada más peligroso que una lengua que no tiene nada que decir que sea para ennoblecer y mejorar. En todas las comunidades hay algunos que andan de casa en casa, y por no tener nada bueno que decir, discuten sobre los negocios del vecino. Aun cuando digan la verdad, muchas veces el amor aconsejaría que la callaran. A veces hay mucha exageración, o, al contar algún rumor de otro, se añade algo para hacerlo más apetitoso, y así la lengua ociosa viene a ser con la mayor facilidad lengua calumniadora.

El apóstol Pablo amonesta a los Efesios en contra de palabras torpes, necedades y truhanerías. ¡Cuán fácilmente todas éstas se ligan unas con otras! Y luego añade: «Nadie os engañe con palabras vanas», en las cuales no hay verdad ni realidad. Todo lo que se dice sin propósito bueno, corre el riesgo este: porque si la lengua no se emplea en palabras sanas de instrucción, información, o consejo, estamos en peligro de usarla en frivolidades y falsedades. De ahí la frase de Chilón, uno de los siete sabios de Grecia, que la lengua ha de ser siempre refrenada, y especialmente a la mesa festiva; y Salomón dice del necio: «El principio de las palabras de su boca es necedad; y el fin de su charla nocivo desvarío» (Eccles. 10:13). Adelantémonos un paso más. Debemos demandar que el hablar tenga cualidades positivas como negativas. No solamente hemos de dejar de hablar lo que puede perjudicar, sino lo que no tiene el poder de beneficiar a otros. El mismo mandato divino que nos dice: «Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca», añade: «sino lo que es bueno para edificación, para que dé gracia a los oyentes.» Ni tampoco debemos usar palabras que son ignorantes, o no gramaticales, porque estas tienden a degradar a nosotros y a los que nos oyen. Una parte de nuestra obligación es la de elevar a otros por medio de nuestro modo de hablar. Además no hay nada que adquiera el buen oído de otros, como el de tener algo que valga la pena que se le atienda. De ahí el secreto de cómo mejorar la conversación que es el tener algún asunto que vale ser estudiado. Esto cierra la puerta a las habladurías e impide necedades, y hace que la conversación, como en la fábula, gotee perlas y diamantes en lugar de sapos y víboras, ¡Que bien describe Salomón la mujer ideal, cuando dice: «Abrió su boca, con sabiduría; y la ley de clemencia está en su lengua», dando a entender que habla no por el impulso de hablar, sino por principio o ley. Pocas cosas hay que requieran tanto cuidado como la conversación en nuestras reuniones sociales, para que sea de provecho.

Para concluir, si queremos de veras regular el uso de la lengua, hemos de ver que el centinela sea leal a Dios y a nuestros verdaderos intereses. En una palabra, procuremos ser rectos de corazón y abrigar pensamientos y sentimientos buenos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. No es probable que la lengua esté llena de malicia, si el corazón está bien dispuesto de afectos bondadosos para otros. Ni tampoco faltará en nuestro hablar aquella sabiduría y gracia que benefician, si somos de veras amantes de las verdades de Dios.

Felices, verdaderamente, son los que no se dejan llevar por la tentación de dar salida de sus bocas a una palabra no santificada. Tengamos presente pues en todo tiempo la oración de David: «Pon, oh Jehová, guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios.»

Regulación de conducta

Conducta es una palabra general que expresa la suma total del modo que uno vive. Describe el porte, proceder y manera de vida. Su importancia suprema consiste en dos hechos: es la expresión de la vida interior, y es el ejemplo que se expone delante de otros para que lo sigan.

Es la expresión del hombre interior. El motivo de cualquiera cosa que se hace es lo que le da su valor en la presencia de Dios; y por lo tanto, la buena conducta como él la ve, solamente puede proceder de buen carácter. No nos hacemos buenos por hacer obras buenas, sino que hacemos obras buenas por haber sido hechos buenos antes.

El doctor J. Strong dice, con razón y distinción: «Nuestras relaciones con Dios no pueden estar bien, si no estamos bien con nuestros semejantes.» La religión que es inmoral es irreligiosa, y la moral que es irreligiosa es inmoral.

Jaime R. Lowell dice: «No hay ilusión más fatal que la del calmante de sentimientos altivos en una conciencia soñolienta, mientras que la vida es sensual y vil.»

Nos atrevemos a citar un dicho del presidente Roosevelt: «No predicaría a nadie la doctrina de una vida cómoda, sino a todo el mundo la vida de trabajo para un fin digno; una vida de decencia, de recto trato en la familia, entre nuestros semejantes y hacia el Estado; y así predicaría a la nación, no el curso que sea más fácil, sino el que sea más digno.»

El fallecido Roberto C. Chapman, de Barnstaple, con humildad se propuso este gran fin; «Visto que hay tantos que predican a Cristo y tan pocos que viven la vida de Cristo, mi mira será vivirla»; y el señor Darby solía decir de Chapman; «Él vive lo que yo predico,» dicho que nos recuerda el veredicto popular que mereció el célebre W. Arnot, que su predicación era buena; sus escritos, mejores aún; pero su vida sobrepujaba a todo.

¡Ay de aquel que busca imponerse a Dios por una vida exterior solamente! Aquí podemos esconder nuestro carácter en nuestros cuerpos tan opacos, mas cuando se nos desnude del cuerpo, seremos vistos espiritual y moralmente tales cuales somos. De todo lo que tenemos como guía para la regulación de la conducta no sabemos de ningún texto que sea mejor que el de S. Pablo que se halla en su segunda Epístola a los Corintios: «Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con simplicidad y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal, mas con la gracia de Dios, hemos conversado en el mundo, y muy más con vosotros» (1:12).

Hay algunas sugestiones instructivas en este texto que hemos citado, en cuanto a los elementos que contribuyen a formar una conducta buena.

1. Es consistente. El Apóstol siente que es una deuda que tiene a la gracia de Dios, entretanto que es causa de gratitud y gloria que su comportamiento ante la iglesia y el mundo no ha dado ocasión a los hermanos débiles a tropezar, ni a los enemigos del Evangelio a blasfemar.

2. La conducta según Dios es concienzuda. S. Pablo tenía el testimonio de su conciencia. Algunos aprecian la opinión de otros, y buscan sus aplausos. Otros desean el veredicto aprobante de la historia, y poco les importa lo que dicen sus contemporáneos, con tal que sus nombres sean reconocidos con honra después de su muerte. La Palabra de Dios nos enseña a tener en más aprecio el carácter que la reputación, y «a procurar tener siempre una conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres». Es cosa de gran valor este testimonio de buena conciencia de haber tenido un propósito recto y esfuerzo santo, y vale infinitamente más que cualquier alabanza humana.

3. La conducta según Dios es caracterizada por simplicidad o sea sencillez de mente. La Palabra simple (sine plica) significa sin pliegue, y sugiere la idea de un vestido no recogido por un cinturón, sino suelto, libre, abierto, al contrario de bolsillo que sugiere algo escondido. Por consiguiente, la simplicidad se halla opuesta a toda sutileza, falsedad e hipocresía, y significa genuinidad y verdad. La sabiduría del mundo nos enseña a sospechar de todo hombre hasta que hayamos tenido pruebas de que es genuino; la sabiduría que es del cielo nos enseña a ser genuinos.

4. Nuestra conducta debe llevar el sello de sinceridad de Dios. Esta palabra significa pureza, claridad, lo que puede soportar un examen en la luz. Muchas cosas tienen buena apariencia en la oscuridad, pero la luz revela las deformidades, y quizás las enormidades que destruyen toda ilusión de aparente hermosura. Es cosa de desear el tener esta conducta habitual que pueda soportar una investigación, y aún la convida, como fue el caso con Pablo. La palabra sincera, viene de sine cera, sin cera, y se supone que tenía referencia a la costumbre de los alfareros romanos de llenar las cavidades de sus vasijas con cera para esconder sus defectos. Una vasija sincera era una que no tenía cera para tapar sus grietas.

Para asegurar todo esto, los dichos o refranes de la sabiduría mundana no nos sirven; la Biblia no conoce tal palabra como «política», es decir, una conveniencia que es ajustada al interés propio. Puede haber conveniencia cristiana, pero ésta jamás significa política jesuítica, que deja a otros en ignorancia de los motivos que se tienen, cuyos motivos se encubren de manera que nadie puede decir lo que va a ser; es semejante a una veleta de campanario que cambia según el viento. Tal sabiduría es carnal y nada tiene de espiritual.

El mundo dice: Cuídate de ti mismo; haz que todo sirva a tus intereses; al hacer un contrato, mira por tus ganancias; si es posible ganar dinero, poder o alguna ventaja, echa toda tu alma en ello.

Tal conducta es egoísta, y nada tiene que ver con aquel principio divino: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo. El principio mundano dice: Amate a ti mismo con todo tu corazón, y a tu prójimo, si acaso lo haces, después de ti. El apóstol Pablo se regocijaba que su conducta no estaba regulada según la sabiduría humana, sino por la que se aprende de Jesucristo, como él dice: «no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.» Estaba dispuesto a trabajar con sus propias manos, para poder predicar el Evangelio poniéndolo de balde; y de esta manera, como su Maestro, sacrificar su vida, para poder llevar el Evangelio a otros con el fin de que se salvasen.

Tal conducta es conforme con Dios, porque se amolda a la gracia de Dios. No hay otro medio de alcanzar una vida santa. Es una imitación del espíritu y templo de Cristo; y tal proceder conduce a la cultura más alta de carácter cristiano, pues le hace amar lo recto y aborrecer lo malo. Esta conducta pone a uno en libertad de hacer lo que quiere, por la sencilla razón de que le gusta hacer solamente lo que es recto y justo.

Nadie puede dejar de cultivar este carácter cristiano sino a grave peligro suyo. Estamos obligados a ello por amor de otros, porque nuestra conducta influye en otros para bien o mal, según obremos. No solamente somos responsables de tener siempre buenas intenciones, sino en algún grado, de las consecuencias de nuestros hechos. El amor a los demás nos recordará tener presente a los que nos rodean, tanto si son del mundo, como si son hermanos débiles en la fe, para que no seamos causa de tropiezo a ellos.

El que no tiene en cuenta las consecuencias de sus acciones, no podrá justificarse alegando que no tenía intento malo. Supongamos el caso de un maquinista de ferrocarril que permite que su atención se distraiga por algunos momentos de su obligación. ¿Qué pasa? Un poco más adelante hay un riel roto, o alguna obstrucción ha caído a través de la vía, o un puente ha sido llevado río abajo por una avenida de aguas, y el farol o banderilla se agita en vano, porque el maquinista está distraído. A consecuencia de esto, todo el tren va, con todo lo que lleva, a la boca de la muerte. ¿Por ventura se excusará el maquinista de culpa porque no tenía mala intención? Por cierto que no. Dios nos recuerda cómo la vida de cada uno, de un modo misterioso, se enlaza con las vidas de otros, de manera que hemos de tomar cuidado y observar el efecto de nuestro ejemplo, y así evitar toda forma o especie de mal (1 Tes. 5:22). Puede ser que el corazón esté bien, sin embargo, la influencia de nuestra conducta puede estar descuidada.

Una conducta, según Dios, tendrá en cuenta diferentes cosas o circunstancias. El apóstol Pablo dice que «con simplicidad y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal, mas con la gracia de Dios, hemos conversado en el mundo, y muy más con vosotros»; es decir, con sus hermanos en la iglesia, entre quienes su conducta era más libre y menos restringente. Él supo distinguir entre la iglesia y el mundo, y cuando se halló con los no convertidos, entendió que había razones porque debía observar una conducta más prudente. San Pedro se expresa de semejante manera cuando dice: «Teniendo vuestra conversación honesta entre los Gentiles», aun entre los que os aborrecen y os maltratan, para que sean obligados a reconocer que vuestra conducta es consistente con vuestra profesión de fe.

No hagáis nada que no sea consistente con el amor y la lealtad a Dios. Esto nos apartará de muchas cosas que tienden al interés propio. El apóstol Pablo dice: «Si la comida es a mi hermano ocasión de caer, jamás comeré carne por no escandalizar a mi hermano.» Jamás hemos de olvidar el poder del ejemplo. Carácter es lo que uno es delante de Dios, quien nos ve y nos conoce cuales somos; ejemplo es lo que los hombres ven en nosotros. El apóstol Pedro recuerda a las mujeres cristianas que por su conducta puede ser que sus maridos incrédulos sean ganados sin la palabra, por el modo de portarse las mujeres. Quizás damos más importancia a nuestras palabras que a nuestro modo de ser; pero es por nuestras buenas obras que los hombres son llevados a glorificar a Dios: porque son éstas las que alumbran en el mundo.

Nuestra regulación de pensamiento, de afectos, de disposición, de hablar, en alguna medida pueden ser en vano, si la conducta es descuidada, es decir si no andamos en rectitud, conforme con la verdad del Evangelio.

Regulación de la pasión

«Mejor es el que tarde se aira que el fuerte, y mejor es el que se enseñorea de su espíritu que el que toma una ciudad.»
«Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.» (Prov. 16:32 y 25:28).

Es notable que en estos dos textos de las sagradas Escrituras el mismo pensamiento se representa esencialmente por la misma ilustración, mas con la mira de un contraste entre uno que sabe poner rienda a su espíritu y el que no sabe ponerla. La figura se toma de la guerra; la idea en un caso es una exposición de fuerza verdadera, y en el otro de debilidad lamentable. Tenemos aquí un ejemplo del más poderoso de los hombres, y de sus proezas y victorias; y enfrente de éste tenemos al más débil de los hombres y su deplorable derrota.

La ilustración tiene que ver con vida apasionada, de la cual la ira es su pasión representativa. Pasión literalmente significa sufrimiento; sin embargo se emplea la palabra para denotar aquel movimiento de nuestro ser interior que se señala por su gran intensidad, vehemencia y violencia. Pasión difiere de afecto, porque es menos un hábito, y más una erupción de impulsos repentinos y variables, y por el momento ingobernables. En este departamento de nuestro ser nos encontramos con sorprendentes contradicciones. A menudo hallamos a personas cuyos afectos y convicciones son de un orden el más noble, y sin embargo, cuyas pasiones son comparativamente indisciplinadas y sin rienda. Uno puede ser caracterizado por una disposición amable, de impulsos generosos, y no obstante estar sujeto a desbordamientos violentos de ira y hasta de odio. En la iglesia de Dios misma, hay los que se tienen por caracteres fuertes que causan grave daño por sus pasiones que no siempre están en sujeción; se dejan llevar por su prejuicio y su terquedad obstinada, les falta aquel gobierno de sí que es tan necesario, y a veces causan tanto mal que cuesta años de trabajo para repararlo. No tienen una rienda fuerte sobre sus propias pasiones.

Una dificultad se presenta en el camino, y es, que muchos creen que no hay remedio para este mal. El doctor Moseley dice: «Los hombres se constituyen, no solamente de facultades y profesiones, de dones y talentos, sino de sí mismos»; y estas pasiones forman una parte de su propio ser. La palabra hebrea traducida mejor en uno de los textos que encabezan este artículo, es de difícil traducción; representa todo lo que es hermoso a la vista, noble de cualidad, y útil en servicio: «El que tarde se aira es hermoso y noble más que el poderoso.» Las ideas humanas acerca de fuerza varían mucho; el hombre fuerte es considerado como uno que tiene mucha voluntad, una energía de propósito irresistible; pero los tales hombres hacen que todo se les sujete ante su dictado imperioso; aun sus propios hijos huyen de su presencia al oír sonar la primera palabra arrogante de sus labios.

Dios nos enseña que el hombre fuerte es el que sabe ceder antes que obligar a otros que se rindan a él; el que puede dejar un curso que cree bueno, si se le enseña que es posible alcanzar fines mejores de otra manera. La verdadera idea de valor no es la que se venga de una ofensa y resiste la violencia, sino el que soporta el mal y cede ante un ataque. El niño que rehúsa pelear no es el cobarde, sino aquel que vuelve golpe por golpe, porque no tiene fuerza suficiente para dominar sus propias pasiones, y arrostrar las burlas de sus compañeros.

En los ojos de Dios dos cosas son necesarias para mostrar fuerza de carácter: el poder de voluntad y el poder de refrenamiento. El tener voluntad fuerte y el tener esa misma voluntad en sujeción. Hemos de entender que la obstinación es más una prueba de debilidad que de fuerza; terquedad es señal de que uno es más bien esclavo que amo.

Dos hombres hallamos en las Escrituras que aparecen en contraste fuerte el uno con el otro; el uno lleva el ideal de fuerza física: podía despedazar un cachorro de león como si fuese un cabrito, podía arrancar las puertas grandes de una ciudad y llevárselas a donde quería. Sin embargo, este mismo hombre tenía poco dominio sobre sus propios deseos carnales. Era tan débil, moralmente, como fuerte físicamente.

El otro, hijo favorito de su padre, supo soportar el odio de sus hermanos, se sometió y sufrió el mal y hasta el crimen que cometieron contra él, y sin embargo, cuando llegó a tener un alto puesto de poder y autoridad, y podía haber hecho caer sobre sus hermanos lo que merecían sus crímenes, no demostró sino el más puro amor, sin dar señal del menor resentimiento; éste supo manejar el cetro de autoridad sobre su propio ser, y se mostró más grande en el dominio de sí que en todo su dominio sobre el imperio de los Faraones.

Hemos escogido la ira como representativa de la pasión porque, como se ha dicho, es la que con más facilidad se enciende, y es la más violenta cuando está encendida. Relampaguea en el ojo, respira en las narices infladas, se contrae en el puño cerrado y estalla en un golpe tremendo. Pero el hombre que de veras es fuerte sale al encuentro de la ira a los umbrales de su propio ser, la vence y la hace volver a su escondrijo más retirado. La batalla continúa por sus adentros. Es posible que no haya otra señal exterior de lo que pasa en el interior más allá de algún momento de silencio, una palidez de rostro, y una compresión de labios; pero la victoria es vasta en sus efectos sobre el carácter. La fuerza se mide, pues, no por el poder de las pasiones que subyugan al hombre, sino por el poder que subyuga las pasiones. La ira es la raíz de donde nacen muchos males. Chilón, uno de los siete sabios de Grecia, dijo que una de las cosas más difíciles de soportar era un agravio. Y un sabio moderno ha dicho: «Mejor es que pierdas tu bolsa que no tu calma.»

«Mejor es el que tarde se aira que el fuerte, y mejor es el que se enseñorea de su espíritu que el que toma una ciudad.»
«Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda: (Prov. 16:32, y 25:28).

Una distinción importante debemos hacer, y es que hemos de gobernar nuestras pasiones y no aplastarlas. Orígenes creía que llegaría a ser más santo si llegara a ser menos hombre. Pero el amortiguar nuestros sentidos y sensibilidades para librarnos de caer en vicios es una cobardía. Nuestras pasiones tienen elementos de nobleza; es verdad que han sido pervertidas, y necesitan ser convertidas. Matarlas es dañar nuestra personalidad: es hacerlas impotentes, tanto para el bien como para el mal. Cristo no quería decir que debíamos cortar literalmente la mano o sacar el ojo, sino que cortásemos las satisfacciones de sensualidad ilícitas y que renunciásemos el mal. La santidad no se alcanza al precio de la impotencia.

Supongamos el caso de uno que pudiera aplastar en sí la facultad de airarse; pues, ¿no perdería una de las potencias, la más noble de su virilidad, una de las armas más eficientes del servicio y de elementos de fuerza moral? ¡Cuántos se han encendido en santa indignación y han protestado fuertemente en contra de algún mal grande! Aun Jesucristo se airó, y echó del templo a los profanos cambiadores de dinero, y denunció a los hipócritas que oprimían a los pobres y hollaban a los penitentes. Si no hubiera habido una indignación santa jamás habría habido un reformador que denunciara la corrupción, nunca habría habido un Knox, ni un Lutero, ni un Wilberforce, ni un Washington. La ira bien puede ser peligrosa, pero la ausencia de ella podría ser un peligro mayor; porque deja al hombre como un pez gelatinoso. Por lo mismo la Biblia no nos dice: No os airéis, sino: «Airaos, y no pequéis.»

Aquí, pues, entra la gran necesidad del dominio de sí; las pasiones son un elemento de poder para bien o para mal, y han de ser retenidas en mano como por un freno. El doctor Tyng solía decir: «De natural soy un tigre de Bengala, y si la gracia de Dios no hubiera obrado en mí, temo que nadie habría podido vivir conmigo.» Si las pasiones obran bien o mal depende de la dirección que se les da. Cuando obran sin freno son temibles; cuando nosotros las dominamos son sublimes.

Ya hemos dicho que el escoger entre dominar y ser dominados es acto de suma gravedad. La diferencia entre las dos cosas se expresa bien en los dos proverbios que encabezan este artículo, en el contraste que se ve entre una ciudad bien gobernada y la que está sin defensa alguna, que queda expuesta a cualquier ataque fatal y a destrucción completa.

Será bueno que demos algunos ejemplos de este dominio de sí que enaltece el elemento principal del varón o de la varona, y que es tan necesaria para la simetría de carácter, y cuando se presenta nos impresiona con su sentido de moral sublime.

Sir Isaac Newton, el gran filósofo y astrónomo cristiano, adquirió un temperamento tan equilibrado que supo tener completo dominio de sí. En cierta ocasión un perrito suyo, llamado Diamante, y compañero constante de su amo, hallándose por casualidad entre algunos papeles de notas del filósofo, hizo caer allí una vela encendida, y en pocos momentos el trabajo elaborado de años y casi completado fue destruido. Una ojeada reveló al filósofo la pérdida irreparable suya, viendo tan solo algunas cenizas como todo lo que le quedaba de aquella labor científica, resultado de tan prolongado escudriñamiento, pero supo en aquellos momentos reprimir toda expresión de sentimiento violento y sencillamente dijo: «¡Ay! ¡Diamante! ¡Diamante! ¡qué poco sabes de la pérdida que me has causado!»

Un hecho muy parecido le aconteció un día al gran ornitologista cristiano, Audubon: Tenia sus papeles, dibujos pintados, todo bien colocado en un cajón que dejó al cuidado de un amigo suyo entre tanto que hacía un viaje de algunos meses. A su vuelta, ¡cual no fue su consternación al ver que las ratas habían hecho su nido en el cajón, donde habían tenido su cría, destruyendo por completo sus papeles de tanto valor! Como un fuego se encendió su cerebro que le privó de dormir por algunos días, pero esperó con calma hasta que hubo pasado el golpe, y entonces comenzó de nuevo a reparar su gran pérdida.

Tal dominio de sí representa la conquista de mayor hermosura, y es una preparación para mayor servicio. Representa el carácter de Dios; porque Dios mismo «es lento para la ira». Estas palabras significan muy débilmente la verdad del carácter inmutable de Dios, que no está sujeto a ningún impulso repentino de pasión; posee una calma eterna mientras que mantiene una justa ira contra el pecado. Jesucristo pronuncia una bendición para los que hacen la paz; porque los que la hacen son los que han aprendido antes a tener dominio de sus propias pasiones. Para poner en armonía los elementos en contención, uno ha de saber cómo armonizar la lucha interior de uno mismo. Cuando el emperador Segismundo fue preguntado por un jefe, porque no destruía a sus enemigos en lugar de mostrarles favores, replicó con verdadera nobleza: «¿Pero no los destruyo cuando los hago amigos?» Las pasiones han de hallar salida santa en servicio en favor de otros, levantando a los caídos y enderezando lo torcido. Una referencia más a las Escrituras: «No seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal.

Regulación de modales

No es cosa fácil describir lo que son los modales de una persona, pero se descubren, como el perfume de la rosa. Hay dos pasajes en las Escrituras que expresan quizás más que otros el agrado y la hermosura de los modales cristianos. Los pondremos a continuación para que los tengamos delante en nuestra meditación:

Y finalmente, sed todos de un mismo corazón, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables (l S. Pedro 3:8).
La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no hace sin razón, no se ensancha, no es injuriosa, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal (1 Cor. 13:4, 5).

En el primero hay cinco exhortaciones:

l. Sed todos de un mismo corazón; esto es cultivar unanimidad.
2. Tener compasión el uno del otro; esto es, sed simpáticos.
3. Vivid como hermanos.
4. Sed misericordiosos; esto es, hacia los que están en tristeza.
5. Sed amigables. Esto es una exhortación a ser cortés en su mejor sentido, no como el oropel del mundo, que tiene cierto lustre más poca sustancia; la cortesía a que se refiere el Apóstol es como la moneda celestial que por un lado lleva amor no fingido, y en el revés, la humildad sin afectación.

El segundo pasaje es aquel retrato sin igual de la Caridad, o sea el Amor, que adorna con gloria las Epístolas del N. Testamento, y hasta el día de hoy no tiene rival en el mundo. En estos versículos parece que toda facción del retrato se relaciona con modales. La caridad es sufrida, es decir, que retiene su acostumbrada bondad sin mutación, ni aun se ve en ella una mirada de envidia; que nunca se jacta o se muestra presunciosa; que nunca se hincha de vanidad; nunca busca su propia ventaja; ni da señal de irritación; ni sospecha los motivos de otros; está gozosa cuando la verdad prevalece, y nunca se complace en las faltas de otros. Ciertamente tenemos aquí el ideal de modales, y el corazón de la descripción se halla en las palabras: No es injuriosa; o más literal, no se porta impropiamente. Es imposible hallar una frase más adecuada para expresar nuestro tema que la que se atribuye aquí al comportamiento decoroso de la caridad.

Tres motivos principales deben alentarnos a esta piadosa regulación de modales:

1° Porque es el remate de la hermosura y gloria de conducta consagrada. Hay vidas en otros aspectos que son buenas, pero a veces las hemos de descubrir tras algunas faltas exteriores; como por ejemplo, cierta brusquedad de comportamiento. Cuando vemos este remate de hermosura, nos recuerda aquella parte de las vestiduras del Sumo Sacerdote de Israel, llamada «la diadema santa de oro puro», colocada en alto sobre la mitra, atada con un cordón de jacinto, y que llevaba esta inscripción: «Santidad a Jehová.» Estaba por encima de todas las demás vestimentas y adornos. Es posible que un discípulo de Cristo ande santamente, y sin embargo le falte esta diadema de oro que representa el remate supremo de conducta exterior.

2° Porque es el remate de un carácter renovado y transfigurado. El apóstol Pablo escribe a los Efesios: «… a renovaros en el espíritu de vuestra mente.» No dice, en vuestra mente, ni en vuestro espíritu, sino en el espíritu de vuestra mente, como si hubiera algo más delicado que la mente misma, pero que puede calificarla y caracterizarla. La transformación de modales parece llegar cerca de la perfección de conducta. Jaime Gilmour solía decir que Cristo estaba en el mundo para manifestar a Dios, y nosotros para manifestar a Cristo; de modo que el objeto supremo de la vida debe ser, en todo lo posible, llegar a ser semejante a Cristo. En el N. Testamento se refiere a esta renovación de la mente como algo que se acerca a una transfiguración. En Romanos 12 leemos: «No os conforméis a este siglo, mas reformaos—literalmente transfiguráos–por la renovación de vuestro entendimiento.» Esta palabra recuerda aquella escena maravillosa de la vida de Cristo cuando toda su persona llegó a ser milagrosamente radiosa y aun sus vestidos estaban traslucientes. Esta transfiguración fue la mayor manifestación que jamás se hizo de su gloria en la tierra. Y cuando los modales del creyente llegan a ser tan completamente transformados, es acercarse a una transfiguración.

En el A. Testamento el profeta Daniel parece ser el hombre que más que otros llega a resplandecer con esta radiación de modales santos. Si se medita bien su historia, escrita en los seis primeros capítulos de su libro, se verá que presenta un ejemplo raro de comportamiento sin falta, combinado con prudencia, sencillez, sinceridad, simpatía, humildad, y todo lo que pertenece a un exterior que atrae, de modo que sus mismos enemigos tenían que confesar que no podían hallar alguna ocasión o falta en él. Él es la única persona en las Escrituras de quien se dice esto, excepto el mismo Señor Jesucristo, de quien Pilato dijo: «No hallo en él culpa, o falta.» Entre los santos del N. Testamento el que más se destaca como sin falta es el apóstol Juan, quien después de Pentecostés, parece que no dio lugar a su primeva impetuosidad y resentimiento, sino que llegó a ser amor concretado.

3° Porque es el remate de aquella fuerza encantadora que tanto afecta a los demás. Muchas veces el que ejerce esta fuerza no se da razón de ella. El amado McCheyne, comentando sobre el Cantar de Salomón, dice con mucha gracia: Algunos creyentes son como un huerto en que hay árboles frutales que son provechosos, pero debemos tener también en el huerto, como había en aquel, árboles de incienso con todas las principales especias, y así ser atractivos.

Un bien conocido hermano dijo un día con mucha calma a otro hermano algo irascible: «Ud. debía considerar con cuidado qué sería preferible, que se tuviese por un favor el vivir en la misma casa con Ud., o que esto fuese algo insoportable.» La ciencia moderna ha descubierto por medio de instrumentos delicados que hay una especie de atmósfera personal que rodea todo hombre y mujer, un magnetismo muy sutil que se emite en un radio de unos tres metros. Este descubrimiento notable sirve para explicar algunos hechos que de otra manera son misteriosos.

Suponemos que es sumamente difícil cultivar algo tan delicado como es lo de los modales; sin embargo, hay dos o tres maneras en que, más que otras, pueden dar buen resultado.

l. Debe haber una represión estudiada y habitual de todo lo que sea ofensivo o repulsivo en nuestra conducta. El primer paso, aunque negativo, es el de estudiar el bien y la felicidad de los que nos rodean, y abstenernos voluntaria y habitualmente de todo lo que podría causar pena, o que diera un sentir desagradable a otros en nuestra compañía. Se necesitará no poco esfuerzo y tiempo para asegurar esta represión, pero todo esfuerzo verdadero dará resultados que bien valdrán la pena, y llegaremos a estar sorprendidos al ver cuan repulsivas han sido muchas cosas que antes no habíamos notado, las cuales vendrán a ser repulsivas para nosotros cuando deveras comencemos a deshacerlas.

2. Debemos cultivar el hábito de ministrar a la felicidad de otros, procurando no sólo evitar el ser ofensivo sino estudiando como comunicar gozo, consuelo, ayuda y bendición. ¡Cuán a menudo hablamos demasiado de nosotros mismos, nuestras enfermedades, desgracia, etc., por el gusto de hablar de ellas, olvidando que quizás estemos causando pena a otros, sin hacerles bien a ellos ni a nosotros! Hacemos tanto caso de lo que nos disgusta que otros quedan disgustados. Así obligamos a otros a sufrir sin razón por causa de lo que les exponemos. La costumbre de preguntarnos a nosotros mismos cual será el asunto de conversación que hará bien a otros es el lado positivo de como cultivar modales
hermosos. Es imposible decir cuanta alegría podrá comunicarse a otros por un ministerio cuyo objeto es hacer bien a otros; una vida tal no sólo será útil para otros sino que será una satisfacción positiva para nosotros.

Pero no hay hábito que tienda tanto a transfigurar nuestros modales como una meditación con oración sobre el carácter de Dios, como se deja ver por el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la gran lección de aquel memorable pasaje en el Cap. 3 de la 2nda Epístola a los Corintios, Ver. 18: «Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor.»

Esta es una lección en fotografía espiritual; porque en fotografía hemos de tener cuatro cosas: Primera, un objeto; segunda, una cámara; tercera, una placa sensitiva; y cuarta, la luz. Cuando tenemos estas cuatro cosas en combinación podremos obtener una representación fotográfica. En este versículo citado tenemos sugeridos los cuatro requisitos para una fotografía espiritual: el objeto, la gloria del Señor; la cámara, las sagradas Escrituras: la placa sensitiva, el espíritu humano; y la luz, el Espíritu Santo. Ahora pues, el hallarnos sentados ante aquel Objeto y meditando en la hermosura y gloria de Cristo; el exponernos a nosotros mismos como la placa sensitiva para la impresión; y todo en el poder transformador de la luz del Espíritu Santo, es como alcanzar esta trans formación espiritual que es tanto de desear.

Enrique Drummond, aunque faltaba en sus enseñanzas un elemento del todo evangélico, tenía una buena apreciación de la hermosura de los modales cristianos, de la cual él era un ejemplo atractivo. Solía decir que ningún cristiano podría leer diariamente y con oración el Cap. 13 de la 1ra Epístola a los Corintios sin crecer en la semejanza del Señor. Pongamos a prueba estos medios, y sin duda creceremos en la hermosura de aquella semejanza celestial.

Nos viene a la memoria el caso de una señora piadosa, bien educada, y consagrada al Señor. En cierta ocasión se encontró con otra señora de un país católico romano, una renegada de su fe, quien al atravesar el Canal de la Mancha dejó tras sí la fe que había profesado, y llegó a ser una librepensadora. Unos pocos momentos de conversación bastaron para que se revelara su antagonismo a la religión cristiana, y su aversión a conversar sobre tal asunto.

Pero aquella señora piadosa determinó ganar la otra para Cristo, y esto por medio de una vida cristiana puesta ante ella. Así fue que enterada de que la otra daba lecciones de francés, le preguntó si le daría a ella algunas, aunque ya sabía hablar francés; pero creyó que esto sería el mejor medio de ganarla, tomando el puesto de discípula. Continuaron las lecciones por un año, y entonces la profesora le dijo: —¿Quiere Ud. leer la Biblia conmigo? —Con mucho placer, fue la respuesta. —Y ¿quisiera Vd. explicarme algo de ella en la medida que continuamos la lectura? —Ciertamente. Pero, dijo la discípula, ¿podría yo preguntarle por qué me pide esto? —Pues, le diré; hace un año que le doy lecciones, y Ud. no me ha dicho nada referente a cuestiones religiosas ni de la salvación de mi alma, pero Ud. se ha conducido conmigo de tal manera que deseo saber el secreto o el manantial de su vida. «La vida era la luz de los hombres» (San Juan 1:4).

Regulación de creencias

Una de las ideas que haya más general aceptación en el mundo hoy día es la de que no somos responsables de nuestras creencias. Relacionada con ésta es la de que las creencias no tienen gran importancia: con tal que uno sea sincero en lo que cree.

En cuanto a esto es evidente que si las creencias son de poca importancia, el buscar la verdad viene a ser en la misma proporción cosa sin interés, que sería un absurdo. Hay una diferencia eterna entre la verdad y el error, y el error jamás podrá producir aquella hermosura de carácter y vida que la verdad asegura. En cuanto al punto de que no somos responsables de nuestras creencias, una palabra de Jesucristo pone fin a tal suposición, cuando decía a Nicodemo: «El que no cree ya es condenado, porque no creyó,» palabra que demuestra que uno puede ser condenado por no creer.

Nuestras creencias al fin y al cabo, son la aprobación mental que damos a lo que aceptamos como verdadero. Cuando las creencias pertenecen a asuntos morales, envuelven aprobación moral, y demandan obediencia moral, resolución y acción. Por ejemplo, uno puede aceptar la verdad de que el sol está distante de nosotros unos 144 millones de kilómetros, y no le afecta para que sea mejor o peor; pero cuando es cuestión de creer que hay un Dios y una ley moral de conducta, esta misma creencia demanda que la voluntad y conciencia se conformen en esta convicción.

La responsabilidad pues de nuestras creencias, puede considerarse bajo dos o tres departamentos:

1. Lo intelectual; 2. Lo moral; 3. Lo volitivo. Propongo tratar este asunto ahora por medio de una serie de máximas que podrán darnos métodos verdaderos para la regulación de creencias.

1. Señalad bien los lindes. Nos hace falta en primer lugar tener, como fundamentos, ciertas verdades que no admiten disputa. Fijar bien fuera de toda duda, las verdades primarias y hechos indubitables, para que queden eternamente inamovibles. Esto es como colocar las grandes piedras de asiento sobre las cuales descansan las verdades secundarias; es comenzar al principio. Si no hay más que una verdad absoluta, asentémosla como roca de la que nada nos mueva. Son las verdades primarias las que tienen tanto efecto en la formación de carácter.

Cuando Dios dotó al hombre con la facultad de la razón fue para que hiciera uso de ella. Le dio la libertad de escoger, de otra manera habría sido un Adán meramente artificial. Si hay algo que la razón afirma, es que para la creación ha de haber un Creador, y para cosas diseñadas un diseñador. Lord Kelvin admirado dice: ¡Pensad si podéis que un cierto número de átomos hayan caído de su propio acuerdo para formar una hojita de musgo, un microbio o un animal viviente! Una combinación de medios que conducen a un fin determinado, implica inteligencia.

Uno de los oficios de la razón es el de aceptar un hecho cierto, aunque por el momento, no pueda reconciliarse con otros supuestos hechos establecidos.

2. Sed cautos en abandonar las amarraduras. «No hagáis la equivocación de dudar de vuestras creencias y creer vuestras dudas.» Quien quiera que dijera esto, expresó algo bien acertado. Hay una impresión bastante general en el mundo que viene a decir que es cosa varonil el dudar, que esto demuestra que somos superiores a otros, cuando comenzamos a dudar de todo.

3. Cultivad la sanidad intelectual. En otras palabras, no seas tonto, sino emplea un poco de sentido común. Locke hace esta observación: «Abandonar el uso de la razón en asuntos de la revelación es como cegar los ojos para poder hacer uso de un telescopio» Y Luis Palón añade: «La diferencia entre un hombre racional y un lunático es, que aquél acepta los hechos y obra conforme; mientras que éste acepta sus fantasías y se empeña en seguirlas.» Hay diferentes maneras de demostrar la sanidad. Por ejemplo, no demandamos prueba matemática de proposiciones morales. Podemos probar matemáticamente que dos y dos hacen cuatro, y que los tres ángulos interiores de un triángulo juntos igualan a dos ángulos rectos. Pero no podemos probar por las matemáticas que una verdad y una mentira son moralmente diferentes. Proposiciones morales demandan de mostración moral. Es un hombre falto de entendimiento el que pide prueba matemática en la esfera moral.

El doctor Hanson dice: La verdad de la revelación divina es absolutamente única en su teoría de la expiación del pecado, de las condiciones de la salvación, de la unión por la fe a un Redentor personal, y de toda la verdad contenida en el Evangelio. No es posible hallar la razón de ser de la revelación divina sino por la explicación que ella misma da de sí. Las teorías del ateísmo dan lugar a mayores misterios que la Biblia.

4. Aceptad vuestras limitaciones. Sed humildes. Es algo sorprendente cuando hombres de grande inteligencia se han rendido ante la verdad divina tal como la tenemos en la Biblia. No se debe decir que algo sea contrario a la razón, porque esté fuera del alcance de vuestro entendimiento. Podemos trascender los límites de la razón, como un objeto puede estar más allá del alcance de nuestra vista, sin embargo, no por eso deja de existir el tal objeto. El hombre más grande de los ingleses, Mr. Gladstone, era un sencillo y humilde creyente, y el más grande de los americanos, Mr. Webster, dijo: Pon sobre la lápida que cubra mi tumba: «Señor, creo, ayuda mi incredulidad». Donde tales nombres guían, otros más humildes pueden seguir.

5. Sed personas de verdad. Candor mental es una cualidad sumamente rara. Tennyson, un poeta inglés dijo hace mucho tiempo que «un hombre de verdad generalmente posee todas las virtudes.» De una inteligencia presuntuosa nace pecado. Satanás es la incorporación de un intelecto sin Dios, y es el padre de la mentira. El carácter de un ser humano cuyo deseo verdadero y determinado es seguir la verdad por donde quiera que nos guíe y a cualquier precio que nos cueste, es algo raro en estos tiempos, pero tiene su rica recompensa. Mucho de lo que ahora aparece, pronto pasará como un vapor, o como la neblina que envuelve una montaña; pero esa montaña que no se ve, grande y gloriosa, la podemos comparar al gran Trono Blanco de Dios que quedará inmóvil cuando cincuenta siglos de nieblas hayan pasado sin dejar rastro tras sí. El hombre que busca la verdad, y cuando la halla la retiene cueste lo que cueste, tiene la esencia de algo eterno en sí mismo.

6. Sed independientes. Si es preciso, atreveos a estar solos antes de seguir ciegamente a la multitud. Hace mucho tiempo que un sabio dijo: «Hay cuatro ídolos que los hombres siguen: los de la tribu, los del antro, los de la plaza pública y los del teatro; o en otras palabras, los ídolos nacionales, los estudiantes, los demagogos y los oradores. Si uno quiere guardar sus creencias tendrá que mirar bien que compañía escoge. Es mucho más fácil sugerir una duda que desvanecerla. Cualquier tonto puede proponer una pregunta que ningún sabio podrá quizás contestar; por otra parte no hay cuestión que un sabio proponga, sin que un orate se halle dispuesto a intentar su resolución.

7. Buscad pruebas históricas. Una onza de experiencia vale más que una tonelada de argumentos. Preguntaos a vosotros mismos cuales son los frutos de la fe y de la incredulidad. Escudriñad la historia. Hallaréis que la duda y el escepticismo jamás han traído satisfacción a nadie, solamente miseria y desesperación; y que las vidas más puras y más felices siempre se hallan en el desarrollo de creencias sinceras y diligentes. Un hombre de raciocinio sutil en cierta ocasión preguntó a un pobre trabajador dónde estaba la evidencia interna de la verdad de la Biblia. El hombre iliterato, no entendiendo el arte de controversia, puso su mano sobre su corazón y replicó: Aquí.

Vale la pena preguntar dónde os desembarcará la incredulidad y considerar que lógicamente tal camino os llevará a un absurdo. Spurgeon solía a veces expresarse con cierta viveza de genio y con sequedad, como podemos ver en las palabras que en cierta ocasión dijo, refiriéndose a los que decían que somos los descendientes del mono: Si es así, seamos consecuentes haciendo conformes a nuestras creencias, y presentemos nuestras peticiones a nuestro padre que da brincos allá en el árbol».

[El texto de este libro fue extraído de varios fascículos de la revista El Evangelista del año 1921. Es probable que el libro no acabó aquí, pero lamentablemente fue lo único a nuestra disposición.]

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