La sangre derramada – sermón elocuente de 1918

Por A. B. Carrero, un asesor a los revisores de la Reina-Valera 1960

“Sin derramamiento de sangre no hay remisión.» Hebreos 9:22

¡Mirad aquí a un necio! Es un soldado herido, que no pide auxilio, ni busca una mano amiga que le levante y ponga en sitio aparte, ni pide que le den agua y que le suministren lo que ha menester para restañar su sangre que está perdiendo y que así lo va a dejar sin vida; sino se pone a estudiar las causas de la guerra, y se entrega a meditar sobre los detalles de la batalla de la que sacó tan mala parte. Y mirad a otro necio: es un hombre que ha tomado veneno. Y siente los horrorosos síntomas de su caso fatal: tiene convulsiones, sufre dolores violentos, se le nubla la vista, los oídos y los ojos le quieren reventar, se le paraliza el corazón, se le engruesa la lengua; pero no busca el remedio, ni pide socorro, sino se distrae examinando los residuos de la botella del veneno para estudiar el porqué de las causas.

Y otro necio: Es un hombre en un naufragio. El barco se ha hundido, muchas otras personas cansadas de luchar con las embravecidas olas se han ahogado ya; y a él le van faltando las fuerzas, ya se siente vencido, la muerte es cuestión de minutos, de segundos, y cerca de él hay una tabla de salvación, pero en vez de asirse a ella, la desprecia, y se pone a reflexionar sobre la causa del naufragio y sostiene que su barco era bastante fuerte y que no halla la razón para que hubieran naufragado.

Otro necio más: Es un hombre preso, sujeto con cadenas, sentenciado a largos años de prisión, y quien, despreciando los oficios de un abogado que se ofrece para buscar su libertad, se ocupa sólo en estudiar las causas que movieron a la Justicia a construir aquella cárcel, y se dedica con afán a considerar los detalles de arquitectura del edificio.

Y otro más necio: Es un hombre en el interior de una casa que es devorada por el fuego. Las llamas voraces convierten la casa en cenizas, las paredes se desploman, los cristales saltan en mil pedazos, pero el hombre no huye, ni pide auxilio, ni busca su escape, sino que investiga la causa del incendio sin poner atención en que en unos segundos más, él ya no podrá salvarse, y perecerá devorado por las ardientes llamas.

Y el más necio de todos: Ese es un hombre que se halla aquí, entre vosotros, en esta reunión. Se halla entre mis lectores. Y entre mis oyentes. Este necio es el peor de todos. Es un hombre que está enfermo, preso, herido, en naufragio, y entre las llamas del pecado, y en vez de buscar su salvación se detiene a considerar las causas del mismo pecado, y quiere saber por qué entró el pecado en el mundo, y por qué lo permitió Dios.

Esa es una locura. Porque la pregunta del hombre debiera ser esta: ¿Cómo escaparé de mi pecado? ¿Cómo seré libre? ¿Cómo hallaré paz y seguridad? No es cuestión de saber cómo descendió el fuego sobre Sodoma, sino saber cómo escapó Lot. No te preguntes ¿por qué estoy enfermo? sino esto otro: ¿cómo podré sanar? No digas ¿cómo me envenené? sino ¿cómo me salvaré del envenenamiento? No pienses ¿por qué estoy detenido y sujeto en estas prisiones? sino inquiere: ¿quién me podrá librar del cuerpo de esta muerte? ¿quién me salvará? ¿en dónde hay Uno que pueda con brazo extendido salvarme de mis males, curar mis heridas, darme libertad, escaparme del lazo del enemigo, librarme de las olas del pecado, y sacarme de las llamas del incendio de las pasiones dándome un lugar de refugio y seguridad, de salud, de salvación y vida? Este texto es la expresión sencilla y clara de una verdad eterna. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado. La sangre tiene la virtud de lavar el pecado. Abel ofreció sacrificio de sangre y su sacrificio fue acepto y agradable a Dios. Y hasta los paganos admiten, sin saberlo, la fuerza de esta verdad: los aztecas mataban a los prisioneros de guerra y sacándoles del pecho el corazón lo presentaban como ofrenda de paz a su dios Huizilopochtli. Y los católicos irlandeses se hacen cortadas con cuchillos mientras danzan al derredor de San Patricio; y en México mismo, ¿quién no ha visto a los pobres creyentes del romanismo golpearse el pecho con furia, usar burdos mecates para lacerarse el cuerpo, o andar de rodillas hasta verter la sangre creyendo así hacer el propio lavamiento de sus pecados?

Pero no es la sangre de los corazones humanos la que se requiere por Dios para hacer remisión de nuestros pecados. Podéis echar la sangre de todos los hombres sobre una sola mancha, sobre el corazón del más pequeño de los pecadores, y la mancha permanecerá la misma.

He aquí el error común de los hombres. Creen que pueden por sí mismos lavar sus maldades, purificar sus almas, desvanecer sus culpas, y ser salvos. Y al intentarlo hacen un pecado mayor que el total de todos sus otros pecados. Añaden culpa sobre culpa. Y multiplican la iniquidad en sus corazones. Porque desprecian al único Salvador y pretenden hacerse solos un plan de salvación mezquino y lleno de insolente orgullo, pensando en su necedad que harán más de lo que Dios ha hecho, y consumarán lo que él no pudo consumar.

Esa es la tendencia del pobre pecador: está perdido y no busca al Guía, sino se junta a otro más perdido que él, o tan perdido como él, y entre los dos forman el plan para salir de su perdición, y sólo consiguen extraviarse más y alejarse de Dios. Está enfermo del alma y ocurre, no a Jesús, que es el Médico divino, sino a otros enfermos más graves que el mismo pecador, y juntos hacen planes humanos para sanar y sólo logran dañar más sus almas y hacer más grandes sus males, llegando hasta la medida de lo imperdonable. Está preso y sujeto, bajo el dominio del enemigo común de las almas, y no acude al Señor para que le libre con su gracia y con el poder de su santidad, sino va a otro más preso y más miserable que él, y le dice “sálvame!” y los dos juntos sólo logran encadenarse más y hundirse en el encierro de sus ofensas. Está su alma hambrienta y sedienta de Dios y no se allega al único Sacerdote, a Cristo, el único Mediador entre Dios y los hombres, el que puede tomar las cosas celestiales y repartirlas a los creyentes que moran en la tierra, y tomar la fe de ellos y sus dones y presentarlos a su Padre en los cielos, sino va a los sacerdotes mentirosos, confía en ellos, y juntos se consuelan y se confían, y no alcanzan, sino el alma, confusión, desilusión, ira y muerte; y el sacerdote falso, remordimiento como el de Judas, espanto y castigo.

El hombre no puede salvar a otro hombre. Así dice la Escritura: “Maldito el hombre que confía en el hombre y pone carne por su brazo.” Y torna Dios a decir: “Mirad a mí y sed salvos todos los términos de la tierra; porque YO SOY DIOS, y no hay más.” El nombre de Jesús. “Y no hay otro nombre debajo del cielo en que nos sea posible ser salvos.” Los hombres no podrán ser salvos de otra manera, sino de la única manera establecida por Dios. Nuestra sangre está sucia y con ella no podremos limpiarnos. ¿Puede acaso lo sucio limpiarse con lo mismo sucio? ¿Puede el leopardo quitarse sus propias manchas? ¿Puede mudar el negro su propia piel? Un establo no se limpia con palas y con escobas. Pero echadle al establo la corriente del Mississippi y el agua lo dejará perfectamente limpio. Y echad en los corazones la corriente de poder y de pureza de la sangre de Cristo y será un corazón completamente purificado, y blanco como la nieve.

Recordad estas inmortales palabras de la Palabra: La Sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Y nada más. La sangre del Cordero de Dios, sí. La sangre de los toros, y de los machos cabríos, no. “Los sacerdotes se presentan cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos, sacrificios que NUNCA pueden quitar los pecados: pero éste, JESÚS, habiendo ofrecido por los pecados un sólo sacrificio, PARA SIEMPRE, está sentado a la diestra de Dios. Porque con una sola ofrenda hizo perfectos PARA SIEMPRE a los santificados.” (Heb. 10:4)

Es imposible limpiar con nuestra sangre inmunda nuestros inmundos corazones. Seguidme y os mostraré a Jesús y ved que él derramó su preciosa sangre y que ella es la fuente purísima del lavamiento para las culpas de todos los hombres. Vamos a Getsemaní, y ved allí a Jesús. Está de rodillas derramando su corazón en la presencia de su Padre. Allí repite sus oraciones por tres veces. Ruega intensísimamente. Sufre la carga de los pecados del mundo, y su alma pura, oprimida por nuestras iniquidades, se aflige hasta la muerte. Suda gruesas gotas de sangre que bañan su cuerpo y caen en tierra. Y vienen los esbirros en esa hora para prenderle. Le llevan cautivo y atraviesan el arroyo de Cedrón sin dejarle lugar a que lave siquiera sus manos y su rostro. Lo llevan a Pilato, y este lo entrega a la muerte. “Y miradlo en la cruz,” dice Spurgeon, “miradlo bien.” “Mirad sangre de sus manos, sangre de sus pies, sangre de sus sienes, y sangre de su costado. Allí sufre y muere por ti y por mí. Óyele cómo exclama: “Consumado está!» El sacrificio único ya está consumado para siempre. ¿No te conmueve ese relato? ¿No se ablanda tu corazón ante ese cuadro del más vivo dolor? ¿No he sabido describirlo? ¡No! Nadie lo puede describir. No es un homicidio, no es un fratricidio, no es un parricidio, no es un regicidio, es sí, un deicidio, la muerte de Dios humanado, del autor de la vida, de Dios con nosotros, Emanuel, que encarnó y derramó su sangre preciosa para remisión de nuestros pecados.” Porque esta es la verdad eterna, que, sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado.

La declaración del texto es dogmática. Está expresada precisamente con la severa autoridad que caracteriza a todas las aseveraciones de Dios. No es cuestión de bien puedes dudar, o bien puedes creer, sino debes creer a riesgo de perder tu alma si no crees. Pues ¿cómo escaparemos si tenemos en poco una salvación tan grande?” Jesús dijo: “Qué ganará el hombre si granjeare todo el mundo y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”

Considera hoy la espantosa tragedia de la guerra, y es pálida, y se desvanece como nada, ante la magnitud de la tragedia del Calvario. En los campos de combate se cuentan los muertos a millares y centenas de millares. Y no tiene trazas de cesar. Los americanos están enviando cada mes trescientos mil soldados, que suman tres o cuatro millones de hombres cada año; están gastando además cincuenta millones de dólares por día para sostener ellos la parte que en el conflicto les corresponde; ya extendieron la edad para el servicio comprendiendo a los hombres desde dieciocho hasta cuarenta y cinco años; y toman medidas amplias, y grandiosas, y enérgicas, para activar el fin de esta guerra espantosa y cruel. Es la guerra más horrorosa que ha visto el mundo, pero palidece ante el conflicto del pecado, ante la tragedia de la cruz en que fue inmolado el Hijo Unigénito de Dios, sin tener mancha, ni sombra de pecado, para hacer expiación por todos los hombres y derramar su sangre pura y preciosa para hacer remisión por el pecado!

Alguno dirá, ¿no podré limpiar mi corazón con mis lágrimas? ¿lo haré limpio con mis firmes resoluciones de enmienda? ¿lo mejoraré con mis propósitos de una vida nueva? ¿no lo podré cambiar con penitencias y con mis buenas obras? No. La salvación es de Dios, y no de los hombres. Y él dice: Sin derramamiento de sangre no hay remisión. Las cosas que son imposibles a los hombres son posibles para Dios. Ese lavamiento de su sangre es un hecho milagroso, una operación que sólo Jesús puede hacer en nuestros pobres corazones, porque él es el hacedor de bienes, y el ejecutor de maravillas. Lo que necesitamos es venir a él, y ponernos en su camino, y echarnos a sus pies, adorarle y creer con todo el corazón, como en los tiempos antiguos lo hacían los cojos y los ciegos, los leprosos y los paralíticos, y todos los enfermos que le seguían clamando: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” Si Cristo os libertare seréis verdaderamente libres, y si él os limpiare seréis verdaderamente limpios.

¿Te consideras perdido, y tienes miedo de la condenación? No te avergüences por ese temor, y recuerda que Noé, movido por el temor construyó el arca en que se salvó con su familia. (Heb. 11). Y debes alegrarte si conoces que estás perdido. Eso debe llenarte de dicha y de esperanza. Porque a los perdidos vino Cristo. Es más feliz el que sabe que está perdido, que el pobre pecador engañado que cree que va bien en todo mientras camina a la ruina y a la condenación. Pero tú, si te sientes incómodo con tu pecado, y reconoces tu indignidad y tu culpa, cobra ánimo y alégrate, porque vas bien, pues ese es el comienzo de la vida verdadera, y esa misma angustia que sientes te empujará a los pies del bendito Jesús que dijo: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

Un día el famoso evangelista Finney predicó sobre el texto de Juan: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” Al terminar el servicio se le acercó un hombre de fea apariencia y le llamó aparte y le dijo: “Sr. Finney, ¿puede Ud. acompañarme a mi casa en esta noche?” El evangelista en el acto consintió. Pero hubo algunos amigos suyos que le vieron con aquel hombre, y le hicieron indicaciones para que se apartase o se cuidase de él porque era conocido en todas partes como un hombre peligroso. Pero el evangelista había aceptado la invitación y no quiso negarse a acompañar al hombre a donde vivía. Caminaron juntos por largo rato, y al llegar a las calles más apartadas de la ciudad los dos se detuvieron en la puerta de una casucha miserable por fuera y de peor aspecto por dentro. El hombre sacó del cajón de la mesa una pistola y acercándose al señor Finney le dijo: Señor, con esta arma he quitado la vida a dos hombres, ¿puede haber perdón para mí? El evangelista lo vio fijamente, y le dijo con voz pausada y solemne: “La sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado.” El hombre, presa de terrible ansiedad, le mostró en seguida unas barajas, y le dijo, “con estas cartas he robado a muchos, ¿puede haber perdón para mí? Finney le volvió a repetir el texto: “La sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado.” El hombre le confesó: “He sido muy malvado, he sido causa de ruina y perdición para muchas mujeres, he sido causante de la desgracia de muchos hogares, he sido blasfemo y perverso, y no creo que haya otro pecador más grande que yo, ¿puede haber perdón para un hombre como yo?” El evangelista le volvió a repetir las mismas palabras, le dio un grande consuelo con las promesas de la salvación, y le invitó a arrodillarse para orar. Ese hombre nació allí de nuevo. Destruyó las barajas, quebró las botellas de licor, y buscó el perdón de sus pecados clamando a Jesús.

¿Eres pecador? Entonces lo que te conviene es buscar al Salvador. Eso es lógico. Si no te reconoces pecador, tampoco puedes abrigar esperanza de salvación, porque Cristo no vino a buscar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. “Los que están sanos no tienen necesidad del médico, sino los enfermos.” Y no pretendas averiguar el porqué del pecado. El hecho frío y desnudo es que el pecado existe en el mundo, y ahora lo que tienes que inquirir es cómo ser salvo y eso nada más.

¿Estás herido por el pecado, y tu corazón se muere, y tus fuerzas se acaban? Lo que te conviene es clamar a Jesús, el Capitán de la Salvación, y el que derramó su sangre para limpiarte de toda maldad.

¿Estás envenenado por el pecado? Échate a los pies del Señor, él es el médico de las almas. Él sana tus dolencias. En su muerte hay medicina para todos tus males, y él te dará la vida eterna. ¿Eres un náufrago en el mar del pecado? Jesús te puede salvar. Su brazo es fuerte. Su voluntad es firme. Su poder no tiene límite. Su gracia es la manifestación del amor más generoso y espontáneo ejercida para bien de aquellos que le buscan y le obedecen.

¿Estás preso en las redes de la tentación, y en la oscura celda de los pecados del mundo? Jesús es el Libertador. “Y si él te libertare, serás verdaderamente libre.” (Juan 8:36).

¿Estás envuelto en las ardientes llamas de las pasiones? Lo que te conviene es venir a Jesús. Su sangre te limpiará de todo pecado: Sin derramamiento de sangre no hay remisión. Y su sangre preciosa ha sido derramada ya. El Señor murió por ti y por mí. Nuestras deudas han sido pagadas por él. Y desde entonces el mensaje para todos los hombres se expresa así: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa.”

Lector, o lectora, quien quiera que tú seas, si pasas tus ojos por estas líneas, te diré: ¿estás perdido? ¿vives sin Dios, y sin Cristo, y sin esperanza en el mundo? O ¿dices que tú no tienes pecado? ¿crees que estás limpio tan sólo porque te has dado un baño en las aguas de la moralidad y de la educación? ¿alegas que no tienes de qué arrepentirte porque eres bueno en tus propios ojos? ¿Eres mejor al medirte con la medida de los demás hombres? Entonces Jesús no murió por ti ni por ti derramó su sangre pura. Y yo no me dirijo, ni te llamo a ti. El sermón no es para ti. Pero si sientes tus culpas, debes saber que el mensaje de la salvación es especialmente para ti. Jesús no murió en vano. Sino murió precisamente para eso, para SALVAR a los pecadores. Tú dices: pero yo no lo merezco. Pues por eso lo hizo, porque tú no lo merecías. Es obra de su gracia soberana: “Siendo aun pecadores Cristo murió por nosotros.” “Estando muertos en nuestros delitos y pecados, Cristo murió por nosotros, el Justo, por los injustos, para llevarnos a Dios.” “Y por eso le amamos a él, porque él nos amó primero.”

Y dices: “Yo soy muy malo.” Y Jesús te responde: “Yo a nadie echo fuera. Él no negó jamás la salvación ni el perdón a nadie que los hubiese pedido. Te desafío a que me des un sólo ejemplo de alguien por pecador que hubiese sido, a quien el Señor no recibiera con agrado. Acuérdate de la mujer adúltera a quien el Señor le dijo: “Ni yo te condeno. Vete, y no peques más.” Y del ladrón arrepentido a quien Jesús acogió con suma bondad, y sin echarle en cara sus iniquidades, las borró todas con su sangre, y le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Y dices: “Yo me he burlado de la religión, y de los ministros, y de la fe, y he hecho escarnio de todo lo santo, y he despreciado todas las cosas y todas las enseñanzas de Dios.” Pero oye las promesas que Dios mismo ha hecho para que tú tengas una base firme en que confiar. “Apartaré tus pecados tan lejos como está el Oriente del Occidente.” El Oriente y el Occidente no son lugares sino direcciones. Puedes correr siglos y siglos rumbo al Oriente o rumbo al Occidente y jamás llegarás al fin. Y tan lejos así quitará Dios tus pecados y los echará de ti. Y dice: “Los echaré a mis espaldas para no verlos.” Eso mismo has hecho tú con las enseñanzas de Dios, y con sus preceptos. Los has echado en olvido. Y les vuelves la espalda, y nunca los has visto ni los has querido aceptar. Pero vuélvete a Dios y él echará tus culpas en el olvido más perfecto, y serás adoptado como hijo, conforme a las palabras del evangelio: “Y a todos los que le recibieron les ha dado poder de ser llamados hijos de Dios, esto es, a los que creen en su Nombre.” (Juan 1:12).

Que Dios mueva tu corazón, y te haga ver lo que tú eres, pecador, débil, y lleno de maldad; y que te ayude a ver lo que él es: un grande Salvador, lleno de gracia y de verdad. Y acércate a él para ser salvo. No te mires a ti mismo, porque entonces te justificarás en tu opinión, como se justificaba el fariseo en el templo, exclamando “Yo no soy como los otros hombres, ladrones, adúlteros, injustos!” Sino mira a Dios y comprenderás tu indignidad como la comprendió el pobrecito publicano que ni siquiera quería levantar los ojos al cielo, y viendo a Dios, juzgaba que él no era digno de nada, y sólo decía con dolor: “Señor, ten misericordia de mí, pecador.” Y Jesús, observando a los dos, dijo: “De cierto os digo que éste descendió a su casa justificado, más bien que el otro.» Y pongo fin a esta breve y sencilla exposición y proclamación del evangelio del Señor pidiéndole a él que bendiga mis pobres palabras usándolas como medio para la conversión de las almas. Amén.

El Faro, 1918

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