Lecciones del hombre rico y Lázaro

Lucas 16:19-31

Este hombre rico tuvo que despertarse en la eternidad antes de poder contar el sueño de una vida desperdiciada. “Ninguno puede servir a dos señores” (Mat. 6:24), especialmente cuando los señores difieren tanto en el carácter como en “Dios” y “las riquezas” (Mat. 6:24). Las riquezas representan el amor del dinero y los placeres del pecado. Tanto Dios como las riquezas exigen el dominio de nuestros seres. Si el amor de Dios no nos domina, el amor del mundo lo hará. Si nos aferramos a uno, necesariamente debemos despreciar al otro. Los codiciosos, en el orgullo de su corazón, siempre están dispuestos a justificarse en los ojos de los hombres, olvidando que pueden estimar las cosas que son una abominación a los ojos de Dios (Luc. 16:14-15). Las palabras que siguen sobre este hombre rico y un mendigo están cargadas de un significado solemne y pesado. El Señor no llama a esto una parábola, y contiene nombres además de una figura histórica del Antiguo Testamento. Por tanto debe ser aceptado literalmente. Su significado es claro e inconfundible. Entonces, ¿cuáles son las lecciones que podemos aprender aquí?

I. Un hombre pueda tener una hermosa apariencia ante los hombres y, sin embargo, ser totalmente corrupto a los ojos de Dios (Luc. 16:19). La “púrpura y lino fino” de la justicia del hombre nunca se embellecerá ante los ojos de Dios. Hay quienes piensan que no tienen necesidad de nada, y no saben que son desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos (Ap. 3:17).

II. Un hombre puede ser pobre y detestable a los ojos de su prójimo y, sin embargo, ser rico y hermoso a la vista de Dios (Luc. 16:20-21). El pobre mendigo pudo haber sido un objeto de disgusto para muchos, pero el Señor no mira la apariencia externa (1 Sam. 16:7). No sería raro que el carácter de un hijo de Dios pobre y afligido apeste en las narices del hombre codicioso y rico del mundo. Pero el alma de Lázaro era una joya preciosa para Dios, aunque el exterior se veía roto.

III. Un hombre pueda tener solamente el entierro de un perro, y sin embargo, ser atendido por los ángeles de Dios (Luc. 16:22). Ningún preso al morir en su pobreza tuvo un culto fúnebre menos ceremonial que Lázaro. Pero era posesión de Dios, y los ángeles vestidos de blanco llevaron su espíritu emancipado al seno del Padre.

IV. Un hombre puede tener un funeral lleno de pompa, y al mismo tiempo ser un alma miserable (Luc. 16:22-23). Habría más dolores reales en algunos funerales si solo pudieran ver detrás del velo. Los hombres elogian el pasado de los grandes difuntos del mundo, pero ¿qué de su condición presente? El lamento de muchos es una burla comparada con el lamento de un alma perdida en la eternidad.

V. Un hombre puede tener una abundancia de los bienes de este mundo y, sin embargo, en el mundo venidero, encontrarse totalmente desprovisto de la misericordia más mínima (Luc. 16:24). Este adorador de las riquezas en la tierra ha descubierto en la eternidad que las sonrisas del hombre no son evidencia de que el alma esté bien con Dios. Esta sed eterna por una gota de agua es una experiencia horrible para un hombre que nunca supo lo que era sentir necesidad, y que solo vivió para la satisfacción de sus propios deseos.

VI. Un hombre que descuida sus oportunidades en esta vida, en la vida venidera tendrá un buen motivo para recordar su locura (Luc. 16:25). “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida”. El recuerdo de una vida desperdiciada, en medio de muchas cosas buenas, será, en el mundo venidero, el gusano eterno del remordimiento.

VII. Aunque los santos y los pecadores puedan reunirse ahora, el tiempo se acerca cuando deben estar separados eternamente (Luc. 16:26). Las relaciones terrenales no nos servirán de nada cuando “una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros”. Todo depende de nuestra relación con Dios y su Cristo. Todas las oraciones y la penitencia del papado o del purgatorio nunca cerrarán esta brecha, ya que es fija (Mat. 13:30).

VIII. Las oraciones de los perdidos no pueden servir de nada, ni para ellos ni para los demás (Luc. 16:24, 27-28). Aquellos que no establecen ningún valor en las oraciones en esta vida no tendrán ningún valor establecidas en ellas en la vida por venir. No es suficiente estar en serio cuando el día de gracia ha pasado. “Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Cor. 6:2).

IX. Aquellos que no quieren oír y creer la Palabra de Dios perecerán sin remedio (Luc. 16:29-31; Prov. 29:1). Las señales y las maravillas no nos servirían de nada si no escuchamos a quien Dios envió para bendecirnos (Luc. 9:35). Los israelitas vieron sus maravillas y murmuraron contra él. Muchos vieron los milagros de Cristo, y aun así le aborrecieron; incluso a pesar del milagro de Lázaro, “a quien había resucitado de los muertos” de todos modos buscaron matar a Cristo (Juan 12:9-11). “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31).

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