El hermano del hijo pródigo

Lucas 15:25-32

En su ámbito más amplio, pensamos que esta parte de la parábola acerca del hermano mayor se incorpora para ilustrar la actitud de la nación judía hacia esa gracia manifestada de Dios que ha traído la salvación a todos los hombres. El pródigo gentil está siendo salvado por gracia, mientras que el judío con su justicia propia está enojado y no acepta. Sin embargo, tanto si lo desea como si no, este  mayor religioso es el hermano del pródigo, ambos en necesidad del perdón del Padre. Hay algunas cosas sobre este hermano mayor, tan a menudo ignorado, que merecen una atención especial.

I. Él estaba dispuesto a trabajar. “Y su hijo mayor estaba en el campo” (Luc. 15:25). No sabemos mucho de él, pero queda claro que no era perezoso, tenía una mente para trabajar. Mientras otros festejaban y bailaban, él estaba ocupado cuidando los rebaños o los cultivos. Es un tipo de personas a quienes les gusta estar ocupados, y cuyas manos están constantemente llenas de alguna clase de trabajo bueno y útil. Pero son tan activos que preferirían estar en el campo del servicio que en el rincón de la oración.

II. Él era fiel a su deber. Él pudo decir: “No habiéndote desobedecido jamás” (Luc. 15:29), y se apresuró a decirlo. Tan regularmente como el reloj, él hace la ronda de su tarea diaria. Su lema es: “Debo cumplir mi deber”. Este tipo de cristiano es tan derecho como una flecha, tan regular como un poste, e igualmente formal. Habla y actúa desde un sentido del deber y se enorgullece de hacer lo correcto, aunque se haga con un corazón tan frío como el hielo. El otro hermano era el pecador, pero este es el fariseo (Luc. 18:11). No es el deber sino el amor lo que motiva al verdadero siervo de Cristo (2 Cor. 5:14).

III. Él nunca había recibido un regalo del padre para hacer júbilo. “Nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos” (Luc. 15:29). La razón por la que nunca había recibido ni siquiera un cabrito era, sin duda, porque en su autocomplacencia nunca lo había solicitado ni había sentido la necesidad de hacerlo. Estaba trabajando sin nunca buscar una señal definitiva de la gracia y el amor del padre, sirviendo sin recibir su don de regocijo. ¿Qué pasa con aquellos que semana tras semana van a los cultos religiosos, pero nunca en ningún momento han recibido el don de Dios que alegra el alma (Jn. 1:12)? No fue culpa del padre que el servicio de su hijo hubiera sido tan triste. “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 16:24). Es honroso al Señor Jesucristo cuando otros son impulsados a decir, como la Reina de Saba, “Dichosos estos tus siervos” (1 Rey. 10:8).

IV. Él quedó profundamente ofendido. “Entonces se enojó, y no quería entrar” (Luc. 15:28). Su orgullo se sintió herido al pensar que alguien cuya vida había sido un escándalo público ahora debiera recibir más honor que él mismo, quien nunca había hecho nada tan malo. Él no aceptaría esta manera de hacer las cosas, por lo tanto no estuvo en simpatía.

1. No quiso simpatizar con su padre. El corazón del padre estaba lleno de alegría al encontrar al hijo perdido, pero no trajo ni una migaja de alegría al alma egoísta del hermano mayor. La conversión de los pecadores no trae alegría al corazón de aquellos que están fuera de la comunión con Dios.

2. No quiso simpatizar con su hermano. Si hubiera tenido algún amor por su hermano errante, se hubiera regocijado por su regreso a casa. Salir de la simpatía con Dios es salir de simpatía con el destino de los pecadores. ¿Cómo puede un hombre decir que ama a Dios si no ama también a su hermano? (1 Jn. 4:20).

3. No quiso simpatizar con los criados. Evidentemente, los criados estaban compartiendo las alegrías de la fiesta (Luc. 15:26). El verdadero siervo de Dios debe regocijarse en todo lo que trae alegría al corazón de Dios y gloria a su nombre. Estar fuera de la compasión con los siervos dichosos del Señor, y negarse a entrar y compartir sus alegrías en la obra salvadora de Dios es un signo de altanería de corazón y de extraviarse gravemente de sus caminos.

V. Él fue invitado por su padre. “Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase” (Luc. 15:28). El amor y la paciencia del padre en su disposición para recibir al hijo pródigo siempre se ha reconocido y confesado, pero su amor al tratar tiernamente con este pródigo de corazón no se ha reconocido generalmente. A menudo es más fácil compadecerse del pecador disoluto que del que se cree justo. La súplica del padre con el hijo ofendido fue que él podría entrar en una verdadera y sincera simpatía con él en su deseo y gozo en ver la salvación de los perdidos. ¿Estamos, como sus siervos, en plena simpatía con el Señor en su deseo de buscar y salvar?

VI. Él fue grandemente animado. ¿Podría el padre haberle dado un incentivo más grande para dejar de lado toda frialdad e indiferencia a sus intereses más elevados que este? “Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas” (Luc. 15:31).

El regreso de los pródigos extraviados a Dios no va a disminuir su herencia con él más de lo que la apertura de los ojos de un hombre ciego pueda dificultar su disfrute de la luz del sol. Obreros cristianos, ¿se ofenden cuando la gracia de Dios produce tales bendiciones sobre los verdaderamente indignos? ¿Estás fuera de la simpatía con la obra de salvar las almas? ¿Estás fuera de simpatía con Dios? Acepta la invitación del Padre; entra, toda la plenitud de Dios te espera.

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One Response to “El hermano del hijo pródigo”

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  1. Reyna Ortega says:

    Bendiciones amados hermanos, que la Gracia del Señor y sus misericordias sea con sedes en este hermoso ministerio que llevan a cabo para la Gloria de Dios.
    Agradezco a Dios por este tema que ha ayudado mucho en la correcta interpretación de este estudio Dios continúe bndiciendoles. Gracias

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