Lo que Dios puede hacer en y a través de su pueblo

“Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero” (Efe. 1:19-21).

“Para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí” (Col. 1:29).

“Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:10).

La realidad de que el Dios invisible y Todopoderoso que obra en nosotros, su pueblo creyente, y por medio de nosotros, cumpliendo todos los buenos propósitos de su voluntad, es un gran pensamiento. “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).

I. Lo que Dios puede hacer para nosotros

1. Salvarnos. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25). Para esto él vino, por esto murió y resucitó. Él salva de la ira, del pecado, del mundo, del yo, del diablo, y de la muerte y la tumba.

2. Librarnos. “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará” (Dan. 3:17). Él libra por cerrar la boca de nuestros enemigos y por detener la violencia de sus pasiones ardientes.

3. Afirmarnos. “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efe. 6:13). Esto es un gran consuelo en nuestros días resbaladizos cuando muchos no sufren la sana doctrina.

4. Guardarnos. “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 1:24). Incluso puede ayudarnos a evitar tropiezos. En Cristo, somos mantenidos en las manos del Padre, donde ningún ladrón puede quitarnos. “Sois guardados por el poder de Dios” (1 Ped. 1:5).

5. Satisfacernos. “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Cor. 9:8). ¡Qué tesoro hay aquí! ¿Es así contigo? ¿Por qué no? Dios es capaz de obrar de una forma abundante.

6. Levantarnos. “Pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir” (Heb. 11:19). Él es capaz de guardar lo que hemos encomendado a él (2 Tim. 1:12): espíritu, alma y cuerpo. ¡Qué anticipación gozosa! Este cuerpo mortal se vestirá de inmortalidad. ¡Qué cambio, un cuerpo semejante al cuerpo de la gloria suya!

7. Presentarnos. “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 1:24). ¡Qué alegría para Jesús! ¡Qué consuelo para el Padre! ¡Qué perspectiva y privilegio para el cristiano!

II. Lo que Dios puede hacer en nosotros

1. Morar en nosotros. “Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Efe. 3:17-20). Nuestro cuerpo es el templo de Dios, y Dios mora en nosotros. Cristo que mora en nosotros por medio de su Espíritu en el hombre interior debe ser el poder que obra en nosotros, como es la savia en la rama del pino.

2. Sujetarnos. “El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21). Si Cristo reina por dentro, los enemigos internos serán sometidos. Se sujetarán los deseos de la carne, el temperamento ardiente y la lengua apresurada.

3. Socorrernos. “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb. 2:18). Las tentaciones son comunes. Si estamos en comunión con Cristo, seremos auxiliados con su simpatía en la hora de la prueba. Él sabe lo que son las tentaciones dolorosas.

4. Fortalecernos. “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león” (2 Tim. 4:17). Al permanecer en nosotros por medio de su Espíritu, somos conscientes de que él está a nuestro lado. Un sentido de su presencia inspira con frescura y vigor.

5. Sobreedificarnos. “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hch. 20:32). La vida interior y el carácter necesitan edificarse: el nuevo hombre, cuyo constructor y creador es Dios. Él edifica al creyente al revelar la verdad a través del Espíritu Santo, que nos puede conformar a la imagen de su Hijo (Col. 2:7).

6. Llenarnos. “Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual” (Col. 1:9). Que porción preciosa es nuestra, al poder ser “llenos del conocimiento de su voluntad”; y otra vez, “sed llenos del Espíritu” (Efe. 5:18). Dios se ha reservado para sí mismo el derecho de llenar un alma humana.

7. Obrar en nosotros. “Os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Heb. 13:21). Que dulce pensamiento, que en medio de todo el material obstinado dentro de nosotros él es capaz de obrar en nosotros lo que es agradable a sus ojos. Cede todo, y todo estará bien (1 Jn. 4:4).

III. Lo que Dios puede hacer a través de nosotros

1. Revelar. “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre” (Gal. 1:15-16). Si su Hijo ha sido revelado en nosotros, es para que él pueda ser revelado a través de nosotros. Si la luz ha brillado en nuestros corazones, es para que otros puedan verla y glorificar a Dios (1 Cor. 4:6). El tesoro se coloca en la vasija terrenal para que el poder sea de Dios.

2. Reconciliar. “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Cor. 5:18-20). ¡Qué responsabilidad que Dios nos confíe la palabra de reconciliación! ¡Qué privilegio que Dios pueda, a través de nuestro débil ministerio, reconciliar a los pecadores consigo mismo!

3. Ministrar. “Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti” (Hch. 26:16). Capaz de servir a los demás a través de sus siervos consagrados. ¡Que él nos dé la lengua de los sabios para saber cómo compartir una palabra de consuelo a los agobiados!

4. Vencer. “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efe. 6:11). Nuestra derrota es su deshonra. Cuando nosotros, vestidos con la armadura de Dios, obtenemos la victoria sobre las artimañas del diablo, es Cristo quien conquista a través de nosotros.

5. Fructificar. “Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:10). Caminando digno del Señor, él nos hará fructificar en toda buena obra. La vid necesita que las ramas den sus frutos, por lo que Cristo necesita que su pueblo muestre las riquezas de su gracia (Jn. 15:5).

6. Obrar su voluntad. “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Él no es bienvenido en los corazones de los impíos, pero que se haga su voluntad en nosotros como se hace en los cielos. Somos “colaboradores suyos” (2 Cor. 6:1). Que se diga de nosotros “moraban allá con el rey, ocupados en su servicio” (1 Cron. 4:23).

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