Tal vez este vigoroso retrato de Jesucristo lo revelará como usted nunca antes lo ha visto.
Cuando leo mi Biblia descubro más y más que Dios Todopoderoso nunca tuvo un solo pensamiento de eternidad a eternidad, que no estuviese centrado en Jesucristo. Para Dios Todopoderoso, Jesucristo lo es TODO, y le ama tanto que desea poblar el universo con personas que sean formadas en su imagen. Nos salvó para ello, como podemos aprender si leemos Romanos 8:29: “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. Este es el deseo de Dios: que tú y yo nos parezcamos al Señor Jesús. Este es el propósito de la salvación.
En el capítulo 17 del Evangelio, según Juan, hallamos al Señor Jesús en conversación con su Padre. Tenemos a Dios Todopoderoso hablando con Dios. Es una conversación dentro de la Trinidad: “Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: ‘Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti’”.
La palabra griega equivalente a la palabra castellana gloria, es muy interesante. Es doxa, y primeramente significaba opinión. Si usted tenía una opinión recta, era ortodoxo; si sus opiniones diferían de las de los demás, usted era heterodoxo. Y si dos opiniones iban una junto a la otra, formaban una paradoxa o paradoja. Pero poco a poco la palabra doxa comenzó a emplearse ya no sobre opiniones humanas, sino con relación a las opiniones sobre Dios. Y ya que la opinión acerca de Dios era buena, doxa finalmente llegó a significar gloria, y de allí tenemos la Doxología, que es la ciencia de la gloria.
En el versículo 5 Jesús dice: “Padre, glorifícate tú cerca de ti mismo Con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese”. No era meramente una opinión, esto de que era parecido a Dios. Cuando entendamos lo que Cristo estaba diciendo, entenderemos también a Filipenses 2, cuando dice que Jesús, “siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios; sin embargo, se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo (vv. 6, 7). Así Juan 17:5 declara que Jesucristo fue Dios antes de su encarnación.
Me niego a tener un concepto bajo de Jesús. No reconozco como cristiano a un hombre que no cree que Jesucristo es el Señor Dios Todopoderoso, Jehová, la segunda persona de la Trinidad. No basta con que una persona diga “Creo que Jesús es el Hijo de Dios”.
A un miembro de la Comisión Directiva de cierta secta se le preguntó al finalizar una conferencia si creía en la divinidad de Cristo. Respondió: “Ni en sueños negaría la divinidad de Cristo, como no soñaría tampoco en negar mi propia divinidad”.
Cuando se le preguntó si creía que Jesús era Hijo de Dios, respondió: “Todos somos hijos de Dios”. Lo cual no es cierto. Es una doctrina falsa que es una maldición para algunas naciones. Dios NO es el Padre de todos los hombres. Dios es el Padre de aquellos que han nacido de nuevo por fe en la sangre de Jesucristo.
Hay dos paternidades. En Juan 8:38, Jesús dijo: “Yo hablo lo que he visto en MI Padre; y vosotros también hacéis lo que habéis oído de vuestro padre”. Y entonces los fariseos replicaron: “Nosotros tenemos un padre, que es Dios”. Pero Jesús les respondió: “Si vuestro padre fuera Dios, ciertamente me amarías, porque yo de Dios he salido y venido… vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir. Él homicida ha sido desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso y padre de mentira” (vv. 42, 44).
Pero alguno dirá: “¿No descendemos todos de Adán, que fue creado por Dios?”. Esta pregunta la he de contestar en las palabras de un misionero que trabaja en un pueblito de América Central. El maestro de la escuela local le preguntó si ya que Dios creó al hombre no somos todos sus hijos. Mirando alrededor del aula, el misionero preguntó: “¿Quién fabricó estos bancos?”.
El maestro contestó: “José, el carpintero”.
“Bien dijo el misionero–, supongo que los bancos son hijos de José, si él los hizo”.
“Por supuesto que no. No tienen en ellos la vida de José”.
Entonces mirándole a los ojos, el misionero le preguntó al maestro: “¿Tiene usted en sí mismo la vida de Dios?”.
Es por eso que leemos en Juan 1:12: “A todos los que le recibieron dioles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. Y nadie es hijo de Dios, si no viene a Dios por medio de Jesucristo.
Trataré de explicarlo con claridad. Aquí tenemos un grupo de personas. Hay un blanco, un negro, un amarillo, algunos norteamericanos, algunos rusos. Ninguno cree en el Señor Jesucristo. Son hermanos, porque todos son hijos de la ira y de la desobediencia. Más allá hay otro grupo de un blanco, un negro, un amarillo, algunos norteamericanos, algunos rusos. Todos creen en el Señor Jesucristo. Todos ellos son hermanos en Cristo, pero los dos grupos no son hermanos entre sí.
Yo no soy hermano de un ateo. Soy su prójimo. Le daré sangre para una transfusión, o alimentos si pasa necesidad, pero para que sea mi hermano debe nacer de nuevo y conocer a Dios como Padre por medio de Jesucristo. En todas las oportunidades que pueda, el cristiano debe atacar esa idea errada de que Dios es el padre de todos los hombres y de que ellos son todos hermanos. Dios es el Creador de todos los hombres, pero Gálatas 3:26 dice que “todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús”.
El Señor de la gloria vino para redimirnos, para sacar hombres de un grupo y colocarles en otro. Presentamos el evangelio al mundo perdido. Les decimos que hay una línea trazada entre los dos grupos, y que la diferencia es Jesucristo que dijo: “Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese”. Y antes que el mundo fuese, Él era Dios el Hijo. No digamos que la Trinidad es Dios, Cristo y el Espíritu Santo. Es un error teológico. La Trinidad es Dios, Dios y Dios. Dios el Padre, Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo.
Luego llegó el día en que Dios el Hijo “fue hecho carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y verdad” (Juan 1:14). Durante 30 años anduvo por esta tierra, y si hubiésemos vivido en esa época, no lo hubiésemos distinguido en una muchedumbre. No sé qué aspecto tenía, pero estoy seguro que no era el personaje de aspecto afeminado a que nos tienen acostumbrados el arte sagrado y Hollywood. ¡Cómo aborrezco los retratos de Jesucristo! Le son tan extraños. Por qué tener tales cosas cuando el Todopoderoso nos dice que: “no hay parecer EN él ni hermosura: verlo hemos sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos (Isaías 53:3). Este es el Señor de Gloria.
Si hubiésemos caminado por una de las calles de Jerusalén, y hubiésemos visto a Jesús y ese grupo de zaparrastrosos pescadores hubiéramos dicho: “Esa gente por cierto que es nada más que chusma”. No hubiese habido ninguna atracción en ellos. Y el Señor Jesucristo tenía que ser levantado, y morir para atraer a todos los hombres a sí mismo. Pero no nos interesan las imágenes físicas, pues como Cristo dijo: “Dios es espíritu, y aquellos que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren” (Juan 4:24). El Señor de la Gloria se quitó el vestido de la coronación, y descendió a la tierra para vivir como un hombre común entre gente común, pero ahora, en Juan 17:5 está diciendo: “Padre, devuélveme todo lo que antes poseía”.
SIEMPRE REY
Recuerdo haber visto dos retratos del rey Jorge VI de Inglaterra. En uno vestía el traje de la coronación, con armiño, escarlata, corona, cetro y mitra. En el otro estaba de pie en un lugar de un barrio pobre de Londres en el que acababa de caer una bomba. El rey y otros seis hombres estaban entre los escombros, rodeados de la pobre gente que había quedado sin hogar. Vestía como los demás, y para destacarlo el fotógrafo había puesto una flecha indicadora con la inscripción: “El Rey”.
Cuando miré esta fotografía del monarca rodeado de su pueblo y llorando con ellos su desgracia, pensé: “¡Es tan rey aquí como durante la coronación!”.
Y así, al ver a Jesucristo poniendo su rostro para ir a Jerusalén, digo: “Este es el Rey, el Señor de Gloria que me amó tanto, que estuvo dispuesto a ser el Verbo hecho carne”.
¿Contestó Dios la oración de Cristo de Juan 17? Sí la contestó, pues en 1 Pedro 1:21 leemos: “Que por él creéis a Dios, el cual le resucitó de los muertos, y le ha dado gloria”. En Juan 17 Cristo ora: “¡Oh Padre, dame gloria!”. Y más tarde dice el Espíritu Santo: “Pedro, escríbelo. Dios le levantó de los muertos y le dio gloria”. Así, en el día de su ascensión, nuestro Señor volvió al cielo y se cambió de vestidos. Se puso el vestido de gloria del unigénito del Padre, y le oyó decir al Padre: “Siéntate a mi derecha hasta que (y la palabra hasta es muy importante) yo ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”.
Un día Cristo vendrá del cielo de un modo descrito en el Antiguo Testamento en forma terrible. Isaías dice que Jesucristo va a aplastar nuestra civilización como si fuese un racimo de uvas.
Yo he visitado países productores de vino, y he visto a los hombres entrar al lagar para pisar las uvas con sus pies desnudos. Los hombres pisan las uvas, y el jugo salta por todas partes. Así encontrará en la Biblia la siguiente descripción de Jesucristo:
“¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos bermejos? ¿Este hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar… pisado he yo solo el lagar… pisé los pueblos con mi ira, y hollélos con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos y ensucié todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón… y con mi ira hollé los pueblos, y derribé a tierra su fortaleza” (Isaías 63:1, 3, 4).
Cuando venga otra vez, el Señor Jesucristo ha de aplastar bajo sus pies nuestra manera “civilizada” de vivir, pues jamás tantos han pecado contra tanto. Las universidades, los centros financieros, el teatro, el cine, las artes, la literatura, el eclesiasticismo serán pisados y aplastados por Jesucristo en su segunda venida. Esta es la enseñanza de la Palabra de Dios. “Siéntate a mi derecha HASTA”. El día llegará en que él se ha de levantar del trono de Dios pondrá a un lado los vestidos de su mediación, se colocará la espada de justicia, y vendrá a reinar sobre las naciones con vara de hierro, y hará pedazos a sus enemigos como quien arroja al suelo un vaso de alfarero.
En ese día aquellos que pertenecemos a Cristo nos uniremos en el gran coro de Revelación 11:15: “Los reinos del mundo han venido a ser de Nuestro Señor y de su Cristo: y reinará para siempre jamás”. Sí, el Padre le levantó de los muertos y le dio gloria.
DIOS ES ODIO
Proverbios 11:10 dice que “cuando los impíos perecen, hay fiestas”. Recuerdo cómo me alegré cuando vi una fotografía del cadáver de cierto dictador, y supe que ese monstruo lleno de vicios había sido quitado de la tierra.
Si conocemos a Cristo, hemos de odiar al pecado. Nunca digas “Dios es amor” sin equilibrar el dicho con “Dios es odio”. Dios es amor del pecador pero es odio del pecado. A menos que mantengas este equilibrio, has de tener un Dios imperfecto, un falso concepto de Dios. Hebreos 1:9 nos da una de las señales de la deidad de Cristo: “Tú (Jesús) has amado la justicia y aborrecido la maldad; por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros”.
Jesucristo odiaba al pecado. Les dijo a los fariseos que ellos irían al lago de fuego. ¡Oh que pudiésemos aprender a seguir a Nuestro Señor Jesucristo en su odio del pecado, y comprender que él es el Señor!
Ahora deseo repetir los dos versículos principales que he citado ya varias veces, y agregarles un tercero. Primeramente Juan 17:5: “Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese”. Luego 1 Pedro 1:21: “Dios le resucitó de los muertos y le ha dado gloria”. Ahora bien, en Juan 17:22 Jesús dice: “La gloria que me diste les he dado, para que sean una cosa como también nosotros somos una cosa.
¿Comprendes cuál es tu lugar en el plan de Dios? ¿Comprendes que Dios te ama por Cristo, y que está resuelto a hacer que seas parecido a Cristo? Ha de pulirte, y por fin cumplirá aquello para lo cual fuiste predestinado. Te podará, te limará, te lijará, pero al fin cumplirá su propósito.
¡Cuántas personas recitan en forma mecánica Romanos 8:28 sin conocer Romanos 8:29! Dicen: “Sí, sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber a los que conforme al propósito son llamados. Pero ¿cuáles son los propósitos de Dios? Son estos: “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”.
Dios no va a dejar de obrar en ti hasta que llegues a parecerte a Cristo. “Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él” (1 Juan 3:2).
En realidad Jesús nos está diciendo: “¿Para qué creéis que vine a la tierra? Vine a redimiros. Tengo una dote para vosotros”. ¿Cuál es el regalo del Esposo a su Esposa? “La gloria que me diste, les he dado.” Este es nuestro destino.
La Biblia nos dice que el Señor de Gloria se ha enamorado de nosotros, y ha puesto su amor sobre nosotros. Dios le levantó de los muertos y le dio gloria, y “la gloria que me diste les he dado”.
¿Podremos seguir iguales que antes si nos damos cuenta que el Señor Jesucristo nos ama de esa manera? ¿Podemos seguir lo mismo si sabemos que hemos sido unidos a él, y que nuestra dote es nada menos que la gloria de Dios?
No se nos eleva hasta el nivel de ángeles, principados, potestades o arcángeles. Somos hijos de Dios, que hemos de estar sentados en el trono del Señor Jesús, unidos con él en el gobierno del universo. Este es Nuestro Señor.
Pensamiento Cristiano, 1959