¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!

Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! 1 Cor. 9:16

Vivimos, sin duda, en una época singular de cambios, y, según cómo se la juzgue, de progresos y de retrocesos sorprendentes. La aparición de nuevas necesidades y de nuevos valores en la sociedad van acompañados del derrumbe de principios e ideas que parecerían eternas, o por lo menos establecidas definitivamente. Se ha dicho, y se ha repetido, que las iglesias deberían encuadrar su acción dentro de las necesidades del mundo actual; habría que ajustar métodos, modificar esto y cambiar lo de más allá. Es posible que así sea porque una cosa son los principios cristianos inconmovibles y otra los métodos, muchas veces circunstanciales. Sin embargo, hay métodos que por su origen y cualidad participan de las características de los principios; eso sucede con la predicación que, a pesar de ser un medio y no un fin, fue establecido por Jesús como método permanente para la extensión de su reino en la tierra.

La responsabilidad de predicar es tan grande hoy como cuando Jesús dio el grande mandamiento: “Id y predicad el Evangelio…” El mismo Maestro encareció el uso de este método de acción cuando dijo: “Vamos… para que predique también allí, porqué para esto he venido”. Fue esa la tarea primordial de los apóstoles y aún de los creyentes durante las primeras generaciones, pues “iban por todas partes llevando la Palabra”.

Fue la responsabilidad que expresó Pablo: “Ay de mí si no predico el Evangelio”.

Desde aquellos días hasta ahora han cambiado mucho los métodos pedagógicos y de propaganda, que en una u otra forma son adaptables a la propagación y enseñanza del Evangelio, pero ello no implica que la predicación pueda ser desacertada por anticuada. ¿Acaso eran más aceptables para el mundo de los tiempos apostólicos la forma y el fondo del mensaje evangélico que para el nuestro? Era ya entonces por el disparate de “la locura de la predicación” que agradó a Dios salvar a los creyentes. Eso en cuanto a la forma, y en cuanto al fondo, “Nosotros —confiesa Pablo— predicamos a Cristo crucificado, a los judíos ciertamente tropezadero y a los gentiles locura”. Ni la predicación ni su anuncio de la cruz estaban, ni están muy de moda pero entonces, como ahora, para los que han oído y aceptado ese mensaje es “potencia y sabiduría de Dios”.

Es natural que no basta predicar, es necesario predicar el Evangelio. La forma de hacerlo debe adaptarse al ambiente, al lugar y a los oyentes como lo hicieron Jesús y los apóstoles, pero esa variación de métodos y formas no deberían esconder y menos anular la verdad que lo motiva.

Predicar al mundo inconverso solamente una ética cristiana sería caer en el error de la Iglesia Católica, que hace de las obras meritorias el medio de alcanzar la gracia. Sería esperar manifestaciones de la vida antes que la vida misma existiese. Hacer de la predicación a los de afuera solamente una cuestión de un mayor anhelo de justicia social sería no solamente presentar los efectos de la vida cristiana sin fundamentar su causa, sino también olvidar el carácter íntimamente personal de la regeneración como célula inicial de todo mejoramiento social, real y permanente. Circunscribir la predicación a un esfuerzo dirigido a la “búsqueda de la verdad” y aún la búsqueda de Dios, sería quedarse en el terreno de la filosofía o de la religión que andan tanteando para hallar un camino, mientras que el Evangelio es el anuncio de las “buenas nuevas” de que Dios busca el hombre, que le busca porque le ama, que le busca por medio de Cristo, que es el Camino de la Verdad y la Vida y que “murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación»; que le busca para perdonarle, para regenerarle por su Espíritu, para hacerle posible una vida nueva, de amor y de servicio en este mundo y asegurarle la salvación en la eternidad. En una palabra, el Evangelio implica la gracia de Dios e incluye el escándalo de la cruz como único medio de redención.

Nuestro mundo necesita de esa predicación. Lo necesita pese al adelanto de la técnica y de todas sus otras conquistas. Las necesidades morales y espirituales del hombre en el fondo son las mismas y la gloria del Evangelio, como Cristo mismo, es su universalidad en el tiempo y en el espacio, estando por encima de las circunstancias que puedan rodear a la humanidad. Dijo bien sin duda el veterano Roberto E. Speer de la Iglesia Presbiteriana en el último Congreso Mundial Bautista:

“¿Cuál es nuestro común adversario? El mismo que afrontó y con quien luchó el Evangelio al principio. Un amigo que está en el lugar peor del conflicto, en Europa me escribió: “Estamos volviendo a la concepción cristiana primitiva del mundo. El mundo no es un material plástico para ser fácilmente moldeado. Hay en él un elemento hostil, demoníaco”. La Iglesia tiene que luchar inquebrantablemente contra principados y potestades, por su fe y cristianismo, y para la conversación de los pueblos y el esparcimiento del Evangelio… La Iglesia no está empeñada en un mero movimiento reformista o educacional, o aún menos en un desfile o batalla simulada, sino en una lucha de vida o muerte, una lucha en las tinieblas entre grandes males y el Verbo”.

Bienaventuradas las iglesias que pueden hacer obra de servicio social ayudando al pobre, al huérfano, al anciano y a la viuda: las que pueden luchar en pro de la justicia cívica y social propendiendo a la conquista de las libertades públicas e influyendo para una mejor distribución de lo que Dios ha puesto en el mundo para beneficio de los hombres; las que pueden hacer obra educacional sobre todo donde hay ignorancia en las masas para desarraigar, pero necesario es no olvidar que no es esa la primordial misión de las iglesias. En último término eso mismo podrán llegar a realizarlo otras instituciones ya sea seculares o relacionadas con las iglesias, pero sólo las iglesias podrán hacer a este pobre mundo el bien de llevar el evangelio de la redención.

Finalmente, esta responsabilidad de predicar el evangelio debe ir acompañada del sentimiento ineludible: ¡Ay de mí si no lo hago!

¡Ay de la iglesia que no predique el Evangelio! Ha perdido el primer amor por el cual vino a la existencia y se ha decretado su propia muerte, pues a pesar de su nombre de estar viva, está muerta. Al principio del cristianismo las iglesias tenían más el carácter del movimiento que avanza que de un cuerpo que se detiene y se organiza. Sin embargo, a pesar de la necesidad de “establecer iglesias” y organizarlas debidamente para que sigan subsistiendo a través del tiempo, el peligro está en que se transformen sólo en un organismo y pierdan la visión de un mundo que parece afuera. Es el peligro en que están las iglesias misioneras de nuestra América Latina cuando llegan a la segunda o tercera generación de su existencia: que lleguen al estancamiento, o simplemente, que se conformen con el crecimiento vegetativo.

Siempre hay más vida y progreso en aquellas iglesias que buscan con celo al perdido. Suele suceder que donde no se hace, se gastan los esfuerzos que serían necesarios para salvar al vecino en hacer planes y tomar resoluciones para salvar a toda la Sociedad, al mundo entero. Las observaciones recogidas por el autor en su reciente viaje a través de la mayor parte de las Américas no han hecho sino confirmarle en esta idea.

¡Ay del misionero que no predique el evangelio! El mundo necesita de la predicación y son los pastores aquellos que han sido llamados especialmente por Dios para ello; es la suprema misión de su vida. En las actuales condiciones parecería que como nunca el ministerio pastoral es múltiple en sus funciones, sin embargo, debiera ser tenida en cuenta la resolución de los apóstoles de no seguir ocupándose de “las mesas”, cuando hubo otros que podían realizar esas tareas, para dedicarse a la predicación de la Palabra.

¡Ay del creyente que no predique el Evangelio! Es evidente que la Iglesia Católica está demostrando en los últimos años una pujanza y agresividad nueva en nuestros países. En gran parte el secreto está sin duda, en la mayor participación de los fieles en las tareas que antes estaban exclusivamente a cargo del clero, o que no se realizaban. En otras palabras es la adopción de los métodos protestantes de acción bajo el nombre de Acción Católica. Pío XI la definió así: “La participación del laicado en la acción de la Iglesia, es la obra del mismo Jesucristo, para la salvación de las almas y para la dilatación del Reino de Cristo en cada individuo y en la humanidad misma”.

¿Podría negarse que esto es bíblico? ¿No ha sido cada creyente rescatado para anunciar las virtudes de Aquel que lo ha sacado de las tinieblas a la luz admirable? Especialmente la juventud debiera ser imbuida del sentimiento heroico de la predicación. Predicar es ser heraldo, proclamar ¿y qué misión más atrevida que la de anunciar la redención del hombre y su regeneración por medio del Crucificado?

¡Ay de la Iglesia, ay del ministro, ay del creyente. . . ay de mí —nos ayude el Señor a decir de rodillas, pidiendo las fuerzas para realizarlo— si no predicare el Evangelio!

Mensajero Valdense, 1940

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