Cristo … sobre todas las cosas (Romanos 9:5)
Durante cuatro mil años el mundo había estado esperando un libertador, esperando mientras imperios se levantaban y caían. Los conquistadores vinieron e hicieron que el mundo fuera peor en lugar de hacerlo mejor; y aun así los siglos velaban y esperaban. Buscaron un libertador en tronos, en palacios, vestido con túnicas imperiales, como jefe de ejércitos. Por fin lo encontraron en un establo. El ganado estaba más cerca de él que el ángel, porque el primero estaba en el pesebre contiguo, mientras que el segundo estaba en las nubes. Sus padres eran campesinos. No hubo lugar para él en el mesón porque no había quién pagara los gastos del hotel. Sin embargo, la estrella y el coro angélico mostraron que el cielo había proporcionado el aprecio de su mérito, el cual el mundo no había reconocido. Cristo vino, “el cual es de Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.”
Pero, ¿quién es este Cristo que vino? En cuanto a la diferencia que hay entre las denominaciones de cristianos evangélicos no me preocupo. Si con un solo movimiento de mi mano yo pudiera decidir si todo el mundo debería ser bautista, metodista, congregacional, episcopal o presbiteriano, no movería mi mano. Pero hay doctrinas que son vitales para el alma. Si Cristo no es Dios, somos idólatras. A esta cuestión cristológica me dedico esta ocasión y pido a Dios que podamos pensar y obrar rectamente en una cuestión en la cual una equivocación sería fatal.
Requiere tanta fe ser incrédulo como ser cristiano. Es fe en una dirección diferente. El cristiano tiene fe en las enseñanzas de Mateo, Lucas, Juan, Pablo, Isaías, Moisés. El incrédulo tiene fe en los librepensadores. Nosotros tenemos fe en una clase de hombres; ellos tienen fe en otra clase de hombres. Pero como la mayoría de aquellos están dispuestos a tomar la Biblia como norma de moral y de fe, yo hago este libro mi punto de partida.
Supongo que ustedes se dan cuenta de que hay dos generales que han dirigido los grandes ejércitos contra la deidad de Jesucristo, y éstos son Strauss y Renán. El número de los que ellos han asesinado no podrá contarse hasta que suene la trompeta del arcángel en el día final. Esos hombres y sus simpatizadores dicen que si pudieran destruir la fortaleza de los milagros podrían destruir el cristianismo, y tienen razón. Neguemos los milagros y negaremos el cristianismo. El gran exégeta alemán dice que todos los milagros son mitos. El gran exégeta francés dice que todos los milagros son leyendas. Los dos se proponen quitar todo lo sobrenatural de la vida de Cristo y todo lo sobrenatural de la Biblia. Prefieren los milagros de la insensatez humana a los gloriosos milagros de Cristo Jesús.
Dicen esos incrédulos que no hubo nacimiento milagroso en Belén, sino que todo es una historia ficticia como la historia de Rómulo, de quien se dice que nació de Rhea Silvia y del dios Marte. Dicen que no hubo ninguna estrella que señalara el pesebre, sino que era solamente la llamarada de una linterna que pasaba. Dicen que no hubo nada milagroso en hacer el pan, puesto que era la corrupción de la historia de Elíseo que repartió veinte tortas de pan a cien hombres. Dicen que el agua nunca se convirtió en vino, sino que ese decir es la corrupción de la historia de que la plaga egipcia tornó el agua en sangre. Dicen que no es maravilla que Cristo sudara grandes gotas de sangre, porque él había estado fuera en el aire de la noche y de repente enfermó. Dicen que no hubo lenguas de fuego sobre las cabezas de los discípulos en el Pentecostés, que fue solamente una gran tormenta y que el aire estaba cargado de electricidad, la cual formó chispas alrededor de las cabezas de los discípulos.
Dicen que María, Marta y Cristo sintieron que era importante tener un alboroto para beneficiar la religión, de manera que dramatizaron un sepelio. Lázaro hizo el papel de muerto; María y Marta hicieron el papel de plañideras y Cristo fue el actor trágico. He expresado estas ideas en mis propias palabras; pero esto es exactamente lo que significan sus declaraciones. Ellos dicen que la Biblia es un libro espurio, escrito por hombres supersticiosos o mentirosos, apoyado por hombres que murieron por aquello que no creían. Ahora, me retracto de la declaración limitada que hice hace unos momentos, cuando dije que requiere tanta fe ser incrédulo como ser cristiano. Requiere mil veces más fe ser incrédulo que ser cristiano, porque si el cristianismo declara que la ballena se tragó a Jonás, entonces el escepticismo demanda que Jonás se trague a la ballena. Y yo puedo demostrar a ustedes que Cristo era Dios, no sólo por medio de las apariciones sobrenaturales que hubo la noche de la Navidad, sino también por lo que dijeron de él hombres inspirados por lo que él dice de sí mismo y por sus maravillosos hechos. Cristo vino, “el cual es sobre todas las cosas.” ¡Ah! ¿No prueba esto demasiado? No vino sobre los Césares, ni sobre los Federicos, ni sobre Alejandro el Grande, ni sobre los Enriques ni los Luises. Vino “sobre todas las cosas”. Sí. Poned juntos los tronos de todo el mundo a través de todas las edades y mi texto los sobrepuja tan fácilmente como el arco iris sobrepasa la cima de una montaña. Cristo vino, “el cual es sobre todas las cosas.” Entonces debe ser Dios. La Biblia dice que todas las cosas fueron hechas por él. Esto, ¿no demuestra mucho? ¿Podría ser él, el que hizo el Mediterráneo, el mar Negro, el Atlántico, el Pacifico, el monte Líbano, los Alpes, la Sierra Nevada; él, el que hizo los hemisferios, y el universo? ¡Sí! La Biblia lo dice así, y en caso de que seamos muy torpes para entender, Juan termina con una reiteración magnífica, y dice: “Sin él nada de lo que es hecho fue hecho”. Entonces él es Dios.
La Biblia dice que en el nombre de Jesús se doblará toda rodilla. Todos los que están en el cielo tendrán que doblarse sobre sus rodillas. Los mártires, de rodillas; los apóstoles, de rodillas; los arcángeles, de rodillas. ¿Ante quién? ¿Ante un hombre? ¡No! ¿Es él Dios? La Biblia dice que toda lengua lo confesará: los malayos, los mexicanos, los italianos, los españoles los persas, los ingleses. Toda lengua lo confesará. ¿A quién? A Dios. La Biblia dice que Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. ¿Es esta una característica de la humanidad? ¿No cambiamos? ¿No cambia completamente el cuerpo humano en siete años? ¿No cambia la mente? Cristo es el mismo ayer, y hoy y por los siglos. Él es Dios.
Los filósofos dicen que la ley de gravedad resuelve todo, y que las fuerzas centrípeta y centrífuga evitan que el mundo choque y sea demolido. Pero Pablo dice que el brazo de Cristo es el eje en el cual gira todo y que la mano de Cristo es la que sostiene todo. Observad las siguientes palabras: “Sustentando todas las cosas con la palabra de su potencia” (Hebreos 1:3). Entonces él es Dios.
Luego miremos a lo que dice Cristo mismo. Ciertamente cada uno debe entenderse mejor que lo que otros pueden entenderlo. Si yo pregunto a usted donde nació; y usted me dice: “Yo nací en Manchester, Inglaterra” o, “nací en Glasgow, Escocia” o, “nací en Dublin, Irlanda” o, “nací en Nueva Orleans, Estados Unidos”, siendo usted un hombre de integridad, yo debo creerle. Si yo le preguntara cuántos kilos puede usted levantar y usted me dijera que cincuenta, cíen, o trescientos kilos, yo debería creerle. Es un asunto personal para usted. Usted sabe mejor que lo que cualquiera otra persona puede saber.
Si le pregunto a cuánto asciende su fortuna, y usted me dice que diez mil o cien mil o quinientos mil dólares, yo creo lo que usted dice. Porque usted sabe mejor que cualquier otro. Por tanto, Cristo debe saber mejor que cualquiera otro quién es y qué es. Cuando yo le pregunto qué edad tiene, él me contesta: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58). Abraham había muerto hacia 2.028 años. ¿Tenía Cristo 2.028 años de edad? Sí, él dice que tiene más edad que esa. “Antes que Abraham fuese yo soy.” Entonces Cristo dice: “Yo soy Alpha” (Apocalipsis 21:6). Alpha es la primera letra del alfabeto griego, y Cristo en esta declaración quiso decir: “Yo soy la A del alfabeto de los siglos.” Entonces él es Dios.
¿Puede un hombre estar en mil lugares al mismo tiempo? Cristo dice que él está en mil lugares al mismo tiempo: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, ahí estoy en medio de ellos.” ¿Es esta omnipresencia característica del hombre o de Dios? A menos que pensemos que esta omnipresencia puede cesar, él está y estará en todas las ciudades de la tierra; estará en Europa, en Asia, en África, en América del Norte, en América del Sur el día anterior a aquel en que el mundo sea destruido por fuego. “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Entonces él es Dios.
Además, él recibe honores divinos. Declara que él es Señor de todos los hombres, de los ángeles y de los demonios. ¿Lo es? Si él lo es, entonces es Dios. Si no lo es, es un impostor. Un hombre llega temprano por la mañana a la casa de usted y le dice: “Yo soy el gran constructor de barcos de Liverpool; he construido centenares de barcos.” Continúa hablando como si fuera un hombre de vasta experiencia y grandes posesiones; pero al día siguiente usted descubre que no es el gran constructor de barcos de Liverpool; que nunca construyó un barco; que nunca construyó nada. ¿Qué es entonces? Un impostor. Cristo dice que él hizo el mundo; que él hizo todas las cosas. ¿Las hizo? Si las hizo, es Dios. Si no las hizo, es un impostor.
Otro hombre llega a la tienda de usted y le dice: “Yo soy Rothschild, el banquero de Londres. Yo tengo en mi bolsillo la riqueza de todas las naciones. Yo presté una gran cantidad de dinero a Italia y a Austria.” Pero al poco tiempo usted descubre que este hombre nunca prestó ningún dinero a Italia ni a Austria, que nunca tuvo grandes posesiones; que ni siquiera es banquero; que no posee nada. ¿Qué es? Un impostor. Cristo dice que a él le pertenece el ganado que está en los campos, que a él le pertenece este mundo y el que por está venir; que a él le pertenece el universo; que él es el banquero de todas las naciones. ¿Lo es? Sí lo es, es Dios. ¿No lo es? Entonces es un impostor.
Un hombre entra a la Casa Blanca, en Washington, y dice: “Yo soy el emperador Guillermo de Alemania. Estoy viajando de incógnito y he venido aquí para descansar y divertirme. Poseo castillos en Dresden y en Berlín.” Pero al día siguiente el presidente descubre que este hombre no es el Emperador Guillermo; que no posee ningunos castillos en Berlín ni en Dresden; que no tiene ninguna autoridad. ¿Qué es? Un impostor. Cristo dice que él es Rey sobre todos, que es el rey inmortal, invisible. Si lo es, es Dios. Si no lo es, es un impostor.
Strauss vio la alternativa, y trató de salir de ella diciendo que Cristo era pecador al aceptar la adoración y la alabanza. Renán trata de salir de este apuro diciendo que Cristo, no por culpa suya, sino por culpa de otros, perdió su pureza de conciencia; y arteramente dice que las mujeres sin honor habían dañado el alma de él. Cualquier cosa se puede creer, según Renán, menos que Cristo es Dios. Ahora, ustedes creen que la Biblia es verdad. Si no fuera así, ustedes se habrían ido a unir al club de los incrédulos o irían a la ciudad de Boston a besar el pie de la estatua de Tomás Paine.
Les he mostrado lo que los hombres inspirados dijeron de Cristo. Les he mostrado lo que Cristo dijo de sí mismo. Ahora, si ustedes creen en la Biblia, vayamos a ella y veamos los maravillosos hechos que Cristo realizó: quirúrgicos, para alimentar, marítimos, y mortuorios.
Hechos quirúrgicos: ¿Dónde está la revista médica que nos dé relatos de hechos tales como los que Cristo realizó? No usó ningún bisturí. No llevaba ningunos otros instrumentos, no usó ningunas compresas, no cauterizó ninguna herida, no cauterizó ninguna artería. Sin embargo, mirad sus maravillas. Con una palabra sanó la oreja amputada de Malco. Puso un poca de tierra en su mano, escupió en ella, produjo un ungüento y con él hizo que un hombre que había nacido ciego y sin nervio óptico ni córnea ni iris útiles pudiera abrir sus ojos y contemplar la luz del sol. El hizo que un sordo oyera. Enderezó a una mujer que, por causa de los músculos contraídos, había estado doblada casi completamente durante dos décadas. Hizo que un hombre que no había movido sus piernas treinta y ocho años recogiera su lecho y caminara.
Sir Astley Cooper, Abernethy, Valentine Mott, se quedaron impotentes ante un hombre con un brazo seco; pero este Médico de poderes quirúrgicos omnipotentes, viene y ve el brazo paralítico y sin vida, colgando al lado del cuerpo del hombre, y Cristo le dice: “Extiende tu mano,” y él la extendió sana como la otra. Él es Dios.
¡Alimentaciones maravillosas! Encontró a un niño que había venido del campo con cinco piezas de pan, quizás para venderlas. Tal vez el niño había pagado cinco centavos por las cinco piezas y esperaba venderlas por diez centavos, y de esta manera duplicar su dinero. Cristo tomó estas piezas de pan y obró un milagro por medio del cual alimentó a siete mil personas hambrientas; y les garantizo que el niño no perdió nada, porque hubo doce cestos de pedazos que sobraron; y les aseguro que el niño que había tenido cinco piezas de pan al comenzar, tuvo por lo menos diez al final.
La madre del Salvador va a la casa de unos vecinos para ayudarlos en una fiesta de boda. Observando ella descubre que la cantidad de vino no es suficiente para los invitados. Llama a Cristo en su ayuda, y Cristo, no por medio de la fermentación lenta, sino por medio de una palabra, hace quinientos veinte litros de vino puro.
¡Maravillas marítimas! Hizo que la red de unos hombres —que estaban lamentándose por no haber podido pescar nada— se llenara con tal cantidad de peces, que tuvieron que llamar a los pescadores de los otros barcos para que les ayudaran a sacarla; y los otros barcos vinieron, y todos van bien cargados con la pesca de manera que los marineros tienen que ir con mucho cuidado para no zozobrar.
Luego viene la tormenta que hace que el mar se embravezca; y entonces las velas del barco se hacen pedazos; Cristo se levanta de la popa y viene caminando por el barco hasta llegar a la proa, y entonces con su omnipotencia hace que la tormenta se abata. ¿Quién abatió al Euroclidón? ¿Cuáles pies caminaron por el embravecido mar de Galilea?
Que los filósofos y los anatomistas vayan a la abadía de Westminster y traten de resucitar a la reina Elisabet o a Enrique VIII. Ningún poder humano ha resucitado jamás a un muerto. En Capernaum hay una niña muerta. ¿Qué hace Cristo? Es lástima que ella haya muerto joven y cuando el mundo le sonreía. Tenía apenas doce años de edad. Se acerca, le toca la frente y las manos ya frías… ¡Muerta, completamente muerta! La casa está llena de llanto. Cristo viene, toma la mano de la niña, e instantáneamente sus ojos de ella se abren y su corazón comienza a latir. La palidez de la muerte desaparece y en su lugar aparece el sonrosado que indica vida y salud. Ella se arroja en los brazos de sus padres. ¿Quién la despertó de la muerte? ¿Quién le restauró la vida? ¿Un hombre? Eso sería para decírselo a los locos de un manicomio. El que la resucitó fue Cristo Dios.
Pero ahora viene una prueba que mostrará más que cualquiera otra que él es Dios y hombre. Recordaréis aquel gran pasaje que dice: “Es menester que todos nosotros parezcamos ante el tribunal de Cristo” (2 Corintios 5:10). La tierra quedará aturdida por un golpe que la hará tropezar en medio del cielo, las estrellas rotaran en circulo como las hojas del otoño; el cielo volverá sus espíritus y los espíritus y la carne de aquellos que han sido sepultados en el mar vendrán a una conjunción incorruptible. ¡Día de humo y de fuego y obscuridad y triunfo! Por una parte, amontonados en galerías de luz, los ciento cuarenta mil, si, los quintillones de personas salvas. Por otra parte, amontonada en las galerías de la obscuridad las ceñosas y torvas multitudes de aquellos que rechazaron a Dios. Entre estas dos multitudes está un trono, un trono alto, un trono que está sobre dos pilares brillantes: justicia y misericordia; un trono tan brillante que no se podrá contemplar con el ojo natural sin peligro de perder la vista. Pero es un trono vacío. ¿Quién vendrá a tomarlo? ¿Vendrá usted?
“¡Ah, no!” dice usted, “yo solamente soy un hijo del polvo y no me atrevería a subir a ese trono.” ¿Se sentará en él Gabriel? No se atreve. ¿Quién subirá a él? Aquí viene uno, de espaldas a nosotros. Paso a paso asciende hasta que llega a la cumbre donde está el trono. Entonces se vuelve y se enfrenta con todas las naciones y pronto sabemos quién es él. ¡Es Cristo el Dios! Toda la tierra y todos los cielos y el infierno se arrodillan, gritando: “¡Es Dios! ¡Es Dios!” Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
Cuando los niños están en la casa y la madre ha muerto, el padre tiene que ser más amable en el hogar: tiene que desempeñar el puesto de padre y madre. Me parece que Cristo considera nuestro desamparo y se propone ser padre y madre para nuestra alma. Viene con la fortaleza de él, y la ternura de la madre. Él dice: “Así como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen,” y luego añade: “Como uno a quien su madre conforta, así os confortaré yo.” ¿No sienten ustedes el arrullo divino?
¡Oh! Poned vuestra cansada cabeza en el seno de la divina compasión mientras él pone su brazo alrededor de usted, y dice: “Oh alma cansada, yo seré tu Dios. Oh alma huérfana, yo seré tu protector. No llores.” Después él toca vuestros párpados con sus dedos y pasa su mano por vuestra mejilla, limpiando toda lágrima de aflicción y soledad. ¡Oh, qué Dios tan tierno y tan amoroso ha venido por nosotros! No os pido que lo detengáis, pues tal vez no sois suficientemente fuertes para ello. No os pido que oréis, tal vez estáis demasiado perplejos para ello. Solamente os pido que os confiéis a los brazos del amor eterno.
Pronto ustedes y yo escucharemos el ruido de la cerradura de la puerta del sepulcro. Hombres fuertes nos llevarán en sus brazos y nos conducirán para sepultarnos en el polvo: ellos no pueden resucitarnos. Yo estaría espantado con temor infinito si pensara que debería permanecer en la tumba, si aun el cuerpo fuera a permanecer en la tumba. Pero Cristo vendrá con glorioso poder destruyendo todo ídolo, y resquebrajará y triturará las rocas y nos hará salir.
Traducido por Olivia Sara Domínguez de Lerín
El Pastor Evangélico. enero de 1960
