El cristianismo no es una fábula

I. — La primera señal de la veracidad del Cristianismo la encontramos en su excelencia suprema como un sistema religioso. Su hermosura inaccesible y el encanto de su concepción que no puede ser resistido, y el carácter único de los medios por los cuales procura obtener lo que pretende, no son reconciliables con el carácter de la fábula.

Si no obstante esto, el Cristianismo fuera una fábula, sería una fábula divina revestida con las galas del discurso humano. Pablo no hace más que decir la verdad pura cuando dice que lo que ojo no vio ni oído oyó, ni ha subido en pensamiento de hombre, es lo que Dios ha revelado a los hombres en el Evangelio.

NO ES DE ORIGEN HUMANO

1. — La mera concepción del Evangelio como un designio para rescatar al mundo perdido, de la culpa y del poder del pecado, transformando a los hombres en siervos de la justicia, en discípulos de Cristo e hijos de Dios, llevando cada uno su semejanza y participando da la naturaleza divina, elevándolos a un estado de inmortalidad santa y bendita semejante a la que reside en Dios — concepción que nunca ha nacido en el cerebro de ningún forjador humano de fábulas — no, ni aun en la de los mejores y más brillantes pensadores que han vivido. Los hombres no pueden componer fábulas y escribir novelas para redimir a sus compañeros, para consolarlos y sostenerlos a la hora de la muerte, y prepararlos para la inmortalidad. Aun aquellos que considera el cristianismo como basado en ilusiones y engaños, no afirman que su objeto no sea elevado y espiritual, sino que los fabricantes de él buscaron la manera de adorarlo para imponerlo a sus discípulos incrédulos, ligándolos con ellos como con la verdad, presentándoles las ficciones como si fueran hechos, y amenazándolos con los terrores espirituales para asegurar sus servicios o bienes. La última especulación sensacional de manufactura alemana en cuanto al origen del cristianismo, es que fue inventado en Roma durante el reinado de Trajano, como a principios del siglo segundo, con el fin de lograr un gran movimiento de libertad entre el proletariado de los esclavos judíos, de sus amos tiranos, y que no es en realidad más que un compuesto de socialismo Romano, filosofía griega y mesianismo judío. Nada de esto, sin embargo, se encuentra en el programa que presenta el Cristianismo en sus documentos autorizados, pues su propósito, como ya lo hemos dicho, es librar a los hombres del pecado y de la muerte. La verdadera grandeza de este propósito prueba que el Cristianismo no ha emanado de la mente de un hombre, sino que ha venido del corazón de Dios.

2. — Si además de esto consideramos los detalles del plan cristiano, es decir, los medios particulares por los cuales él se propone lograr su objeto, se verá claramente que la idea de que es una ficción o fábula debe ser abandonada y ha de creerse que es una verdad. Ninguna objeción puede hacerse a la siguiente expresión de los detalles del plan del Cristianismo; (1) Que Dios por su infinito amor y por pura gracia, desde la eternidad se propuso proveer salvación para la raza caída de los hombres. (2) Que para llevar adelante su propósito, envió a su Hijo, su primogénito y muy amado, el resplandor de su gloria y la imagen expresa de su sustancia al mundo, en semejanza de carne de pecado, para que muriera por los pecados de los hombres ofreciéndose en satisfacción por los mismos, y por su resurrección de los muertos, mostrar que Dios había aceptado su sacrificio, y sobre esta base, ser justo y justificador de los impíos, trayendo a la luz la vida y la inmortalidad; y (3) Que sobre la base de esta obra expiatoria, la salvación es ofrecida a todos con la única condición de que tengan fe. Siendo esto así, ¿puede alguno suponer aun por un momento que los forjadores de fábulas pudieran inventar una historia tan divina?

Todos los hombres que han intentado construir planes de salvación, nunca han buscado el origen de estos planes en Dios sino en ellos mismos. Todos los planes humanos han sido compuestos de tal manera que el hombre es capaz de salvarse por sí mismo, con una clase de salvación tal como ellos suponen que la necesitan — no salvación del pecado y de la muerte; con más frecuencia sólo tratan de una salvación de la pobreza material, de las enfermedades corporales, de la ignorancia intelectual, y en general de las necesidades de este siglo. Ninguno de ellos ha soñado siquiera la salvación venida por la mediación de otro, ya sea de Dios mismo o de la persona del Hijo de Dios; siempre ha concebido la salvación por el esfuerzo propio. Nunca han pensado en una salvación por gracia por medio de la fe, y entonces enteramente libre; siempre en una salvación por obras y entonces por el mérito propio como una deuda — una salvación que nace de formas externas o de ritos mágicos, o por la educación y la cultura.

¿Quién lo inventó?

3. — Ahora podemos añadir: Si el plan de salvación que propone el Cristianismo es una fábula, ¿quién inventó la idea de una encarnación? Para la mente de los judíos, tal idea era del todo extraña, estándoles del todo prohibida por razón de su monoteísmo. ¿Quién fraguó la pintura de Cristo como aparece en los Evangelios? ¿Quién concibió la idea de que fuera un hombre sin pecado, y hacer que tal idea fuera tan bien recibida de los creyentes futuros, los cuales con muy pocas excepciones, le han considerado como inmaculado? Todavía más, un hombre sin pecado como no lo ha habido antes ni lo habrá después. ¿Quién imaginó a este Jesús dotado de un poder sobrehumano haciendo obras que sólo son posibles por el poder de Dios, adornado con una sabiduría divina que brota de sus labios, si tal sabiduría no ha sido hablada nunca sino nada más imaginada? Ha sido admitido de una manera universal que el poder y la sabiduría de Jesús nunca ha sido sobrepujada ni siquiera igualada. ¿Quién fue aquel genio atrevido que concibió la noción de hacer la expiación por el pecado, y que fuera hecha por Cristo dándose él en rescate de muchos y demostrando la validez de ellos por su resurrección de entre los muertos? Estas concepciones fueron increíbles para sus mismos discípulos al principio, y siempre lo han sido para el hombre natural, y se hace difícil creer que un forjador de fábulas las hubiera escogido para su obra, aun pensando que se le hubieran ocurrido. Y ¿quién sugirió la doctrina de una resurrección general en el último día — una doctrina que la ciencia humana o la filosofía por sí solas no han podido descubrir?

El razonador imparcial puede ver que en todos estos temas no estamos tratando pensamientos puramente humanos, sino de pensamientos divinos, y que es una temeridad considerarlos como fabulosos o falsos. «Dios no es hombre para que mienta.» No es un tirano que quiera oprimir a los hombres, ni es un falso sacerdote que necesite engañarlos, sino un Padre que tiene el más grande interés en salvar a los pecadores, que es Luz y en el cual no hay ningunas tinieblas, y cuyas palabras son como él, las mismas ayer, hoy y por siempre.

II. — La segunda señal de verdad en el plan del Cristianismo es SU ADAPTABILIDAD COMPLETA al fin para el cual fue designado.

1. — Admitiendo por un momento que el sistema cristiano sea del todo el producto de la inteligencia humana, o una pura fabricación, la cuestión que tenemos que considerar es, si responde como ningún otro al fin que tiene en perspectiva. Si ese fin era engañar a los hombres para esclavizarlos y degradarlos, entonces sus cómplices se han engañado a sí mismos manifiestamente, pues tan luego como un hombre acepta el Cristianismo, encuentra que si él está engañado, es una ilusión bendita que hace imposible que él permanezca en la sujeción y degradación, que ilumina su inteligencia, purifica su corazón, despierta su conciencia, fortalece su voluntad y ennoblece toda su naturaleza. «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres,» dijo Cristo. Por la otra parte, si su fin fuera obtener estas cosas, indudablemente que el fin ha sido logrado; pero el mero hecho de que el fin haya sido alcanzado, muestra que el plan no ha venido de la inteligencia humana como una obra de imaginación, sino del corazón de Dios como una Escritura de verdad.

2. — Uno de los rasgos característicos de la obra del hombre es la imperfección. Magníficas como han sido algunas de las invenciones del hombre, pocas de ellas son enteramente perfectas, y las que están más libres han alcanzado la perfección relativa que ostentan, después de lentas y repetidas modificaciones y mejoras — testigos de esto, la imprenta, la máquina de vapor, la telegrafía, la fuerza y luz eléctricas, los instrumentos músicos, los aeroplanos, etc. Lo que es más, cualquier invención humana que pueda aparecer por el momento, no tiene ninguna garantía de que no será sobrepujada por alguna otra que aparezca como más adoptada al fin propuesto.

Con las obras de Dios es diferente, las cuales son como él, perfectas; y si volvemos ahora para examinar el sistema cristiano, procurando ver si está adoptado al fin que se propone, es a saber, la salvación, el cual nunca ha sido cambiado, ni modificado o mejorado, será inevitable creer que es la obra de Dios y no de los hombres, y como consecuencia no es una invención sino un hecho, no una fábula sino una verdad.

No debemos olvidar que en la actualidad hay algunos que dicen que el Cristianismo ya no tiene razón de ser, que ha pasado su día, que ha perdido su poder para retener la inteligencia de los hombres, y que debe ceder el lugar a otra panacea que pueda guiar los males de la vida. Pero este grito es el de aquellos que nunca han probado el Cristianismo y que por lo tanto es difícil que puedan entender su poder. En ningún caso los opositores del Cristianismo han podido presentar un sistema nuevo que le sustituya con provecho.

Tampoco han procurado modificar o mejorar el Cristianismo como sistema de doctrina religiosa más eficaz. Tal vez uno de los esfuerzos más valientes en esta dirección ha sido el de la llamada teología liberal (alias racionalista,) que procura desnudar al Cristianismo de todos sus elementos sobrenaturales, y especialmente de su Jesús humano divino, reduciéndolo a las proporciones de un hombre ordinario — en cuyo caso es claro que todo el edificio del Cristianismo cae por tierra. Sin embargo, uno de los escritores del Hibbart Journal (Enero de 1910) que no acepta el Cristianismo ortodoxo, en un artículo titulado «El Chasco del Cristianismo Liberal,» dice con toda franqueza que «el Jesús simple del Cristianismo liberal no puede ser hallado,» lo que equivale a la admisión de que el Jesús de los Evangelios como un Hombre Divino, un Cristo sobrenatural, no es una fábula sino una verdad sublime.

3. — Un examen detallado del plan cristiano, muestra que los medios propuestos para conseguir el objeto no podían haber sido mejor ideados.

a. — No puede negarse que una parte de las pretensiones del Cristianismo es la restauración de la humanidad, o del hombre en particular, al favor y amistad de Dios, que perdió por razón del pecado. No necesitamos por ahora considerar si es recta la explicación que la Biblia da del origen del pecado. La observación y la conciencia individual testifican acerca del pecado como de un hecho, y el Cristianismo se propone remediar la desastrosa condición de la raza producida por el pecado — no por decir a los hombres que el pecado es una invención de la imaginación (que los hombres saben pero no creen) o si es una cosa enojosa que Dios castigará (cosa que los hombres dudan en algunos momentos) y no por pedir que los hombres se salven ellos mismos (lo que pronto descubren que no pueden hacer,) sino por sacarlos de su triste situación moral y culpabilidad legal, anunciándoles que Dios ha previsto un Cordero para holocausto en su propio Hijo, sobre el cual ha puesto la iniquidad de todos, y que ahora él está en Cristo reconciliando al mundo, no imputándole sus pecados.

b. — La segunda cosa que se propone el Cristianismo es hacer santos a los hombres, librándolos del amor al pecado y de la práctica de éste, conformándolos al amor y a la práctica de la verdad y de la justicia, y esto lo busca por dar al hombre un nuevo corazón y un espíritu recto, cambiándole su naturaleza, implantando en él principios santos y poniéndole bajo el gobierno del espíritu divino y eterno.

El que los medios son adecuados ha sido demostrado por la experiencia de diecinueve siglos pasados, en los cuales millones han sido trasladados de las tinieblas a la luz, y vueltos del servicio de Satanás al del Dios viviente. Y lo que es más, que otros métodos han sido probados sin que obtengan el resultado. Encantamentos mágicos, mojigangas sin significado alguno, ceremonias laboriosas, penitencias penosas, legislación, educación y la filantropía han entrado en turno sin ningún resultado. Ninguna de las veces que ha sido probado el método evangélico ha resultado insuficiente.

c. — La tercera cosa que el cristianismo se compromete a hacer, es conferir a los que lo aceptan una bendición de inmortalidad — sostenerlos cuando mueren, alentándolos con la perspectiva de una existencia feliz, mientras sus cuerpos reposan en la tumba, que saldrán sus cuerpos otra vez para reunirse y constituir una personalidad que gozará de una vida sin fin y gloriosa en nuevo cielo y en una tierra nueva donde morará la justicia. Y el cristianismo hace esto, asegurando a sus adherentes un título a la vida eterna, mediante la obediencia hasta la muerte prestada por Cristo; en seguida por hacerlos participantes de esta herencia por la morada y operación del espíritu de Cristo; luego por abrirle las puertas de la inmortalidad por la resurrección de Cristo, y finalmente por la venida de Cristo a llevarlos consigo en el fin del siglo.

Ahora, ¿puede ser presentada alguna cosa más completa, como plan de salvación? ¿Hay alguna parte en esto que no sea adecuada ni esté en su lugar para conseguir el fin? Por la naturaleza del caso se puede ver que no es posible quitar un solo átomo del edificio sin hacer caer en tierra toda la estructura. Quitar del Cristianismo la Encarnación, la Expiación, la Resurrección, la Exaltación o la venida futura, sería desarmar todo el edificio. Quitad el Perdón, la Pureza, la Paz, la Filiación o el Cielo, y el valor del sistema como religión acabará. Pero no es esto lo que puede decirse de las fábulas y ficciones, mitos o leyendas, que pueden ser remendadas, quitándoles o poniéndoles algo sin perjudicarlas. De aquí podemos argüir que un plan ajustado tan admirablemente en todas sus partes, tan completo en sus provisiones y adaptado tan exquisitamente a su designio, puede emanar solamente de la inteligencia de Aquel que es maravilloso en su consejo y lente en su obra, quien es el verdadero Dios y la Vida Eterna.

III. — La tercera señal de veracidad del cristiano es su éxito notable en efectuar el fin para el cual fue designado.

Si el cristianismo hubiera sido fruto de una imaginación sin base alguna, o una leyenda supersticiosa ¿habría razón para suponer que habría vivido tanto tiempo, y hubiera verificado las maravillas que ha hecho durante los diecinueve siglos transcurridos, sobre los individuos y sobre el mundo? Es cierto que la mera extensión del tiempo en el cual ha prevalecido una religión, considerada en sí misma, no es una garantía suficiente de la verdad de ella, pues entonces el Budismo poseería un certificado de alto valor y de veracidad más que el cristianismo; pero cuando se mira esa cualidad en conexión con los resultados benéficos en elevar a la humanidad, tanto individual como colectivamente, frutos nacidos de una religión, dada la extensión de tiempo en la cual ella ha vivido, es un buen testimonio en cuanto a su verdad. Entonces los efectos prácticos de la religión sobre un individuo y sobre el mundo a la larga, como ya lo hemos dicho, forma un argumento en su favor que no puede dejar de ser estimado en lo que vale.

1.— Cuanto al INDIVIDUO. Si los hechos sobre los cuales el Cristianismo se basa fueran puramente ficciones, si la historia de la Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesús fueran una mera leyenda, y la promesa de perdón, pureza y paz, de vida y gloria eternos que el Cristianismo ofrece a los hombres, fueran un engaño y no la verdad ¿puede alguno imaginarse que hubiera efectuado las transformaciones verificadas en la vida y corazón de los individuos? Recordad que la primera mentira dicha por el diablo en el Edén, precipitó a toda la raza humana en la muerte espiritual. Sin embargo, tenemos que aprender, según los impugnadores, que una mentira alimentada por una buena clase de gente, puede salvar a los hombres de la perdición y elevarlos hasta el cielo; puede bendecirlos con una felicidad interna y asegurarles el favor divino; puede confortarlos en la tristeza, fortalecerlos en la debilidad, sostenerlos en la muerte y por fin hacerlos entrar en la eternidad. Esto es lo que el Cristianismo hace — lo que ha hecho en las edades pasadas a millones que lo han probado, lo que hace en el presente con millares que lo están probando. Tendré pues, que hacer a un lado lo que ha sido dicho por los críticos y burladores con el fin de persuadirme de que estas cosas han sido hechas por una mera fábula. Yo he oído que las fábulas y los cuentos, las leyendas y supersticiones recrean a los hombres y a las mujeres divirtiéndolos cuando están cansados, ocupándolos cuando están ociosos, apartando sus pensamientos de materias serias, y aun ayudándoles a cerrar los ojos ante la aproximación de la muerte; pero nunca he oído que las almas sean atraídas a Dios, que consigan su favor, se limpien de sus pecados, alcancen la bendición de la paz y se preparen para la eternidad. Y estas son las cosas que el Cristianismo puede hacer y hace; y por lo tanto, yo razono que él no puede ser una fábula, sino un hecho, no una leyenda sino una historia, no un producto de la imaginación sino una verdad sólida.

2. — Y cuando yo añado a esto la idea de que ha sido hecho EN TODA LA EXTENSIÓN DEL MUNDO, mi fe en su verdad se confirma aún más. Hace diecinueve siglos que el Cristianismo principió su trabajo de conquista. Ni la riqueza, ni el poder, ni la instrucción, ni las influencias sociales, ni el patronato imperial pudieron hacerlo a un lado. Fue despreciado por los más grandes de la tierra como una superstición. Fue mirado por los judíos y los gentiles como subversivo a la religión y a la moral. Sus adherentes fueron recogidos de la escoria de la población, de entre los pobres e ignorantes (cuando menos ante la estimación del mundo;) sus apóstoles fueron de una clase humilde, la mayoría de ellos pescadores — aunque pronto su rango fue enaltecido por la adquisición de uno, (Pablo) cuya fuerza mental y ardor religioso, fueron de valor para el cristianismo con sus batallones de discípulos comunes o del término medio de sus predicadores. Pero ¿qué era uno, aunque éste fuera un gigante intelectual y espiritual, para vencer y conquistar el mundo, y hacer que todas las naciones obedecieran a la fe? Sin embargo, esta fue la empresa principiada inmediatamente y con un éxito tan bueno como lo declaran los anales de los siglos pasados.

En el siglo primero, que puede ser llamado la Edad Apostólica, fue derrotado prácticamente el judaísmo, por haberse establecido el Evangelio como una religión organizada, no solamente en Palestina, sino en Asia Menor y aun en algunas ciudades principales de Europa. Tal vez a esto ayudó la destrucción de Jerusalén en el año 70 por los ejércitos de Tito; pero el aniquilamiento del judaísmo tuvo lugar poco a poco por la extensión de la fe cristiana

En los dos siglos inmediatos que pueden ser llamados Edad de los Padres, venció al paganismo sustituyendo, en un gran círculo, el culto de las divinidades paganas del Emperador Romano con la adoración de Jesús. Esto no lo hizo sin pasar por medio de fieras tribulaciones en una larga sucesión de persecuciones, con las que ella fue visitada y conducida a la victoria; pero en esta experiencia fue repetida la experiencia de Israel en Egipto. — «Y cuanto más los afligía, tanto más se multiplicaban y crecían,» así es que al fin del tercer siglo y principios del cuarto, tenían bajo su bandera casi la quinta parte del Imperio Romano.

Desde aquel tiempo, el cristianismo se dedicó a hacer más bien cristianos nominales que reales; pero, por la misericordia de Dios, esa obra fue derrotada por la Reformación. El Espíritu de Dios se movía sobre la extensión de lo espiritual y moral como sobre lo material allá en el principio, y la palabra de Dios dijo: — «Sea la luz, y fue la luz.» Lutero en Alemania, Calvino en Ginebra, Knox en Escocia con otros en diferentes partes, se levantaron como campeones de la Verdad, e hicieron volver el pensamiento de los hombres a la simplicidad y certeza del Evangelio, y un gran despertamiento se derramó sobre el mundo cristiano de nombre.

Desde entonces, el cristianismo marcha con faz descubierta entre todas las naciones, y está haciendo por el mundo lo que ninguna religión ha hecho o puede hacer, — ni la religión de Buda, ni de Confucio, ni de Mahoma — lo que ningún sustituto moderno del Cristianismo puede hacer — ya sea materialismo, agnosticismo, espiritismo o socialismo; y por esta razón es por lo que nosotros reposamos tranquilamente en la fe de que el Cristianismo no es una fábula engañosa, sino una verdad divinamente revelada — que es el único que contiene la esperanza del mundo como un todo, y por generación y generación, hasta que el día venga en que esté cimentado sobre todo el globo.

Cuando recordamos que el Cristianismo ha edificado la iglesia cristiana y que la iglesia cristiana ha sido el factor más poderoso en la creación de la civilización moderna, es imposible para nosotros creer los alegatos o aceptar las afirmaciones de que está fundado sobre una mentira. «Por sus frutos los conoceréis.» No obstante las imperfecciones que puedan encontrarse en la Iglesia Cristiana, en cuanto ella tiene de humano, pocos son los que pueden negar que su existencia en el mundo ha producido buenos resultados de una manera preponderante; y certificar que el Cristianismo es un poder viviente y no una fábula engañosa la verdad de la Escritura.

Por Thomas Whitelaw de Escocia

Traducido de The Fundamentals, 1910

 

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