El evangelista Billy Sunday desde la perspectiva de un pastor hispano quien le oyó predicar

La Campaña de «Billy» Sunday – El Tabernáculo – Las Multitudes – El Canto – Otros Detalles

El gobernador Whitman, de Nueva York; el rey del petróleo J. D. Rockefeller, y el obispo Lutero B. Wilson vinieron el primer domingo de abril a inaugurar el inmenso tabernáculo destinado a la campaña evangelística de «Billy» Sunday.

Ocho días después se dio principio a esta magna empresa del avivamiento espiritual de Nueva York. En la fecha de la inauguración se reunió una multitud de veinte mil personas y se colectaron dos mil dólares. En el día primero de la predicación del señor Sunday asistieron al tabernáculo cuarenta y cuatro mil personas. De estas vinieron veintitrés mil al culto de la noche y el resto al servicio de la tarde.

Billy Sunday es una maravilla. O más claro, es un milagro viviente. Su originalidad, su poder, su entusiasmo, su sencillez y su mérito singular que atrae a las gentes por millares y que conmueve las ciudades a su paso, no tienen otra explicación que la misma de los milagros: es un acto del poder divino superior al orden natural.

Porque en verdad se notan en él con toda claridad estas dos cosas: no predica nada nuevo, sino el mismo antiguo evangelio que ha sido predicado por veinte siglos; y esto, como él dice, «puede haber muchos predicadores mejores que yo; pero no hay nadie en el mundo que predique mejor evangelio que este, el evangelio de Cristo».

La segunda, es, que «Billy» Sunday no tiene voz.

La primera vez que yo le oí predicar me llevé una sorpresa mezcla de pena y desilusión. Aguardaba escuchar a un hombre de voz sonora y dulce, fuerte y atractiva. Pero en sus primeras palabras se descubre al orador casi completamente afónico.

Cada noche y cada tarde, parece que es la última tarde y la última noche que va a hablar. Cualquiera podía asegurar que la garganta va a cerrársele por completo, que va a dejar su sermón a medias, y que la voz ya le abandonó para siempre. Cada vez cree uno que la gente se desalienta por no poder oír, y que a la siguiente vez disminuirá el interés por escucharle y que así se desvanecerá el inmenso interés que ha despertado en todo el continente. Pero así ha sucedido ya por seis años. Predica dos y tres veces cada día. A ocasiones su sermón es corto pero frecuentemente ocupa más de hora y media. Su esfuerzo es inmenso. Su actividad incomparable. Es un artista que con sus palabras sencillas describe gráficamente la condición de los pecadores y caricaturiza sus defectos. Es un actor dramático. Tiene ratos de inspiración que dejan una huella profunda en los atentos oyentes. Su mímica es completamente original. Extiende los brazos, gesticula, grita, da vueltas en un pie, agita la silla entre sus brazos y la levanta como si fuera a arrojarla a lo alto, se sube sobre el pulpito, se acuesta sobre el pecho, se para en un solo pie y por varios minutos está en esa posición mientras que en un torrente de palabras denuncia, protesta, acusa, corrige y azota con la ira de un profeta, y al siguiente momento su tono alegre y festivo esparce dulzura y consuelo y aliento en el ánimo de los miles de oyentes que lloran, se admiran, ríen y aplauden en continuada sucesión.

Atrás de él está el coro de dos mil voces. A su derecha se levanta la gradería que ocupan regularmente hasta trescientos ministros. A su izquierda otras gradas en donde hay asientos reservados para los millonarios y hombres de negocios. Y al frente, diecisiete mil asientos ocupados por el gentío. Y todos, sin excepción, oyen invariablemente estas dos cosas: a un hombre sin voz, y que predica el antiguo evangelio de Cristo.

¿No es esto maravilloso? ¿No es una prueba del poder de Dios? ¿No es un acto del poder divino que escoge lo necio del mundo para avergonzar a los sabios? ¿Y que escoge lo flaco del mundo para avergonzar lo fuerte? ¿Y lo que no es para avergonzar lo que es?

Anoche fui al tabernáculo con dos horas de anticipación para alcanzar un buen lugar. Hacía un frío insoportable. Las puertas estaban cerradas y, sin embargo, había ya miles de personas tratando, como yo, de ser las primeras en entrar. Media hora después todos estábamos corriendo por los largos pasillos del interior y agolpándonos para obtener los primeros asientos. En quince minutos no quedó vacío un solo lugar. ¡Y faltaba más de una hora para que diese comienzo el servicio! El sitio no puede contener arriba de veintidós mil personas y habían acudido cerca de cuarenta mil. Quince mil tuvieron que de volverse sin haber logrado entrar y el mismo Sr. Sunday tuvo que ser ayudado por la policía para abrirse paso por entre la multitud.

El canto es admirable. La voz del gentío entonando himnos tan conocidos como «Dime la Antigua Historia» y las «Noventa y nueve ovejas» se puede oír a varias cuadras de distancia. El director del coro toca un espléndido trombón que sobresale entre todas las voces y las dirige.

Es un culto animado, grandioso, inspirador.

«Billy» Sunday se ha convertido en una institución. Es algo propio que ha enraizado permanentemente en la vida del pueblo americano. Tiene una organización que nada deja que desear. Hay cultos en las calles y en las fábricas en donde hay centros de obreros, en los hospitales, entre la policía, entre hombres de negocios, en las escuelas y en todos los departamentos de las actividades del comercio y del saber, y de casas de beneficencia y de los círculos religiosos y en el hogar. Las criadas, las enfermeras, los inválidos, los indiferentes, los que vagan por las calles, todos son alcanzados e incluidos en este inmenso movimiento religioso.

Nueva York está de plácemes. El avivamiento apenas iniciado ha hallado eco en esta enorme metrópolis del mundo americano y comienzan a palparse los resultados. Todas las iglesias cooperan y secundan con ánimo este gigantesco movimiento.

En mi próximo artículo espero enviar nuevos detalles y acompañar algunos breves extractos de los sermones del señor Sunday.

A. B. Carrero
El Faro, 4 de mayo de 1917

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El Faro, 11 de mayo de 1917

Sermón del evangelista Sunday

Predicado el 16 de abril de 1917 en el Tabernáculo de Nueva York

«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse»
2 Tim. 2:15

Parece que vivimos en una nueva era, en una gran era política, moral y económica.

Si hemos marchado separados o unidos a ella no voy a discutirlo en detalle, pero creo que a los obreros de la iglesia de Dios les toca no olvidar que estamos frente a los poderes de las tinieblas y de la oposición, como nunca antes en la historia del cristianismo.

No ha habido tiempo en que la gente haya estado tan confiada y satisfecha de sí misma, tan concentrada en sí como hoy.

Algunos se imaginan que el Dios Todopoderoso condenará todos los pecados que cometan. Hay muchos que piensan que están escalando el cielo por sus hechos de filantropía; pero llegará el fin cuando el Dios Altísimo hará el balance en su libro de cuentas y los encontrará deudores.

Algunos creen que un hombre que lleva una vida agradable, que va a la iglesia, que es fiel a sus votos de matrimonio, es tan bueno para ir al cielo como el hombre que ha estado en la línea de fuego, que ha sido carne de cañón, ha trabajado y peleado contra la indiferencia estoica de la gente del día.

Abrigan la idea común en nuestro tiempo de que ningún hombre irá finalmente al infierno. Me figuro que ninguno de vosotros recordará hacer oído un sermón que tratara del infierno. Bien, mientras que estáis aquí vais a oír hablar del infierno.

El Dios Todopoderoso puso el infierno en la Biblia, y algunos predicadores se pasan de largo porque saben que en los asientos hay personas que no les gusta que se hable de esto desde el pulpito. Sencillamente está arreglando sus velas de manera que pueda coger algo del viento de la popularidad. Si hace esto es un cero a la izquierda. Nosotros hemos puesto en nuestra moneda, «En Dios confiamos».

Volvamos a Cristo y al Pentecostés

Volvamos a Cristo, volvamos al Pentecostés, volvamos a la creencia apostólica, volvamos a la fe de nuestros antepasados, volvamos al reino de Dios. El reino de Dios ha de venir primero, todas las demás cosas le seguirán. La dificultad es que tenemos una clase de predicadores necios que han doblado sus cuellos para agradar a las damas de la sociedad. La cosa que más ha pasado de moda en la tierra es el evangelio de Jesucristo.

Hay en la tierra una clase de predicadores que pueden predicar el evangelio mejor que yo, pero no hay uno de ellos que predique un Evangelio mejor que el predicado por «Billy.» No hace mucho tiempo mi madre se puso muy enferma. Inmediatamente la llevé a un hospital de Chicago; busqué los mejores cirujanos que el dinero podía obtener para que la asistieran, y varias enfermeras para que la cuidaran de modo que no careciera de nada. Procuré que mi madre tuviera todas las atenciones que una mujer necesita en la tierra, y les dije que hicieran por ella cuanto estuviera de su parte, cualquiera que fuera el costo, porque aquella mujer era mi madre. La iglesia de Dios es mi madre espiritual, y estoy dispuesto a dar mi vida por ella en este momento si fuera necesario.

Creo en el beisbol. ¿Por qué? Porque sé que es un juego limpio. Lo jugué por ocho años y creo que es el deporte más honrado del día. Es bueno porque no está en las manos de jugadores tramposos. Las carreras de caballos no son tan buenas porque se presta a la realización de trampas.

Los Cultos y los Ismos

Creo que una de las más grandes maldiciones que han venido a la América fue el congreso de las religiones, reunido en Chicago durante la Exposición. Allí estaban los cristianos sentados al lado de nulidades como los hindús, los discípulos de Zoroastro, los Sintoístas y partidarios de Confucio — tenían sus pagodas y templos, y en Chicago hubo adoradores del sol, levantaron una pared al derredor de un fumadero de opio — edificaron una casa con cristales y fueron allí para adorar al sol esperando que éste quitara los pecados del mundo.

Tenemos el Eddysmo; lo titulan Ciencia Cristiana, pero la verdad es que es más malo que los anteriores, lo peor que podía habernos sobrevenido.

La Ciencia Cristiana dice que Jesús no es el Cristo, el Hijo de Dios; que la Biblia es mentira, pero nosotros sabemos que el que niega que Jesús es el Cristo es un mentiroso. La Ciencia Cristiana dice que la oración es una cosa inútil, mientras que la Biblia enseña que todos los hombres han de orar, que Jesucristo estando en agonía oraba intensamente, y su sudor era como gotas de sangre.

Conozco a un hombre que imprimió un libro que fue vendido en menos tiempo del que fue impreso, y en el que sostenía que el matrimonio no debería ser un contrato por toda la vida, sino que había de ser por plazos, como cuando se compran muebles.

Miran una joven de buena apariencia y van y le dicen: «Luchy, vamos y vivamos por seis meses, y si nos agradamos mutuamente, continuaremos; si no, nos separaremos y nos iremos cada cual por su lado».

Gracias a Dios que tal doctrina tan infame, nacida del infierno que olvida a Dios, no vivirá más que el hombre que predica la palabra de Dios y la mujer que la escucha.

El «Sábado Continental»

No tengo que decir nada contra cualquier hombre o mujer que viene del otro lado del mar. Originalmente todos venimos del otro lado del mar, y somos los primeros en ir a la isla de Ellis para extender la mano y dar la bienvenida a cualquier hombre o mujer que quiera venir aquí y asimilarse a nuestros modos y condiciones, y vivir bajo las barras y las estrellas; pero Dios me libre de que yo me doblegue ante cualquiera clase o pandilla — y hay una gran multitud de ellas — medio millón o un millón al año — sí, multitudes de ellos — que vienen con bastantes recursos para no ser mendigos ni criminales, que vienen y se establecen aquí, y son como carbunclos en el cuello del cuerpo político. Ellos nos apartan de nuestras ideas respecto al Día del Descanso y quieren imponernos la idea europea del Domingo, con sus puestos y sus bebedores de cerveza. Ellos han hecho salir a la Biblia de las escuelas públicas y nos incitan para que vayamos a sus bailes licenciosos. No les permitamos que pongan sus manos en nuestras escuelas. Si no quieren seguir nuestros caminos, que se vayan por donde vinieron.

Soy americano desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie y no quiero inclinarme ante ningún hombre. El sesenta y ocho por ciento de los criminales de los Estados Unidos viene de playas extranjeras o son hijos de padres extranjeros. Es necesario ver de dónde viene el mal. Y no es esto la única cosa; cincuenta años de predicación negativa de parte de muchos buenos predicadores, también tiene que ver en el asunto. La tendencia liberalizadora ha paralizado su crecimiento y ha secado su fuente principal. Este viejo mundo necesita hoy a Cristo, como hace veinte siglos. Todos lo necesitamos, pues no puedo abrigar la idea de que haya hombre tan inmune que no necesite de la sangre expiatoria de Cristo para escapar de ir al infierno.

Hay también otra multitud que nos presenta una mezcla fascinadora de cultura ética, alta crítica y nuevo pensamiento. La Biblia nos dice que nada hay nuevo debajo del sol; y es el mismo mal antiguo el que inspira lo que ahora se llama nuevo; es la misma tela vieja, solamente con un nombre nuevo.

Iglesias sin Cristo

Un vaquero irreligioso fue una vez a una iglesia muy elegante con su predicador muy aristócrata — yo me pongo en el término medio entre una iglesia elegante y el Ejército de Salvación. Ambas son necesarias y por eso me pongo en el término medio. Bueno, pues el vaquero entró en esa iglesia elegante, y después que el predicador hubo terminado, aquel pensó que debería subir a la plataforma y felicitar al ministro como lo estaban haciendo otros, por lo tanto se levantó del asiento y se encaminó a la plataforma con su sombrero debajo del brazo, los pantalones metidos en el cañón de las botas, un gran pañuelo al derredor del cuello y su pistola al cinto, y una vez que estuvo delante del predicador, le dijo: «¡Caramba! La verdad es que yo siempre les he sacado el cuerpo a los predicadores, pero ahora os digo que después de oíros hablar por más de una hora, veo que habláis menos de religión que cualquiera de vuestros compañeros». Estos predicadores han perdido a su Señor y no saben dónde encontrarlo.

Una señora que tenía que dirigir un culto de oración, se encaminaba de su casa al lugar donde aquella iba a verificarse, en esto, pasando por una casa de modas, llamaron su atención los sombreros exhibidos en el aparador. Se detuvo y quedó contemplando un sombrero tras de otro, fijando la atención también en los precios y admirando la hermosura de aquellos. En esto se acordó del culto de oración, y partió precipitadamente. Subió a la plataforma, tomó el himnario y dijo: «Cantaremos el himno No. $4.17». Su mente no estaba en la reunión. Ni Cristo en su vida.

Hace algún tiempo que en la ciudad de Nueva York hubo una gran reunión de trabajadores. Había presentes más de 7,000 obreros y estaban discutiendo algunas cuestiones, cuando uno de ellos, alto, fornido, ancho de espaldas, se levantó y dijo: «Propongo tres vivas a Jesucristo», y el edificio se conmovió por los gritos de aquella multitud. El mundo está esperando algún Moisés que lo saque de la esclavitud. Quiero confesaros que el tiempo cuando he cometido los errores más grandes ha sido cuando he contemporizado con el demonio. Cuando he sido firme y verdadero para con Dios, y he rehusado inclinarme, hacer cortesías y entrar en tratos con el mundo, cuando he lanzado los anatemas de Dios contra los ejércitos del pecado; cuando me he resuelto a no temer a la crítica y me he presentado con la frente alta, he sido bendecido.

Cuando me he inclinado y entrado en compromisos, cuando he mostrado mi temor a la crítica, he fracasado miserablemente. Hay una clase de tontos que creen que los buenos resultados sólo pueden conseguirse por las complacencias morales; por compromisos en las cosas morales, políticas y éticas, en lugar de lanzar los anatemas de Dios contra las filas de los que se oponen.

Tocando Ataque

Despojaos de vuestro formalismo miserable. Creo que los asientos de todas las iglesias han de ser gratuitos. Sé que algunos de vosotros no estáis de acuerdo conmigo; si tuvierais religión, lo estaríais. Muchas veces a un hombre pobre se le hace sentir que es un mendigo en la casa de Dios, porque se hace estar de pie y esperar hasta que viene fulano y zutano para saber si ha de haber asiento o no.

Si yo leo bien las señales de los tiempos, la iglesia de Dios tiene que levantarse y luchar como no ha luchado nunca, porque miro tan cerca el hombre del demonio, la iglesia y la cantina, el hogar y el burdel, que perderéis el juego y el pueblo corre apresuradamente al infierno.

¡Al ataque! ¿Cuántos de vosotros me ayudaréis a salvar a esta ciudad para Cristo? Levantaos cuantos queráis luchar y vencer.

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El Faro, 11 de mayo de 1917

Desde Nueva York

Sigue el Avivamiento – Sermones Notables – La Animación Aumenta – Fuerzas de Oposición – Los Primeros Frutos

El avivamiento ha seguido desarrollándose hasta alcanzar inmensas proporciones. No hay un solo rincón de la ciudad en donde la campaña evangelística no haya encontrado eco. Anoche oí una multitud que entonaba los himnos del tabernáculo en los carros del subway, (el tren vía subterráneo).

«Billy» Sunday llama la atención no menos por sus excentricidades y la peculiaridad de su estilo, que por la pasión y solemnidad con que predica el mensaje de la salvación de los pecadores.

Su campaña en Nueva York, es, sin duda, la más importante de todas. Esto se puede apreciar mejor considerando que en Boston predicó a dos millones de personas, en Filadelfia habló a cuarenta mil personas cada día por más de seis semanas. En Buffalo hizo otro tanto. Pero en Nueva York la proporción es mayor, y este tabernáculo es el más grande de cuantos se han construido para los servicios que dirige el famoso evangelista.

Y lo importante no es él, sino su mensaje. La gente se agolpa no por él, sino por lo que él dice. Por oír. De Sunday se puede decir como de Juan Bautista: «Es un hombre enviado de Dios el cual se llama «Billy» Sunday que clama en las ciudades. Y acuden a él de Patterson, de Syracuse, de Trenton, de Baltimore, de Kansas, de Erie, de Lima, de Scranton y de Columbus para oírle.

El acontecimiento es único. Nadie ha hecho jamás lo que este hombre hace en el servicio de Dios. Ni el general Booth del Ejército de Salvación obtuvo nunca una tan grande popularidad, ni Salvini, ni Henri Irving. Ni Sahara Bernhardt, ni Adelina Patti, ni Carusso, con sus voces maravillosas pudieron alcanzar tanto éxito. Ningún sabio, ni filósofo, ni infiel, ni socialista, absolutamente nadie en el mundo hasta hoy ha podido obtener los resultados que este humilde evangelista tiene sin más atractivo que el sencillo mensaje de Dios, la predicación de las Buenas Nuevas de salvación al mundo.

Hay algo inexplicable en el carácter de este hombre. Es humilde y sincero. Valiente y bravo para atacar con furia el reinado de las tinieblas. Conoce bien la Biblia y enseña sin temer la murmuración o el desagrado de los hombres. No se cuida de ofender con sus terribles denunciaciones a los ricos y los soberbios. No tiene, compromisos con nadie y predica la verdad desnuda. Es un fiero enemigo de toda forma de maldad. Se ha dicho mucho sobre su predicación «acrobática» porque tiene un estilo peculiar para sus acciones en el pulpito, y esta mímica le ha valido no poca censura de parte de sus enemigos. Pero sobre todo hay algo que no se puede decir con certeza qué es. ¿Qué lo hace tan atractivo? ¿por qué se agolpa la gente a millares a todas horas del día? Sólo hay una respuesta. El hombre es consagrado en cuerpo y alma a su noble ministerio y Dios le concede su gracia sin medida.

Ayer predicó dos veces el mismo sermón. Las puertas del tabernáculo se cerraron en la noche una hora antes de que se comenzara el servicio y más de siete mil personas se vieron en la necesidad de volverse a sus casas sin haber logrado oír al evangelista.

«Billy» Sunday es enérgico y vivaz. Está bien preparado para su trabajo. Llamamos la atención de los estudiantes al ministerio sobre lo que acabamos de decir: «estar preparado» es el primer requisito para obtener éxito en nuestros esfuerzos.

Se ha dicho, y con verdad, que la obra de Sunday no se puede ni se debe juzgar como un todo, sencillamente porque es una obra que está aún sin terminar. Pero en nuestro sentir una cosa sí puede asegurarse y es que él es un fiel siervo de Dios. Y que agrada a Dios. Pues eso se determina con los preciosos e innumerables frutos que ha obtenido guiando a centenares de miles de personas a los pies de Jesús y hacer una pública confesión de su fe personal en el Salvador del mundo.

Y entre esos convertidos se incluyen todos los tipos imaginables de la humanidad. Profesores de colegios y universidades, hombres de negocios, políticos eminentes, campesinos, abogados, periodistas, banqueros, doctores, autores de los más distinguidos, atletas, aristócratas, criminales, borrachos, obreros, gendarmes, muchachos de escuela: personas que representan sin excepción todas las categorías sociales y todas las esferas de la actividad humana. Esa variada multitud comprendida en los cientos de miles que suman los conversos ha «dado con la vereda del serrín» que es la vereda que conduce a la casa del Padre. (*)

(*) Las calles del tabernáculo, o pasillos que conducen al pulpito están cubiertas de «serrín» y de pequeñas partículas de madera para evitar el polvo y la frialdad del suelo y de aquí se ha inventado la frase «dar con la vereda» usada para describir a los que se acercan al ministro para darle su mano y presentarse a confesar su fe públicamente. La frase es original de los operarios de los molinos de madera en los Estados del Oeste que trabajan en la tala de árboles y «dan con la vereda», cuando bajan de los montes y van a la ciudad. Se llaman en inglés «trail hitters». Y la frase completa en inglés es «hit the dust trail» (o the sawdust trail).

No se crea ni por un momento que la obra de Sunday se hace sin oposición. Al contrario, las fuerzas del diablo se han puesto en juego y el evangelista a donde quiera que va tiene que confrontar una ruda contra-campaña que le hacen los cantineros, y por supuesto … ¡los católicos!

Los cantineros le hacen una oposición sistemática y se gastan fuertes cantidades de dinero pagando a periodistas sin escrúpulo para que ataquen al evangelista. Aquí en Nueva York se está publicando un periódico alarmista, con artículos difamatorios y el resultado es contraproducente. La oposición ha despertado mayor interés por el tabernáculo y ha servido para anunciarlo más y mejor. Los católicos que se sienten amenazados en sus mezquinos intereses han dicho por boca del cardenal O’Conell de Boston que «es pecado oír a ‘Billy’ Sunday».

Pero nada se hace en contra que no resulte en favor. Dios puede usar esos esfuerzos del maligno en bien de su causa haciendo que todo resulte en beneficio para las almas.

Terminamos por hoy dando en seguida algunas de las sentencias que hemos oído de labios del señor Sunday:

—Dios no está obligado a servirse de los teólogos. Puede tomar víboras, (Actos 28:3) palos, (Éxodo 7:9) o cualquiera otra cosa y usarlos para el avance de su causa.

—El arrepentimiento a la hora de la muerte es como quemar la vela de la vida en el servicio del diablo y después soplar el humo del pábilo en la cara de Dios.

—Las iglesias no necesitan nuevos miembros tanto como renovar a los viejos.

—A Dios le gusta un poco de buen humor, y eso se prueba por el hecho de haber creado los monos, los pericos y a algunos de vosotros.

—Los jóvenes, por regla general, son más cuidadosos para escoger sus amigos, que las señoritas.

—El hogar es el sitio que más amamos y en el que más gruñimos.

—No hay bastantes diablos en el infierno para arranear a un niño de los brazos de una madre cristiana.

—Las malas compañías son la causa de la ruina de muchos cristianos. Un ángel no podría volver al cielo si viniese a la tierra por solo una semana y la pasase con gentes que algunos miembros de la iglesia estiman como buenas.

—No te salvarás tan sólo porque tu mujer es cristiana. Se necesita algo más que ser cuñado de la iglesia.

—Ningún hombre tiene negocio alguno en un mal negocio.

—Un cantinero y una buena madre jamás tiran de la misma cuerda. Siempre que ella estira, él afloja.

—El aguardiente está bien en su lugar, pero su lugar es el infierno.

—Para enseñar a un niño el camino en que debe andar, debes andar ese camino tú mismo.

—No podréis tener poder sino hasta que vuestra vida sea limpiada de toda inmundicia.

—La razón por qué los pecadores no quieren la Biblia es porque ella les sabe todo y se los dice en su cara.

A. B. Carrero

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Los pecados sociales

Billy Sunday

El Faro, 8 de junio 1917

«Vuestras iniquidades han estorbado estas cosas; y vuestros pecados apartaron de vosotros el bien».

Jer. 5:25

En otras palabras Dios dice esto, quise que hicierais esto, mas vosotros quisisteis pecar y no hacer lo recto. Jeremías da en este versículo la explicación de las cosas que sucedían en sus días. Él fue al pueblo de Dios como profeta de Dios. Dios había prometido a su pueblo muchas cosas, pero éste no le obedeció ni obtuvo los beneficios de la promesa. Cuando Dios hace un pacto, ofrece sustento, paz, gozo, prosperidad, victoria, honor. Y estas eran unas cuantas de las promesas innumerables hechas a los judíos. Ellos rechazaron las promesas y no alcanzaron los beneficios. Lo mismo es cierto hoy.

Las promesas de Dios para los hombres que las aceptan son sin número. Algunos hombres, si no fueran locos, preferirían el amor de Dios a su maldición. Algunos, a menos que no estén locos, preferirán ir al cielo mejor que al infierno.

Pero no habiéndose hecho dueños de esas promesas los judíos, las bendiciones ofrecidas no les llegaron; la paz se convirtió en guerra, el gozo en tristeza, la prosperidad en necesidad y el honor en deshonor. Todo fue un fracaso. ¿Por qué? ¿Hizo Dios promesas sabiendo que no las cumpliría? ¡No! Jeremías pone la falta en donde estaba, en el pueblo. «Vuestras iniquidades han estorbado estas cosas; y vuestros pecados apartaron de vosotros el bien».

Dios dice: «Mi promesa es condicional. Si obedecéis mis mandamientos, obtendréis la plenitud de las promesas». No lo hicieron y vino sobre ellos la maldición. No hubo infidelidad de parte de Dios. Esto es verdad también en el día de hoy. Estamos bajo una dispensación de salvación gratuita, plena, perfecta y eterna para todo aquel que cree. Es ofrecida a vosotros, no importa quienes seáis y dónde estéis.

Si queréis saber por qué no llueve cuando necesitáis la lluvia, es porque sois unos malvados. Si queréis saber por qué las bendiciones no han descendido sobre vosotros, es porque vuestras iniquidades las han hecho a un lado. Puede ser que no os agrade lo que estoy diciendo. Si sois personas decentes y queréis que todo sea decente, os agradará mi predicación. Si no sois personas decentes no os agradará.

Somos enviados a hablar a la generación en que vivimos. Tenemos prometidas cosas innumerables. Por ejemplo: «El que cree en mí tiene vida eterna».

Se nos promete paz y gozo si creemos. Se nos ha prometido emancipación del pecado. Nos ha sido prometida la victoria. Nos ha sido ofrecido el socorro de nuestras necesidades conforme a la abundancia de sus riquezas. No todo lo que queramos, entendámoslo bien, sino cuanto necesitemos. Si yo socorriera vuestras necesidades no lo haría como pudiera hacerlo un millonario, pero Dios podría hacerlo en un grado tal, que un millonario apareciera ante él como mendigo. Todo pertenece a Jesús. Él dice: «Los rebaños que están en el campo son míos».

Algunas de las cosas que queremos no las necesitamos. Yo quisiera un automóvil de última moda, pero no lo necesito. La comisión me puede facilitar uno por algún tiempo. Si algunos duques ricos intentaran socorrer vuestras necesidades, obtendríais algunas cosas; pero ninguna de ellas sería semejante a los dones maravillosos que Dios da con su mano. Por lo tanto procuremos ser millonarios en la gracia, no mendigos que tienden la mano para recibir un pedazo de pan a la puerta de Dios.

En otras palabras, nada hay para nosotros fuera de Jesucristo. Todo nos viene por medio de Jesús. Tales son unas cuantas de las promesas que llenan de esperanza la vida del creyente. Nosotros como creyentes deseamos muchas cosas y las hemos estado esperando largo tiempo. Pero ¿las poseemos? Hay millares de miembros de las iglesias que son enteramente extraños a las experiencias religiosas más elevadas. No conocen el A, B, C de la religión. No tienen seguridad de la salvación, ni seguridad de paz, ni experiencia del poder de Dios que los preserve en la tentación.

¿Por qué no tienen paz y tranquilidad? Os lo diré: es por las condiciones del pueblo que está en la iglesia. Si los miembros de la iglesia abandonaran la baraja, no tendríamos más jugadores. Si los miembros de la iglesia dejaran de asistir a los teatros, estos quedarían desiertos y los que trabajan en ellos se entregarían a otros negocios. Si los miembros de la iglesia dejaran de votar por los que favorecen la cantina, esta desaparecería, yéndose al infierno. No creo que haya un mal en el mundo que la iglesia no pueda extirpar. Si no tenéis confianza en vosotros mismos, yo procuraré investigar en vosotros esta verdad. Yo no entraré en compromisos. Si viene un día en que yo contraiga compromisos, dejaré el pulpito y no volveré a él. No bajaré el estandarte de Dios.

Deberíais estar contentos y felices en lugar de estar lloriqueando, «¡Miserable hombre de mí!» ¿Por qué es pintada como triste la vida cristiana? ¿Es la vida cristiana una lucha por alcanzar lo que es imposible obtener? ¿Puso Dios su ideal tan alto que no lo puede alcanzar ningún hombre? ¿Dios prometió lo que no tenía intenciones de cumplir? ¿Está burlándose Dios de su pueblo? De ninguna manera. La falta está en el pueblo y no en Dios. «Vuestras iniquidades han estorbado estas cosas; y vuestros pecados apartaron de vosotros el bien».

Todo lo que de verdad había en el asunto en los días de Jeremías existe en el día de hoy. ¿Qué hay en vuestra vida que impide el que seáis bendecidos? ¿Hay alguna cosa en vuestra vida, pensamientos impuros, libros malos, mentiras, fraudes, robos, malas compañías?

Una de las razones por las que el pueblo tiene ideales morales tan bajos en la censurable y perjudicial afición a las novelas. Los autores de estas tienen diferentes ideas de la religión y ninguno de ellos posee la recta. Cualquiera que sea la novela, la mujer la devora mientras la Biblia permanece cerrada en el centro de la mesa.

El Dios Altísimo puso los ideales donde quiso ponerlos, y donde sabía que podían ser alcanzados. Los ideales del cristianismo no están demasiado elevados para ningún hombre, quienquiera que él sea.

Algunos miembros de la iglesia dicen que no les agrada mi predicación—esto es franqueza. Bien, es cierto que a algunos les agrada mejor la predicación que los deja resbalar de sus asientos al infierno, o aun del coro que está más elevado.

Si queréis vivir en el pecado, está bien, vivid en él, que al fin iréis al infierno; una cosa no podréis hacer, y es vivir en el pecado e ir luego al cielo.

¿Es alguno de vosotros mejor que la prostituida que llena de afeites pasea su desvergüenza por el distrito que le está señalado?

¿Tenéis en vuestra vida alguna cosa tal como egoísmo, orgullo, crítica contra Dios, enojo contra el predicador? Yo trataré con respeto al judío y al pagano, al negro y al blanco, pero no me asociaré con alguno que no sea cristiano. En otras palabras, no entraré en tratos con un hombre que se burla de mi Dios y de mi Cristo. La Biblia me dice que lo haga así.

Os diré por qué ha de hacerse esto, sólo así se disfruta de libertad. Algunos de vosotros tenéis miedo de desagradar a alguno de vuestros compañeros, a vuestra logia, familia, o vaciláis por razones económicas. Hay un hombre casado y con familia, y cuando señaláis a uno de ellos y lo herís señalándolo como pecador, toda la banda chilla como una jauría. ¿Es por envidia?

La envidia es uno de los ladrones más grandes que hay en el mundo. Es difícil ver a un hombre que lleva un fistol de diamantes, o un auto, sin desear tales cosas. Envidia. Cuando miráis algunas alfombras de Persia en casa del vecino y pensáis en las alfombras desgastadas que tenéis en casa, deseáis aquellas. Envidia. Lo mismo siente una dama cuando ve un abrigo de pieles superior al que lleva. Envidia. Así pues os aseguro que la envidia es uno de los mayores ladrones que hay en el mundo.

La dificultad está que os conformáis con el mundo. Salid de entre los mundanos. Esto no quiere decir que dejéis la iglesia saliendo de ella. Algunos miembros de la iglesia así piensan hacerlo diciendo que ella no es bastante buena para ellos. Así me lo han dicho. Yo soy de Missouri. He salido del mundo, no de la iglesia. Los Universalistas fundan su fe sobre estos dos versículos: «Y llamarás su nombre Jesús porque él salvará al pueblo de sus pecados». Notad que dice «de sus pecados», no en sus pecados. Y «Así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos serán vivificados». Esto no quiere decir que todos serán salvos. Les será dada vida. Tuercen la Escritura para su propia perdición.

Yo quisiera que todos fueran salvos, pero hay muchos que no quieren serlo. Si os arrepentís seréis salvos. Si no os arrepentís, pereceréis. El pecado en la iglesia nulifica le bendición. La persistencia en el pecado aleja la promesa y la hace vana. Esto era cierto tratándose de los judíos de los tiempos antiguos y lo es de nosotros hoy. Las bendiciones se tornan maldiciones. Tal vez no hagáis lo que Dios os dice que no hagáis, pero quizá no hacéis lo que Dios quiere que hagáis. Vuestro pecado tal vez no sea de comisión, sino de omisión.

«No hurtarás, no matarás, ni darás falso testimonio, no cometerás adulterio». Esto es muy fácil de entender.

Son cosas que no debéis hacer. Pero también la ley de Dios os dice que debéis hacer algo: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo». ¡Ah! Aquí está precisamente la dificultad. No hacéis lo que Dios os dice que hagáis. Esto ataca los cimientos de la falsa confianza de muchos de vosotros.

Presentaré bien el asunto. Vosotros decís: «Yo no robo. No miento. No mato». Muy bien. ¿Amáis al Señor vuestro Dios sobre todas las cosas? ¿Amáis a vuestro prójimo como a vosotros mismos? ¿Odiáis a alguno? Tenéis algo contra él. No queréis alabarlo. Habéis tenido una dificultad con alguno y no queréis allanarla.

Puede suceder que no paguéis vuestras deudas. Puede ser que descuidéis la Biblia. Tal vez seáis tacaños con la iglesia de Dios. Quizá seáis cobardes cuando se trata de dar testimonio de Cristo, o que el predicador no escuche vuestra voz en ninguno de los cultos de oración.

Hay siete definiciones bíblicas del pecado. Si podéis encontrar alguna otra podéis decírmela. Hay muchas descripciones del pecado, pero solamente siete definiciones. ¿Qué es el pecado? Primero, «Pecado es la transgresión de la ley», esta es la definición común siempre que hacéis la pregunta. Segunda, «Todo lo que no es de fe es pecado». Tercera, «El pecado está en saber hacer lo bueno y no hacerlo». Cuarto, «hacer acepción de personas» es pecado. Esto hacen muchos de vosotros que escogen sus predicadores. En otras palabras esto es mostrar favoritismo. Quinto, «El pensamiento necio es pecado». Sexta, «Ojos altivos y corazón orgulloso» son pecados. Séptima, «Toda injusticia es pecado».

Mirad las cosas que son rotuladas ahora como religión de Jesucristo; no lo son de esto sino del demonio. Son menjurjes, guisotes, porquerías tan cercanas al infierno, que Dios no las reconocería si se las presentarais.

Puede salir de aquí el que no esté convicto de estas faltas. Ahora, ¿qué vais a hacer?

Primero, confesad vuestro pecado. Dejad que el Espíritu revele lo que hay de mal en vuestras vidas, sed más dóciles en las manos del Espíritu. La dificultad con la iglesia de hoy es que hay algunos de sus miembros que están convencidos de sus pecados, pero no quieren desprenderse de ellos.

Decidlos por nombre. Decid, «Dios, he sido un mundano. He sido orgulloso. He despreciado tus dones. He juzgado mal a tus siervos».

Un hombre no solamente ha de confesar sus pecados, sino ha de reformarse también. De nada sirve confesarlos y seguir llevando una vida demoniaca.

Admitid que tenéis una disposición torcida y miserable. No tenemos que responder ante Dios por los pecados de otros. Yo no soy perfecto, pero cuando yo y vosotros estemos en el cielo, Dios no os preguntará si os parecéis a mí, o si yo os agradaba. Cada hombre dará razón de sí mismo. Confesad. Humillaos y recibiréis bendición. En seguida renunciad a vuestros pecados, aborrecedlos, desechadlos. La confesión sin la renunciación no vale nada.

Hay una cosa que quiero que todos vosotros entendáis bien, y es que yo no me ocupo de ver un libro o magazine que no trata a Jesús y al evangelio como deben ser tratados. Me siento tentado a apostar que si alguno de vosotros volvieran a casa y quemaran todos los libros y magazines que tuvieran en su poder de la clase que acabo de mencionar, no les quedaría papel suficiente para el taco de una escopeta.

Salomón dijo: «El que encubre sus pecados, no prospera; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia».

Ahora bien, decid: «No leeré esas piltrafas de literatura». Quizá me llamaréis hombre de ideas estrechas; pero yo me he propuesto no leer ningún libro que se burle de Jesucristo.

Decid: «Dios mío, no seguiré a las multitudes por ese camino».

El hombre o la mujer de buena voluntad ha de principiar por incorporar a su vida al Espíritu Santo. Confesad a Dios vuestras faltas. A Dios, no al público. No son asuntos que interesen al público. Nada tenéis que decir de vuestros pecados al público porque a él no le interesan ni atañen.

Decís que podéis recibirlo en privado, mejorar vuestras vidas; pero Dios quiere que le confeséis públicamente.

Tercero, procurad que Dios os diga lo que tenéis que hacer. No solamente dejar de hacer lo que él quiere que no hagáis, sino hacer lo que quiere que hagáis. Estos son los dos pilares que sostienen el Evangelio.

Decid: «Señor, escribiré una carta dando satisfacción; pediré perdón; contribuiré para la iglesia; haré el culto familiar; haré lo que me digas».

Cuarto y último, entregaos a Dios, voluntaria e irrevocablemente, dedicando a él vuestra mente, alma y personalidad completa. Ataos las manos y poneos como sacrificio en el altar. Habéis sido comprados por precio. Pertenecéis a Dios.

Este saco es mío. Puedo tomar unas tijeras y cortarlo. Me pertenece y puedo hacer de él lo que quiera. Puedo tomar mi reloj y romperlo porque me pertenece. Yo pertenezco a Dios y él tiene derecho para hacer de mí lo que guste. Poned vuestros pecados al pie de la cruz, y decid: «Nada traigo en mis manos; a tu cruz me atengo;» y entonces oiréis que os dice: «Tus muchos pecados te son perdonados; ve en paz y no peques más».

Decid a Dios que estáis vencidos. Decidle que el demonio es más fuerte que vosotros; decidle que habéis sido negligentes, criticones de la iglesia, blasfemos, maldicientes, adúlteros, y decidle que ya no queréis seguir haciendo tales cosas. Entonces él quitará de vosotros toda la liga. ¿Qué es la liga? Mirad este reloj; no es de oro puro; es de 18 quilates. El uno por ciento es cobre. El oro puro se desgasta por el frotamiento de las manos. Un amigo mío de Iowa tenía $ 40,000.00 en barras de oro, quiso depositarlas en el banco, pero allí lo pesaron. Había perdido $1,500,00 por el frotamiento. La liga tiene por objeto impedir el desgaste.

El quitará de vuestras vidas lo que impide que hagáis lo que Dios os manda, y pondrá en vuestra vida lo que os ayuda a ejecutar sus preceptos. Ved lo que hace el Evangelio.

¿Qué deberéis pedir en vuestras oraciones? El Espíritu Santo. ¿Por qué es perverso un hombre? Porque está endemoniado. Aquí está un hombre peleonero, golpea a los demás. Es del demonio; pero si recibe al Espíritu ya no hará esas cosas.

Recibid el Espíritu de Dios. Que la iglesia lo reciba y entonces hará lo que dice Mal. 3:10: «Traed todos los diezmos al alfolí». La iglesia es tacaña.

En los tiempos de las leyes de Moisés se les mandó a los judíos dieran la décima parte al Señor, y es lo mismo que os está mandado hoy. «Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde».

¿Cómo podrá un hombre o mujer que esté en sus cinco sentidos, rehusar recibir estas bendiciones? ¿Cómo puede desecharlas? Y recibiréis estas bendiciones si creéis, y si no, Dios dice que os hubiera sido mejor no haber nacido, o que os colgara del cuello una piedra de molino, y fuerais arrojados al mar.

Ahora ya sabéis lo que Jeremías quiere decir cuando les dice que ellos eran la causa de que no recibieran las bendiciones. «Vuestras iniquidades han estorbado estas cosas; y vuestros pecados apartaron de vosotros el bien».

«Billy» Sunday

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