El taller del maestro

Entre todas las organizaciones fundadas jamás ha existido otra igual ni semejante a la escuela dominical. Es como un enorme ejército con millones y millones de soldados, y todos alistados bajo una sola bandera, la del Príncipe Emanuel. El gran plan es extender el dominio de nuestro Jefe sobre toda la faz de la tierra, atrayendo a Cristo a todas las naciones del mundo. Los maestros y los superintendentes de este magnífico ejército se cuentan a millones y millones, y entre ellos, hombres y mujeres de los más sabios, ricos y piadosos de la tierra. Y mejor todavía, se han alistado en las filas de este sagrado ejército, no por una temporada, sino por toda la vida; ni conocen vacaciones siquiera. Sería imposible calcular o aún imaginar la benéfica influencia diseminada en diferentes direcciones y maneras por la escuela dominical. Tiene por objeto salvar a la niñez y la juventud de malas compañías y perniciosas costumbres, y a la vez alimentar y desarrollar sus espíritus y mentes por medio de repetidas lecciones de pureza, castidad y fineza, y todo teniendo por fin el desarrollo del carácter moral, el mejoramiento de la vida espiritual y la salvación del alma inmortal de los alumnos.

En vista de lo ya dicho acerca de la escuela dominical, el maestro debe tener un concepto alto del oficio que se le ha encomendado, y tomar todo empeño para llenar todo el cometido. Jamás en este mundo se ha conferido a hombre o ángel un puesto más elevado o que abarque más responsabilidad. La obra de ganar y desarrollar almas es digna de todo nuestro talento, cultura y empeño. A este fin Cristo comisionó a los doce apóstoles, estableció la iglesia y dio su vida en la cruz.

En su taller el fiel maestro siempre tiene delante estos tres asuntos: el alumno, el mensaje y el método. Es de suma importancia que el maestro conozca a las personas que forman su clase; no sus nombres, caras y casas solamente, sino su carácter y disposición, quienes son cristianos y quienes no lo son. De otra manera ¿cómo suplirá sus necesidades intelectuales y espirituales? Todos los alumnos no son iguales. Hay diferencia en cuanto a sus dotaciones, talento, educación e inclinaciones, y por lo tanto cada uno necesita recibir un trato especial. El mejor médico no da indistintamente a cada uno de un grupo de enfermos la misma receta, sino a cada cual según su enfermedad. El maestro debe conocer a sus alumnos, no solamente en la clase, sino también en sus hogares, y por medio del íntimo trato social llegar a saber de sus trabajos, compañías, diversiones y estudios literarios.

El mensaje. El maestro o la maestra se presenta delante de su clase con un mensaje. La preparación y presentación de este mensaje es la parte más importante de toda la obra de la escuela dominical, y el maestro que fracasa aquí, fracasa en todo. Verdad es que la gran mayoría de los maestros y maestras de la escuela dominical en diferentes partes del mundo tienen una educación y experiencia limitadas, y todavía en sus respectivos puestos están haciendo una magnífica obra para la causa de Cristo. Pero después de todo, tenemos que admitir que, a fin de que el maestro logre el mejor éxito en la escuela dominical, no hay otro puesto en todo el mundo que requiere tantos recursos, tanto estudio, anhelo y actividad como aquellos empleados sin descanso por él. El estudioso y concienzudo maestro, debe estudiar la literatura del día, historia, biografía, con especialidad los varios buenos libros traducidos al español o escritos en él y que vienen arrojando luz sobre la escuela dominical en todas sus fases. Por supuesto damos siempre el primer lugar al estudio de la Biblia, si es posible leer todo el libro como epístola en que se encuentra la lección, estudiando detenidamente el texto, y contexto de la lección y fijándonos especialmente en las referencias, lecturas diarias, paralelas y siempre valiéndonos de las muchas luces que nos traen cada semana los magníficos cuadernos trimestrales de la escuela dominical.

No basta que estudiemos a nuestros alumnos y el mensaje, el método también es de mucha importancia. El médico se interesa siempre en la mejor manera de aplicar sus remedios a los enfermos. Para tener tiempo amplio, el concienzudo maestro comienza desde el lunes, la preparación de la lección, empapando su mente con las bellas y ricas enseñanzas, cultivando un estilo sencillo, breve y directo, y utilizando el pizarrón para presentar importantes dibujos y lecciones objetivas.

El hombre no puede lograr el mejor éxito si divide sus estudios y esfuerzos. Por esta misma razón encontramos especialistas en todas las profesiones y ramos de negocios. El maestro de la escuela dominical debe ser especialista, dedicando su tiempo, su talento y su vida a su importantísimo trabajo, siempre estudiando a sus alumnos, su mensaje y su método. Un estudio fructífero tendrá un objeto específico, un método racional, medios adecuados y un fin definido. «La inspiración del Omnipotente los hace que entiendan», Job 32:8. Pero la inspiración no vendrá de Dios, si no tenemos con él comunión y un carácter cristiano que atrae la respuesta. Los labios del maestro de la escuela dominical, lo mismo que los del ministro, necesitan ser tocados con un carbón encendido tomado del altar, y su mente iluminada de luz del trono de lo alto, entonces habrá dulce comunión con Dios. El inmortal Phillips Brooks dijo: «parece que Jesús pasaba casi la mitad de su tiempo orando y gozando de comunión secreta con el Padre. Si nosotros hacemos lo mismo, de igual manera tendremos pasión por la salvación de las almas».

Voy a terminar con la siguiente historieta: el maestro de la escuela dominical fue traído ante el tribunal de este mundo. ¿Tienes tú conocimientos? me preguntó el filósofo. El maestro bajó la cabeza con humillación. ¿Tienes riquezas? demandó el rico. Y el maestro dijo que no. ¿Has recibido un título? inquirió el hidalgo, ¿o ganado una batalla? preguntó el general, ¿o llegado a tener dominio sobre tus semejantes? dijo el gobernador. Pero el maestro de la escuela dominical no contestó palabra alguna. Mas tomó la mano de un niño y la puso en la de nuestro Padre celestial. Y aquí se le concedieron reconocimientos, riquezas, honores, poder y gloria, y nuestro buen Padre celestial le dijo: «bien hecho, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel; sobre mucho te pondré. Sube acá; entra en el gozo de tu Señor».

Discurso presentado por J.G. Chastain ante la Convención Nacional de Escuelas Dominicales y de Jóvenes Cristianos en México, 14 de septiembre de 1910.

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