La parábola de la fiesta de bodas

Mateo 22:1-14

El alcance de esta parábola es muy amplio; parece abarcar la totalidad de esta presente dispensación. La parábola sugiere la siguiente tipología:

• El rey (v. 2) – es Dios el Padre;
• El hijo (v. 2) – Jesucristo;
• Las bodas (v. 2) – la nueva relación en la que el Hijo estaba a punto de entrar;
• Los siervos (v. 3) – los apóstoles de Cristo;
• Los convidados (v. 3) – los judíos, los cuales, como nación, habían recibido notificación mucho antes;
• Los “otros siervos” (v. 4) – tal vez aquellos que salieron después de Pentecostés;
• La comida (v. 4) – la provisión hecha por Dios en la muerte de su Hijo para las almas hambrientas y perdidas;
• Los que no hicieron caso a la invitación (v. 5) – el rechazo de Cristo por los judíos, sus llamados;
• La ciudad quemada (v. 7) – la destrucción de Jerusalén por los romanos treinta años más tarde;
• La salida por los caminos para invitar a las bodas (v. 10) – la invitación universal del evangelio;
• La boda llena de convidados (v. 10) – la llamada de la iglesia y su complimiento;
• El rey que entró para ver a los convidados (v. 11) – la segunda venida de Cristo;
• El no vestido de bodas atado y echado en la tinieblas afuera (v. 12-13) – la separación de la paja del trigo. Él limpiará su era (Mat. 3:12).

El evangelio de la gracia de Dios está aquí bellamente establecido. Observe:

I. Provisión. “He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas” (Mateo 22:4). La provisión era totalmente suya. “Mis toros y animales engordados han sido muertos”. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom. 8:32). “He aquí el Cordero de Dios” (Jn. 1:29). La provisión fue muy grande: “todo está dispuesto” (Mat. 22:4). Todas las cosas son tuyas si tú eres de Cristo. Los que vinieron a esta fiesta encontraron todo lo que los pecadores encuentran al venir a Cristo.

II. Invitación. “Venid a las bodas” (Mat. 22:4). Esta invitación es para todos. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc. 22:17). Tanto los malos como los buenos fueron llamados. La invitación del evangelio no toma en cuenta nuestro carácter; tanto los más viles como los más virtuosos pueden aceptar la invitación bajo los mismos términos. Ninguno lo merece. Es la bondad de Dios ofrecida gratuitamente a todos. El príncipe pomposo y el mendigo afligido por la pobreza están igualmente en deuda con la misericordia y la gracia de Dios para la salvación. Debido a esto, muchos no hacen caso a la invitación (Mat. 22:5). No hacer caso a la invitación es no hacer caso al Dios que extendió la invitación. Eso no es un asunto ligero.

III. Inspección. “Y entró el rey para ver a los convidados” (Mat. 22:11). Todos los que aceptan la invitación esperan ver al rey; con alegría esperan su venida. Ellos quienes viven en rebelión contra su voluntad, despreciando su gracia, bien pueden temer su aparición. Él viene a ver y dar la bienvenida a todos aquellos que han creído su Palabra a través de sus siervos. Jesucristo se manifiesta a aquellos que ceden a su llamado y aceptan la misericordia ofrecida. “Si crees, verás la gloria de Dios” (Jn. 11:40).

IV. Detección. “Vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda” (Mat. 22:11). Sólo uno, pero la vista alerta del rey pronto lo descubrió. El hombre sobresalía, no por lo que tenía, sino por lo que no tenía. “Vestido de boda.” La vestimenta fue parte de la provisión del rey, pero él la rechazó. No es suficiente con que simplemente creamos la invitación del evangelio; debemos apoderarnos de la justicia de Dios, que nos es ofrecida en Cristo Jesús, y sobre todos los que creen. Recuerde que mezclarse con el pueblo de Dios no es suficiente para poder reunirnos con el rey. Puedes escapar la detección de los sirvientes, pero el que prueba los corazones (Jer. 17:10) te hallará.

V. Interrogación. “Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda?” (Mat. 22:12). Él no lo toma por el cuello. Este es el lenguaje de la más tierna compasión, pues él es “fiel y justo” (1 Jn. 1:9). No fue culpa del rey, pero tal vez el convidado estaba orgulloso de sus propias ropas atractivas, preparadas para la ocasión, y pagadas por él mismo. Pertenece a la familia de aquellos que procuran su propia justicia por sus propios medios. “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Rom. 10:3). El mensaje de Dios en su Palabra es todo lo contrario: “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Amós 4:12).

VI. Convicción. “Mas él enmudeció” (Mat. 22:12). Fue auto-condenado ante un tribunal del cual no hay apelación. Puede ser que estaba haciendo discursos elocuentes antes de que entrara el rey, pero ahora su boca está callada. No hay nadie para defender su causa; todos sus amigos se quedan sin palabras. Oh, amigo, no te jactes de nada ahora del cual no te alegrarás cuando venga el Rey. Este hombre ni siquiera pide misericordia, por ser tan completamente desesperanzada su causa. Es un momento solemne cuando todos los refugios de mentiras son barridos por el poder de su presencia. ¿Qué dirás cuando te castigue? (Jer. 13:21).

VII. Expulsión. “Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mat. 22:13). El hombre que desprecia la vestidura del rey nunca saboreará su fiesta. Piense de lo que le fue quitado. Alejado de todas sus oportunidades y compañeros en la oscuridad exterior, las tinieblas de la desesperación, es decir, en el infierno fuera del reino del querido Hijo de Dios. ¡Qué cambio tan drástico! ¡Qué decepción total! Fuera de la presencia de una fiesta a un lugar de llanto. Habrá grandes y repentinos cambios cuando él aparezca. “Vestíos del Señor Jesucristo” (Rom. 13:14).

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