Qué decir a las personas interesadas en el evangelio, pero inconversas

Una excelentísima obra escrito por un líder bautista Argentino quien fue nombrado como revisor del comité que revisó la traducción ahora conocida como la Reina-Valera 1960. Lamentablemente, por razones desconocidas, al fin Canclini no pudo participar como revisor, probablemente por causa de responsabilidades en su liderazgo durante un periodo de persecución religiosa en su país. Años después escribió el libro Los Evangélicos en el tiempo de Perón describiendo su experiencia. En 1954 él logró una audiencia con Perón junto con otros pastores , en el cual se plantearon una serie de reclamaciones.

Introducción por el redactor de Pensamiento Cristiano:

Un veterano ganador de almas ha publicado un excelente libro titulado «Y le trajo a Jesús». Este «Manual práctico del evangelismo personal», como todos los escritos del profesor Canclini, merece ser leído y estudiado por cuantos se interesan en su tema. Transcribimos un capítulo de la obra, que es publicada por la Junta Bautista de Publicaciones, Buenos Aires.

Es indudable que el camino de la salvación es sencillo y comprensivo para cualquier persona. Pero es indudable también que hay muchas personas que, a pesar de todo lo que han captado y percibido en su vida espiritual, aún les falta una cosa, la principal: no están realmente convertidos, no tienen la seguridad de la salvación y por lo tanto no pueden iniciar exitosamente el camino de la vida cristiana.

El evangelista personal tiene allí su gran oportunidad y responsabilidad. Veamos algunos de los casos posibles.

1. Personas que han hecho «profesión de fe»

Nos referimos a aquellas personas que respondiendo a una invitación del predicador hicieron, en algunas de las formas acostumbradas, manifestación de fe, de entrega a Cristo. Sin que haya en esto una afirmación pesimista acerca del valor de pedir tales manifestaciones, pues Dios ha salvado a muchos por ese medio, debemos reconocer que no todas las profesiones significan conversiones reales.

Este hecho resulta más particularmente cierto en los países latinos de tradición católica que en un país sajón, con tradición y base bíblica y religiosa que hace que el individuo comprenda más a qué y por qué se decide.

No es el caso analizar aquí las diferentes causas que llevan a esa situación, pero sí reconocer sinceramente este hecho: Hay personas que al hacer profesión de fe, realmente se convierten. En nuestra experiencia personal nunca olvidamos a nuestra propia madre, quien la primera vez que escuchó el evangelio hizo pública profesión de fe y ¡nunca hemos visto nadie más seguro de su salvación esa misma noche! En cambio, el autor necesitó escuchar el mensaje de un gran predicador por seis meses consecutivos para ir dejando prejuicios; pero la noche que se entregó a Cristo, en su hogar, después de una reunión, pasó realmente por una experiencia que le llevó de la muerte a la vida.

Pero también el autor, en su propio ministerio pastoral, ha aprendido que hay un gran ministerio a cumplir en una entrevista personal con las personas que han hecho profesión de fe, y las ha visto, recién entonces, realmente en esa ocasión, llegar a la certidumbre de la salvación. ¡Qué campo de acción magnífico y necesario para cualquier creyente, sea miembro, pastor, o misionero!

2. «Interesados» en general

En nuestro particular dialecto evangélico solemos distinguir entre «un creyente» y «un interesado», colocando generalmente a este último entre las personas que están asistiendo a los cultos, pero que no han hecho profesión de fe ni pública ni privadamente.

Son personas a quienes «les gusta» el evangelio. Asisten a los cultos. Quizá, aun, participan de ciertas actividades de la iglesia; quizá son alumnos de la escuela dominical o hijos o parientes de creyentes y miembros de la iglesia. Los hay, aun, que ofrendan generosamente para la causa de Cristo y «defienden» ante extraños el evangelio, pero . . . de allí no han pasado en su experiencia espiritual. Algunas veces son personas relativamente nuevas en nuestro ambiente, pero hay otros que permanecen por años y años en esta peligrosa situación.

He aquí otro campo propicio y listo para la acción decidida de quien quiera ganar un alma, llevándola personalmente a Cristo, presentándole el plan de la salvación.

3. Personas nuevas pero preparadas espiritualmente

Otro tipo de personas con las cuales es posible entrar casi directamente al problema de la salvación personal, es el de aquellos que quizá nunca han asistido a ningún culto, ni conocen mayormente el evangelio, pero quienes, sin embargo, están en cierta forma listos para tomar una decisión al presentárseles la oportunidad.

Puede tratarse de quienes tienen necesidades espirituales manifiestas; los que están buscando porque notan que «les falta algo»; otros que pasan por alguna experiencia dolorosa, de tentación, de caída moral o de cualquier otra índole, y que junto con el remedio para su caso particular pueden hallar la salvación. O mejor aún, hallar el perdón y consuelo juntamente a través de una entrega completa a Cristo. Puede ser que haya habido algún contacto con el evangelio a través de una sola predicación, una audición radial o la lectura de las Escrituras.

En todos los caso y en los anteriormente mencionados, el evangelista personal debe sentirse animado y confiado para hacer su obra con plena confianza en el Señor en cuanto a los resultados.

Podríamos citar numerosos ejemplos de este tipo en nuestra propia experiencia, como por ejemplo, uno bastante reciente; el de un señor que fue llevado por un amigo creyente a escuchar nuestra predicación un domingo a la mañana en cierta iglesia donde habíamos ido como predicador visitante. Al terminar la reunión, fuimos presentados. Era la primera vez en su vida que escuchaba un mensaje. Pocos días después nos llamó por teléfono pidiéndonos una entrevista que combinamos para nuestro hogar.

Era un hombre relativamente joven, comerciante, en buena posición. Quería consultarnos acerca de una situación concreta sobre el hogar que le preocupaba, y quizá le producía cierto sentimiento de culpa. Procuramos aclarar su problema mostrándole lo que las Escrituras enseñan sobre la cuestión. Una vez aclarada su duda, podía parecer que nuestra misión estaba terminada y que debíamos esperar que aquel hombre siguiera «escuchando el evangelio» hasta comprenderlo y convertirse. Pero llegado a este punto, le dijimos más o menos:

-Bien, pero hay otro aspecto mucho más importante y es el de la salvación, el de arreglar nuestras cuentas con Dios.
-Supongo -me respondió pero no entiendo mucho de esas cosas.
-Permítame que le haga una pregunta muy personal, ¿puedo hacerla?
-Sí, como no.
-Usted, ¿está seguro de su salvación?
-Yo no podría contestarle, no lo sé.
-Se lo diré en otra forma, un poco brusca, usted me perdonará … Si usted muriera esta noche, ¿cree usted que estaría salvado?
-Por supuesto que no . . . no lo sé . . . no lo creo.
-Pues yo estoy seguro que sí.

Entonces abrimos nuestra Biblia y de acuerdo al plan que explicaremos, le hablamos del pecado, del amor de Dios manifestado en Cristo, etc., hasta llegar a la seguridad de la salvación. Le hicimos intervenir en la conversación a través de varias preguntas que le sugerimos o que él mismo planteaba. Al final afirmamos: «Antes de terminar este día usted puede tener esa completa seguridad».

-Pero ¿cómo?
Se lo explicamos, y luego dijo:
-Creo que sí, que lo haré …

Lo invitamos a orar, preguntándole si tenía algún inconveniente en ponerse de rodillas. Así lo hicimos. Al comenzar a orar, empezó a repetir nuestras palabras, pero inmediatamente interrumpió, diciendo:

-Yo desearía repetir lo que usted dice.

Entonces empezamos de nuevo la oración, haciéndolo en sentido personal suyo, llevándolo a una confesión de pecado y entrega por la fe a Cristo como su Salvador y Señor. Al ponernos de pie sus ojos estaban bañados de lágrimas; le acompañé hasta la puerta y al despedirnos, este hombre me dio un abrazo, diciendo:

-Nunca olvidaré estos momentos. Muchas gracias.

Y no lo olvidó; llevó a su esposa, que también hizo profesión de fe; llevó a su hija. Y sigue fiel.

Cualquier creyente, pastor o no, puede hacer esto. Quien no haya probado ganar un alma para Cristo no ha gustado una de las más benditas experiencias del servicio cristiano, no importa todas las otras cosas que haya hecho o sepa hacer. Quien no tenga práctica debe empezar; no se puede aprender a nadar en seco, hay que largarse al agua, confiando en el Señor. Pruebe el creyente y luego le será más y más fácil. No esperemos todo del púlpito.

Un joven alumno nuestro lo puso a prueba y luego testificó en una de las clases: «Por primera vez el Señor me ha concedido llevar un alma a sus pies». Y lo decía radiante de gozo. ¿Por qué no empezar?

Al mantener una entrevista personal, luego de las introducciones necesarias para entrar en un ambiente de cordialidad y confianza, hay que disponerse y resolverse a hablar directamente de las relaciones personales con Dios. El peor obstáculo, muchas veces, no está en el evangelizado sino en el evangelista: esa barrera de timidez, cuando no de temor, que nos impide empezar. ¡Hay que vencerla con la confianza en Dios!

1. Haciendo una breve introducción

Puestos a la tarea cuidémonos de querer presentar un «plan» de salvación lo mismo que lo haríamos con la presentación de un plan de estudios, un plan para la adquisición de la casa propia o cualquier otro plan estereotipado y mecánico.

Según las personas y circunstancias podemos entrar en el asunto de la salvación de distintas maneras, como por ejemplo:

-Hablando del amor de Dios en términos generales y de su amor por nosotros.
-Recalcando la necesidad de una experiencia personal.
-Mencionando la necesidad de tomar una resolución en un momento determinado y los peligros de ir postergándolo, etc.

2. Formulando una pregunta directa

De esa manera, despertaremos el interés por escuchar el plan de la salvación, de modo que no sea la situación impuesta por nosotros sino la participación y el interés activo del evangelizado. «¿Quieres ser sano?», preguntó Jesús al paralitico de Betesda. «Míranos», dijo Pedro al cojo de Jerusalén. Mejor aún si conseguimos que la pregunta surja del interlocutor: «¿Que bien haré para tener la vida eterna?» preguntó el joven rico; el carcelero de Filipos: «¿Qué debo hacer para ser salvo?»

Debemos analizar qué clase de preguntas hacemos. Deben ser en alguna manera, comprensibles o fácilmente explicables, para despertar alguna inquietud por oír la respuesta.

Aquí también nos encontramos con algunas preguntas muy clásicas en otros países y que aparecen en libros traducidos y que no dicen mucho a nuestros oyentes. Por ejemplo ésta: «¿Es usted cristiano?» Entre nosotros ¿quién no se considera cristiano? Hasta los incrédulos nos dirían que sí.

Cada uno puede tener a mano varias preguntas para utilizar con distintas personas y circunstancias, o bien afirmaciones que despierten una pregunta de interés.

Las dos preguntas que indicamos en la experiencia del evangelismo personal relatada en el punto anterior, fueron realmente hechas y el autor debe decir que las ha usado mucho, la una o la otra, o las dos sucesivamente, con muy buen éxito.

-¿Está usted seguro de su salvación?
-¿…?
-Yo sí, aunque no lo merezco ni soy mejor que usted, ni ningún otro hombre. A todos nos puede acontecer, pero solamente lo digo como una pregunta:

-Si usted muriera esta noche, ¿estaría salvado o perdido?

La primera de ellas la hemos hecho muchas veces. Una de ellas a un sacerdote católico que llegó a nuestra casa con inquietudes espirituales. En lugar de entrar en una discusión polémica sobre doctrina, le planteamos, después de algunos momentos de conversación, la cuestión consabida:

-Mire usted, lo más importante es el asunto de nuestra salvación.
-Por supuesto.
-¡Usted está seguro de su salvación? ¿Sus pecados están perdonados?
-Eso no lo puede saber nadie.
-Pues, discúlpeme usted, pero yo lo sé.

Y abrimos el Nuevo Testamento y le expusimos el mismo plan de la salvación que daremos luego, lo mismo que a cualquier hijo de Adán.

Terminamos de rodillas delante de Dios. No dijo nada en esa ocasión. Al día siguiente, en nuestra casa, cambió su sotana por un traje civil. Y al dar testimonio público unos meses después, declaró que aquel día y después de esa pregunta, se hizo la luz en su alma frente a la Palabra de Dios y fue salvo. Y agregaba este comentario: «Yo, que había perdonado los pecados a tantos, no tenía el perdón de los míos».

Sólo la experiencia, conjuntamente con la confianza en Dios y la obra del Espíritu Santo, pueden llevarnos al éxito deseado.

Si debemos ocuparnos de nuestra salvación con «temor y temblor» (Filipenses 2:12), cuánto más cuando de nuestro testimonio puede resultar la salvación o perdición de un alma por la cual Cristo murió.

1. Fidelidad, claridad y sencillez

Aquí no caben términos altisonantes y rebuscados, nada de «profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia» (l Timoteo 6:20) . Aquí sí que hay que presentarse «como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15). Aquí sí ha llegado el momento de no hablar con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (l Corintios 2:4). Si se ha presentado la necesidad de la salvación, ya han sido hechas aclaraciones, ya hemos discutido puntos divergentes, ahora ha llegado el momento de no saber «cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (l Corintios 2:2).

El mismo lenguaje sencillo y claro es necesario para cualquier persona.

2. Seguridad en el manejo de la Biblia

Para empezar, damos por sentado que vamos a tener una Biblia en la mano y vamos a usarla para leer directamente en ella. Será «mi Biblia» personal.

El evangelista tendrá bien marcada su Biblia y conocerá al dedillo todo lo que tiene que ver con la salvación. La conocerá mejor que a la palma de su mano. No debe haber titubeos que desorienten o distraigan la atención de quien está escuchando el asunto más importante de su vida y que puede llegar a ser decisivo -según esperamos- para todo su futuro, hasta la eternidad.

Además habrá que saber los versículos claves de memoria para irlos intercalando en la exposición. Bien aprendidos, exactamente. No es necesario, ni sin duda conveniente, aturdir al oyente con un «rosario» de textos pero sí saberlos usar correctamente y con su debida aplicación.

Lo que debemos dar al pecador en esta ocasión no son nuestras opiniones o consejos, sino el mensaje de Dios para su alma.

3. El plan de la salvación

Casi nos atreveríamos a afirmar que cualquier creyente puede llegar a adoptar una forma esquemática propia para señalar los distintos pasos de la salvación. Casi todos los manuales de evangelización personal traen una o más formas de presentar el plan de la salvación. Seguramente unos mejores que otros, pero todos válidos. Depende del buen uso que se haga de ellos. En el capítulo denominado: «Similitud básica de los hombres», de nuestro libro «De uno en uno», hemos dado bíblicamente las bases para señalar cómo el hombre del estado de pecado, puede llegar a la seguridad de la salvación.

Un resumen esquemático de ese capítulo nos daría el siguiente plan, con amplio material bíblico.

I. Todos los hombres son pecadores
Romanos 3:11; 3:23; 6:23

II. Todos los hombres son incapaces de salvarse
Romanos 4:4, 5; 7:14, 15

III. Todos los hombres necesitan arrepentimiento y fe
Hechos 20:21; Lucas 13:3; Lucas 15:21; Hechos 16:31, Juan 3:36

IV. Todos los hombres pueden ser salvados por Cristo
Juan 3:16, 17; l Timoteo 1:15; 2 Corintios 5:12, 20; 1 Pedro 3:18

V. Todos los hombres pueden estar seguros de su salvación
Juan 3:18; 5:24; Romanos 8:1; 1 Juan 5:13

Sin embargo, este esquema bíblico como otros ampliamente divulgados, tienen la desventaja de no ser de fácil memorización ni ser suficientemente sencillo para ser captados en su conjunto por el interlocutor.

Por eso, personalmente hemos usado muchas, muchísimas veces con todo tipo de personas, otro plan que daremos a continuación y cuyas características resumiríamos así:

1. Es de muy fácil memorización. Hemos hecho la experiencia muchas veces con los alumnos de una clase y en menos de cinco minutos, han aprendido de memoria, sin necesidad de pizarrón, todas las leyendas, citas y textos bíblicos. Puede hacer la prueba el profesor de con sus alumnos si está en clase, o el lector de por sí.

2. Se encuentra ordenadamente en un solo libro del Nuevo Testamento: la Epístola a los Romanos. Ello da a la vista del oyente, y a su mente, un orden progresivo fácil de captar por su unidad.

3. El oyente, si es adecuadamente expuesto, también grabará en su mente si no todos los versículos, a lo menos el contenido y las leyendas del plan.

4. El plan da lugar a una presentación completa de los pasos de la salvación, si se intercalan, citándolos, otros pasajes de las Escrituras y aun las ilustraciones necesarias.

5. Está hecho en primera persona y al ser repetido de esa manera el oyente irá incluyéndose a sí mismo en la experiencia indicada en el mismo.

6. Es posible, útil y fácil para su futuro repaso marcar en el Nuevo Testamento del oyente (el que se le regale si no tiene uno propio a mano) los siguientes pasos:

a) Al principio del Nuevo Testamento, en la portada: «Lea lo marcado en la página tal».
b) Al pie de esa página: «Ahora pase a la página tal».

Y así seguir hasta el final de las citas. El evangelizado, fácilmente y de manera racional, podrá volver a repasar el plan de la salvación que ha oído. Aún es posible desde allí seguirle marcando otros pasajes adicionales si se deseara.

Bien, aquí está el plan que proponemos probar:

l. Yo soy pecador, y por lo tanto estoy perdido. Romanos 3:23. «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.»

2. Yo sé que Cristo murió por el pecador, y por lo tanto puedo salvarme. Romanos 5:1; 6-8. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (v. 1).
«Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos … Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (vv. 6 y 8).

3. Yo creo que Cristo murió por mí, y por lo tanto estoy salvado. Romanos 8:1. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús».

Y eso es todo. Dentro de estos tres pasos básicos caben todas las explicaciones y aclaraciones. Si se desea, y para los casos de personas ya conocedoras del evangelio, y que sólo les faltaba una decisión, puede agregarse un paso adicional más:

4. Yo soy creyente, y por lo tanto quiero obedecer y servir al Señor. Romanos 6:3-5 y 19.

Como exponer el plan anterior

Partimos del entendimiento de que procuraremos estar a solas y en un lugar lo más silencioso posible, donde no haya riesgo de interrupciones. Si podemos, elijamos nosotros el lugar en nuestra casa o en una dependencia del templo … en el campo, en la montaña o en un tranquilo parque. Algunas de las consideraciones útiles a tener en cuenta podrían ser las siguientes, que nosotros hemos usado convenientemente:

l. Empezar brevemente con alguna verdad bíblica general. Quizá Juan 3:16. El plan podría resultar una aplicación de este gran versículo.

2. Abrir la Biblia e indicar dónde vamos a leer y por quien fue escrito. En cada caso, leer el versículo clave y dar la explicación consiguiente.

3. Sacar una conclusión del pasaje, más o menos lo siguiente: De acuerdo con esto podríamos decir yo y usted, «Soy pecador», etc. Así citamos el punto correspondiente del plan y al mismo tiempo, lo estamos aplicando al oyente delicadamente, pero directamente.

4. Ir pasando al segundo y tercer punto pero cuidando de ir repitiendo antes del segundo, el primero y el segundo antes del tercero. De esa manera irá grabándose la verdad bíblica. Todo esto en forma de conversación cordial y no de lección aprendida de memoria. Y no lo será porque «el relleno» será distinto, según las circunstancias.

5. Si fuera necesario, junto con la exposición, ir intercalando breves preguntas e ilustraciones, como veremos luego. Sin embargo, hay que cuidarse de no alejarse del asunto principal. Si eso sucediera, llevados por la conversación, hay que volver al camino y repasar los pasos dados: «Habíamos dicho que …»

6. Procurar hacer una apelación al final. Las circunstancias nos dirán hasta dónde podemos llegar y cómo hacerla:

-Puede ser con una pregunta sobre si lo ha entendido y si lo cree.
-Puede ser una confesión de nuestra propia fe: «Y o estoy seguro de mi salvación y usted también puede estarlo».
-Puede ser una exhortación a orar al Señor cuando esté solo y a hacer la entrega debida.
-Puede ser preguntándole: «¿No desea ahora mismo aceptar a Cristo?»

7. Invitarlo a orar. Hacerlo si es posible, de rodillas. De acuerdo con los casos podemos orar con él u orar por él. Puede ser una oración general dando gracias a Dios por su amor, por la muerte de Cristo y luego pidiendo que él aplique esa verdad al oyente. Puede ser una primera parte orando por él y una segunda invitándole a acompañarnos en una confesión y entrega, que iremos repitiendo lentamente. En ese caso, será mejor saber de antemano que desea hacerlo así.

Esa oración debe ser ferviente, comprensiva y fraternal. Podemos pedir por «nuestro amigo», «por tu hijo que está en tu presencia», por «fulano». Todo ello según la persona y la confianza que tengamos con ella. Pero sí debe ser con plena confianza en el Padre, confianza que se trasmitirá al oyente.

«Y os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento». Y también habrá gozo en la tierra: en el corazón del salvado y en el corazón del instrumento humano que Dios haya utilizado para tal obra. ¿Habrá algún gozo mayor que éste en la vida de un creyente?

Pensamiento Cristiano, septiembre de 1966

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