Un pastor bautista quien estudió biología escribe sobre la ciencia y evolución

Evolución: la función no hace al órgano

La ciencia nos ha revelado verdaderos misterios y maravillas de la naturaleza; en mucho, nos ha acercado al pensamiento y método que debió seguir el divino Autor.

Para sacar a la luz algunos de sus descubrimientos debió hacer muchos ensayos, recibir golpes y experimentar fracasos. Queriendo satisfacer el loable anhelo de saber del hombre, debió emprender marchas atrevidas, que le condujeron unas veces a senderos felices y otras, a encrucijadas oscuras y sin salida.

Entre estos caminos cerrados, debemos colocar, en el terreno de las ciencias de la naturaleza, las teorías evolucionistas. Partieron de un principio erróneo: quisieron apartarse de Dios en el camino de sus especulaciones y por eso, en vez de dar luz y verdad, nos han legado una doctrina que puja por ser científica, sin conseguir pasar de mero sofisma filosófico.

Familia en discordia

Para comprender las teorías evolucionistas es necesario conocer su historia. No es nuestro propósito hacerla ahora; sólo queremos recordar que no existe una teoría única sobre la evolución que pretenda resolver el problema del origen de los organismos. Lo que existe es un conjunto de teorías que pretenden resolver parcialmente algunas de las tantas cuestiones que la vida orgánica plantea al investigador.

Estas teorías parciales se unen y se ayudan algunas veces o se combaten entre ellas las más de las veces. Los evolucionistas partidarios de cierta teoría, se encargan de demostrar la falsedad de otras y recíprocamente. Por eso es fácil conocer sus errores oponiendo simultáneamente uno al otro, y el sentido común y la verdad a todos.

Uso y desuso

Juan Bautista Lamarck, naturalista francés, publicó a principios del siglo pasado una obra intitulada «Philosophie Zoologique» en la que expuso una teoría evolucionista: la del uso y desuso.

Dice en su libro:

«El empleo frecuente y sostenido de un órgano lo fortifica y lo desarrolla; por el contrario, la falta de empleo de un órgano si se hace constante por los hábitos adquiridos, empobrece gradualmente dicho órgano y acaba por desaparecer».

En pocas palabras, la teoría consiste en afirmar que las especies se modifican por el uso o desuso que hagan de sus órganos para adaptarse al medio ambiente.

Adivinos

Esta teoría, como las otras sobre la misma materia, fue forjada no como resultado de investigaciones científicas, basadas en la observación y experiencia, sino simplemente por la imaginación de su autor. En realidad, ni Lamarck, ni nadie había estudiado hasta entonces de una manera científica el material que pudiese servir como elemento probatorio de esta teoría. La Anatomía Comparada, la Paleontología y la Embriología aún no habían pronunciado su palabra sobre el asunto y tardaron en hacerlo.

Isidro Mas de Ayala, autor evolucionista y partidario de Lamarck, dice:

«En tales circunstancias puede afirmarse que la obra de Lamarck, más que una obra científica apoyada sobre hechos precisos y fundados en observaciones reales, fue una obra de intuición genial, de maravillosa adivinación».

Popularidad infundada

A pesar de su falta de fundamento, esta teoría es una de las más populares. Cualquier asunto por difícil que sea se resuelve con la clásica y ridícula frase: la función hace al órgano. La ciencia se está encargando de demostrar la falta de solidez de tal teoría.

El naturalista Thomas H. Morgan, profesor de zoología experimental de la Universidad de Colombia, ha escrito un libro intitulado «Evolución y Mendelismo» en el cual hace una crítica a la teoría de la evolución, analizando los fundamentos en que pretende apoyarse. En el capítulo destinado a Lamarck, dice:

«La teoría tiene pocos partidarios entre los investigadores experimentados, pero tiene todavía una fama popular extendida y ruidosa».

En otro pasaje agrega:

«Mientras que en tiempo de Lamarck no existía prueba alguna opuesta a su ingeniosa teoría…. existen, por el contrario actualmente, pruebas de si son o no heredados los efectos del uso y desuso, y estas pruebas no están de acuerdo con la doctrina de Lamarck».

Teoría y ciencia

Según la teoría, los órganos de un animal se modifican con el uso. El pescuezo de la jirafa, por ejemplo, se alargó debido a un uso constante y determinado. Ahora bien, ¿cuánto podría haberse alargado en la vida de un animal? Indudablemente poquísimo. Suponiendo que esta mínima ganancia haya seguido aumentando en sus descendientes, ¿cuántos miles y miles de animales tendrían que haber existido desde el cuello corto hasta llegar a la longitud actual? Muchos.

La Paleontología no nos da para ninguna especie esa serie, ni aun aproximadamente, y por eso la teoría falla.

Otro problema no menos grave es el que se refiere a la suposición de que las modificaciones adquiridas se transmiten por herencia, pues la embriología está en contra de ella.

Lamarck dice en su libro:

«Se sabe que los ebrios toman poco alimento sólido y que se nutren casi exclusivamente con la bebida. Luego como las bebidas espirituosas permanecen poco tiempo, sea en el estómago, sea en el intestino, uno y otro pierden el hábito de distenderse. Por eso, a la larga su estómago se estrecha y sus intestinos se acortan».

Bien; pero, ¿acaso el hijo de ese ebrio tendrá por eso el intestino más corto que sus semejantes? Es claro que no.

Weismann, famoso naturalista alemán, fue el que demostró más acabadamente esa verdad. Morgan cita sus trabajos y nosotros, aprovechando así la doble autoridad de la cita, reproducimos:

«A Weismann más que ningún otro biólogo debe atribuirse la desgracia en que ha caído esta teoría. En una serie de brillantes artículos dejó al descubierto la insuficiencia de las supuestas pruebas en que descansaba la herencia de los caracteres adquiridos».

Weismann apeló al sentido común. Hizo algunos experimentos para refutar la hipótesis de Lamarck. Sencillamente, cortó la cola de algunos ratones durante algunas generaciones; pero no tuvo ningún descendiente sin cola y, aun cuando no da medidas exactas en coeficiente de error, no observó que la cola de los descendientes hubiesen acortado un ápice. La cresta de los gallos de pelea y las colas de ciertas razas de ovejas han sido cortadas durante muchas generaciones y esta costumbre continúa actualmente, porque las colas son todavía largas.

Conclusión

La evolución es un error, y enseñar ateísmo basado en ella, un absurdo. A los que tal hacen, les vendría muy bien recordar las siguientes palabras que el mismo Lamarck escribió en la introducción a su «Historia de los animales invertebrados»:

«Se ha pensado que la naturaleza era Dios mismo. … ¡Cosa extraña! Se ha confundido el reloj con el relojero, la obra con su autor. Seguramente esta idea es inconsecuente. La naturaleza no es de ninguna manera más que un intermediario entre Dios y las partes del universo físico para la ejecución de la voluntad divina».

«Según su especie», fue la regla establecida por el Génesis para la reproducción orgánica. Miles de años la han confirmado y por ello nosotros alabamos al Sumo Hacedor.

El Expositor Bautista

Origen de la vida

¿Generación espontánea?

Las teorías evolucionistas hacen descender al hombre de los mamíferos superiores y a éstos de otros animales inferiores a ellos, y así, estableciendo una escala decreciente, llegan a los organismos más sencillos, los unicelulares.

Suponiendo comprobada dicha teoría, (aunque no haya en realidad motivo para ello) los evolucionistas se encuentran frente a otro problema, quizá mucho más difícil, y es el problema de resolver cómo empezó a vivir el primer organismo, sea este vegetal o animal.

Como en el fondo de todos estos asuntos lo que más hay es el deseo de eliminar al Creador, se ha propuesto una teoría para conseguirlo en este terreno. Dicha teoría es la llamada generación espontánea.

Vitalistas y mecanistas

Son dos las grandes teorías que se debaten en el mundo científico sobre el origen de la vida: la teoría vitalista y la mecanista.

Los mecanistas, o materialistas, dicen que la vida es un producto de la materia a cuyas leyes generales es reductible. La vida es el resultado de una reacción físico-química.

Los vitalistas, en cambio, creen que la vida es algo completamente distinto y extraño a la materia, un principio superior e irreductible a la física y a la química.

Los creyentes somos vitalistas. Dios es quien dio la vida a la materia y no la materia que produjo la vida.

Una plaza perdida

Hasta principios de la Edad Moderna se creía que había animales pequeños, tales, por ejemplo, como las larvas de las moscas que se formaban espontáneamente.

El naturalista italiano Redi, dio el primer golpe a esta creencia, demostrando que sí se cubría la carne o el pan, impidiendo así que las moscas depositasen sus huevos, era imposible que la simple putrefacción o cualquier otra causa produjese larvas u otro bicho cualquiera.

Posteriormente, al aplicarse el microscopio a la observación, se encontraron animalitos mucho más pequeños y volvió a surgir la cuestión de la generación espontánea para explicar su existencia.

Fue el sabio Pasteur quien dio el golpe de gracia a estas teorías, desterrándolas para siempre del campo de la ciencia, por medio de sus célebres experimentos de esterilización. Demostró de manera inequívoca que no es posible el surgimiento de ningún organismo, por diminuto que sea, si se impide el depósito de sus gérmenes.

Hoy no se discute más el asunto, y la ciencia admite como dogma que todo ser vivo procede de otro anterior.

Vida y materia

Todo lo que vive, vegetal o animal, está compuesto de materia, formada por elementos químicos; elementos que constituyen, juntamente con muchos otros, la tierra, el agua y el aire.

No nos es posible ver manifestación de vida, sino en cuerpos que tienen por lo menos cuatro de esos elementos: carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno.

Cuando muere uno de estos seres, la sustancia orgánica, el cadáver diremos, se disocia por análisis y se reduce a los elementos de que estaba formado.

Los materialistas se aferran a esto para mostrarnos (lo que nada significa) que el hombre, los animales, las plantas, la tierra, etc., son absolutamente la misma cosa, pues todos están compuestos de los mismos elementos. Si ellos pudiesen, como lo pretenden con la generación espontánea, producir la vida con estos elementos, todo el problema mecanista quedaría resuelto.

Es bueno, sin embargo, tener en cuenta que el Génesis al hablar de la creación de las plantas y de los animales, reconoce el origen inorgánico de la materia de que están formados.

Moisés declara que Dios dijo: «produzca la tierra», «produzcan las aguas»; es decir, Dios creó dando la vida, pero hizo los cuerpos orgánicos con material existente en la tierra y en las aguas.

No hay motivo, entonces, para cacarear tanto, que sepamos un poco acerca de lo que es carne y hueso, pues Moisés lo dijo hace tiempo: «polvo eres y al polvo tornarás».

Todo esto tocante a la materia; en cuanto a la vida, no olvidemos que tiene un origen y un destino superiores.

Soplar y hacer botellas

Con la teoría de la evolución por delante, y sin ninguna explicación para la aparición de los primeros organismos vivientes, los mecanistas pensaron que, de acuerdo con su teoría, no les sería difícil encontrarla.

En realidad, se dijeron, si todo cuerpo viviente está formado por algunos elementos y la vida no es otra cosa que cierta combinación de éstos, será posible por medio de reacciones de síntesis, producir sustancias orgánicas con vida.

Hubo así más de un sabio que se dedicó a procurar vida en el laboratorio; no sería necesario decir que cualquier cosa consiguieron menos vida.

El doctor Ángel Gallardo, ex director del Museo Nacional de Buenos Aires, dice:

«De cuando en cuando aparecen algunos fabricantes de vida espontánea, de radiobos, etc., los cuales obtienen un éxito pasajero y renuevan el problema de la generación espontánea, pero hasta ahora no han conseguido modificar en nada las conclusiones experimentales de Pasteur».

El célebre zoólogo Charles Claus, dice en el primer tomo de su obra, que no es posible producir seres vivos por la acción de agentes físico—químicos, sino que su formación presupone la existencia anterior de seres iguales a él, y que la generación espontánea es inadmisible en el estado actual de nuestros conocimientos aún para las formas vivas más simples e inferiores.

Todas las tentativas de fabricación casera de vida fracasaron; es que, sin duda, hacer vida no es, como algunos creían, cosa de soplar y hacer botellas.

Millones a granel

No pudiendo resolver el asunto ni por la observación ni experimentalmente, creen resolverlo por medio de la hipótesis.

Como en las condiciones actuales de nuestro planeta está demostrado que es imposible la generación espontánea, nos dicen entonces, como jugando a las esquinitas, que ella puede haberse producido en otras épocas geológicas cuando nuestro planeta se encontraba en condiciones favorables. ¡Para ello multiplican los años como si fuesen marcos alemanes y nos mandan a quién sabe cuántos millones y millones de años atrás!

He aquí como habla con todo aplomo uno de esos señores:

«Los primeros organismos, cuando la temperatura del globo era de 70 u 80 grados, aparecieron gracias al contacto de sustancias inorgánicas disueltas en el agua salada. Se produjo el proceso químico como en un matraz y la vida fue». (Zoología, por Víctor Mercante.)

Según el doctor Ch. Jakob, la vida empezó a madurar, a «hacerse» hace (nadie se asuste) 500 millones de años, y después de pasar por varios períodos progresivos, se formó el primer plasma con vida hace 173 millones de años.

¡Vaya una espontaneidad! ¡327 millones de años para formarse!

El mismo autor agrega: «Unos autores llegan a cifras mayores, otros a menores al respecto, variando sus cálculos en ambas direcciones hasta en un décuplo de las cifras arriba indicadas». Esto demuestra la fantasía que existe en esta clase de especulaciones.

Ahora que sabemos cómo hablan los mecanistas, dejemos a un lado la cuestión fechas y pensemos un poco: todo esto es como decir que el reloj que tenemos delante de nuestros ojos se hizo solo, pero eso no es nada todavía, tenemos que decir también que nadie le ha dado cuerda; empezó a marchar solo y seguirá haciéndolo sólo, solito, por el juego de sus ruedas y engranajes.

Si es absurdo pensar que la mera casualidad unió los elementos, lo es más aún pensar que una vez reunidos se pusieron, por su propio impulso, en marcha, marcha ascendente hacia la vida…

Dice el filósofo Bergson que las explicaciones de las formas y de los fenómenos de la vida, teniendo por base causas materiales, son comparables a las que procuran explicar las formas del cauce de un río por atracciones, repulsiones, frotamientos, combinaciones, etc., de las rocas, sin tener en cuenta la corriente de agua que es la causa primera.

El doctor W. Thomson, siendo presidente de la Sociedad de Naturalistas ingleses, en el discurso de apertura de una de sus sesiones, dijo:

«Una manera de mirar en la que se apoyan todavía muchos naturalistas, admite que bajo ciertas condiciones meteorológicas diferentes de las actuales, la materia muerta se pudo cristalizar o fermentar de manera de producir gérmenes vivientes o células vivas o protoplasma. Pero la ciencia lanza una multitud de pruebas inductivas contra esta hipótesis de la generación espontánea. Un examen minucioso no ha descubierto, hasta este día, ningún principio de la vida sino la vida misma. La materia muerta no puede venir a la vida sin la influencia de la materia ya viviente. Este es un punto de la ciencia que me parece tan cierto como la ley de la gravitación. Y yo estoy pronto a aceptar como artículo de fe de la ciencia válida para todos los tiempos y todas las especies: Que la vida sale de la vida y únicamente de la vida».

Reconoceremos siempre a Dios como el único dador de la vida, y sin cesar le agradeceremos la gran parte, la privilegiada parte, otorgada al hombre en el augusto día de la creación.

Santiago Canclini
El Expositor Bautista

Evolución y la inteligencia humana

Razonar, comparar, discernir y juzgar, son privilegios de una mente que posee inteligencia; son funciones psíquicas superiores que corresponden al hombre.

Obrar sin razonamiento previo, sin escoger, sin meditar, guiados por un impulso heredado, el instinto, son actos psíquicos inferiores; en general, patrimonio de los animales.

Veamos dos ejemplos: el hombre que quiere hacer un chalet, tiene mucho que aprender para conseguirlo, tiene que ejercitar su inteligencia. El pájaro, en cambio, al hacer su nido, verdaderos castillos dentro de lo relativo, no tiene nada que aprender; lo hace igual y con la misma perfección que sus antepasados de la especie, aunque nunca haya visto otro. El instinto le sirve de guía.

Bossuet dice, en uno de sus trabajos:

«Después de haber probado que las bestias obran por razonamiento, examinemos por qué principios se debe creer que obran. Porque es necesario que Dios haya puesto alguna cosa en ellos para hacerles obrar convenientemente como lo hacen e anclarlos hacia el fin para el cual están destinados. Eso se llama instinto. Esta palabra instinto, en general, significa impulsión: es opuesto a escoger y se tiene razón de decir que los animales obran por impulsión más bien que por razonamiento».

Para completar la tesis evolucionista, sus sostenedores se han visto en la necesidad de adjudicar inteligencia a los animales. Pretenden demostrar que ella no es exclusiva del hombre, y que lo que éste posee no es más que el último término de una progresión creciente, cuyo origen hay que buscarlo en los animales inferiores.

Así, por ejemplo, George Behn, al finalizar su libro La naissance de l’intelligence, después de haber hecho una supuesta historia filogenética de la inteligencia, se jacta de no haber tenido necesidad de usar la palabra instinto.

Tratan de elevar psíquicamente a la bestia y rebajar al hombre para poder afirmar el origen común de ambos, y con ello destruir la idea de conciencia y de responsabilidad ante Dios.

Sin embargo, en este asunto, lo mismo que sucede con todos los otros relacionados con la teoría, las opiniones están muy divididas al respecto. Es de interés recordar que Darwin admitía la noción de la fijeza original del instinto. Un capítulo de El origen de las especies, intitulado Instinto, comienza así:

«Muchos instintos son tan maravillosos, que su desarrollo será probablemente para el lector dificultad que basta para echar por tierra toda nuestra teoría, por lo cual de antemano diremos que nada tenemos que ver con el origen de las facultades mentales ni con el de la vida».

En otro párrafo del mismo capítulo, leemos:

«Puede demostrarse claramente ser imposible que los instintos más maravillosos que conocemos, a saber, los de la abeja de colmena y los de muchas hormigas, hayan sido adquiridos por hábito».

Se ha dicho, y con razón, que estas ideas de Darwin son una inconsecuencia con la teoría de la evolución. Otros, para librarse de esta inconsecuencia, trataron de eliminar el instinto de la teoría, obrando así, en contra de lo que enseña la verdadera ciencia.

J. H. Favre, el más famoso de todos los entomólogos, que ha dedicado su vida al estudio de los insectos, es quien pone en ridículo, mediante sus observaciones y experimentos, a muchos evolucionistas y a sus extravagantes ideas acerca de la mentalidad animal.

De sus muchos trabajos, tomamos un solo ejemplo, que se encuentra en el libro traducido al castellano con el título de Maravillas del instinto en los insectos.

Se trata de un pequeño escarabajo, llamado necróforo, cuya particularidad más notable es la costumbre que tiene de enterrar cuanto cadáver de sapo, ratón, etc., encuentra, y una vez depositado bajo tierra, pone así sus huevos para que al nacer las larvas se encuentren con el alimento preparado.

«Con este método expeditivo, dice Fabre, el necróforo es el primer saneador de los campos. También es un insecto de los más famosos en lo tocante a aptitudes psíquicas. Dicen que esta saltatumbas está dotado probablemente de facultades intelectuales».

Lacordaire, otro naturalista, a raíz de dos historias acerca de los necróforos relatadas por Clairville y Gledditsch, respectivamente, dice: «que en tales actos no es posible resistirse a admitir la intervención del raciocinio» y «que tiene todos los indicios de la intervención de la razón».

Fabre hace a tal afirmación el siguiente comentario:

«Admitir la lúcida conciencia de las relaciones entre el efecto y la causa, el fin y los medios, es afirmación de grave transcendencia. No conozco nada más apropiado a las brutalidades filosóficas de mi tiempo….

«Verdad es que en entomología se necesita cierta dosis de candidez. Sin ella, chifladura a los ojos de las personas prácticas, ¿quién se entretendría en estudiar tan menudos animalitos? Si, seamos cándidos, sin ser puerilmente crédulos. Antes de hacer razonar a la bestia, razonemos un poco nosotros; sobre todo, consultemos la prueba experimental. Un hecho cogido al azar, sin crítica, no puede ser ley.

«No me propongo, ¡oh valientes sepultureros! denigrar vuestros méritos; lejos de mi tal pensamiento. No, mi intento no es aminorar vuestra fama. Además, la historia imparcial no tiene por qué sostener una tesis determinada: va a donde los hechos la conducen. Únicamente deseo interrogaros respecto a la lógica que se os atribuyen. ¿Tenéis o no tenéis luces racionales, germen humilde de la razón humana? Tal es el problema».

Sigue el relato minucioso de más de dos meses de observaciones y experimentos y luego expresa así sus conclusiones:

«Otro hermoso argumento en favor de la razón de los animales, que huye de las claridades de la experiencia y zozobra en el cenagal de los errores.

«Admiro vuestra buena fe, ¡oh maestros que tomáis en serio el dicho de observadores de casualidad, más ricos de imaginación que de veracidad! Admiro vuestro crédulo ardor cuando, sin crítica, construís vuestras teorías sobre semejantes necedades».

Después de nuevas pruebas afirma:

«Pero no lo hacen porque no piensan en ello, y no piensen en ello porque están desprovistos de lo que, para apuntalar su tesis, les concede la malsana prodigalidad del transformismo.

«¡Divina razón, sol de inteligencia, qué torpe losa ponen en tu augusto rostro los glorificadores del bruto cuando te envilecen con esta pesadez!»

Fabre termina su trabajo sobre los necróforos con estas palabras.

«Como los demás, a pesar de su legendaria fama, tan sólo tiene por guía el inconsciente impulso del instinto».

Todo esto nos demuestra cuán débil es el apoyo que la teoría de la evolución encuentra en la ciencia. Es insondable el abismo que existe entre el pensamiento humano y las funciones psíquicas de los animales, aún entre los más favorecidos.

Reformándonos por la renovación de nuestro entendimiento seguiremos ofreciendo a Dios nuestro racional culto.

El Expositor Bautista

La Ciencia no puede suplantar a la religión

Ciencia: he ahí el resultado de la ambición de saber el hombre, deseo justificado y noble. Religión: he ahí
la gran necesidad y suprema realización de la fe del humano. Conocimientos y fe, ambos a una, son elementos necesarios para la integridad de una vida normal.

Un dicho vulgar, entre doctos e indoctos, es que a medida que la ciencia progresa la religión desaparece, allí donde la ciencia crece y vive, la religión se oblitera y muere. A primera vista parecería que esto fuera así, máxime cuando se observa un cierto número de personas cultas que hacen profesión de irreligiosidad, pero, a lo mucho de profundizar el asunto nos damos cuenta de que tal razonamiento carece de fundamento. La razón de la irreligiosidad del incrédulo intelectual debe buscarse en otra parte que no sea en el depósito de sus conocimientos. En muchos casos, en que se dice que los estudiosos han hecho descreídos, se trata de conocimientos adquiridos y basados en prejuicios antirreligiosos, que son conducido al lugar escogido con anterioridad, pero, las más de las veces, las causas de la incredulidad son las mismas en el ignorante y en el sabio.

Por otra parte son legión los hombres de saber, acostumbrados al rigor de las investigaciones científicas que podrían citarse, como sabios y creyentes al mismo tiempo.

No dudamos de que ciertas formas de religión se han sentido afectadas y aún han caído, frente a los adelantos de la ciencia, pero eso no implica, en manera alguna, nada en contra de la persistencia profundamente arraigada en el corazón del hombre del sentimiento religioso y de una religión bien entendida aplicada a su vida y capaz, como lo es el evangelio, de levantarlo a alturas morales y espirituales, no alcanzadas por otro medio.

Comte, fundador de la escuela positivista, pretendió suprimir la religión, excluyéndola de su sistema; la humanidad ha pasado según él por tres etapas, la teológica, la metafísica y la positiva o científica. La época teológica corresponde a la era del hombre primitivo que, debido a sus pocos alcances y frente a un mundo que no comprendía, animó las cosas en su imaginación y creó los dioses y con ello la religión. Mas tarde con el desarrollo del pensamiento el hombre buscó una solución teórica a los problemas del universo, dio un paso hacia adelante, y, filosofando, creó la metafísica. Por la observación y la experimentación le llevó a la era de los conocimientos positivos, a la ciencia. En esta última época estaríamos ahora, la metafísica y la religión no sería sino resabios del pasado.

Comte no está en lo cierto y ello ha sido mil veces demostrado por filósofos y científicos; la época que realmente ha pasado es la época del positivismo, pues ya casi solo figura como un capítulo de la Historia de la Filosofía. Pero a pesar de que el positivismo es generalmente rechazado, como un sistema insuficiente y pobre, en lo que respecta a la religión, las ideas vulgares se asemejan mucho a las comtianas: la religión, dicen, tuvo su lugar en la humanidad pero ha sido reemplazada por los conocimientos positivos. Y se da énfasis a lo de positivo como si la religión no fuese también algo positivo y real en el corazón del hombre.

El error de esta posición, como lo ha hecho notar claramente el filósofo Augusto Sabatier, estriba en considerar la religión como un conocimiento, porque, aunque es cierto que siempre el sentimiento religioso va acompañado de inteligencia y razonamiento — y hablamos de ese sentimiento aplicado al evangelio de Cristo —es, sin embargo, de naturaleza completamente diferente. El resuelve problemas y satisface necesidades que la inteligencia por si sola no puede alcanzar.

Hay que advertir, además, que el sentimiento religioso se manifiesta en todos los tiempos y en los hombres de todas las tallas: esto es también un hecho positivo. Estamos en el siglo de la ciencia pero también en el de la fe, el de la religión.

Los tres estados, teológico, metafísico y científicos, son tres estados que coexisten en cada hombre, no son sucesivos sino simultáneos. Son cosa completamente diferentes la investigación científica para conocer el mundo fenoménico, el esfuerzo especulativo de la filosofía y la religión que satisface la vida, le da sentidos y une al alma con su principio y su fin.

Durante la última parte de bu vida, Comte debió darse cuenta de la imposibilidad de arrancar el sentimiento religioso del corazón del hombre y para llenar el vacío de su sistema creó una religión, pero ¡que religión! La religión comtiana tiene su dios, la Humanidad (así con mayúscula y todo) sus santos, su virgen, su «Catecismo Positivista» etc., etc. Toda una maltrecha caricatura de religión, que, si para algo sirve, es para demostrar esa necesidad imperiosa e insustituible en el hombre de elevar su espíritu más allá de lo que palpa y mide.

La ciencia lejos de llevar al hombre a la solución de todos los problemas, los acrecienta, lejos de resolver todas sus inquietudes, las agrava. El hombre no puede investigar sin llegar a la conclusión de su limitación e ignorancia. Muy pedante debe ser aquel que se atreva a decir que la ciencia puede llegar a solucionar todos los misterios y problemas del universo.

La fe, cuando la inteligencia nos deja, cuando nuestros sentidos se reconocen limitados, nos lleva a la solución práctica y final de problemas de otra manera insolubles. La ciencia por sí sola nos lleva a la fe o a la desesperación.

He aquí las preguntas que se hizo al fin Spencer; el desarrollador de la teoría de la evolución:

«Entre los que saben más cosas, mejor aún, entre los que saben menos se siente la necesidad de explicación… Cuando pensamos en las miríadas de años del pasado de la tierra, durante las cuales han ocupado la superficie diversas formas de criaturas, pequeñas y grandes que, matando y muriendo, han evolucionado gradualmente, ¿cómo contestar a la pregunta? «¿Con qué objeto?» Elevándonos a problemas más amplios, ¿en qué forma interpretaremos la falta de vida de los grandes cuerpos celestes, los planetas gigantes, y el sol, en proporción a los cuales son puntos insignificantes los planetas habitables? … Detrás de estos misterios existe, luego, el misterio que los abarca: ¿de qué sirve esta transformación universal que ha seguido incesantemente su curso a través de la eternidad del pasado y que lo seguirá a través de una eternidad futura? Y paralelamente a esta transformación se desarrolla esta formidable pregunta: ¿Qué sucederá si no existe en parte alguna comprensión para todo esto, que ahora es incomprensible para nosotros?»

La inquietud de espíritu de este hombre de ciencia, su sentimiento de ignorancia, su recogimiento religioso, al fin y al cabo, frente a los enigmas del universo ¿difieren de la actitud del hombre primitivo frente a la naturaleza que no comprendía? No, el problema varió en su forma pero no en su contenido y la necesidad religiosa solo se ha hecho más palpable.

El sólo desarrollo intelectual no consigue el mejoramiento moral. Si algo hace, cuando esos conocimientos son mal impartidos, es producir una inmoralidad ilustrada. Y si la ciencia no puede resolver el problema moral de nuestra vida ¿podrá resolver el problema religioso, base, fundamento y fuerza propulsora de aquél?

La ciencia no puede suplantar a la religión ni la religión a la ciencia; cada una tiene su campo de acción y ambas son útiles al hombre.

Siga la ciencia su camino, descubra los arcanos del universo, apodérese de las fuerzas naturales, disipe las sombras de la ignorancia, aplique sus conocimientos a la medicina, a la agricultura y a la industria para beneficio del hombre, y sea la religión, y la religión personificada en Cristo, la que satisfaga las necesidades espirituales de nuestra vida, la que nos impulse vigor moral para una vida pura, la que nos eleve hasta Dios abriéndonos las puertas de la eternidad.

La Palabra

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