Biografías de grandes cristianos hispanos: Cipriano Tornos

Lo siguiente son datos biográficos de diversas fuentes acerca de Cipriano Tornos, quien junto con Juan Bautista Cabrera, fue uno de los revisores de la Reina-Valera 1909:


Es con mucho sentimiento que comunicamos a nuestros lectores la dolorosa pérdida que acaba de sufrir la Iglesia Evangélica Española en Madrid por el fallecimiento de su pastor, D. Cipriano Tornos, acaecido el día 30 de noviembre último [1918] a la edad de ochenta y cinco años. Tal pérdida no dejará de sentirse por todo el país. Personalmente guardamos recuerdos preciosos de tan fiel y cariñoso amigo.

Los siguientes datos históricos referentes a nuestro apreciable hermano en la fe los entresacamos de los publicados por El Cristiano de Madrid, periódico de que el finado era director por muchos años:

Don Cipriano Tornos era natural de Ateca, provincia de Zaragoza. A la edad de catorce años ingresó en la orden de las Escuelas Pías. A los veintitrés años recibió las órdenes de diácono, y bien pronto se dio a conocer como orador de extraordinarios dones. Fue nombrado predicador de la Real Capilla en los días de Isabel II. Cuando se estableció en España la libertad de cultos, hace 50 años, el P. Tornos dedicó todas sus energías a combatir la propaganda protestante que comenzó a hacerse en Madrid, como en toda España.

Fue precisamente en el confesionario, y cuando trataba de destruir la influencia de
las ideas evangélicas, donde llegaron a sus manos algunos folletos evangélicos, y gradualmente la luz de la verdad fue iluminando su entendimiento hasta que se decidió a romper los lazos que tan fuertemente habían atado su alma, y se afilió a la Iglesia Evangélica.

El día 1ro de noviembre de 1874, ante un numeroso auditorio, atraído por la extraordinaria nueva, predicó su primer sermón evangélico en la capilla de la calle de Leganitos, que iba a ser por espacio de cuarenta años la escena de sus trabajos pastorales.

Como era de esperar, la conversión del renombrado predicador romanista produjo enorme sensación en todas partes. Los periódicos ultramontanos se desataron en improperios y calumnias contra el nuevo heraldo del Evangelio. Los enemigos procuraron impedir sus trabajos intentando alterar el orden en los cultos; se habló hasta de volar la capilla con dinamita. Pero el Señor defendió su obra, y el Pastor la vio aumentar de día en día.

Don Cipriano Tornos ha caído como un guerrero en medio del combate. El último Domingo de su vida, en la tierra, día 24 de noviembre, predicó mañana y tarde; durante el segundo culto se sintió indispuesto, y abrevió su sermón.

Al día siguiente continuaba enfermo, luego se acentuó una bronquitis crónica que padecía y las fuerzas se disminuían. En uno de aquellos momentos dijo: Yo estoy completamente resignado con la voluntad de Dios.

A un joven hermano que le dijo: Jesús es un buen Salvador; contestó: «No hay otro. No hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos».

A lo anterior, que ha sido muy abreviado en atención a nuestro limitado espacio, queremos añadir un dato más. En el año 1876 se celebró en Madrid una Convención cristiana de todos los obreros evangélicos de España, en los días 19 al 24 de abril, en la cual 29 obreros tomaron la palabra. La última reunión se celebró en la capilla de la calle de Madera Baja y el señor Tornos la presidió, y pronunció en la ocasión un breve discurso de despedida, rebosando amor fraternal, y a su conclusión, dirigiéndose a los pastores de las Provincias, dijo: «Hermanos, id en paz y en la bendición de Dios a vuestras familias y a vuestras obras … Grande es la misión que tenéis … Predicad a Jesús y a éste crucificado a todos los que quieran escuchar, y a todos los que no quieran. Decidles que hay un Dios y asimismo un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Decidles que hay un nombre dado a los hombres por el cual podemos ser salvos y que no hay otro, es el nombre más dulce, el de Jesús. Decidles que la sangre de Jesús limpia de todo pecado».

Es interesante observar que lo que llenaba el corazón de Cipriano Tornos en aquella reunión memorable de cuarenta y dos años pasados lo conservaba hasta el fin, y que entre las últimas palabras que brotaban de sus labios moribundos, eran las que encargó a sus hermanos que predicasen en todos los ámbitos de su querida España.

¡Alabado sea Dios por la constancia y fidelidad del amante y amable Pastor Tornos, y por el testimonio con que acabó su carrera.

El Evangelista, enero de 1919


Nuestras primeras palabras este mes habrán de ser un tributo a la memoria del hombre íntegro, del alma buena, que acaba de entrar en el reposo del Señor. Don Cipriano Tornos era el caudillo venerable, querido y respetado por todos los evangélicos españoles, que supo luchar siempre con ánimo esforzado e infundir alientos a las huestes que capitaneaba.

Como todos saben, D. Cipriano Tornos procedía de la Iglesia Católica, y había sido, como el llorado obispo Cabrera, fraile escolapio. Alma eminentemente religiosa, pronto alcanzó gran renombre como orador sagrado, siendo nombrado predicador de la Real Capilla en los tiempos de Isabel II. Hombre sincero, fue un adalid de su Iglesia mientras creyó que ella estaba la verdad de Cristo, y combatió al Protestantismo introducido en España a raíz de la Revolución de Septiembre. Pero cuando se convenció de que la verdad del Evangelio se hallaba en el Protestantismo y no en su Iglesia, no quiso hacer traición a su conciencia, y de adversario convirtióse en defensor de la fe que antes combatía. Cuarenta y cuatro años ha durado su combate espiritual. Desde el púlpito de Leganitos, semana tras semana su palabra elocuente y llena de unción espiritual edificó y arrebató el corazón de sus oyentes. Por centenares se ha contado el número de las almas que se convirtieron a Cristo el influjo mágico de su voz; y es que hablaba con fuego santo, poniendo a contribución todo el entusiasmo de su alma grande, dejando que el fervor de su corazón se derramase por su boca.

El llorado caudillo tenía dos congregaciones. Una que le escuchaba desde los bancos de su iglesia, y otra que le siguió atenta en las columnas de El Cristiano.

Se contaban por cientos las personas que esperaban con interés permanente la llegada del periódico por sólo leer lo que D. Cipriano escribía; y como escribió poniendo el mismo fervor que cuando hablaba, fueron muchos los que por medio de la lectura de sus artículos llegaron a conocer a Cristo.

Ha muerto como los héroes: en la brecha. Por su avanzada edad hacía ya mucho que tenía derecho a un bien ganado descanso, y, sin embargo, ni pensó en él. Con sus ochenta y cinco años continuaba escribiendo y predicando, dando ejemplo de amor al trabajo y revelando un ánimo templado como pocos se hallan. Con toda justicia puede decirse de él que ha peleado la buena batalla, que ha terminado su carrera, que ha guardado la fe. Su obra ha sido grande, magnífica, como la de un siervo de Dios que se entrega de lleno al servicio del Maestro. Ahora muerto, su memoria está pidiendo fieles y dignos imitadores.
Revista La Luz Año 50 Núm. 1030 Diciembre 1918, página 364


Es un hecho fuera de toda duda que los grandes reformadores religiosos, tanto en Europa como en América, han sido sacerdotes católicos, de gran talento todos ellos, y de una fidelidad pasmosa a las doctrinas del Crucificado, después de su conversión al Evangelio. Lutero y Calvino fueron sacerdotes católicos; Aguas y Palacios en México y Tornos en España, fueron también sacerdotes católicos que echaron los cimientos de la doctrina evangélica sólidamente y contribuyeron con toda eficacia al extendimiento del Reino de Cristo en sus respectivos países. Este hecho se explica por dos circunstancias, y son: primera, porque nadie mejor que ellos han conocido las debilidades y los grandes defectos del romanismo, en relación con la doctrina cristiana; y segundo, porque su familiarización con los conocimientos de su época y su competencia en asuntos religiosos les permitía examinar y comparar con más facilidad las diferencias entre uno y otro sistema con más competencia y acierto que cualquiera otra persona.
Así, pues, el señor Tornos nació en Atea, provincia de España, en el año de 1833. Sus padres humildes pero piadosos, se interesaron en darle una instrucción religiosa a cuyo efecto lo hicieron ingresar a la Orden de Escuelas Pías a la temprana edad de catorce años. Nueve años más tarde fue ordenado al diaconado, distinguiéndose por sus dotes oratorias muy pronto después.

Cuando España decretó la libertad de cultos, don Cipriano, en el pleno vigor de su vida, se dedicó a combatir ardorosa y tenaz mente al protestantismo, valiéndose del púlpito y del confesonario. En este último lugar, cuando combatía con más encarnizamiento fue donde uno de sus penitentes le entregó unos tratados que había recibido de mano de los protestantes. Leyó Don Cipriano con avidez estos folletos, quizá no con el objeto de encontrar allí la verdad, sino con el propósito de hallar motivo para sus ataques. Mas Dios, en su divina gracia, hizo brillar su luz divina en la inteligencia de aquel enemigo de la verdad y, en vez de arremeter de nuevo contra el protestantismo, se interesó en obtener un texto de teología evangélica. Leyó las ciento diez consideraciones por Juan Valdés y las obras de Juan Pérez, obteniendo como resultado el conocimiento de que el Evangelio es la verdad,,y el 1ro de noviembre de 1874, cuando apenas contaba 41 años de edad, predicó su primer sermón evangélico en la misión de la calle de Leganitos.

Desde entonces sus energías físicas, sus actividades intelectuales y todos los afectos de su corazón fueron consagrados a la evangelización de su pueblo. Fue redactor de la Sociedad de Tratados por cuarenta años en donde hizo una buena propaganda de sus doctrinas.
Ocupó el puesto de presidente de la Alianza Evangélica desde su organización, fue partidario decidido de una completa libertad de cultos y trabajó en ese sentido hasta el fin de su carrera en este mundo la cual terminó el 30 de noviembre del año próximo pasado a la edad de 85 años.

Duerma en paz el cristiano activo, el escritor fogoso y el sagrado orador elocuente y que su obra perdure dando fruto para el bien de su pueblo.

El Abogado Cristiano, 6 de febrero de 1919


«Ha Resucitado»

Un pensamiento por Cipriano Tornos

¿Ha resucitado Jesucristo? Luego todo lo que ha enseñado, todo lo que ha hecho y todo lo que ha prometido, es divinamente verdadero; pues de no ser así, Dios hubiera confirmado con su poder la falsedad y la mentira.

¿Ha resucitado Jesucristo? Tema y tiemble la sinagoga, pues aquella boca que con tanta autoridad la censuraba, está abierta de nuevo, y abierta para no cerrarse ya más.

¿Ha resucitado Jesucristo? Alegría y esperanza para los amigos del muerto. «Esperábamos,» decían los viajeros de Emaús, y sus esperanzas han tenido la más satisfactoria realidad.

¿Ha resucitado Jesucristo? «Vosotras no tengáis miedo-dice a las mujeres el ángel;-pues el que amabais y llorabais muerto, ha resucitado, no está aquí: mirad el sitio donde le pusieron».

¿Ha resucitado Jesucristo? Ya sabes, pues, ¡oh amante Magdalena! dónde esté el que con tanta ansia buscas. No está entre los muertos; porque el que es la Vida, no puede permanecer en los dominios de la muerte.

¿Ha resucitado Jesucristo? Repita, pues, el pueblo cristiano con el antes incrédulo Tomás: «Señor mío y Dios mío!»

¿Ha resucitado Jesucristo? Pues «bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». Jesús lloró y sufrió mucho: su tristeza y sufrimientos se han tornado en gozo, que ya nada ni nadie le podrá quitar.

¿Ha resucitado Jesucristo? También nosotros resucitaremos, pues no es dable resucitar sólo la cabeza, quedando muerto el cuerpo, y «nosotros somos el cuerpo de Cristo».

¿Ha resucitado Jesucristo? Está vencida la muerte por Aquel que había vencido ya al mundo y al infierno. Dónde está, ¡oh muerte! tu aguijón? Donde está, ¡oh sepulcro!, tu victoria?

¿Ha resucitado Jesucristo? No llores ya, cristiano, «como aquellos que no tienen esperanza», cuando depositas en la fosa el cadáver de un ser a quien amabas. Ese sepulcro se abrirá un día, no lejano por cierto, porque los años se pasan como un pensamiento, y «los muertos en Cristo resucitarán con él».

¿Ha resucitado Jesucristo? Por qué pueblo judío, no crees en él? ¿Dónde está el cadáver del que crucificaron tus abuelos?

¿Ha resucitado Jesucristo? ¡Aleluya! Bendición, gloria y alabanza al que murió y vive, y reinará por los siglos de los siglos. Amen.

El Abogado Cristiano. 17 de abril de 1919

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