El carácter del ministro cristiano

Hablando generalmente, el carácter es el conjunto de cualidades morales que distingue a los hombres unos de otros–es la manera de ser propia de cada persona. Por lo tanto, al ocuparnos del carácter del ministro cristiano, tratamos de inquirir cuáles son las cualidades y lineamientos morales que deben concurrir en todo hombre que, habiendo sido previamente, iluminado, tocado y regenerado por la gracia divina, mediante la obra eficiente del Espíritu Santo, ha sido después llamado por Dios mismo para proclamar a sus semejantes el glorioso «evangelio de los bienes».

Mas como la imperfección es característica de la humanidad, por más que en el curso de los siglos haya habido verdaderos ministros del Evangelio que hayan descollado, tanto por su virtud como por su ilustración y consagración, yo no vengo a vosotros en esta vez para deciros lo que ha sido el carácter del ministro de Jesús; porque para poder aproximarnos al blanco de nuestra vocación, como dice el gran apóstol, nos conviene «olvidar ciertamente lo que queda atrás y extendernos hacia lo que está delante». Vengo, sí, para deciros con la ayuda del Señor, lo que debe ser el carácter del ministro cristiano.

I. La Importancia del Carácter

En estos tiempos de verdadero adelanto intelectual y de palpable degeneración moral, en los cuales la piedad naufraga o se debilita precisamente por as crecientes y continuas manifestaciones de la maldad, preciso es dignificar el carácter; preciso es que ante todo comprendamos que, moralmente hablando, el hombre es ante Dios y ante los hombres de buen sentido lo es su propio carácter; preciso es que nos percatemos de que el carácter está sobre todas las cosas.

El valor y poderío de las riquezas son quiméricos ante el valor y poderío del carácter; porque las mejores riquezas muchas veces pervierten y jamás son inseparables del que las posee, mientras que el buen carácter ennoblece, dignifica y permanece para siempre. Decía el estoico a su acaudalado interlocutor: «Vos tenéis vajilla de plata, pero vuestras razones, vuestros principios y vuestros apetitos son de barro».

Más vale el carácter que el poder conquistador; porque el sabio ha dicho que, «es mejor el que gobierna su espíritu que el que conquista una ciudad».

El carácter supera al genio; porque, como dice Smiles, al genio solamente se admira, mientras que al carácter además se respeta y se imita. Además pudiera decirse que el genio sólo deslumbra o cuando más cautiva y embelesa; pero el carácter enseña.

Grande y deseable es la cultura intelectual en todos sus departamentos; pero más grande y deseable es la cultura del carácter. Alguien ha dicho que, «ningún hombre está obligado a ser sabio; pero todo hombre está obligado a ser honrado». El talento y el saber sin el carácter generalmente naufragan sobre el mar encrespado de las pasiones humanas; porque al fin, tarde o temprano, el corazón domina a la razón y hace al hombre el ludibrio de sus intentos. Así precisamente lo insinuó el divino Maestro cuando dijo: «Mas lo que sale de la boca, del corazón sale; porque del corazón salen los malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias» (Mat. 15:18, 19). Y otra vez: «¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar bien siendo malos? porque de la abundancia del corazón habla la boca. … El hombre malo del mal tesoro de su corazón saca malas cosas» (Mat. 12:34, 35). ¡Oh! si así es, con razón el sabio decía: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida» (Prov. 4:23).

Alguna vez cierto individuo frívolo trató de ponderar los talentos intelectuales y los adornos literarios diciendo a Sir Walter Scott que era lo que más se debiera honrar y estimar. «Que Dios nos asista!»-replicó el escritor gigante. Este mundo sería demasiado triste, si tal fuera la verdadera doctrina. En mis tiempos he leído bastantes libros; he conversado con personas eminentes de talento espléndidamente cultivado; pero os aseguro que he oído salir de los labios de pobres personas sin educación, hombres y mujeres, pensamientos y sentimientos como no se ven sino en la Biblia; y eso mientras luchaban con heroísmo tranquilo contra las dificultades y las aflicciones de su penosa existencia. No aprenderemos jamás a comprender y a respetar nuestra verdadera vocación y nuestro destino, si no nos habituamos a considerar como secundario todo aquello que no concierne a la educación del corazón». Nada extraño es, que Jorge Herbert haya dicho que «un puñado de buenas acciones valen una fanega de ciencia» …

II. El Espectro del Carácter Ministerial

Ahora, hagamos pasar lo que pudiéramos llamar el ideal del carácter del ministro cristiano a través del prisma de la reflexión para que podamos darnos cuenta de toda su excelencia. Al hacerlo hallamos que es tan múltiple en sus manifestaciones que su espectro nos presenta mayor número de elementos que el espectro natural. Y no podría ser de otra manera, puesto que en él se comprenden tanto las cualidades propias de la vida, pública y social del ministro como las manifestaciones de su vida privada.

Debido a su vocación y al ejercicio de su ministerio, el ministro ocupa un lugar prominente en la sociedad. Cuando menos es el blanco en el cual se fijan todas las miradas, unas en espera de consuelo, enseñanza y consejo y otras en actitud de crítica y de acopio de datos para poder impugnar o, si es posible, para poner en la picota del escarnio la santa causa que representa. De allí la imperiosa necesidad de que tanto la vida pública del ministro como la privada sean, en cuanto se pueda, la palpable realización de todos los ideales levantados del Evangelio; porque es como la ciudad asentada sobre la montaña, que no se puede esconder. Por eso el Apóstol Pablo, delineando el carácter ministerial, después de mencionar las principales cualidades de la vida privada, dice: «También conviene que tenga buen testimonio de los extraños, para que no caiga en afrenta y en el lazo del Diablo» (1 Tim. 3:7).

l. El ministro ha de distinguirse entre todos los demás hombres por su veracidad. Es estudiante asiduo de la verdad, y no de la verdad que procede de los hombres, sino de la que tiene su origen en Dios, y por eso es quien está mejor capacitado para comprenderla y amarla. Tiene contacto constante con la mentira humana; más de una vez ha sido víctima de ella, y con frecuencia ha sentido desleírse su alma viendo a la humanidad entregada a la mentira y al error, y por eso naturalmente odia la mentira. Es pregonero de verdad celestial; ésta ha iluminado su conciencia, inflamado su alma, rectificado sus afectos y su voluntad; en suma, ha conquistado su ser entero. Por esto cuando piensa, su pensamiento tiene la verdad por norma; y cuando habla, su corazón tiene la verdad por inspiración.

¡Oh amados compañeros, qué fenómeno tan grande e incomprensible es el ministro mentiroso! Es la más grande de las incompatibilidades, el más vil de los sarcasmos, la más impenetrable de las profundidades de Satanás. La incompatibilidad se halla en que, siendo el ministro un hombre de Dios, conquistado por la verdad para predicar esa misma verdad, hable algunas veces mentira, la cual, según el verbo infalible de Jesús, es del Diablo. El sarcasmo está en que es una burla satánica el mover a un hombre consagrado a la verdad, a que profiera palabras de engaño. La profundidad de Satanás se ve en el hecho de que casi nunca sugiere al ministro que predique la mentira o que la recomiende con su palabra; sino más bien que la practique en las transacciones más pequeñas de la vida.

No es raro ver a un ministro que por mera distracción engaña a sus niños o a su esposa o en último caso a sus amigos. Otra veces, por ocultar pequeñísimos defectos, ya sean propios o de los suyos, echa también mano de la mentira. En otras ocasiones, por el mero deseo de realizar algún buen negocio se vuelve al arsenal satánico para favorecer sus pretensiones.

¡Oh queridos amigos, ante tales consideraciones, no puedo menos que, en el nombre del Señor, repetiros las palabras de amonestación que se desprendieron de los labios de dos varones prominentes por su piedad: «Hermanos míos, no conviene que estas cosas sean así hechas. ¿Echa alguna fuente por una misma abertura agua dulce y amarga? ¿Puede la higuera producir aceitunas o la vid higos? Así ninguna fuente puede hacer agua salada y dulce. … Por lo cual, dejada la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo» (San. 3:10-12; Ef. 4:25).

2. También ha de darse a conocer el ministro por su sinceridad. Uno de los puntos más importantes de su misión en el mundo es corregir por medio de su palabra y de su ejemplo todos los vicios de que adolece la sociedad en que vive. Quizá no hay vicio más universal que el de la doblez o, en términos de Cristo, el de la hipocresía. La hipocresía es la tendencia de aparentar lo que no se es o lo que no se tiene; y quizá no hay vicio que el Señor Jesús haya aborrecido más que ese. Si la misión del ministro, como la sal de la tierra, es hacer a los hombres agradables a Dios por medio del Evangelio, y si la mejor recomendación que se puede hacer de éste es la del ejemplo, entonces el ministro debe ser hombre de sinceridad; debe ser la antítesis de todo hombre de carácter profano.

No puede haber concordia entre la sinceridad y la hipocresía; porque la sinceridad es la realidad misma de las cosas, de los sentimientos, de los afectos y de la voluntad; mientras que la hipocresía sólo es la burda falsificación de esa misma realidad. Por esto, compañeros, no transijamos en lo más mínimo con la hipocresía; siguiendo el ejemplo del Maestro, desenmascarémosla dondequiera que la encontremos; exhibámosla en toda su horrible mezquindad; pero sobre todo, arranquémosla de nuestro corazón; que como nos amonesta el Espíritu de Dios, nuestro sí, sea sí y nuestro no, sea no; en suma, que constantemente repercutan en nuestro espíritu las solemnes palabras del Salvador: «guardaos de la levadura de los fariseos, que es hipocresía,» para que nos mantengamos siempre dentro de los pacíficos y floridos horizontes de la sinceridad cristiana.

3. El ministro ha de ser además hombre de esmerada cortesía. Su campo de acción es el mundo y por lo tanto su más grande ambición debe ser atraer a los hombres hacia Dios; pero para lograr esto en el mayor número de los casos, es preciso primeramente atraerlos hacia sí mismo, es decir, ganar su confianza, su aprecio, su afecto y su atención; lo cual es imposible si el ministro no es de un trato agradable, afable y a la vez comedido y respetuoso. Mi corta experiencia como obrero del Señor, me ha enseñado que el trato cortés de parte del ministro es uno de los factores que contribuyen a la preparación del Evangelio.

La historia evangélica nos dice que cuando el hijo de Dios estuvo en el mundo, «se llegaban a la todos los publicanos y pecadores a huir de» de tal manera que alguna vez dijo a sus gratuitos opositores: «los publicanos y las rameras os van delante en el reino de los cielos». Pero la misma historia nos deja ver que tal acercamiento de pecadores a Jesús se debía, cuando menos al principio, más bien a su afabilidad y cortesía que a la santidad y pureza de su doctrina; pues aún los mismos enemigos así lo confesaron cuando decían: «Este a los pecadores recibe y con ellos comen». Tal queja bien poco significaría si no entrañase la insinuación de que dichos pecadores eran recibidos afable, atenta y cortésmente por el bendito Jesús. La cortesía, pues, debe ser una de las palpables cualidades del fiel ministro del Señor.

4. Mas ¿qué diremos de la honradez? Ciertamente debe ser una de las cualidades prominentes del ministro cristiano. Como todos los demás hombres, el ministro tiene que entrar con frecuencia en tratos con sus semejantes; y conforme al designio divino, todas las miradas están pendiente de él; y de allí la necesidad imperiosa de ceñir todos sus actos a la más estricta honradez.

La falta de honradez o aún la más leve sospecha en ese sentido, acabará por destruir toda la influencia del ministerio aún entre su propio pueblo. La consideración, el amor a la causa o un mero respeto atávico hacia el ministro, de parte de sus hermanos, quizá podrán impedir el escándalo; pero jamás podrán retenerle la confianza de ellos ni asegurarle la continuación de su influencia sobre ellos; y un ministro sin influencia entre su propio pueblo, ciertamente no pasa de ser más que un cadáver ministerial; porque quien no tiene el respeto y confianza de los de dentro, ¿cómo esperar a esto mismo de los de afuera? …

Tal vez se juzgue que es un atrevimiento mío el de encarecer la honradez a un grupo tan respetable de obreros del Señor; pero yo pienso que mientras haya ministros que sean tan poco escrupulosos en el manejo de fondos sagrados que cuando son interrogados a cuánto montan sus gastos de viaje, respondan: «de haber gastado como tanto», y que hecha la cuenta minuciosamente sólo llegue a poco más de la mitad de la cantidad mencionada, yo pienso, digo, que será prudente y aún necesario decir algo que recomiende la honradez. Opino que mientras haya ministros que reciban mayor cantidad por renta de casa de la que en realidad pagan, u obreros que tengan que cambiar de campo debido a lo numeroso de sus deudas insolutas, será preciso decir algo que encarezca la honradez…

5. Además de todo lo dicho, el ministro del Señor debe ser verdaderamente humilde. Nótese que el énfasis naturalmente cae sobre el adverbio; el ministro ha de ser humilde en verdad, en contraposición a los falsos ministros, de los cuales Jesús dijo que vendrían con vestidos de ovejas, más de dentro serían lobos rapaces.

La humildad fue el más sublime de los atributos del Hijo de Dios en su manifestación en la carne. Con anticipación, el vidente lo había contemplado como el Cordero que iba al matadero; pero agrega: «enmudeció y no abrió su boca» Este vaticinio se cumplió al pie de la letra desde Belén hasta el Calvario; porque toda la vida terrenal de Jesús fue una continuada humillación; pero a la vez, por ser una humillación voluntaria, fue una brillante y continuada manifestación de su humildad. Era desde entonces, como lo dijo a Herodes, el Rey de la verdad y estaba destinado a ser el Rey de reyes y Señor de señores; pero escogió manifestarse al mundo manso y humilde, mansedumbre y humildad que arrobó y conquistó a muchos corazones.

Cuando vivió entre los hombres, declaró enfáticamente que no había venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos: lo cual comprobó de hecho, cuando ciñéndose su ropa, desempeñó para sus apóstoles el servicio que correspondía al más despreciable de los esclavos.

¡Oh hermanos, si la humildad de Jesús era tal, con sobrada razón demanda que sus ministros sean también humildes! «Ejemplo os he dado — decía el, después de consumado un acto de notoria humildad — para que como yo he hecho, también vosotros hagáis». Cuando la soberbia de los doce se manifestara de un modo ostensible, les dijo correctivamente: «El que de entre vosotros quisiere ser el mayor, será el servidor de todos»… «Porque el que se humilla será ensalzado; más el que se ensalza será humillado». ¡Sí, amados compañeros, delante de Jesús no hay más grandeza que la grandeza de la humildad!

6. Es indispensable, además, que el ministro sea completamente desinteresado, o en el lenguaje de la Escritura, que no sea amante o codicioso de torpes ganancias; porque está escrito infaliblemente que, «el amor al dinero es la raíz de todos los males». Bastante hemos visto para que sea necesario extendernos sobre este punto. La historia evangélica nos refiere que entre los apóstoles de Jesús hubo uno que empezó por amar al dinero y concluyó por vender a su Maestro. El Apóstol Pablo nos dice que en su tiempo hubo hombres codiciosos, que principiando por querer enriquecerse, cayeron «en tentación y lazo. Y en muchas codicias locas y dañosas», que les condujeron a descaminarse de la fe y los llevaron a ser «traspasados de muchos dolores» y a hundirse en «perdición y muerte». (1 Tim. 6:9, 10)

Cosas muy semejantes son las que se han visto entre nosotros: ministros que, faltando a su lealtad al Supremo Jefe, abandonan su puesto por un aumento miserable de cinco o diez pesos mensuales: Otros que, haciendo traición a su propia conciencia, se venden para predicar doctrinas que saben que no se encuentran en la Biblia, y omiten la predicación de las doctrinas bíblicas; otros que al ser llamados por alguna iglesia, consideran la cuestión económica como la base fundamental del arreglo; otros que, recibiendo sueldo de las Juntas para consagrar su tiempo al trabajo del Evangelio, distraen la mayor parte de él en trabajos seculares que le producen dinero; en fin, otros que están dispuestos a predicar el Evangelio mientras no hay otro trabajo que les produzca más, pero hallado este, aunque sea una plaza en el ejército o en las filas revolucionarias, renuncian a la predicación.

¡Oh amados hermanos el mundo necesita un ministerio consagrado cuyos móviles sean el amor a las almas y el profundo interés de salvar a los hombres de la catástrofe universal de la condenación! Necesita un ministro que sea de tal modo constreñido por el amor infinito del Señor Jesucristo, que pueda decir con el gran apóstol: «Porque me está impuesta necesidad y ¡ay de mí si no anunciare el Evangelio!» Necesita un ministro que esté listo a considerar como secundario todo lo que no concierna directamente a la salvación de los pecadores.

7. El valor no debe faltar al ministro del Señor. Como su Maestro, tiene que vivir en el mundo siendo el «blanco de contradicción». Tiene que avanzar afrontando la tenaz oposición del mundo: contra el siempre rugirá enfurecido el fanatismo humano; hincaráse alguna vez en su pecho el dardo envenenado de la burla; el sarcasmo satánico del ateísmo tratará de poner a prueba su paciencia, y los halagos engañosos del mundo dirigirán sus flechas sobre su fidelidad. También sus hermanos se volverán contra él algunas veces, y sus amigos quizá le olvidarán. Aún su propia carne se le revelará y más de una vez tratará de traicionarle. Sobre todo, no muy lejos de él ruge el gran dragón, queriendo devorarle. Porque como dice Pablo, no sólo «tenemos lucha contra carne y sangre; sino también contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de las tinieblas, contra malicias espirituales en los aires.»

¡Cuán necesario es entonces el valor en el ministro para resistirlo todo y cumplir con su misión! Pero no solamente lo que pudiera llamarse el valor físico — el valor que lleva al cadalso sin temor a la muerte — porque hay mentido valor que afronta la muerte, que en verdad es cobardía; sino sobre todo el valor moral — el valor que quiere vivir, aunque la vida sea una agonía continuada, con tal de hacer el bien — como alguien ha dicho, «el valor de buscar y de decir siempre la verdad; de ser justo y honrado; el valor de resistir a la tentación y de cumplir con el deber».

8. La abnegación no es cualidad menos importante que las anteriores. Si, como dice el apóstol, ninguno de los cristianos se pertenece a sí mismo, mucho menos el ministro, porque es propiedad exclusiva del Señor hará servir a los hombres. Su vocación lo tiene a la vista su propio bienestar ni su propia gratificación; sino el bienestar de los demás y el cumplimiento de la voluntad del Señor.

El mundo necesita y reclama la abnegación. Pero es necesario el sacrificio para hacerla efectiva en los que creen. El primer sacrificio, lo consumó Jesucristo; el segundo, ha de ofrecerse por sus ministros.

Gifford dice que el altar del sacrificio es la piedra de toque del carácter ministerial; lo cual es innegable, porque ¿qué otra cosa es el valor, sino la inmolación del temor? ¿Qué es el desinterés? ¿Qué es la pureza, sino la inmolación de los apetitos sensuales? ¿Qué es la humildad, si no el velar más por los intereses ajenos que por los propios? ¿Qué es la sinceridad, sino el sacrificio de la hipocresía en bien de los demás? En fin, ¿qué otra cosa es la verdad, sino la inmolación de la mentira para la mayor gloria de Dios y el bien de los demás?

9. Pero a todo lo anterior, debe adunarse la actividad; porque sin ella, el ministro podrá ser un hombre excelente; pero jamás un buen obrero del Señor. La bondad de carácter y la actividad en el cumplimiento del deber son dos cosas muy distintas, aunque la actividad sea uno de los valiosos elementos del carácter. Hay muchos hombres buenos, sí, pero tan buenos que quizá por temor de equivocarse no hacen nada.

La actividad del ministro hará que la bondad de su propio carácter se destaque de un modo prominente delante de los hombres para ejercer su benéfica influencia; porque después de todo, en el trabajo visible del ministro no puede menos que reflejarse su propio carácter. Así, si el ministro es veraz y sincero, su actividad dará a su veracidad y sinceridad tal realidad práctica y visible que su pueblo no podrá resistir su influencia. Si se inspira en un espíritu de acrisolada honradez su actividad dará a su honradez tal materialidad que muchos acabarán por ser honrados también. Si es moralmente puro, su actividad hará que de su alma se desborden corrientes impetuosas de pureza práctica, que acabarán por alejar de la vista de su pueblo las repugnantes escenas de inmoralidad y de impureza. Si es abnegado su actividad dará tales muestras de abnegación real que su pueblo no podrá menos que ser abnegado. ¡Oh amigos, cuan incomparables son el poder y la influencia de la verdadera actividad! … ¡La conclusión se impone: debemos ser activos!

Se dice que en la faz más comprometida y desesperada de una batalla el General en Jefe descubrió que sólo dos maniobras podrían salvar la situación; mas ¿quién las realizaría? De repente, su faz brilló de gozo: había descubierto el secreto. Se acercó a uno de sus oficiales más queridos y le dijo: «Mi querido amigo, nuestra causa, la patria, demanda tu sacrificio y el mío para salvarse. He aquí estas dos maniobras que hay que realizar: yo tomaré la de mayor peligro, pero tú debes tomar la otra; quizá sucumbamos en la empresa, pero la patria se salvará. El oficial se sentía desfallecer de miedo; pero al ver a su general impasible y resuelto, se acercó a él vehementemente y le dijo: «Mi General, mi miedo es grande; siento que no podré realizar la maniobra; pero si Ud. me da un apretón de manos, pienso que entonces siquiera podré intentarlo. El General le dio el apretón de manos y ambos partieron seguros de que iban al cadalso. Las maniobras se realizaron, la acción se ganó, y general y oficial después se abrazaron efusivamente. Amados compañeros; ¡la actividad ministerial es la mano potente que estrecha la mano del pueblo cristiano para infundirle aliento y convertirlo en héroe en la espiritual pelea! ¡Seamos pues activos!

10. La pureza ha de ser también el ambiente de la vida del ministro. Ha de ser puro en sus hechos y en sus palabras, en sus pensamientos y en su corazón porque es cristiano; pero especialmente porque es ministro de Cristo. De Jesucristo se dice que fue «santo, inocente, limpio y apartado de los pecadores». ¡Qué divisa tan alta se pone en tan pocas palabras a la vocación ministerial! El ministro está llamado a vivir una vida de santidad, de inocencia, de pureza y de continuada consagración a Dios; necesita enseñar al mundo la santidad, viviendo en ella; necesita inculcar la pureza, poseyéndola.

La pureza de vida del ministro cristiano ha de hacer contraste con la vida licenciosa de los falsos ministros. De esto se dice que son «armadores de los deleites más que de Dios;» que «son los que se entran por las casas y se llevan cautivas mujercillas cargadas de pecados, llevadas de diversas concupiscencias;» y que «son suciedades y manchas, los cuales … se recrean en sus errores, teniendo los ojos llenos de adulterio».

Pero ¿dónde está ese contraste, si todavía no es remoto hallar en algunos lugares pequeñuelos sin padre que sin embargo ostentan el rostro del ministro? ¿Cuál es ese contraste si cuando menos tres ministros han tenido que abandonar su puesto en el transcurso de un año por cuestión de inmoralidad? ¿Qué contraste es ese, si aún hay ministros que prefieren pasear por los lugares públicos o asistir a centros recreativos acompañados más bien de las señoritas (?) de su congregación que de sus propias esposas?

Vivimos en el tiempo en que de una manera especial resaltan las anteriores características de la religión reinante, como lo atestiguan los macabros descubrimientos que se hicieron no hace mucho en un convento de la ciudad de Zamora y en algunos otros centros semejantes en el país. Algunos piensan que esto es bastante para vindicar y recomendar nuestra fe; pero yo no pienso así; yo pienso que ahora es tiempo de demostrar que nuestra justicia es superior a la de los modernos fariseos; yo pienso que ahora es tiempo de hacer ver al mundo entero que el ministerio cristiano es entusiasta partidario de la pureza personal y social y que no sólo se contenta con recomendarla a los demás, sino que se complace en practicarla.

Debemos desechar toda clase de literatura impura, cuya lectura no puede menos que encarrilar el pensamiento por senderos de pecado; debemos abstenernos de representaciones cinematográficas y teatrales que ofendan la pureza; debemos guardar la lengua con frenos de pureza para que no hable perversidades que pueden excitar al pecado; pero sobre todo guardemos nuestro corazón contra el demonio de la impureza; y, como el poeta, al no haber en torno nuestro más que lujuria, lascivia y disolución, levantémonos para contemplar el esplendor del cielo, donde mora nuestro Gran Sumo Sacerdote que es «santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos;» y a no dudarlo esta contemplación acabará por transformarnos, en este sentido, de gloria en gloria como por el Espíritu del Señor.

11. Pero sobre todo debe haber en el ministro ferviente amor; porque el amor «es el vínculo de la perfección». Es el lazo que une todas las cualidades, todas las virtudes, todos los atributos en un conjunto armónico de bondad.

El amor sostiene y corrobora todas las cualidades del ministro que se acaban de mencionar; pero además engendra y fortalece a algunas otras que lo capacitan mejor para la inmensa obra que gravita sobre sus hombros. El amor lo constriñe a ser activo y bueno en toda la extensión de los términos; pero además lo dota de paciencia, para que pueda soportarlo todo; lo dota de altruismo para que pueda desarraigar de su alma todo germen de envidia y de egoísmo; lo provee de equidad para que en todo pueda obrar con justicia; le da espíritu de perdón para que en su alma no haya resquicios de venganza para nadie. Ante estas consideraciones cuán solemnes y expresivas resuenan las palabras del apóstol que dice: «sobre todo tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados».

III. ¿Cómo acercarnos al ideal?

Pero no terminaré, sin antes tratar de resolver la siguiente pregunta: ¿cómo acercarnos al ideal del carácter ministerial? Nada más que, no queriendo ofuscar la sabiduría absoluta con palabras meramente humanas, me volveré a la Palabra de Dios para resolverlas sabiamente.

1. Para poder aproximarnos efectivamente al blanco, al ideal de nuestra vocación, es preciso que sigamos el método de Pablo. Oigámoslo exponérnoslo personalmente: «No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado de Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no hago cuenta de haberlo ya alcanzado: pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, el premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús».

2. Mas hay otra cosa indispensable para aproximarnos a nuestro ideal: sentado como un axioma que el continuo ejercicio conduce a la perfección, pongamos en práctica en nuestra vida diaria el consejo de Pablo a Timoteo: «ejercítate en la práctica de la piedad». Lo que hace que la encina se yergue majestuosa y potente entre los árboles de la selva, es la frecuente agitación causada por la tempestad, el ejercicio frecuente en que entra al ser sacudida por los embates de la intemperie. De igual manera, lo que hace el ministro levantarse muy por encima de lo que es mezquino y material, y aproximarse a la medida de la estatura del varón perfecto, es el ejercicio continuo de la piedad, el hecho de vencer el mal por medio de la práctica constante del bien. Por lo tanto, si queremos acercarnos a nuestro ideal como ministros, necesitamos ejercitarnos en la piedad.

3. Más aún queda otro medio por el cual podemos aproximarnos al blanco de nuestra vocación; la constante contemplación de la gloria — carácter — de nuestro Señor Jesucristo. Pablo escribe a los Corintios: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el espíritu del Señor». Si, caros amigos, la transfiguración del ministro hasta que llegue a la semejanza de su Maestro ha de realizarse tomando lugar continuamente dos operaciones en su vida: la contemplación y la reflexión. La contemplación del carácter inmaculado de Cristo, y la reflexión de la refulgencia de ese mismo carácter en su propia vida.

Permitidme, caros hermanos, que concluya la consideración de este asunto, apropiándome las palabras del más ilustre de los apóstoles, para poder deciros a todos: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad». Permitidme igualmente que apropiándome otras palabras del mismo apóstol, me acerque a cada uno de vosotros para deciros corazón a corazón, lo que pudiera yo llamar el resumen de mi mensaje, amado hermano: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad».

El Atalaya Bautista, 1921

 

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