¿Dónde estás?

Sermón de Dwight L. Moody

Génesis 3:9

Lo primero que sucedió apenas llegó al cielo la noticia de la caída del hombre, fue que Dios vino directamente a buscar al perdido. Al recorrer el Edén, al frescor del día, podéis oírlo diciendo: “¡Adán, Adán! ¿Dónde estás?” Esta es la voz de gracia, de misericordia, de amor. Adán debería haber tomado el lugar del buscador, puesto que él era el transgresor. Había caído, así que él debería haber recorrido de arriba a abajo todo el paraíso, clamando: “Dios mío! ¡Dios mío! ¿dónde estás?” Pero Dios dejó el cielo para buscar entre las sombras del mundo al rebelde que había caído, no para arrancarlo de la tierra, sino para proponerle un plan que lo salvara de la miseria de su pecado. Y lo encuentra ¿dónde? Escondiéndose de su Creador entre el follaje del jardín. Cuando el hombre está fuera de la comunión con Dios, aun el que profesa ser hijo de Dios quiere esconderse. Cuando Dios dejó a Adán en el Edén, éste estaba en comunión con su Creador y Dios conversaba con él; pero ahora que ha caído, no tiene deseo de ver a su Creador, porque ha perdido la comunión con él. No puede resistir la mirada de Dios, ni siquiera pensar en él, y por eso corre a esconderse de su presencia. Pero hasta su escondrijo lo sigue su Hacedor. ¿Dónde estás, Adán? ¿Dónde estás?

Seis mil años han pasado y la interrogación se escucha a través de las edades. Dudo que haya habido hijo alguno de Adán que no la haya oído en uno u otro período de su vida, quizás en el silencio de la noche—“¿Dónde estoy? ¿Quién soy yo? ¿Dónde voy? ¿y cuál va a ser el fin de todo?” Yo creo que es bueno que el hombre se haga de vez en cuando estas preguntas. Me gustaría que os las hicierais a vosotros mismos, tú, niñito, y tú pequeñita; y vos, anciano de cabellera cana, de ojos débiles ya; ves que pronto estaréis en el otro mundo. No os pregunto dónde estáis a la vista de vuestros vecinos; ni en dónde a la vista de vuestros amigos; ni en donde a la vista de la comunidad en que vivís. Importa muy poco el lugar en dónde estemos a la vista los unos de los otros; importa muy poco lo que los demás hombres piensen de nosotros; pero es de grande importancia saber lo que Dios piensa de nosotros; el lugar que ocupa el hombre a la vista de Dios, y esta es la pregunta ahora. ¿Estoy o no en comunión con Dios? Si estoy fuera de su comunión, no hay paz, ni gozo, ni felicidad. Ningún hombre en la faz de la tierra, fuera de la comunión con Dios, supo lo que son paz, gozo, felicidad y verdadero. El tal ha sido extraño a todo eso. Pero cuando estamos en comunión con Dios hay luz en nuestra senda. Así que, haceos la pregunta. No penséis que estoy predicando a vuestros vecinos, sino que estoy intentando hablar a cada uno de vosotros como si estuvierais solos. Esta fue la primera interrogación hecha al hombre después de su caída, y la audiencia que Dios tuvo fue muy pequeña: Adán y Eva. Pero Dios era el predicador, y aunque ellos intentaron esconderse, sus palabras llegaron hasta ellos. Que ellas vayan ahora con vosotros a vuestros hogares. Vosotros podéis pensar que vuestras vidas están escondidas; que Dios no sabe nada de vosotros; pero él conoce nuestras vidas mucho mejor que nosotros mismos, pues su ojo nos vigila desde nuestra temprana infancia.

“¿Dónde estás tú?—Dividiría mi audiencia en tres clases: los que profesan ser cristianos, los tibios y los incrédulos.

En primer lugar preguntaría a los primeros, o más bien dicho, dejaría que Dios les hiciera la pregunta: “¿Dónde estás tú?” Ahora preguntaos, “¿Cuál es mi posición en la iglesia? ¿y entre mis amistades? ¿Saben que estoy en la comunión con Dios o fuera de ella? Vosotros podéis haber estado, tal vez, profesando ser cristianos desde hace veinte años, treinta, cuarenta quizás. Pero, ¿dónde estáis esta noche? ¿Estáis progresando y subiendo al cielo? ¿Podéis dar una razón de la esperanza que abrigáis? Suponed que yo os preguntara a todos vosotros, cristianos, “si la muerte os llevara en estos momentos, tendríais una buena razón para creer que seríais salvos? ¿Estaríais dispuestos a decir en la presencia de Dios y del hombre que tenéis una buena razón para creer que habéis pasado de muerte a vida? ¿u os avergonzaréis? Recorred con vuestra imaginación los años pasados: ¿Sería digno de vosotros decir, “Soy cristiano?” ¿Correspondería vuestra vida con vuestra profesión? No importa tanto lo que decimos como lo que hacemos. Las acciones hablan más claro que las palabras. ¿Vuestros compañeros de taller saben que sois cristianos? ¿Lo sabe vuestra familia? ¿Saben ellos que estáis con Dios o no? Que cada cristiano se pregunte a sí mismo, ¿En dónde estoy ante la vista de Dios! ¿Es leal mi corazón al rey del cielo? ¿Es mi vida aquí como debe ser en la comunidad en que vivo? ¿Soy una luz en este mundo oscuro? Cristo dice: “Vosotros sois testigos míos.” Cristo fue la luz del mundo y el mundo no quiso la Verdadera Luz; se levantó y la echó de sí por eso Cristo dijo: “Os dejo para que testifiquéis de mí; os dejo para que seáis mis testigos.” Esto es lo que quiso decir el apóstol cuando dijo que los cristianos eran epístolas vivientes, conocidas y leídas por los hombres. ¿Estoy, entonces, por Cristo como debo en este mundo de tinieblas? Si el hombre cree en Dios, que así lo manifieste él mismo. Si un hombre es de Dios; que se ponga a su lado, y si él es del mundo, que se ponga al lado del mundo. El servir a Dios y al mundo al mismo tiempo, es decir estar en los dos lados, es precisamente el curso del cristianismo en el tiempo actual. Esto retarda el progreso del cristianismo más que cualquier otra cosa. “Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, y tome su cruz diaria y sígame”.

He oído una gran cantidad de gente que piensa que si están unidos a la iglesia y han hecho una profesión, que esto será suficiente para todo el resto de su vida. Pero hay una cruz diaria para cada uno de nosotros. ¡Oh, Hijo de Dios, ¿en dónde estás tú? Si Dios se os apareciera esta noche en vuestra recámara y os hiciera la pregunta, ¿qué responderíais? ¿Podríais decir, “Señor, te estoy sirviendo con todo mi corazón y mis fuerzas; estoy mejorando mis talentos y preparándome para el reino venidero?” Cuando estuve en Inglaterra en 1867, había un comerciante que había venido de Dublín que hablaba con un hombre de negocios en Londres, quien tan pronto como yo me hice presente me presentó con el anterior negociante, quien preguntó: “¿Es este joven todo O-O?” “¿Qué quiere usted decir con todo O-O?”—preguntó el introductor. “Es decir, replicó el dublinés, es este joven “Out-and-Out” [por afuera y expuesto] por Cristo; pero eso es lo que deben ser los cristianos, y su influencia sería sentida en todo el mundo muy pronto, si los hombres que están del lado del Señor salieran y alzaran su voz en tiempo y fuera de tiempo. Como ya he dicho, hay muchos en la iglesia que han hecho una profesión y es cuanto podéis saber acerca de ellos; y cuando mueren tenéis que ir y rebuscar entre los archivos de alguna vieja iglesia para saber si son o no cristianos. Y Dios no quiere eso. Yo tengo la idea de que cuando Daniel murió, todos los hombres de Babilonia sabían a quién le había servido. No hubo necesidad de que fueran a hojear libros viejos: su vida lo había dicho todo. Lo que necesitamos es hombres con un poquito de valor que se pongan del lado de Cristo.—Cuando el cristianismo despierte y cada criatura que pertenece a Dios tenga voluntad para hablar por él, para trabajar por él, y, si necesario es, para morir por él, entonces el cristianismo avanzará y entonces veremos progresar el trabajo del Señor. Hay una cosa que temo más que cualquiera otra, y ella es el frío formalismo de la iglesia de Dios. ¡Hablar de los ismos! Ponedlos todos juntos y no les temeré tanto como el frío formalismo. ¡Hablad acerca de los falsos ismos! No hay ninguno tan peligroso como el frío formalismo que ha venido directamente al corazón de la iglesia. Habemos muchos que estamos durmiendo o dormitando mientras todas las almas alrededor nuestro perecen. Creo honradamente que nosotros los cristianos estamos medio dormidos. Algunos de nosotros comenzamos a restregar nuestros ojos y a medio abrirlos; pero en lo general, estamos dormidos.

Hubo una historieta que circuló por toda la prensa americana y que hizo una gran impresión en mí como padre. Un padre llevó a su hijito un sábado al campo, y siendo muy caliente el día, se recostó en el césped a la sombra de un árbol; mientras el pequeñito correteaba cortando flores y hojas, trayéndolas a su padre y diciéndole siempre: “¡Qué hermosas! ¡Mira qué hermosas!” Pero por fin se durmió este hombre y mientras él dormía, el pequeño vagó solo. Al despertar de su sueño, el primer pensamiento que le asaltó fue: “¿Dónde está mi hijo?” Miró alrededor; pero no vio nada. Clamó lo más fuerte que pudo; pero oyó en respuesta únicamente el eco de su voz. Corriendo hacia una pequeña colina, buscó con la mirada y gritó nuevamente. ¡Nadie respondió! Entonces se dirigió al borde de un abismo que estaba a alguna distancia, dirigió su vista hacia el fondo, y allí, sobre las rocas, pudo ver el cuerpo hecho pedazos de su hijito. Se apresuró a bajar al lugar, tomó el cuerpo sin vida, lo oprimió contra su pecho y se acusó a sí mismo de ser el asesino de su hijo. Y sucedió que mientras él dormía su hijo se fue al precipicio. Yo pensé, cuando oí eso, ¡qué retrato tan fiel de la iglesia!

Cuántos padres y madres, cuántos cristianos están durmiendo, mientras sus hijos vagan a las orillas del precipicio sin fondo del infierno. Padre, ¿dónde está vuestro hijo esta noche? Puede ser que esté aquí cerca en alguna casa pública; quizás anda vagando por las calles; quizás avanza hacia la tumba del borracho. Madre, ¿dónde está tu hijo? ¿Está en la casa pública consumiendo su alma, acabando todo lo que es querido y sagrado para él? ¿Sabéis dónde está vuestro hijo? Padre, vos habéis sido un cristiano por cuarenta años, ¿dónde están vuestros hijos esta noche? ¿Habéis vivido tan cristianamente que podéis decir: Seguidme como yo he seguido a Cristo? ¿Caminan vuestros hijos en sabiduría? ¿Se encuentran en su camino hacia la gloria? ¿Están sus nombres escritos en el Libro de la Vida del Cordero? ¿Cuántos padres podrían responder hoy? ¿Os pusisteis a pensar alguna vez si teníais que ser reprochados; si habíais sido fieles a vuestros hijos? Ven, oh Dios, y despierta a cada madre, y pueda cada uno de nosotros que somos padres apreciar el valor de las almas de los niños que nos has dado. Que nunca lleven con tristeza nuestras canas a la tumba, antes bien que ellos sean una bendición a la iglesia y al mundo. No hace mucho tiempo que la hija de un acaudalado amigo mío se enfermó y murió. Sus padres estuvieron a su cabecera en su agonía. Él había estado acumulando riquezas todo su tiempo para ella; ella había sido introducida en la sociedad aristocrática; pero no se le había enseñado nada de Cristo. Tan pronto como ella llegó al borde del río de la muerte, dijo: “No podéis ayudarme; está muy oscuro y la corriente sumamente helada”.

Ahora puedo imaginarme a alguno diciendo: “Sería demasiado inútil el que intentara volver sobre mis pasos. En unos cuantos días estaría yo de nuevo como antes. Me gustaría bastante poder volver a mi Padre de nuevo; pero tengo temor de que no estaría por mucho tiempo con él”. Retratáos en la imaginación este cuadro: El Hijo Pródigo acaba de regresar al hogar; el padre ha mandado matar la res más gorda. Allí están todos comiendo a la mesa. Puedo creer que esta fue la comida más agradable que jamás había comido en su vida. Su padre se sienta en el lado opuesto al suyo; rebosa de júbilo, su corazón late al unísono del de su hijo. Pero de pronto ve que su hijo llora: “Hijo mío, ¿por qué lloras? ¿No estás contento de haber vuelto al hogar?” “Sí, padre mío, lo estoy como nunca lo había estado en mi vida; pero tengo miedo de que vuelva a alejarme e irme al país extraño donde anduve. ¡Bah! Vosotros no podéis imaginar tal cosa. Cuando hayáis tomado una comida en la casa del Padre, jamás os sentiréis inclinados a vagar de nuevo.

Ahora, permitidme dirigirme a la tercera clase. “Si los rectos serán apenas salvados, ¿dónde quedarán los incrédulos y los pecadores? Pecador, ¿qué será de ti? ¿Como escaparás? ¿Dónde estás tú? ¿Es cierto que estás viviendo sin Dios y sin esperanza en este mundo? ¿Te has detenido a pensar lo que será de tu alma si fueras herido repentinamente? ¿Has pensado lo que sería de ella en la eternidad? Leo que el pecador no tiene Dios, ni esperanza, ni excusa. Si no eres salvado, ¿qué excusa darás? No puedes decir que es culpa de Dios. Él está ansioso de recibirte, de salvarte. Yo quiero decirte hoy mismo que puedes ser salvo si así lo quieres. Si tú realmente quieres pasar de muerte a vida; si tú quieres ser heredero de la vida eterna; si quieres ser hijo de Dios, resuélvete hoy mismo a buscar al reino de Dios y lo hallarás. Jamás ha habido hombre alguno que habiéndolo buscado de todo corazón no lo haya encontrado. Desde el año pasado un sentimiento solemne me ha estado impresionando. Estoy en lo que llaman la mitad de la vida. Miro la vida como un hombre que ha llegado a la cima de un cerro y que principia a descender del otro lado del mismo. He llegado a la cima, si he de vivir la vida entera—sesenta años—y estoy precisamente en el otro lado. Estoy hablando quizás a varios que se encuentran en igual situación, y quiero preguntarles si no son cristianos, únicamente para hacerlos meditar por unos cuantos momentos, y que se pregunten dónde están. Miremos hacia atrás el cerro que hemos venido subiendo. ¿Qué véis? Allá está la cuna. No está muy lejos. ¡Cuán corta es la vida! Se mira lo mismo que ayer. Mirad más allá y veréis un epitafio que indica el lugar de descanso de la madre amada. Cuando murió esa madre, ¿no prometisteis servir a Dios? ¿Y no tomasteis su mano en la solemnidad de su última hora para decirle: “Si, madre querida, nos reuniremos de nuevo en el cielo”? ¿Y habéis guardado vuestra promesa? ¿Estáis haciendo por guardarla? Diez años han ídose; quince . . . más, ¿estáis más cerca de Dios? ¿Vuestra promesa os ha hecho algún bien? No, vuestro corazón se está endureciendo más y más; la noche se está haciendo más y más oscura; muy pronto la muerte tenderá sus sombras sobre vosotros… Amigos, ¿en dónde estáis? . . . Mirad de nuevo. Más allá está otro epitafio. Este señala la morada última de un niñito; quizás una niña pequeñita y amable. Su nombre tal vez fue María; o quizás fue un niño, tal vez Carlos; y cuando ese ser querido os fue arrebatado, ¿no le prometisteis a vuestro hijo y a Dios que se encontrarían en la mansión celestial? ¿Ha sido guardada la promesa? Pensadlo, ¿estáis aun peleando en contra de Dios? ¿Estáis endureciendo todavía vuestro corazón? Los sermones que han tocado vuestro corazón cinco años antes, ¿os mueven todavía!

Una vez más mirad hacia abajo del cerro. Muy allá está una tumba; no podéis decir cuantos días o semanas o meses está lejos aún; pero vais corriendo hacia ella. Aun cuando fuerais a vivir el tiempo permitido al hombre, muchos de vosotros estáis llegando al fin, Os estáis debilitando, vuestras guedejas se están tornando blancas. Quizás el sarcófago está hecho ya para que sea depositado vuestro cuerpo. Indudablemente en estos momentos estoy hablando a alguno que dentro de una semana estará en la eternidad. Durante la semana próxima la muerte se llevará a alguno de vosotros; quizás el que habla, tal vez alguno de los que me oyen. ¿Por qué dejar el asunto para otro día? ¿Por qué decís a Dios nuevamente “Sigue su camino por ahora, cuando haya una oportunidad conveniente te llamaré?” ¿Por qué no dais entrada a Cristo hoy? ¿Por qué no abrís vuestro corazón y decís: “Rey de gloria, entra en él?” ¿Habrá siempre una oportunidad mejor? ¿No prometisteis diez, quince, veinte años hace quizás, que servirías a Dios? Algunos de vosotros lo prometisteis al casaros e instalar un hogar; alguno de vosotros ofrecisteis servirle cuando fuerais amos de vosotros mismos. ¿Lo habéis hecho?

Vosotros sabéis que hay tres escalones hacia el mundo perdido; permitidme daros los nombres de ellos. El primero es NEGLIGENCIA. Todo lo que tiene que hacer el hombre es descuidar, y eso lo llevará al mundo perdido. Algunos se preguntan: ¿qué he hecho? Pero, ya veis, si solo descuidáis, seréis perdidos. Supongamos que voy en una canoa en las tranquilas aguas de un rio descansando en el fondo de mi pequeña embarcación. Allá como a diez millas abajo está una catarata. Todo el que llega a ella perece. No necesito remar para que mi canoa baje, es suficiente con que alce mis remos y la deje correr sola. Esta pues es NEGLIGENCIA. Así, todo lo que tiene que hacer el hombre es cruzar sus brazos en la corriente de la vida y resbalará para perderse.

El segundo escalón es REHUSAR. Si yo os sorprendiera en la puerta de vuestra casa con este asunto, me diríais, “No esta noche, Sr. Moody, no hoy;” y si os repitiera, “Deseo que os resolváis a entrar en el reino de Dios,” cortésmente rehusaríais, diciendo: “No me haré cristiano esta noche, gracias; yo sé que debo hacerlo; pero no quiero hacerlo hoy”.

Y por último, el tercer escalón es DESPRECIAR. Algunos de vosotros habéis descendido hasta el último escalón de esta escalinata. Despreciáis a Cristo. Odiáis a Jesús y al cristianismo; odiáis a la mejor gente y a los mejores amigos que tenéis; y si os fuera a ofrecer una Biblia la haríais pedazos y la tiraríais al suelo para pisotearla. ¡Oh, despreciadores, pronto estaréis en el otro mundo! Apresuraos y arrepentíos; volved a Dios. Ahora, ¿en cuál escalón estás tú, mi amigo? ¿En el de NEGLIGENCIA, en el de REHUSAR, en el de DESPRECIAR? Pensad que buen número de hombres mueren cuando se encuentran apenas en el primer escalón, en NEGLIGENCIA. Y muchos son arrebatados por la parca cuando están rehusando, y que son muchísimos los que mueren despreciando la salvación.

Unos cuantos años comenzaron por NEGLIGENCIA, más tarde descendieron a REHUSAR y ahora no solo eso, sino que desprecian a Cristo y al cristianismo. Odian el sonido de la campana de la iglesia; odian la Biblia y el cristiano; maldicen la misma tierra que pisan; pero … un paso más y morirán … ¡Oh, vosotros despreciadores, yo os presento la vida y la muerte, ¿cuál elegís? Cuando Pilato tuvo a Cristo en sus manos, dijo: ¿“Qué haré a él?” y la multitud clamó, “¡Crucifícalo!” Jóvenes, ¿es este vuestro clamor también? ¿Decís vosotros: “¡Afuera con este Evangelio!” “¡Afuera con el cristianismo!” “Adiós a la oración, a los sermones, a la música del Evangelio! ¡No queremos a Cristo!” ¿O seréis sabios y diréis: “Señor, te quiero, te necesito, te recibiré?” Oh, Dios haz que esta última sea la decisión.

El Evangelista, 1918

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