Jesús sana un leproso

Marcos 1:40-45

Jesús había estado predicando en toda Galilea y “sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mat. 4:23). Este pobre leproso sin duda oyó hablar de las grandes y diversas sanidades que hizo el Señor. Fueron gratas noticias de gran alegría para él, como agua fría para un alma sedienta. ¿No anhelaría en su corazón por la oportunidad de estar al alcance de un médico así? ¿Cómo podría abstenerse de aceptar la oportunidad cuando llegó? Observe:

I. La necesidad

“Vino a él un leproso” (Mar. 1:40). ¡Oh, el significado de la terrible palabra “leproso” y su sinónimo “pecador”, a la luz de la presencia del Santo! Cada leproso fue excluido del lugar de lo sagrado, separado de la comunión de los sanos, y obligado por su propia enfermedad a mantenerse en compañía de los viles y los marginados. Él tuvo:

1. Una necesidad profundamente sentida. Sabía que era un leproso. No hizo ningún intento de justificarse ni de ocultar su verdadero estado. Este no es un sentimiento cómodo. Cuando un pecador es condenado por el pecado, es una conmoción que despierta, una revelación horrenda.

2. Una necesidad que ninguna ayuda humana podría satisfacer. Su grito era “inmundo”, sus perspectivas eran oscuras y sin esperanza, su enfermedad era incurable. El pecado como una plaga en el corazón no puede ser tocado con el yeso de la reforma exterior. “Vana es la ayuda de los hombres” (Sal. 60:11).

3. Una necesidad que lo llevó a Jesús. “Vino a él un leproso”. El hambre a menudo obliga a un hijo a volver a casa. Cuando el hijo pródigo comenzó a sentirse necesitado, dijo: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Luc. 15:18). Bendita tristeza que nos lleva, aunque con una cuerda alrededor del cuello, a los pies vencedores de Jesús. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mat. 5:4).

 II. La forma en que llegó

1. Con sinceridad. “Rogándole” (Mar. 1:40). Él tiene un espíritu interior que clama por la liberación. Este grito ahora le llega a sus labios y llega a los oídos del Todopoderoso Libertador. Es fácil estar en serio cuando la necesidad se siente profundamente.

2. Humildemente. “Hincada la rodilla” (Mar. 1:40). Una conciencia profunda de nuestra culpa, impureza e impotencia es suficiente para doblar las rodillas rígidas y hacer el acto de hincar la rodilla un privilegio bendito y precioso. Este pobre leproso no necesita pedirle al Señor que le quite su orgullo.

3. Con fe. “Si quieres, puedes limpiarme” (Mar. 1:40). Confiaba bastante en que si el Señor estaba dispuesto, podía salvar abundantemente. “¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gen. 18:14). Él no quiere la muerte de ninguno.

III. La aceptación

Solamente la santidad y el poder infinito pueden tratar con la necesidad apremiante y terrible del hombre culpable, y estos fluyen desde y por medio del canal de la compasión.

1. Su corazón se conmovió. “Y Jesús, teniendo misericordia de él…”. El clamor de necesidad ferviente, humilde y creyente movió las profundas aguas de la compasión en el alma del Salvador. Su amor lo llevó del cielo a la tierra y del pesebre al madero de maldición. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). “Jesús lloró” (Jn. 11:35).

2. Su mano fue movida. “Extendió la mano y le tocó” (Mar. 1:41). Cuando el corazón se mueve, la mano seguramente se extenderá para ayudar. Este es el primer toque amable que siente el marginado solitario desde el día en que se convirtió en un leproso. Nadie puede tocar el corazón adolorido o calmar al alma afligida como él. Él ha tocado a la humanidad con su encarnación, para que, a través de la fe, podamos ser participantes de su naturaleza divina. Su corazón es tierno. Ven a él. Su mano es poderosa—confía en él. “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír” (Isa. 59:1).

IV. El resultado

“Y le dijo: Quiero, sé limpio” (Mar. 1:41).

1. Fue librado. “Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél” (Mar. 1:42). La enfermedad, al estar en su propia sangre, no se podía resolver. Ningún cuchillo de un cirujano terrenal puede separarle de sus pecados. La palabra del Doctor Celestial es suficiente. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3:18). “En él es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:39).

2. Fue sanado. “Quedó limpio” (Mar. 1:42). Para ser liberado del dominio del pecado hace falta ser salvado de su poder contaminante. La palabra de Cristo, oída y creída, fue el medio de la completa y perfecta salvación del leproso. “Él dijo, y fue hecho” (Sal. 33:9). “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Jn. 15:3). “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (1 Ped. 1:22).

3. Fue sanado inmediatamente. “Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio” (Mar. 1:42). Somos justificados en el momento en que creemos. No hay intervalo entre el encender una luz y su brillo. El crecimiento debe ser gradual y progresivo, pero la vida como principio vivificador viene instantáneamente en respuesta a la mirada de confianza del alma (Jn. 3:14-15). ¡Mira y vive!

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