La carta piadosa del rey Ezequías

2 Crónicas 30:1-12

Toda Escritura es inspirada por Dios y es útil para doctrina (2 Tim. 3:16). Veamos cómo podemos encontrar una doctrina provechosa a partir de los hechos históricos aquí narrados para nuestro provecho espiritual.

I. Una gran provisión.

“Y los sacerdotes los mataron, e hicieron ofrenda de expiación con la sangre de ellos sobre el altar, para reconciliar a todo Israel; porque por todo Israel mandó el rey hacer el holocausto y la expiación” (2 Crón. 29:24). Este fue el gran día de expiación, cuando la reconciliación se hacía para la gente por la sangre del sacrificio. La ofrenda por el pecado habla de la culpa eliminada, mientras que la ofrenda quemada declara la aceptación de Dios. No había un mensaje de esperanza y bendición para la gente hasta que se resolvía la cuestión del pecado. El evangelio de la salvación solo podía ser predicado por los apóstoles después de que Cristo había sufrido por nosotros, como la ofrenda por el pecado; y se había levantado de los muertos, tal como el holocausto. Es solo a través de él que recibimos la reconciliación (Rom. 5:11).

II. El mensaje urgente.

Estas cartas, enviadas por el rey y llevadas por los mensajeros a todo Israel, contenían:

1. Una llamada al arrepentimiento. “Fueron, pues, correos con cartas de mano del rey y de sus príncipes por todo Israel y Judá, como el rey lo había mandado, y decían: Hijos de Israel, volveos a Jehová el Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, y él se volverá al remanente que ha quedado de la mano de los reyes de Asiria” (2 Crón. 30:6). Ningún giro es efectivo que no sea hacia Dios. Los tesalonicenses se convirtieron “de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tes. 1:9). Un hombre puede rasgar sus vestiduras y luego volver a los ídolos, pero aquellos cuyos corazones han sido quebrantados volverán a Dios (Joel 2:13). Se necesita arrepentimiento, porque todos se han extraviado. Dios ha ordenado a todos los hombres en todas partes que se arrepientan y crean en el Evangelio (Hch. 17:30).

2. Una llamada al rendimiento. “No endurezcáis, pues, ahora vuestra cerviz como vuestros padres; someteos a Jehová, y venid a su santuario, el cual él ha santificado para siempre; y servid a Jehová vuestro Dios, y el ardor de su ira se apartará de vosotros” (2 Crón. 30:8). Esta carta real exigía, no solo el arrepentimiento hacia Dios, sino una consagración personal de la vida a él. El rendimiento a Dios es la evidencia de que nos hemos vuelto de corazón a él. “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?” (1 Cor. 6:15). Nos dirigimos a Dios para vida, por tanto debemos entregarnos a él, como aquellos que están vivos de entre los muertos, y nuestros miembros como instrumentos de justicia ante Dios (Rom. 6:13).

3. Una llamada al servicio. “No endurezcáis, pues, ahora vuestra cerviz como vuestros padres; someteos a Jehová, y venid a su santuario, el cual él ha santificado para siempre; y servid a Jehová vuestro Dios, y el ardor de su ira se apartará de vosotros” (2 Crón. 30:8). El servicio aceptable es el resultado de una vida consagrada. Gire, ceda, sirva, es el orden del Señor. Si eres redimido por la preciosa sangre de Cristo, glorifica a Dios en tu cuerpo y en tu espíritu, los cuales son de Dios (1 Cor. 6:20). Si puede decir: “de quién soy”, también debe agregar: “a quién sirvo” (Hechos 27:23).

4. Una palabra de aliento. “Porque si os volviereis a Jehová, vuestros hermanos y vuestros hijos hallarán misericordia delante de los que los tienen cautivos, y volverán a esta tierra; porque Jehová vuestro Dios es clemente y misericordioso, y no apartará de vosotros su rostro, si vosotros os volviereis a él” (2 Crón. 30:9). Esta carta, como el evangelio de Cristo, contenía el único camino hacia una vida de verdadera felicidad y utilidad.

III. Una invitación general.

El mensaje del rey debía “hacer pasar pregón por todo Israel, desde Beerseba hasta Dan, para que viniesen a celebrar la pascua a Jehová Dios de Israel, en Jerusalén; porque en mucho tiempo no la habían celebrado al modo que está escrito” (2 Crón. 30:5). Desde el extremo sur hasta el extremo norte de la tierra. Al igual que el evangelio, debía predicarse a toda criatura (Marcos 16:15). Todos fueron invitados a “celebrar la pascua a Jehová” (2 Crón. 30:5). Fue para la gloria de Dios que debían recordar esa noche terrible en Egipto, cuando fueron salvos por la sangre del cordero. ¿Cuánto más es para su gloria que recordemos la “sangre de su cruz”? El evangelio de Dios nos invita a compartir en esta gran liberación.

IV. Un resultado doble.

1. Algunos se burlaron. “Pasaron, pues, los correos de ciudad en ciudad por la tierra de Efraín y Manasés, hasta Zabulón; mas se reían y burlaban de ellos” (2 Crón. 30:10). Los pobres carteros tuvieron que soportar sus burlas, pero fue el Dios de Israel quien inspiró el mensaje del cual se burlaron y se rieron. Los mensajeros, que pasaban de ciudad en ciudad como predicadores itinerantes, no eran responsables del mensaje que llevaban; estaban llevando acabo los asuntos del rey, que con él se trataban. Los mensajeros de la cruz y el Rey de Gloria están tan estrechamente vinculados que despreciar a uno es despreciar al otro. “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mat. 25:40). Saulo perseguía a los santos cuando el Señor le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch. 9:4).

2. Algunos creyeron. “Con todo eso, algunos hombres de Aser, de Manasés y de Zabulón se humillaron, y vinieron a Jerusalén” (2 Crón. 30:11). Sin duda esta llamada fue humillante. Implicaba una confesión de sus pecados y un alejamiento de sus propias obras voluntarias y malvadas. Para muchos era mucho más fácil reírse del mensajero que hacer esto. Cualquier tonto puede burlarse, pero se necesita un sabio para arrepentirse. Aunque el evangelio se debe predicar a toda criatura, eso no prueba que toda criatura que escuche el mensaje será salvo (Hch. 16:34). Solo aquellos que se arrepienten y creen, que se humillan y se acercan, pueden participar de los beneficios de esta gran pascua. Cristo, nuestra Pascua, sacrificado por nosotros. “El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap. 22:17).

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